Recursos litúrgicos y pastorales – Noviembre 2021 a febrero 2022

07 Dic 2021
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Recursos litúrgicos y pastorales – Noviembre 2021 a febrero 2022

De Adviento al Domingo de la Transfiguración (Ciclo C)


Hemos dicho antes y repetimos ahora que no podemos hacer aquí una teología de la oración, en realidad poco desarrollada, aunque toda teología auténtica es teología de la oración: no es posible ser un teólogo sin vida de oración, pues no lo es quien conozca la historia y la técnica de la teología, sino quien sabe orar. Repitamos nuevamente que los primeros cristianos “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en la oración” (Hch 2.42).

La historia de la Iglesia no es sino la del cumplimiento de sus oraciones y, en particular, de las mil variantes de la admirable plegaria de Hch 4.27s:

Es un hecho que Herodes y Poncio Pilatos se juntaron aquí, en esta ciudad, con los extranjeros y los israelitas, contra tu santo siervo Jesús, a quien escogiste como Mesías. De esta manera, ellos hicieron todo lo que tú en tus planes ya habías dispuesto que tenía que suceder. Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos que anuncien tu mensaje sin miedo. Muestra tu poder sanando a los enfermos y haciendo señales y milagros en el nombre de tu santo siervo Jesús.

La oración, como la proclamación de la palabra, la celebración de los sacramentos y la vida comunitaria de la que hablaremos más adelante, es un elemento fundamental para hacer que progrese la historia de la salvación.

La oración es necesaria no solo para la vida cristiana personal, sino para el culto. El NT no cesa de exhortar a ella, y Jesús la ordenó. Más que la expresión de una necesidad religiosa, o una técnica de quien intenta mandar en Dios, es principalmente una obediencia. Jesús, interrogado por sus discípulos sobre la oración, no les da una enseñanza sobre ella –que se la da en otra ocasión, cf Lc 18.1-8–, sino que les enseña una oración, el padrenuestro, y les ordena que la hagan suya (Lc 11.1-13; Mt 6.7s), que se usará muy pronto en la vida del pueblo cristiano.

Pero también se usará desde los comienzos (cf Gál 4.6; Rom 8.15) en el culto de la Iglesia. Lo que caracteriza esta oración, como toda plegaria auténticamente cristiana, y en particular el maranatha, es su carácter escatológico: la Iglesia pide que le venga la gracia y que el mundo desaparezca, y que en esta espera pueda conocer, en Cristo, la alegría del reino. La oración no es así solo una obediencia, sino un acto de fe y de esperanza que apresura la venida del día del Señor (2 Ped 3.12).

Esta oración es posible en Cristo. Se convierte en “el privilegio supremo de los cristianos y cristianas, que Dios les ha concedido al trasplantarlos… al estado de filiación. Solo es posible en la familia de Dios… Los hijos son herederos. Las hijas, por serlo, se encuentran comprometidas de forma responsable con toda la economía de la familia. En la familia del Padre, los hijos tienen derecho a tomar la palabra. Dios autoriza a sus hijas a hablarle de sus asuntos por medio de la oración. Este permiso es la forma por la que Dios hace participar a su familia, desde ahora, en el señorío de su unigénito. Por tener el derecho a orar y por ejercerlo se manifiesta que la Iglesia es el pueblo real de Dios” (P Brunner).

Esta oración mandada y solicitada es, en el culto, la de toda la asamblea. Por eso, pertenece a la asamblea decir el amén que la cierra, en el caso de que la pronuncie, en nombre de todo el pueblo reunido, quien está encargado de decir las oraciones públicas, o bien uno de los fieles que la haya dicho. La Iglesia, compuesta de personas, no intercambiables ni masificadas, se presenta en el culto ante Dios como comunidad, y sus oraciones son las de todos y todas, independientemente de su forma. Por eso, el culto parroquial sufre una grave amenaza cuando se convierte en un “conjunto de oraciones” de tipo individualista. Puede haber por cierto oraciones personales, pero no es una exhibición de las diferentes clases de plegarias individuales: es una obra común. No se dice “Dios mío”, sino “Padre nuestro”.

Tomamos como criterio de clasificación de las distintas oraciones –aún teniendo en cuenta que de un tipo de oración a otro las fronteras suelen ser muy difusas–, la recomendación de 1 Timoteo 2.1 que habla de:

  • proseuch, plegarias, que en la tradición litúrgica llevan el nombre de colectas;
  • luego tenemos la enteuxis, es decir, el ruego, la demanda, la solicitación, la intervención, la intercesión, más conocida en la tradición litúrgica bajo la forma de letanía.
  • Después viene la eucaristia, la acción de gracias.

