Recursos litúrgicos y pastorales – Septiembre a noviembre 2023

28 Ago 2023
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Recursos litúrgicos y pastorales – Septiembre a noviembre 2023

Septiembre a noviembre 2023 (Ciclo A)

Tiempo de Pentecostés


EL LUGAR DEL CULTO: 

La presencia de Cristo y los signos de esta presencia

No basta con dar algunas directrices prácticas para la instalación de los lugares de culto. Se trata de examinar la legitimidad teológica de los lugares de culto. Y lo decimos en tres apartados: comenzamos hablando de la presencia de Cristo y de los signos de esta presencia, en esta entrega de los Recursos; en las próximas veremos que el papel de los lugares del culto es recibir y exhibir armoniosamente estos signos de la presencia de Cristo; terminando con una breve observación sobre el lugar del culto como principio de la santificación del espacio.

Los signos de la presencia de Cristo

En la nueva alianza el Señor no escogió un lugar para manifestar su presencia, como designó implícitamente una día para conmemorar la salvación. Ni en la antigua alianza la cosa está tan clara, como podría creerse al pensar en el templo de Jerusalén. En efecto, el pueblo de Israel no estaba sin Dios cuando, antes de Salomón o durante el exilio, se hallaba sin templo. Y en la gran oración de Salomón al dedicarse el templo de Jerusalén, está claro que el Señor reside en el cielo, que no puede convertirse en el prisionero del lugar donde se invoque su nombre (1 Re 8.27-49).

Ciertamente existen sitios privilegiados de epifanía o elección divina, como Siquem o Jerusalén. Pero Dios no está detenido allí: acompaña a su pueblo cuando éste es nómade con el arca de la alianza–; puede abandonar y hasta hacer destruir el templo cuando su pueblo lo engaña. Y de verdad, la teología del AT muestra que el lugar por excelencia de la presencia de Dios y, por tanto el lugar del culto, es el pueblo que lo invoca. Él habita con su pueblo, donde éste se encuentre. Y si existen lugares sagrados es solo para manifestar que Dios interviene en el mundo, y reivindica la tierra entera, y para manifestar que Dios llama a su pueblo para encontrarle en la tierra.

La nueva alianza comienza por una concentración, por una reducción cristológica de la presencia de Dios. En Jesús de Nazaret “habita la plenitud de la divinidad” (Col 2.9), en él la palabra eterna de Dios “puso su tienda entre nosotros” (Jn 1.14): él es plena y totalmente el lugar de la presencia de Dios, el templo de Dios (cf Jn 2.19s). Para estar cerca de Dios hay que estar en Cristo, hay que entrar en su cuerpo por la fe, como lo expresa el bautismo, de suerte que el cuerpo de Cristo, nueva denominación del pueblo de Dios, la Iglesia, llega a ser, después de Pentecostés, el templo (cf 1 Cor 3.16s; Ef 2.20-22; 1 Pe 2.4-10, etc), y no solo la Iglesia en su carácter comunitario, sino cada miembro de la Iglesia por sí mismo: siendo cristóforo y pneumatóforo es un templo, y un “lugar de culto”, consagrado a hacer conocer, reflejar y alabar a su Señor ( cf 1 Cor 6.19s).

El lugar de culto es esencialmente el lugar donde se encuentra Cristo. Y Cristo se encuentra donde dos o tres están reunidos en su nombre (Mt 18.20). O  se podría decir: el lugar de culto cristiano es la Iglesia congregada. No es primero un edificio, sino una asamblea; y si algún edificio construido por mano de hombre (cf Mc 14.58: Hch 7.48: 17.24; Heb 9.11,24) se convierte en lugar de culto, es simplemente porque está destinado al pueblo litúrgico. Pero el pueblo es el templo.

Antes de proseguir vale la pena hace dos observaciones marginales:

  • Recordemos en primer lugar que, según la enseñanza unánime del NT estas asambleas litúrgicas están siempre primeramente en una localidad, no en un edificio: son los amados de Dios que están en Roma (Rm 1.7), son la Iglesia de Dios que está en Corinto (1 Cor 1.2), etc. Y estas localidades, en cuanto tales, se convierten en lugar de culto, es decir, lugar de la presencia de Cristo. Y esto es importante para valorar el carácter reivindicador y consagrador del espacio que circunda, en una localidad, una asamblea litúrgica y el edificio de reunión.
  • Y notemos que para el NT la legitimidad de estas asambleas litúrgicas no está ligada a su dependencia de otra asamblea “mayor”, como eran las sinagogas judías respecto del templo de Jerusalén. No son sinagogas, sino iglesias. Y lo que las hace lugares de culto no es la organización ni la estructura que puedan darse, sino la presencia de Cristo en medio de ellas. Lo que las califica en cuanto lugares de culto son los signos de la presencia de Cristo en ellas.

