Recursos para la predicación

05 Sep 2022
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Recursos para la predicación 16 OctubreOct 2022

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Evangelio de Lucas 18.1-8

En el pasaje del evangelio escuchamos una parábola sobre un juez que no quiere atender a una viuda que pide la solución de un caso de injusticia (vv. 2-5); la interpretación que hace Jesús (v 6-8) es la enseñanza que Lucas quiere transmitir.

Notemos que el protagonista parece ser el juez, por cuanto se habla más de él (vv. 2 y 4-5) que de la mujer viuda (v. 3). Evidentemente, la actitud de este juez define la orientación de la parábola. Dos veces es calificado (por el redactor y por él mismo) como carente de temor a Dios y de respeto por el prójimo. Luego, Jesús mismo lo llama “juez injusto” (v. 6), no por lo que sucede en el relato (donde hace justicia) sino por ser un juez conocido por no hacer justicia en otras situaciones.

Repetimos: el juez parece ser el protagonista del relato. Sin embargo, éste apunta a la mujer. El episodio mismo se abre con esta advertencia orientadora para la lectura: “Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer”. Esta indicación hace a la viuda la protagonista pensada. El discurso mismo del juez lo señala: “para (que esta viuda) no venga continuamente a importunarme”, v. 5b).

De esto se trata: la viuda insiste en su reclamo, importuna continuamente, le causa molestias al juez cómodo y distraído. Lo cansa con la reiteración de su pedido de justicia. Esto es lo que ejemplifica la enseñanza propuesta en el v. 1 y que se refiere a nuestra relación con Dios a través de la oración. Recordemos que este relato es paralelo (también dentro de la estructura literaria del Gran Viaje de 9.52–19.48) al de 11.5-8,9-13, sobre el amigo importuno y la eficacia de la oración. Hay que leer los dos pasajes, porque son simétricos.

En la conclusión que saca Jesús, se da por sentado que Dios es mejor que aquel juez y que hará justicia a sus elegidos que oran con insistencia. Las expresiones “día y noche” y “(no) hacer esperar” hablan de la insistencia y reiteración de la oración. Más aun: Dios hará al revés del juez, ya que en lugar de demorar la justicia, la hará “pronto” (v. 8a). Parece a primera vista una incoherencia del texto: si Dios se expide pronto, ¿por qué hay que orar insistentemente? Se trata de que Dios no es como el juez lento y perezoso. Pero mirando desde el lado humano, es la persistencia y la constancia en el orar lo que muestra la fe (lo señala el final del relato, v. 8b). Y tal es la lección mayor de esta lectura, como lo proponía en su apertura (v. 1).

El relato de Génesis 32 es recordado precisamente por el tema de la insistencia de Jacob al pedir la bendición del personaje de la aparición (v. 27b, “no te suelto hasta que no me hayas bendecido”).

La lectura de la segunda carta a Timoteo sugiere también que hay que “perseverar” en lo que uno ha aprendido y creído (3.14).

No sólo la recomendación a orar, sino sobre todo a orar siempre, con insistencia y perseverancia, es el tema mayor de las lecturas bíblicas de este domingo.

Severino Croatto, Estudios Exegético–Homiléticos del ISEDET 19 – oct 2001


Génesis 32.22-30

El Peniel de Jacob

Una vez que despacha su embajada a Esaú, Jacob está aun profundamente preocupado y esa misma noche, sin esperar el amanecer, decide movilizar a su familia a través de un vado cercano al Jaboc, a un lugar del otro lado. Y después de realizada la travesía queda él solo, y tiene esa misteriosa y terrible lucha con un adversario al que primero identifica como humano, pero que después descubre que se trata de Dios mismo.

El relato es de un dramatismo intenso y resulta conmovedor. Sin embargo, presenta varios problemas que debemos enfrentar antes de pretender interpretarlo.