La colecta: Oración normalmente breve, concisa y precisa, que recoge (colligere) tal o cual necesidad de la Iglesia y del mundo y la presenta a Dios, para que la atienda gracias a su Hijo. Esta oración, en la tradición litúrgica posterior al siglo IV, se somete a ciertas reglas “poéticas” precisas que le confieren su simplicidad, su desconfianza contra la verborrea, y su concisión. El oficiante solía improvisarlas frecuentemente. Oraciones de este tipo se pueden repetir varias veces en el culto, y su “relativa predicación” las puede acercar a las confesiones de fe.

La intercesión, generalmente en forma de letanía. Tradicionalmente, implica tres elementos principales: la intercesión por la Iglesia, sus ministros y miembros; por el mundo y sus autoridades; y por todos los fatigados y por todos los que se han convertido en objeto de la venida del salvador. Se presenta en tres formas distintas: la persona oficiante las pronuncia sola, en forma de oración, para que el pueblo se asocie en silencio; es la forma ordinaria en nuestra liturgia. O dos oficiantes la pronuncian: el asistente indica por quién, o por quiénes o por qué se intercede. Y quien oficia ora según el sentido indicado. O quien se encarga de dirigir las oraciones del pueblo anuncia, en forma de exhortación, el tema de la súplica, y el pueblo responde, después de un instante de silencio; “Señor, ten piedad” o “Kirie éleyson”. Me parece que la última manera es la preferible, porque toda la comunidad interviene en la oración.

La acción de gracias es la oración que se dice tradicionalmente en el momento del prefacio eucarístico, y que en nuestras liturgias reformadas sin santa cena, se ha convertido en la oración llamada de adoración. Cuando forma parte del culto cristiano integral es la oración que, después del sursum corda, proclama que es verdaderamente digno y justo, necesario y saludable, alabar al Señor y darle gracias, por todo lo que Dios ha realizado por la creación y la salvación del mundo. Por esta acción de gracias, que se precisa según la fiesta o la época del año eclesiástico, y que adquiere entonces una forma parecida a la confesión de fe, la Iglesia se alegra de poder participar desde ahora en el culto celeste. Por eso, con los ángeles y todas las potestades de los cielos, con los espíritus de los justos llegados a la perfección, y con toda la Iglesia que combate en la tierra, en común alegría, canta a la gloria de Dios el cántico eterno, alabando, proclamando y diciendo: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”, u otra expresión semejante o un cántico con la misma idea.

Jean Jacques von Allmen, en El Culto Cristiano, Sígueme, Salamanca, 1968. Resumen y adaptación de GBH.

El tiempo de Adviento

El año litúrgico comienza con el tiempo del adviento, término que significa  advenimiento o hacia la venida; procede del verbo venir. En el lenguaje religioso pagano, adventus indicaba la venida periódica de Dios y su presencia teofánica en el templo. Es, pues, retorno o aniversario. Desde el punto de vista cristiano, adventus era la última venida del Señor, al final de los tiempos. Pero al aparecer las fiestas de la navidad y la epifanía, significó también la venida de Jesús en la humildad de la carne. Estas dos venidas (la de Belén y la última) se consideran como una única venida, desdoblada en dos etapas. Esta doble dimensión de espera caracteriza todo el adviento.

Adviento es el tiempo litúrgico que precede, como preparación, a la fiesta de navidad. Nació en el siglo IV con tres semanas de duración, a imitación de la cuaresma, o de las tres semanas de preparación pascual, exigidas por el catecumenado. La duración del adviento variaba, según las iglesias, entre tres y seis semanas. Se caracterizó en unos sitios por la penitencia (las Galias) y en otros por la alegría (Roma). En todo caso, el aspecto de la espera prevaleció sobre el de la preparación.

Casiano Floristán, en Diccionario abreviado de pastoral, Verbo Divino, España, 1999, ver Adviento.

Adviento y liturgia

La espiritualidad del Adviento combina dos grandes temas: la preparación para celebrar el nacimiento de Cristo –primera venida– y la espera de su venida gloriosa al final de los tiempos. (Augé 1996)

El adviento anuncia la tensión entre el ya de la salvación cumplida en Cristo y el todavía no de la manifestación plena de la salvación. La espera del tiempo nuevo no es una actitud pasiva. Esperamos el mundo nuevo preparando las condiciones para su alumbramiento. La esperanza escatológica se alimenta de las acciones concretas que cristianos y cristianas realizan para anticipar ese mundo justo y fraterno que soñamos. Es por esta razón que el Adviento también apunta hacia el carácter misionero de la Iglesia. En tanto celebra la primera venida de Cristo y aguarda su regreso, la iglesia actúa. (Amós López)


Escenario y ambientación para todo el ciclo de Adviento hasta Epifanía

El Adviento comienza cuatro domingos antes de Navidad. Una de las tradiciones más conocidas, originada posiblemente en Escandinavia, es la CORONA DE ADVIENTO. Ramas verdes unidas en círculo, cuatro velas moradas o violetas y una blanca en el medio. El verde, símbolo de vida unido en círculo nos hace pensar en la vida eterna, la vida que no se acaba. El morado (o violeta), tradicionalmente ha sido referido a la espera, al tiempo preparatorio. El blanco, la pureza, directamente relacionado con el niño de Belén.

