Recursos para la predicación

05 Sep 2022
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Recursos para la predicación 02 OctubreOct 2022

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Evangelio de Lucas 17.5-10

Los textos del evangelio de Lucas de este mes destacan el tema de la fe y de la confianza en Dios. Pueden variar los episodios narrados, pero en todos ellos hay alguna referencia a las relaciones de confianza. A partir de allí, se puede apreciar que las otras tres lecturas (historia, salmo, epístola) son escogidas por su conexión con el pasaje del evangelio a través de alguna palabra o frase.

El texto del evangelio (Lucas 17.5-10) viene motivado por el dicho de Jesús que le precede (vv. 3b-4), referido al perdón reiterado ante el arrepentimiento también reiterado. Se asocia entonces a continuación otro dicho de Jesús, sugerido por la solicitud de los apóstoles de que les aumente la fe. Su respuesta (“Si tuvierais fe como un grano de mostaza diríais a este sicómoro: ‘arráncate y plántate en el mar’, y os obedecería”, vv. 5-6) parece extraña en un primer momento. ¿Acaso no es absurdo pedir tal cosa a un árbol? ¿Se le habla a una planta? La frase da a entender claramente que no se trata de hablarle al árbol sino a Dios respecto del árbol. Y ya no es tan absurdo. Sin embargo, a nadie se le ocurre pedir a Dios que traslade un árbol. Pero no se trata de eso. El dicho, evidentemente, es metafórico. Está hablando de otra cosa, que es lo que importa: se trata de la confianza en Dios; a eso se dirigía la solicitud de los apóstoles.

Con una corrección: ellos piden un “aumento” de la fe. Jesús dice que no se trata de aumentarla. La fe es fe y confianza, o no es nada. No tiene medida. Por eso Jesús habla del grano de mostaza. Éste es como la semilla de alfalfa, extremadamente pequeña. Con una fe tan pequeña se puede hacer maravillas. Pero hay que tenerla. Parece que los apóstoles no están muy seguros de tenerla, a la luz del tono de la respuesta que reciben. Al estar en compañía de Jesús, no deberían sentir la necesidad de pedir un aumento de la fe. Simplemente, tienen que actuarla.

Una segunda enseñanza del Maestro está dada en el relato siguiente, que tiene que ver con las relaciones patronales según eran entendidas en aquel tiempo, no en el nuestro. En primer lugar, hay que notar lo que desconcierta en el ejemplo de Jesús: 1) Se admite la servidumbre como un hecho social no discutido; 2) El siervo que ha trabajado todo el día en el campo, arando o pastoreando los animales, tendría derecho, al llegar a casa, a sentarse a la mesa y comer. El amo, que se supone no ha estado trabajando, podría invitarlo a ponerse a la mesa (v. 7b); 3) El siervo es evaluado por el hecho de cumplir lo que se le manda (vv. 9 y 10), no importa si tiene hambre o está cansado; 4) El siervo no merece ningún agradecimiento por lo que ha hecho; 5) En la autoevaluación, se supone que el siervo debe sentirse “inútil”, a pesar de haber hecho lo que se le había mandado. Esto ya es el colmo de la baja estima.

¿Qué queda de rescatable en el ejemplo de Jesús? Aunque no aceptemos la práctica que Jesús conoce y no necesariamente aprueba, se trata de una ilustración, a partir de la realidad, para hablar de otra cosa. No somos iguales a Dios. La fuerza de su palabra, nuestra obediencia creatural a él, nuestra conciencia de la distancia respecto de él, son ilustradas por la comparación con las relaciones siervo-patrón, pero no son fundadas en ellas. Queremos que tales relaciones cambien, y no las aceptamos, pero la enseñanza de Jesús seguirá siendo válida. Mientras haya siervos y patrones, y ojalá que no existan más, nos ayudará a comprender el dicho de Jesús sobre la obediencia a la palabra de Dios. Por otra parte, las relaciones con Dios no lo benefician a él sino a nosotros. No nos manda para su provecho (como el patrón al siervo) sino para el nuestro. De modo que nuestra actitud de obediencia y de humildad nos favorece. Y esa es una diferencia significativa.

De modo que, a pesar del ejemplo usado por Jesús, la enseñanza es sobre nuestra disponibilidad y servicio, que no es sólo hacia él (resumida en las formas de culto) sino también hacia el prójimo (prácticas sociales).