En primer lugar, está el nombre mismo del sitio. El texto nos dice que Jacob llamó al lugar Peniel o Penuel, que significa “el rostro de Dios”, en conmemoración de su encuentro. No obstante, es posible que Peniel fuera un nombre cananeo más antiguo. En la época pre-hebrea significaba “el rostro de El” (el mayor dios cananeo) y se refería a un trozo de tierra especialmente prominente o fértil donde se había levantado un asentamiento. De manera que puede haber sido el nombre ya existente del lugar el que sugirió a Jacob las palabras que usó para describir su experiencia: “Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma”.

En segundo lugar, el texto agrega al final la información de que en razón de la herida recibida en la cadera por Jacob durante la lucha, los hebreos “hasta hoy” no comen el tendón (posiblemente el músculo ciático) de esta parte del cuerpo. No hay prueba alguna en el resto del AT de un tabú semejante. De manera que el hecho de atribuirlo a la herida de Jacob es posiblemente una idea posterior de la tradición y no resulta relevante para el sentido original de la historia.

Lo mismo se aplica, en tercer lugar, a lo que a primera vista se presenta como el elemento más importante del relato: el cambio de nombre de Jacob por Israel. Pero el nombre Israel era un título que en su principio no tenía nada que ver con el patriarca Jacob y que recién se lo relacionó con él más adelante.

Vamos entonces a lo central del relato. Cuando en la oscuridad de la noche Jacob cruza el vado después de haber puesto a su familia y sus animales a salvo, es consolado por un “hombre” cuyo propósito evidente es no dejarlo pasar. Los dos se ponen a luchar y luchan hasta el amanecer sin que ninguno pueda vencer al otro. Justo en ese momento el adversario descoyunta la cadera de Jacob. Pero a esa altura Jacob ha adivinado su verdadera identidad, porque cuando el adversario le pide que lo deje ir (quizá porque, como se acercaba la mañana, Jacob podría verlo), Jacob dice, “no te dejaré si no me bendices”. El adversario lo bendice, y Jacob lo deja ir. Cuando más adelante conoce el nombre de la región, se siente fascinado por la idea de que ha visto a Dios cara a cara y vive para contarlo. Pero no ha escapado ileso y, mientas el sol asoma sobe Peniel, cojea lentamente desde el sitio de la batalla.

Este relato básico se expone de manera tan realista y, desde un punto de vista teológico, en términos tan crudos, que sin duda debe remontarse a la descripción hecha por él mismo. Ningún narrador hebreo posterior se hubiera animado a presentar a Dios no solo apareciendo en forma humana y peleando con un hombre sino, además, ¡siendo vencido por él!

Esto va mucho más allá de la forma en que se relata la aparición de Dios a Abraham como uno de los tres “hombres” de Mamre en el capítulo 18, lo que ya era un hueso duro de roer para un público hebreo. Bet-el y Mahanaim con sus ángeles vistos en un sueño o visión, bueno. Dios mostrándose, como a Moisés, en medio de una zarza ardiente (Ex 3), bueno, eso también podía ser. Un ángel que se aparece bajo el aspecto de un hombre a Josué afuera de los muros de Jericó (Jos 5.14), sí, hasta eso. Pero esto no, “a menos” casi podemos escuchar al público “que nos llegue en las palabras del mismo patriarca”.

Sin embargo, el hecho de que el relato se remonte al mismo Jacob no es razón suficiente para aceptarlo tal como él lo expresó. Dudo que los mismos hebreos hayan llegado hasta ese punto. Lo que sin duda podemos decir es que esa noche Jacob vivió una experiencia tan única en el río Jaboc, un encuentro con la divinidad tan profundo y real, que solo pudo describirlo en términos físicos cual si hubiera luchado con Dios como si se tratara de un hombre. ¿Cómo podemos expresarlo en términos que nos resulten significativos hoy?

Los temores y vaticinios de Jacob, descriptos de manera tan gráfica en la primera parte de capítulo, lo habían apabullado de tal modo que cuando cruzaba el vado sentía que Dios lo debía haber rechazado. Y aquí estaba Dios interponiéndose en su camino, impidiéndole entrar en la tierra que le había prometido con tanta frecuencia s sus padres e inclusive a él mismo. Su primer impulso fue postrarse en el suelo, deshecho e inerte. En realidad, hacía muy pocas horas había sido obligado a confesar su indignidad, a verse a sí mismo por fin en sus colores verdaderos. Este era, entonces, su castigo.