Afirmamos entonces que el lugar de culto cristiano es la asamblea en la que está presente Jesucristo, verdadero templo de Dios, por el poder del Espíritu. En el momento de dejar a los suyos para entrar en la gloria, Jesús les dice: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28.20). ¿Cómo permanece él, plena epifanía de Dios, presente entre los suyos? Jesús permanece presente entre los suyos por el envío del Espíritu Santo que vivifica los signos instituidos por Jesucristo para testimoniar su presencia salvífica. La Iglesia está, localmente, donde actúen los medios de la gracia que relacionan la historia de la salvación y aseguran su duración. Comenzamos entonces con la enumeración de los medios ordinarios de la gracia designados por Jesucristo: la palabra, el pan y el vino, los ministros o ministras y el prójimo:

  • La palabra, ya que quien permanece en ella, permanece en Cristo y Cristo en él (Jn 5.38; 8.31; 15.7; 1 Jn 2.14; 2 Jn 2, etc).
  • El pan y el vino de la cena, puesto que son el cuerpo y la sangre de Cristo (Mc 14.22 y par; 1 Cor 11.24s; cf Jn 6.51-58).
  • Los ministros y ministras de Cristo, porque quien les oye, a él oye (Lc 10.16; Gál 4.14; 1 Tes 4.8; 2 Cor 5.20, etc.
  • El prójimo, porque quien hace el bien a uno de estos pequeñitos, lo hace al mismo Cristo (Mt 10.42; 25.345-40, 42-45, etc).

Para saber el lugar del culto cristiano, hay que saber dónde la palabra de Cristo es proclamada (donde se permanece en su palabra), dónde se celebra la cena (donde se come y se bebe a Cristo), dónde es reconocido el ministerio (donde se encuentran sus embajadores), dónde es socorrido el prójimo (donde hay una preocupación por sus miembros).

Agreguemos, sin embargo, que estos cuatro signos de la presencia de Cristo deben encontrarse normalmente juntos. Puede darse el caso de una proclamación de la palabra en una casa privada o en una plaza pública, que se convierte por ello en lugar santo. Puede darse el caso de celebrarse la cena en la habitación de un enfermo o en el hospital donde se cuida a Cristo en un enfermo, y se santifican esos lugares transformados en epifanía. Todo eso es exacto y no puede olvidarse, pero en el sentido pleno de la palabra, el lugar de culto es la asamblea de la Iglesia para vivir y conocer el cuádruple signo de la presencia de Cristo.

Pero la eficacia de los medios instituidos por Jesucristo para testimoniar su presencia no está a disposición de la Iglesia. Estos medios son eficaces por la virtud y la operación del Espíritu. No son trampas que se cierren en torno al Espíritu. Porque el Espíritu es Dios y Dios es soberano. Él no está a disposición de la Iglesia. Ésta solo puede orar para que el Señor venga en medio de ella: ¡es el maranatha!; solo puede suplicar al Espíritu Santo que venga a vivificar la Biblia, el pan y el vino, los seres humanos para que renazcan a su verdadero ministerio, como nació de nuevo bajo la fuerza del Espíritu el gran contingente de la visión de Ezequiel (37.1s).

Una vez más vemos que no puede haber culto cristiano sin epíclesis, sin llamada al Espíritu. Y si ese Espíritu es soberano, también es fiel. Cuando la Iglesia es lugar de culto por su reunión en nombre de Jesús, cuando en medio de ella se abre la Biblia, cuando se reparte el pan y el vino, cuando se bendice a los fieles, cuando los pobres son socorridos y conducidos a la presencia de Dios por la intercesión, la Iglesia no necesita preguntarse si se la acepta o no. Ella puede saber que Dios quiere acogerla, que no es un tirano veleidoso que promete su presencia y no viene.

