Toma mi vino y come mi pan

06 Ago 2021
en Episcopado
Toma mi vino y come mi pan

“… cuando tú des un banquete, invita a los pobres, los inválidos, los cojos y los ciegos; y serás feliz.”

Lucas 14:13-14

Comensalidad significa comer y beber juntos y juntas en torno de la misma mesa.

En el movimiento originario de Jesús la comensalidad se convirtió en una expresión concreta de la vivencia del Reino de Dios creando lazos de comunión. Esta propuesta de comensalidad tiene profundas implicaciones en la fidelidad del seguimiento de Jesús, cambia la vida litúrgica de las comunidades de fe y vuelve a repercutir en el andar cotidiano de la fe.

El gran símbolo de la salvación cristiana –pan compartido, mesa de hermandad– siempre engendra resonancias muy profundas en el corazón humano y sigue siendo fuente de esperanza para pobres de todos los tiempos. Porque ellos y ellas son quienes mejor entienden el sentido verdadero de las palabras de Jesús. Cuando él dice que los hambrientos serán saciados y que el reino de Dios es un gran banquete, saben que está hablando de ellos pobres, de ellas empobrecidas. Nada ni nadie puede contener la fuerza transformadora de la esperanza en el pan y el vino de la mesa compartida.

Palabras pronunciadas por Rutilio Grande, mártir en Apopa, pequeña comunidad campesina salvadoreña, en los tiempos más duros de la pobreza y la represión:


“Luego el mundo material es para todos sin fronteras. Luego, una mesa común con manteles largos para todos, como esta eucaristía. Cada uno con su taburete. Y que para todos llegue la mesa, el mantel y el conqué.”


Alimentarse es vivir, y vivir en humanidad es socializar el alimento, provocando así comunidades de hermanos y amigas, que practican de forma agradecida y alegre el don que el mismo Dios les ofrece, y son capaces de dialogar en torno a la mesa común.

Los seres humanos no debemos perder nunca la capacidad de sentarnos con otros seres humanos en una mesa común, para intercambiar nuestros puntos de vista sobre lo que nos está pasando, y para compartir las maneras de afrontar esa realidad, por muy dura y compleja que sea. Entre todos, entonces, buscamos respuestas a las nuevas situaciones que se nos plantean; y entre todas descubrimos las soluciones a los problemas que vamos encontrando, en este tiempo signado por modelos competitivos e individualistas.

¡Qué hermosa la comensalidad que podemos vivir como un encuentro con toda la humanidad, con toda la historia y con toda la creación! Esta solidaridad y hospitalidad llevan a compartir el pan, encarnando la parábola del don y la comunión. Toda comida es entonces acercamiento de las personas y tiempo de participación, de compromiso mutuo. Afirma Marie Chenu que:


«toda comida es eucaristía, acción de gracias por el encuentro, recuerdo de los buenos momentos pasados juntos, prenda de un futuro de fraternidad y sororalidad».


Por los evangelios sabemos que Jesús aceptó la invitación a compartir la mesa de gentes muy diversas: pecadores, fariseos. Y esta actitud provocó grandes conflictos. Comió con el pueblo y, por supuesto, con sus discípulos y sus seguidores. En la mesa es donde Jesús realiza gestos de una enorme carga simbólica y es en estas mesas donde se dan algunas de sus enseñanzas más importantes. ¿No nos resulta muy potente y sabroso que Jesús hable de Dios y de su proyecto y su propuesta para la humanidad con metáforas sacadas de las comidas y de los banquetes?

La mesa compartida nos lleva no sólo a mirar a Jesús y sus prácticas, sino también a las primeras comunidades cristianas en donde los grandes conflictos –y los discernimientos decisivos de la iglesia primitiva– acontecen al compartir la mesa con gentes diversas, posibilitando la apertura de la vida personal y comunitaria, justamente para compartirla.

La mesa ha de reflejar otro tipo de relaciones humanas. No puede ser, como sucede en nuestro mundo, lugar de exclusión y de reforzamiento de prejuicios. La mesa cristiana tiene que ser abierta, fraterna, sororal, sin jerarquías. En definitiva, esta cena será símbolo de un mundo nuevo y expresión del amor nuevo de Jesús.

Creo que nos ilustra la mirada de Edgar Morin cuando dice:


“Habremos aprendido algo en estos tiempos de pandemia si sabemos redescubrir y cultivar los auténticos valores de la vida: el amor, la amistad, la fraternidad, la solidaridad. Valores esenciales que conocemos desde siempre y que desde siempre, desafortunadamente, terminamos por olvidar.”


Cuanto más uno lee el Nuevo Testamento, más nos hace recordar que a Jesús no le gustaban las mesas cerradas. Invitó a todo tipo de personas y en otras tantas se invitó él mismo para comer con ellas. No resulta casual que fuera acusado de “glotón y borracho y amigo de gente indeseable”.

Abrámonos a esta visión alternativa de las mesas que habilitó y patrocinó Jesús y que pueden guiar nuestros estilos a la hora de conformar las mesas hospitalarias para una nueva comensalidad. Que nos ilumine la visión bíblica de la gran fiesta, la del Reino de Dios, reunión de personas de diversas lenguas, tribus, naciones y pueblos, gran asamblea aparentemente ruidosa pero también armoniosa, de los puntos cardinales más inimaginables.

Y nos preguntamos sobre la iglesia de la postpandemia: ¿Cómo serán nuestras mesas? ¿Serán el reflejo de comunidades sororales, fraternas, abiertas, integradoras, no aisladas y con una firme vocación de ser parroquias del mundo?


Abrazo fraterno/sororal

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo

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