¡Pero no! No permitiría que Dios se saliera con la suya. De manera que luchó mucho y duro, en forma desesperada, para obtener su bendición, para que renovara aquella promesa que su padre había pronunciado una vez en el nombre de Dios y que él mismo –¡cuánto lo lamentaba ahora!– había ganado de manera tan indigna y que durante todos estos años en la Mesopotamia había dado desdeñosamente por supuesta. ¡Y milagrosamente Dios aceptó! La bendición fue otorgada y el premio que ahora veía como lo único e importante en la vida volvía a pertenecerle. Cojo, maltrecho y lastimado por la lucha, pero triunfante a pesar de todo, en ese momento nació un Jacob nuevo.

Sin embargo, estemos atentos para no pasar por alto el punto central. No fue un Jacob bueno quien nació. El profeta Oseas (12.2-6) era muy consciente de esto. Y como nosotros mismos no tardaremos en darnos cuenta, ni siquiera después de esa experiencia atemorizante, tenemos un Jacob auténticamente querible. La épica de Jacob no es el relato de un hombre malo que se convierte en bueno. Se trata de un nivel mucho más profundo. Sabemos lo que este hombre puso en primer lugar cuando las cartas quedaron echadas. Puso a Dios: y una vez que lo tenía asegurado, no permitiría que se fuera. En eso, a pesar de todos los rasgos siniestros de su carácter que lamentablemente subsistirán durante muchos años más, es donde yace su grandeza. Quizá fue la única señal de heroísmo en él, pero por eso mismo Dios no pudo sino bendecirlo.

En nuestro Peniel

Debemos ser muy cautelosos cuando se trata de aplicar una experiencia tan única como la de Jacob en Peniel a nuestras propias pequeñas vidas. No resulta difícil ver en nosotros mismos las hipocresías e ingratitudes de Jacob, pero ¿tenemos derecho a desafiar a Dios como lo hizo él? No es nuestra forma corriente de presentarnos ante Dios. ¿O hay ocasiones en las cuales quizá deberíamos tratar de imitar su desafío?

Se trata, creo, de que el tipo de bendición que anhelaba Jacob no llega a los bienintencionados sino más bien a los desesperados, no al hombre que asciende sino a quien está al final de sus posibilidades. Tiene que haber probado todos los otros caminos que llevan a la felicidad y encontrarse en un torbellino de miseria. Tiene que haber reconocido que solo Dios puede satisfacerlo y debe tratar de alcanzarlo de la misma manera en la cual un hombre que se está ahogando se aferra a una brizna de paja. Debe reconocer que Dios no debería aceptarlo y, a pesar de ello, negarse a aceptar un “no” como respuesta, inclusive de Él.

Al igual que la viuda inoportuna en la parábola de nuestro Señor (Lc 18.1-8), debe estar dispuesto a golpear a las puertas del cielo y seguir golpeando hasta que se le abran. Solamente alguien en una situación semejante puede pretender luchar con Dios como lo hiciera Jacob en Peniel. Pues solamente a quien se encuentra en una posición semejante Dios estará dispuesto a entregarle la corona de la victoria. Sabrá que ha participado en un combate y llevará las heridas de Dios desde el campo de batalla; pero no es sino el hombre que se encuentra en esa posición quien puede ver a Dios y seguir vivo.

El Peniel de Israel

Pero volvamos al texto sobre el cambio del nombre de Jacob por Israel. Es evidente que no podemos dejarlo sin considerar. El hecho de dar un nombre nuevo puede no decirnos nada de lo que sucedió aquella noche terrible en el Jaboc, pero sí nos dice mucho acerca de la conciencia de Israel en tanto pueblo.