Y si por desgracia el Espíritu no responde a su llamamiento con la plenitud de su promesa o si responde con el silencio, no es que esté de viaje o que duerma (cf 1 Re 18.27), sino que la falta procede de la Iglesia: falta de fe (cf Mc 6.5), falta de obediencia (cf 1 Cor 11.30s) y falta de pureza (cf Heb 12.14s; Jos 7, etc) que comprometen la eficacia del culto y hastían al Señor.

Completemos esta entrega de la obra de von Allmen añadiendo resumidamente y adaptando dos observaciones:

  • La primera concierne al pan y al vino de la cena. Tenemos dos tradiciones: la occidental de Roma, junto con la Iglesia anglicana y muchas Iglesias luteranas, que usan pan no fermentado bajo la forma de hostias; y la oriental –siguiéndola las Iglesias reformadas– que se atiene al uso de pan fermentado o pan ordinario. El uso del pan ázimo permite fácilmente la reserva del pan “consagrado” y evita un desmenuzamiento del pan. Pero son mayores las ventajas del pan ordinario, para mostrar que la cena es un banquete, donde el pan se rompe y se reparte entre los comulgantes.

    En cuanto al vino, con los reformadores valoramos que el simbolismo de la celebración sacramental se vea más claramente si se toma vino tinto, sin por eso condenar al vino blanco. Y vino fermentado, porque es obvio que Jesús empleó vino verdadero y la Iglesia apostólica también, ya que en Corinto se bebía hasta el punto de embriagarse (1 Cor 11.21). Además, porque como en el caso del pan, importa que las especies sacramentales se elijan entre las cosas de este mundo, que no se dé la impresión de que la gracia solo puede llegar a través de cosas castradas, disminuidas, falsificadas.

    Prefiramos siempre pan y vino, y si es posible verdadero pan y verdadero vino, y no cualquier otro alimento. Y en el caso de los niños o ex-alcoholizados o personas que rechacen el vino en su vida cotidiana, será preferibles agua o jugo en copitas o vasos especiales. En tiempos de pandemia o postpandemia valoramos el uso de pequeños panes y copitas en vez de cáliz, para evitar problemas o sospechas de contagios.

    Por otra parte, se permitirá a la Iglesia comulgar bajo las dos especies. Esto no quiere decir que una cena tomada bajo una sola especie no valga como cena del Señor. La Iglesia primitiva puede haber conocido cenas que solo comprendían la fracción del pan. Pero lo fundamental es que todos los comulgantes tengan parte en toda la comunión y que no se introduzca una diferencia entre el clero y el laicado, lo cual tiene ribetes supersticiosos y de la peor jerarquización del pueblo de Dios.

  • Segunda observación: ¿qué hacer con las especies eucarísticas una vez terminada la comunión? Según la práctica de la Iglesia primitiva, conservada en la Iglesia ortodoxa y reanimada por la Reforma, entendemos que, una vez terminada la celebración, el pan y el vino dejan de ser los signos de la presencia real de Cristo. Fuera del acto de donación del pan y del vino, estos ya no son nada. Si queda pan y vino después de la celebración, podemos compartirlo en una comida posterior al culto, en una actitud cercana a la cena comunitaria de los primeros cristianos. O podemos dar preferentemente el pan a los niños después del culto. Respeto a los elementos sacramentales sí, pero no temor supersticioso, porque todos los celebrantes y todos los espacios tienen valor sacramental.

Resumiendo, hemos observado que el lugar por excelencia de la presencia de Dios y, por tanto, el lugar de culto por excelencia, es Jesús de Nazaret. Anotamos también que desde la ascensión él instituyó y designó una cierto número de signos de su presencia, que el Espíritu Santo vivifica, y una vez vivificados, constituyen, para hablar con propiedad, la Iglesia, el cuerpo de Cristo.

Pero hemos de recordar que el cuerpo de Cristo, la Iglesia, asamblea litúrgica, no es el único lugar de culto, porque también está el lugar del culto celeste, el “templo que está en el cielo” (Ap 14.17), que durará este tiempo, antes de dar paso, después de la parusía, a la nueva Jerusalén, donde no habrá ya templo, pues “el Señor Dios omnipotente es su templo, como también el Cordero” (Ap 21.22). Este templo celeste recuerda a la Iglesia que ella no es aquí la trampa, la cárcel de Dios, sino lo que podemos denominar “el sacramento del templo celeste”.