La enseñanza de Jesús se inscribe dentro del único viaje a Jerusalén, una “subida” que es también un anuncio de su ascensión-glorificación (9.51) del profeta que sabe que morirá en Jerusalén. Durante ese viaje solemne, sin retorno, Jesús nos enseña cómo estar conectados con Dios en todo momento.

El fragmento de la 2ª carta a Timoteo se conecta con el evangelio por frases como “evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes”, una fe “arraigada”, o sea con raíces (v. 5), “yo sé bien en quién tengo puesta mi fe” (v. 12), o la atmósfera de fe y amor en que Timoteo fue instruido por “Pablo” (personaje ficticio y arquetípico).

El tema de la fe, por lo tanto, estructura las cuatro lecturas de este domingo.

Severino Croatto, en los Estudios Exegético–Homiléticos del ISEDET, 19 – octubre de 2001.


Introducción al libro de las Lamentaciones

El salmo 137 describe en un bello todo poético la situación del pueblo israelita deportado a Babilonia, que se reunían para sostenerse mutuamente compartiendo sus nostalgias y sus esperanzas. Lejos de Sión, la comunidad del exilio mantenía vivo el sentimiento de su unidad, pero ya no experimentaba la alegría que solo podía darles el hecho de estar en la tierra de Yavé. El sentimiento predominante ya no era el gozo de las antiguas celebraciones cultuales (cf Sal 100.4), sino la aflicción y la añoranza del tiempo pasado, cuyo signo más elocuente eran los instrumentos musicales colgados en los sauces de las orillas.

El marco histórico de las Lamentaciones es la caída de Jerusalén y la consiguiente destrucción de la ciudad, la deportación de una parte de la población y la triste condición de quienes habían quedado en el país. La caída del reino de Judá se describe en 2 Re 25.1-12 y en Jr 52.3b-16. Jerusalén fue sitiada por el ejército de Babilonia el año 9 del reinado de Sedecías, el día diez del décimo mes, y la ciudad estuvo bajo el asedio hasta el año 11 del mismo rey (587-586 aC).

La ciudad se ve ahora solitaria (1.1), aunque su población camina por sus calles en busca de pan (1.11). Tengamos en cuenta el efecto emocional con la mención de algunos hechos particularmente horrendos: mujeres que se comen a sus propios hijos (2.20; 4.10), los asesinatos cometidos por los sacerdotes y profetas (4.13), la necesidad de pagar para conseguir un poco de agua o de leña (5.4), la ausencia total de vida pública en Jerusalén (1.3-4; 5.13) y los zorros que se pasean por el monte Sión (5.18).

Pero a pesar de la destrucción del templo, del palacio real y de los muros de la ciudad, y a pesar de la deportación, Jerusalén no quedó del todo despoblada y hasta la caída de Babilonia, medio siglo más tarde, se mantuvo como un modesto destacamento administrativo bajo la dependencia del poder imperial. Fueron durísimas las condiciones de vida de los que siguieron viviendo entre las ruinas de la ciudad en sus alrededores.

Judá había perdido su independencia nacional; mucha gente había muerto, unos en el combate y otros por la hambruna durante y después del asedio; la clase dirigente y buena parte de la fuerza laboral especializada fueron llevados al exilio, y el efecto acumulado de las sucesivas deportaciones dejó detrás de sí mucho desamparo y miseria. Las principales instituciones del antiguo reino habían desaparecido para siempre, y la economía de Judá se vio reducida a su base puramente agrícola, de modo que cada familia campesina quedó librada a su propia suerte.

La mayoría de los historiadores reconocen el impacto producido por la destrucción de Jerusalén y su influencia sobre la literatura bíblica posterior. Para poder sobrevivir sin perder del todo su identidad, los judaítas, dentro y fuera de Palestina, se vieron forzados a reinterpretar creativamente los antiguos paradigmas –Jerusalén como una fortaleza inexpugnable (Sal 46; 48), el rey (Sal 2; 110), el templo (Jr 7.4), la tierra (Gn 15.18), la alianza davídica y la promesa de un trono eterno (2 Sm 7.16)– y esta necesidad dio un fuerte impulso a la reflexión teológica y a la creatividad literaria. En este contexto se practicaron las liturgias de lamentación asociadas al uso (y tal vez al origen) del libro de las Lamentaciones.

