“Para crecer hay que romper”: La misión metodista al borde del colapso

07 Jun 2023
en Artículos CMEW
“Para crecer hay que romper”: La misión metodista al borde del colapso

El metodismo llegó a América Latina desde el sur. La primer misión enviada por la Sociedad Misionera de la Iglesia Metodista Episcopal se instala en el Río de la Plata, primero en Buenos Aires en 1836 y luego en Montevideo en 1839.


A pesar del optimismo inicial sus primeros 30 años fueron muy inestables y con variadas y recurrentes intenciones de cierre por sus magros resultados. A pesar de los esfuerzos de los primeros misioneros como John Dempster, Norris, Lore, la misión no pasaba de ser una especie de capellanía para extranjeros metodistas residentes o de paso por el Río de la Plata. Una de las principales razones, externas a la misión fue el devastator bloqueo comercial que sufrió Buenos Aires y otras ciudades del litoral por parte de la armada francesa entre 1838 y 1840, y la anglo francesa entre 1845 y 1850, en su afán de obtener libertad de tránsito por los ríos internos y ejercicio de libre comercio. El bloqueo provocó años de aislamiento, carencia de productos básicos y la deserción de comerciantes extranjeros de la region.  La otra razón que provocaba la parálisis de la misión era la presencia de la Sociedad para la Promoción del Culto Cristiano (SPCC), esta Sociedad fue creada en 1843 por un grupo de comerciantes norteamericanos ante el aislamiento de la misión y la falta de fondos. Su objetivo era hacerse cargo de los gastos de la misión, pago de los misioneros y también ocupar el templo y la casa pastoral debido a que ellos habían contribuído economicamente para su edificación.

Ambos factores, el externo con el bloqueo y el interno con la presencia de la SPCC, creaban una atmósfera de encierro y de asfixiante gestion hacia adentro. Era claro que si la misión continuaba confinada detrás de las paredes de un enclave extranjero, su futuro no duraría mucho. Durante el gobierno de Rosas era entendible la inhabilitación para abrirse al trabajo con la población nativa en idioma castellano, debido a la presión de la Iglesia Católica y el acuerdo de tolerancia religiosa firmada en 1836 entre el Gobierno de Rosas y John Dempster que establecía libertad de culto pero restringido al idioma de orígen de la misión y dentro de sus templos, pero después de la caída de Rosas y la promulgación de la Constitución Nacional de 1853 que estableció la Libertad de cultos, seguir encerrados ya no era una fatalidad, sino una opoción deliberada.

Efectivamente, la SPCC que había sido creada para “salvar” la misión, se había convertido en una organización que tenía el control y poder real sobre toda la misión.  La Junta Misionera de Nueva York, estaba lejos, la comunicación era lenta, pero la SPCC estaba en el corazón de la ciudad de Buenos Aires y eran los propietarios del templo y la casa pastoral y se encargaban del pago de los misioneros y hasta llegaron a examinar a los misioneros que llegaban para comprobar sus aptitudes para la tarea.

En 1857 la Junta Misionera está dispuesta a abrir el trabajo en castellano, es convocado el Rev. Henry R. Nicholson como maestro y misionero, quien habia trabajado como docente en Gibraltar y manejaba el castellano perfectamente.  Pero cuando todo parecía ser auspicioso para la misión y su apertura al trabajo con la población nativa en castellano, todo se detiene. Nuevamente la presencia de la SPCC se hallaba en la raíz de los problemas debido a su disconformidad con abrir la misión, lo que provocaba divisiones internas entre los misioneros y el trabajo se debilitaba cada vez más.  Un informe de la Sociedad Misionera de Nueva York era muy claro:


“..la Sociedad Misionera se encuentra muy triste y descorazonada por la situación de su única misión en tierras Latinas, si las cosas no prosperan deberemos proceder a cerrar la misión, vender la propiedad y abandonar el campo”.


Antes de tomar esta drástica medida, jugaron su útlima carta enviando al Rev William Goodfellow como Superintendente con plena autoridad sobre la misión.

Goodfellow llega en 1857 con un mandato muy claro por parte de la Junta Misionera de Nueva York, este constaba de tres items:

  1. Disolver la Sociedad para la Promoción del Culto Cristiano
  2. Organizar la Iglesia en Conferencias Trimestrales
  3. Usar todos los medios para expander el trabajo misionero incluyendo a la población nativa

Siguiendo las instrucciones, Goodfellow dedicó sus primeros años de trabajo a liberar a la misión de la presencia asfixiante de la SPCC, principal causante del estancamiento.

Esta acción logró abrir las puertas a una nueva etapa de crecimiento que permitió alcanzar los otros dos objetivos.

La expansion territorial fue poible gracias a la inciativa del gobierno nacional de fomenter el establecimiento de colonias de inmigrantes en las provincias de Santa Fe y Enrte Ríos, a través de las cuales la misión fue penetrando el terirtorio del Río de la Plata.

Y la última y más importante tarea lograda fue la apertura del trabajo al idioma castellano y su expansion a toda la población nativa. Este paso, dado en 1867 sería la garantía de un futuro abierto dejando atrás la inestabilidad de los años anterioires.


Las palabras exultantes de Goodfeloow en un informe previo a su retiro muestran la coronaciòn de los esfuerzos para mantener viva la misión:


“La misión ha crecido en cada una de sus áreas, se encuentra en pleno crecimiento, floreciente, tal vez mucho más de lo que lo estuvo antes. Hemos aprendido que para crecer hay que romper con los obstáculos. Miramos el futuro con la fuerte esperanza de que la luz del glorioso evangelio de la gracia de Dios brillará sobre toda nuestra misión aquí y en toda Sudamérica.”


Hoy, a 187 años de aquellos comienzos, el metodismo ha logrado una fuerte y deciciva presencia en toda América Latina. Es bueno recordar que, para que hoy estemos aquí, fue necesario romper obstáculos, a veces muy poderosos.  Cuando hablamos de renovar nuestro crecimiento, tal vez sea necesario revisar estructuras, tradiciones, prejuicios que actúan como nuevos diquespara abrir nuevos horizontes.


Daniel A. Bruno para CMEW


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