Las cuatro velas tienen cada una su significado particular: esperar, preparar, servir y recibir.

Compartimos un poema que puede introducir cada uno de los domingos:

ESPERAR, PREPARAR, SERVIR Y RECIBIR

Esperar a Jesús aunque pocos lo esperen,
esperando su reino de paz y verdad,
con esa esperanza que nunca se muere
esperando a Jesús vivimos Navidad.

Preparar las antorchas que Jesús enciende
en nuestras vidas con su paz y libertad,
comprender este mundo como Dios lo entiende,
preparando luces hacemos Navidad.

Servir con mi Jesús en su largo camino
del pobre pesebre hasta la misma cruz,
sirvo en Navidad juntando mi destino
con todos los que buscan su Reino de luz.

Recibir a Jesús en mi propio pesebre,
abrir bien las puertas de cada corazón,
recibiendo a Jesús y que todos celebren
en mi vida y la tuya viviendo su amor.

Guido Bello Henríquez

Proponemos dedicar el primer momento del culto al encendido de la vela, explicando su significado y llevando a un momento de reflexión y oración. Este momento puede ser introducido con la canción “Dios nos ama tanto”.

Dios nos ama tanto, te digo que nos ama tanto,
Que desde el cielo un Salvador nos envió, como el sol a un nuevo día,
Como el sol, nuestro Dios, un Salvador nos envió,
Dios ciertamente nos amó.

Juan Gattinoni

En el archivo encontrará

  • Orientaciones para la predicación
  • Orientaciones para la acción pastoral
  • Orientaciones para la liturgia del culto comunitario


Esta ha sido una nueva entrega de Recursos Litúrgicos y Pastorales, siguiendo el tiempo desde Adviento al Domingo de Transfiguración, Noviembre 2021 – Febrero 2022,
(Ciclo C). Reedición de 2018-2019 con nuevos materiales, incluyendo sugerencias de recursos musicales,

  • para hermanos y hermanas encargados del ministerio de la Palabra,
  • realizando trabajos pastorales en amplio sentido y con distintos grupos
  • y a encargados y encargadas de la liturgia del culto comunitario.

Cotejando el “Leccionario Común Revisado”, en ediciones de varias iglesias hermanas. Nos permitimos abreviar o extender algunos de los textos y proponemos también otras alternativas.

Este material circula en forma gratuita y solamente en ámbitos pastorales, dando crédito a todos los autores hasta donde los conocemos, valorando mucho su disponibilidad.

Agradecemos todos los materiales que hemos usado –ya disponibles en varias redes–, como aportes para estos “recursos”. Y especialmente agradecemos una buena cantidad de materiales litúrgicos enviados por la pastora Cristina Dinoto.

Las indicaciones de las fuentes musicales son:

  • CA – Cancionero Abierto, ISEDET.
  • CFCanto y Fe de América Latina, Igl. Evangélica del Río de la Plata.
  • HCN – Himnario Cántico Nuevo, Methopress.
  • MV – Mil Voces para Celebrar, himnario de las comunidades metodistas hispanas, USA.
  • Red Crearte, https://redcrearte.org.ar/
  • Red de Liturgia del CLAI: www.reddeliturgia.org
  • Red Selah: www.webselah.com

Y anotamos las versiones de la Biblia mayormente usadas:

  • DHH – Dios habla hoy, desde la tercera edición o Biblia de Estudio.
  • RV60 o RV95 o RVC – Reina-Valera o Reina-Valera Contemporánea
  • BJ – Biblia de Jerusalén –Desclée de Brouwer, Bélgica-España
  • NBI – Nueva Versión Internacional – Edit. Vida, USA
  • Libro del Pueblo de Dios – Verbo Divino, Argentina

Fraternalmente, Laura D’Angiola y Guido Bello, desde la congregación metodista de Temperley, Buenos Aires Sur.



En estos “Recursos” procuramos usar un lenguaje inclusivo. En nuestros textos optamos por palabras abarcativas e incluyentes. Casi siempre preferimos alternar el femenino y el masculino, en vez del “los/as”, los “otres” o l@s. Usamos “los seres humanos” o “la gente”, en vez de “los hombres”, etc. Pero siéntanse todos y todas en libertad: nunca haremos de esta inclusividad una herramienta de exclusión ni de condena…

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