Los hebreos deben haber elegido a Jacob como su antepasado porque sentían mucha afinidad con él. No creo que seamos pocos amables con él o con ellos cuando afirmamos que eligieron bien. En el Génesis hemos encontrado muchos ejemplos de agregados al texto que remontan su propio egoísmo, sus odios y prejuicios a la época patriarcal. Dichos pasajes los muestran en una luz decididamente desagradable. Pero en este caso el agregado es de un tipo muy distinto.

Hay un reconocimiento de que el triunfalismo de Jacob se refleja en el de ellos –“has luchado contra Dios y con los hombres, y has vencido”. Así como Jacob eliminó a todos los que se interpusieron en su camino –su padre, su tío, su hermano– Israel sacó de la escena al poderoso faraón, eliminó a los cananeos y se quedó con su tierra y construyó un poderoso imperio bajo David y Salomón. Y sin embargo, como lo indican con toda claridad los versículos sobre su nombre cuando se los analiza dentro de su contexto, Israel sabía en el fondo de su corazón que no había nada en sí mismo de lo cualquiera sentirse orgulloso, inclusive intuía que su mejor situación era la de encontrarse postrado y derrotado, sufriendo la esclavitud en Egipto o el exilio en Babilonia. Se trata de una autoevaluación notable.

Cuando los cristianos nos sentimos criticados a criticar al Antiguo Testamento por sus partes exclusivistas y despreocupadas, deberíamos recordar a favor de Israel que ubicó la primera revelación sobre su propio nombre dentro de un relato en el cual su antepasado ve cómo su orgullo se cae al suelo y confiesa por primera vez su desesperada necesidad de Dios.

Y al mismo tiempo deberíamos tratar de copiar la humildad auténtica de Israel en la Iglesia. Es una institución patéticamente falible, demasiado dispuesta a buscar el triunfo como su prerrogativa divina y demasiado orgullosa en desmedro de su propia salud y eficacia. ¿Somos capaces de establecer nuestras prioridades correctamente como lo fue Israel en sus mejores momentos?

John Gibson, pastor y profesor universitario en Escocia, en Génesis II, Edic. La Aurora, Bs As, 1989, pp 209-219, resumen de GBH.


Segunda Carta a Timoteo 3.14–4.2

Este texto nos acerca la permanencia en la fe recibida, pero ahora se señalará otra fuente y reaseguro de la fe: las Escrituras inspiradas. Afirmado en esas Escrituras y en el legado paulino, luego seguirán otros imperativos.

No pensemos que sólo ahora los cristianos nos encontramos separados y enfrentados por cuestiones de doctrinas o prácticas. El problema viene de antiguo, y la insistencia del autor porque “Timoteo” y todo lo que él representa “permanezcan en las enseñanzas recibidas”. Nos muestra la ambigüedad y conflicto doctrinal que comienza a conmover las comunidades cristianas primitivas.

Estas páginas nos ayudan a reconocer que ya desde tiempos muy tempranos “la Iglesia” se componía de diversas iglesias y tendencias internas. La sabiduría del Espíritu que guió el proceso canónico nos ayuda a ver una iglesia “ecuménica” desde sus orígenes, con sus divergencias y conflictos, así como su búsqueda de coherencia y fortaleza en el testimonio.

Esta enseñanza recibida y en la cual ha confiado “Timoteo” proviene de “quienes” lo discipularon. A pesar que muchas de nuestras versiones traducen en singular (de quien has aprendido –así la RV­–llevando a la idea de Pablo como maestro, el texto griego trae un plural: de quienes has aprendido –así la DHH–. Esto lleva a aceptar una pluralidad de maestros.

Esto, y el v. 16 que le siguen, plantean el tema de las Escrituras. En primer lugar, debemos señalar que estas “Escrituras” son un conjunto que por entonces estaba indefinido. La diáspora griega, en la cual se forma Timoteo, usaba distintas traducciones, aunque la más citada y honrada era la llamada “de los Setenta” (LXX) (que incluía libros griegos, como el Eclesiástico, y la Sabiduría de Salomón).