Por eso en la oración dominical no se dice: “Padre nuestro que estás aquí”, sino “que están en los cielos”; y en el credo se confiesa que el Señor omnipotente “está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso”, puesto que “subió al cielo”; y, por esto también, desde la más remota antigüedad se clama antes de la eucaristía: “¡sursum corda!”, “¡levantemos los corazones!”, a lo que responde la asamblea: “los tenemos levantados hacia el Señor” (cf Col 3.1-4).

Esto no desmiente de ninguna manera la realidad de la presencia de Cristo entre los suyos, y por tanto la realidad de un lugar de culto terrestre, sino que muestra que todo lo que podemos decir del lugar de culto terrestre de la Iglesia se sitúa en un ambiente sacramental y no tiende trampas a Dios. Un lugar de culto cristiano no será, entonces, un lugar de culto pagano “construido por manos de hombres” (Hch 17.24; cf 7.48; Heb 9.11, 24), no un lugar teológicamente pretencioso, ni una celda de Dios ni un sarcófago de Dios. Solo podrá ser, en la humildad y en la acción de gracias, una especie de estuche que permita a la asamblea cristiana reunirse para invocar a su Señor y para gozarse de los signos de su presencia real.


Jean Jacques von Allmen, El Culto Cristiano, su esencia y su celebración. Sígueme, Salamanca, 1968, pp. 253-265. Resumen y adaptación de GBH.

En el archivo encontrará

  • Orientaciones para la predicación
  • Orientaciones para la acción pastoral
  • Orientaciones para la liturgia del culto comunitario


Esta es una nueva entrega de Recursos Litúrgicos y Pastorales, siguiendo el tiempo de Pentecostés, Septiembre a Noviembre 2023 (Ciclo A). Reedición ampliada de 2020 con nuevos materiales bíblicos, pastorales y litúrgicos.

  • para hermanos y hermanas que asumen el ministerio de la Palabra,
  • realizando trabajos pastorales en amplio sentido y con distintos grupos
  • y a personas encargadas y colaboradoras en la liturgia del culto comunitario.

Cotejamos el “Leccionario Común Revisado” (LCR), en ediciones de varias iglesias hermanas. Nos permitimos abreviar algunos textos para la lectura pública, y algunas veces extendemos los textos bíblicos comentados, proponiendo también otras alternativas, generalmente dentro del LCR.

Este material circula en forma gratuita y solamente en ámbitos pastorales, dando crédito a todos los autores y autoras, hasta donde les conocemos, valorando mucho su disponibilidad.

Agradecemos todos los materiales que hemos usado –ya disponibles en varias redes–, como aportes para estos “recursos”.  Y especialmente agradecemos los materiales litúrgicos enviados por la pastora Cristina Dinoto, y las fotos de la pastora Hanni Gut.

Las indicaciones de las fuentes musicales son:

  • CA – Cancionero Abierto, ISEDET.
  • CFCanto y Fe de América Latina, Igl. Evangélica del Río de la Plata.
  • CN – Himnario Cántico Nuevo, Methopress.
  • HB – Himnario Bautista. Casa Bautista de Publicaciones.
  • MV – Mil Voces para Celebrar, himnario de las comunidades metodistas hispanas, USA.
  • Red Crearte, https://redcrearte.org.ar/
  • Red de Liturgia del CLAI: reddeliturgia.org
  • Red Selah: www.webselah.com

Y anotamos las versiones de la Biblia mayormente usadas:

  • RV60 o RV95 o RVC – Reina-Valera o Reina-Valera Contemporánea (Edic. de Estudio)
  • DHH – Dios habla hoy, desde la tercera edición o Biblia de Estudio.
  • NBE – Nueva Biblia Española, Edición Latinoamericana – Ediciones Cristiandad
  • NBI – Nueva Versión Internacional – Edit. Vida, USA
  • BJ – Biblia de Jerusalén – Desclée de Brouwer, Bélgica-España
  • Libro del Pueblo de Dios – Verbo Divino, Argentina

Fraternalmente, Laura D’Angiola y Guido Bello, desde la congregación metodista de Temperley, Buenos Aires Sur.



En estos “Recursos” procuramos usar un lenguaje inclusivo, optando por palabras abarcativas e incluyentes. Casi siempre preferimos alternar el femenino y el masculino, en vez del “los/as”, los “otres” o l@s: inclusión con agilidad y belleza en el lenguaje. Usamos “los seres humanos” o “la gente”, en vez de “los hombres”, etc. Pero siéntanse todos y todas en libertad: no queremos hacer de esta inclusividad una herramienta de exclusión ni de condena…

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