50 años de autonomía de la IEMA: enfoque teológico

13 Oct 2019
en El Estandarte Evangélico
50 años de autonomía de la IEMA: enfoque teológico

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Los años de la década de 1960 y primeros de los ’70 fueron señalados como “situación revolucionaria”. En América Latina, y específicamente en nuestro país esto se trasladó también al ámbito eclesiástico. Esto puede verse en las entrelíneas de los movimientos que llevaron a la autonomía y los sermones y declaraciones que se dieron en ese momento[1]. De los impactos que dieron impulso a la teología que se expresó mayoritariamente en nuestra iglesia en tiempos de la autonomía cabe destacar:

  • Una creciente conciencia de la dependencia política, económica y cultural del “imperialismo norteamericano” y el fuerte deseo de liberarse de ese condicionamiento. Era necesario dotar a la iglesia en Argentina de su propio gobierno y organización. Esperaba establecer su propia liturgia, modo de dar testimonio y la concepción de su ministerio, asumiendo la cultura vernácula y adquiriendo la autarquía en las decisiones que hacen a su sostén responsable.
  • La necesidad de repensar un proyecto social nacional –latinoamericanista– y el lugar que se debe esperar de la iglesia. La “Afirmación de principios sociales” aprobada por la Asamblea Constitutiva, sobre un borrador preparado por el grupo de jóvenes de la congregación de Mendoza, marca esa dimensión.
  • En la búsqueda de unidad evangélica, estaba en funcionamiento un proyecto de unidad entre las iglesias Metodista, Valdense y Discípulos de Cristo de la región para lo cual ayudaría la autonomía. También había conversaciones con las iglesias luteranas y Reformada, lo que llevó a la constitución del ISEDET, en esos mismos años, como un paso en ese camino. La búsqueda de unidad evangélica (al menos de un importante sector de las mismas) en todo el continente llevó, en esos años, a varios encuentros y a la formación de UNELAM, con fuerte participación del liderazgo metodista rioplatense.
  • El clima ecuménico abierto por el Concilio Vaticano II y la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín. A ello hay que agregar la cercanía con el “Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo”, y su Teología del pueblo. Los movimientos ecuménicos, como el Movimiento Estudiantil Cristiano (MEC), la Unión Latinoamericana de Juventudes Evangélicas (ULAJE)[2], Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), y otros, aportaban su impronta y nutrían con encuentros, publicaciones, cursos formativos, a muchos de nuestros pastores y laicos. Estos fueron los albores de lo que luego se conocería como “Teología de Liberación” en virtud del título de un libro del cura peruano Gustavo Gutiérrez (1971). Pero los cimientos reflexivos y la práctica ya estaban activas en estas bases.

Si bien no se puede hablar de una teología “oficial” de la naciente IEMA, y no todos pensaban lo mismo, podría caracterizar a la teología a la que adherían la mayoría de los pastores, algunos más moderados, otros más radicalizados, junto a un importante sector de dirigentes laicos, y de los activos movimientos de juventud de la iglesia, con los siguientes punto de acuerdo

  • Un énfasis cristológico, con la figura de Jesús encarnado, amigo y servidor de los pobres y necesitados, a quienes llevar el Evangelio, el mensaje del Reino.
  • Un fuerte compromiso ético, una disposición a la entrega, una participación social de la iglesia, que toma opciones concretas, que asume una responsabilidad directa en resguardo de la dignidad humana en todos los aspectos.
  • La opción por una construcción eclesial que mire más a la realidad en la cual debe dar testimonio que a las tradiciones o identidades parciales: la identidad debía darse por la identificación con su pueblo antes que por reivindicaciones denominacionales o confesionales.
  • Una apertura a los nuevos movimientos sociales que iban surgiendo en ese tiempo, al movimiento obrero y los grupos universitarios, un compromiso con el mundo de los pueblos originarios, y un fuerte énfasis en la educación como medio de transformación. La evangelización se encuadraba dentro de esta perspectiva.

Quizás uno de los himnos más cantados por aquél tiempo sea un reflejo de ese énfasis teológico: “Qué tremendos los presentes tiempos son” (Cántico Nuevo, 234)

 

¡Qué tremendos, decisivos,
Los presentes tiempos son!
Nueva edad que vislumbramos
Con temor y admiración;
Nuevos pueblos que despiertan,
Huestes prontas a luchar;
Toda la creación gimiendo
Por su redención final.

Tras las líneas de batalla,
¿Viviréis en el placer?
Dios os llama, Dios reclama
Vuestras fuerzas, vuestro ser.
Mundos luchan, bajo el cielo;
No podéis ya postergar
El tomar la cruz de Cristo
Y al combate presto entrar.