¿Cuál es la Escritura que da sabiduría de salvación? Tenemos el tema de la interpretación, dado que estas Escrituras deben ser interpretadas “por la fe de la salvación en Cristo”, lo cual, evidentemente, no es el modo en que los judíos de quienes las recibimos las han interpretado.

El problema también se plantea a nivel de la traducción. La expresión “inspirada por Dios”, que es una sola palabra, aparece solamente aquí en las Escrituras. Si es un predicativo debe traducirse “Toda escritura es inspirada por Dios y útil para...” (RV). Si es un atributo se traducirá: “Toda escritura inspirada por Dios también es útil para...” (DHH, lectura alternativa).

Por otro lado, aparece la pregunta: es la Escritura (en tanto objeto) inspirada, o es que Dios inspira al lector (inspiración subjetiva) para llevarlo a la fe por medio de la Escritura. Lo cierto es que para el autor hay un lugar destacado de la Escritura como instrumento en la enseñanza, en el debate, en la corrección y en la instrucción en la justicia. Es en este camino que el ser humano se prepara para vivir haciendo las obras que Dios espera de él o ella. La lectura de las Escrituras no es un fin en si mismo, el discernir el mensaje y aplicarlo apunta hacia otra cosa: el realizar la justicia de Dios en la vida (v. 17).

Por ello, el párrafo de 4.1-5, afirmado sobre este uso de la Escritura, aparece otra serie de mandatos: predicar, exponer, señalar, ordenar, exhortar, con paciencia y disposición a enseñar, pues en esto se juega la fidelidad a Cristo, quien es juez de todo la viviente como de lo que ha muerto, y se mostrará en su Reino.

La proclamación de este Reino es lo que está en juego. Y se nota que el horizonte de una pronta manifestación gloriosa de Cristo no desaparece de la vida de la Iglesia. Pero también se muestra que el tiempo transcurrido y que sigue corriendo ha dado lugar al surgimiento de corrientes diversas y doctrinas divergentes.

Estas diferencias hacen “escuela”, ya que surgen “maestros” que usan la enseñanza para justificar sus propios deseos o con afán de lucro y codicia. La exposición de la Escritura y la simple verdad de un Cristo crucificado y resucitado, la gracia y la justicia, no les alcanza: necesitan cosas más espectaculares, fábulas, experiencias extraordinarias. El problema, por lo visto, no es de ahora.

Ello no debe disminuir la pasión evangelizadora de “Timoteo”. Él debe continuar la obra con sobriedad, con sufrimiento si es necesario, pero mostrando las acciones que el Evangelio invita a realizar. Así ha de cumplir su ministerio, su diaconía, su servicio, a sus hermanos y hermanas, a su Iglesia, a Dios.

Sugerencias homiléticas

  • Es una buena oportunidad para hablar de la centralidad de las Escrituras, pero también de la diversidad de su interpretación. Si bien “el mes de la Biblia” ya pasó, los textos de la Epístola de estos últimos domingos mantienen una continuidad con esta celebración: Ya nos referimos al valor de la herencia de la fe, y la necesidad de actualizarla en nuestra práctica. El domingo anterior la epístola estuvo centrada en la “palabra de Dios” y su vigencia, y por cierto que ello se da por el testimonio bíblico. Luego nos encontramos con la referencia al valor de la Escritura en la enseñanza, su lugar como fiel de la balanza para evitar los desbordes de los mercachifles de la fe.
  • No es posible reducir la Escritura a una sola forma: su riqueza desborda toda interpretación que pretenda erigirse como la única posible. Pero tampoco es posible el testimonio de Cristo y su obra sin la referencia central a la Escritura, sin su lectura constante, sin compartirla en la vida comunitaria. Es una oportunidad para volver a poner el énfasis en el don de Dios que es la Escritura, en la “doble inspiración” de su palabra, en los que nos transmitieron su testimonio de fe en sus páginas, así como el Espíritu que hoy nos inspira al leerla.
Néstor Míguez, en Estudios Exegético–Homiléticos ISEDET, 55 – 17 de octubre de 2004. Extracto.


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