Siempre firmes, no cediendo,
Renacidos de verdad.
En las filas del Maestro,
Que sois suyos demostrad.
Oh, luchad con cuerpo y alma
Por el triunfo de la luz.
Y anunciad por las edades
El mensaje de la cruz.

S esperaba que la autonomía fuera a significar un importante crecimiento de la IEMA en todo el país, y que una organización amplia que pudiera contenerla. El protagonismo debía estar en el testimonio cotidiano, en la responsabilidad del laicado. El ministerio pastoral debía estar al servicio de la formación y acompañamiento de las comunidades en esa tarea. Por otro lado, se proyectaba una iglesia profundamente federal. De allí la formación de las 7 regiones, que debían poder funcionar con cierta autonomía. El lema era “la decisión debe tomarse lo más cerca posible del lugar de la acción”.

En esa relativa dispersión en la misión, se preveían modos de manifestar la conexionalidad, tanto de las congregaciones locales como de los movimientos juveniles. Se quería fortalecer el sentido de comunión. Esto tuvo manifestaciones concretas: Órdenes de Culto compartidos a nivel nacional para las celebraciones litúrgicas más significativas, la práctica de la Santa Cena dominical (que no era frecuente en aquél momento y que encontró ciertas resistencias), encuentros nacionales o interregionales. La misma “Junta General” designada en ese momento y en especial el “Consejo General de Vida y Misión” fueron los encargados de afirmar y difundir esta mirada teológica. El Estandarte Evangélico también cumplía esa función.

Es necesario reconocer que muchas de estas expectativas se frustraron: la iglesia no creció como se pensaba, y las regiones no pudieron alcanzar la madurez y autonomía que se esperaba. Los recurrentes vaivenes de la economía nacional dificultaron el autosostén, a costa de bajas en el sostén pastoral, que llevó a tener que flexibilizar las formas de disponibilidad, como la itinerancia y dedicación y, con ello, la teología del ministerio. Ciertas tensiones fueron erosionando la expectativa de unidad y la Comisión de Unidad con las iglesias Valdense y Discípulo de Cristo dejó de funcionar. El Vaticano fue cerrando algunas expectativas ecuménicas, y los movimientos se debilitaron. Y, sobre todo, al poco tiempo, en menos de 7 años, la “situación revolucionaria” se trastocó en sangrienta dictadura. La teología de la IEMA tuvo que repensarse a partir de estos hechos. También su ministerio y lugar social se modificó. La organización fue sufriendo sucesivas readaptaciones y crecieron ciertas tensiones internas.

Hoy, cincuenta años después, las circunstancias nacionales y continentales han cambiado, así como la realidad de nuestra iglesia. Ciertas expectativas de entonces ya no son posibles, mientras otras siguen vigentes. Nuevos desafíos y movimientos se presentan en el horizonte. Los modos de comunicación han cambiado. No podemos seguir aferrados a lo que era, ni añorar lo que no llegó a ser. El cambio civilizatorio que vivimos nos trae nuevas perplejidades, y la tentación de la adaptación y el facilismo están siempre presentes.

Como hace cincuenta años, debemos pensar nuestra teología, falible y precaria, pero necesaria, en el contexto que hoy vivimos. Una teología que nace del corazón, que se vive en la comunidad y se proyecta a toda la sociedad. Y será, si somos fieles a la herencia recibida, una teología profundamente bíblica, que valore las tradiciones recibidas, las más antiguas y las recientes, que se nutra de las experiencias que surgen del testimonio de fe cotidiana, y que pase por el tamiz crítico de la razón. Una teología surgida de la comunión, inspiración y guía del Santo Espíritu de Dios.

[1] Ver el artículo de Daniel Bruno en esta misma página.

[2] En 1970 se cambia el nombre por “Ecuménicas”, por la inserción en ella de proyectos y grupos provenientes del catolicismo.


Néstor Míguez para El Estandarte Evangélico




El Estandarte Evangélico

50 años de autonomía de la Iglesia Evangélica Metodista en Argentina: IEMA
Octubre 2019




Introducción

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La creación de una Iglesia Metodista autónoma en Argentina, independiente de las misiones, refleja la preocupación generada en su seno por hacer emerger los valores fundamentales que hacen a su verdadera razón de ser, su presencia y aporte a la familia de la comunidad de fe.

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Entre 1916 y 1918 un fuerte movimiento de laicos y pastores habían generado un debate público de carácter internacional para lograr su autonomía de la Iglesia Metodista Episcopal, quien realizó la misión en nuestro país desde 1836.

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