La forma poética

Las cuatro primeras Lamentaciones emplean el procedimiento retórico denominado “acróstico alfabético”. Ese artificio literario, usado en otros textos del AT (Nah 1.2-8; Sal 9-10; 25; 34; 37;: 111-112; Prov 31.20-31), consiste en disponer verticalmente las 22 letras del alfabeto hebreo, haciendo que cada verso sucesivo empiece de acuerdo con ese orden, de la alef a la tau. El orden de la sucesión se altera dos veces, en Lam 2.16-17 y 3.46-48, sin una razón aparente. Además, la tercera Lamentación intensifica el recurso, repitiendo la mima letra inicial en tres versículos consecutivos, con lo cual el poema consta de 66 versículos, es decir, 22 por 3. La quinta Lamentación no es acróstica, pero se acerca al esquema porque conserva el número de 22 versículos.

En las Lamentaciones se han podido discernir cinco voces distintas, sin que esa diversidad destruya la unidad temática del libro. Al contrario, la polifonía de voces revela la unidad de una misma conciencia, que da libre curso a su dolor asumiendo diferentes roles. Estas voces corresponden a los siguientes personajes:

  1. Una persona que se acerca a la ciudad de Jerusalén y la encuentra desierta y abandonada (1.1-11)
  2. Jerusalén personificada como una mujer que se lamenta de su terrible desamparo (1.12-22).
  3. Un individuo que ha soportado los rigores de la guerra (3).
  4. Un simple ciudadano que se siente a la vez sorprendido y consternado por el cambio de fortuna que ha sufrido la clase dirigente, reducida a la mendicidad, y que dirige un urgente llamado a la conversión (2).
  5. Una voz coral que expresa los sentimientos y reacciones de la población de Jerusalén en primer persona del plural (5).
Armando Levoratti, biblista católico argentino (1933-2016), Lamentaciones en Comentario Bíblico Latinoamericano, Verbo Divino, España, 2007. Resumen y extractos de GBH


La tercera Lamentación: Capítulo 3

Este poema puede considerarse como el centro del libro, ya que el poeta reflexiona largamente sobre el verdadero significado del sufrimiento. El discurso está puesto en labios de un hombre que ve la humillación (v 1). El paso del singular al plural (cf vs 40-48), y la presencia de esta figura masculina, en contraposición con las voces femeninas oídas hasta ahora, permite suponer que este hombre se expresa en representación de todo el pueblo.

La descripción inicial de los duros padecimientos (3.1-18) llega incluso a decir: Por más que grite y pida auxilio, (el Señor) cierra el paso a mi plegaria (v 8), y concluye con la siguiente declaración: Se han agotado mi fuerza y la esperanza que me venía del Señor (v 18).

Sin embargo, la esperanza no está del todo perdida, porque la misericordia del Señor no se extingue ni se agota su compasión, sino que se renuevan cada mañana (vs 22-23). Él no rechaza para siempre, no niega su perdón, ni aflige de corazón (v 33). Por eso es bueno cargar pacientemente con el yugo y esperar en silencia la salvación, aunque es indudable que ha sido el Señor quien infligió a su pueblo los sufrimientos presentes, ya que de la palabra del Altísimo salen los bienes y los males (v 38; cf. Sal 33.9; Am 3,6b).

Por lo tanto, de nada vale lamentarse de la fatalidad o de la mala suerte (cf 1 Sm 6.9), o atribuir los males a la fuerza del adversario. En realidad, la verdadera causa de tantas calamidades no `puede ser otra que los pecados del pueblo, porque el Señor no aflige de buena gana, y, si aflige, también se compadece por su gran misericordia (vs 32-33).

Las imágenes y metáforas se multiplican para hacer ver lo trágico de la situación. El Señor es un oso o un león agazapado al acecho de su presa (v 10), un cazador que me clavó en los riñones las flechas de su aljaba (v 13a). Él se cubre con una nube para que no pase la plegaria (v 44), y las calamidades que hunden al pueblo en la miseria y la desolación se describen igualmente con expresiones llenas de sugestión: veneno, basura y desecho, pesadas cadenas y yugos, confinación en las tinieblas, cantos burlones, piedras que entorpecen el camino, amargura del ajenjo, pájaro que cae en la trampa, prisioneros aplastados bajo los pies.

Luego el poeta saca las consecuencias de sus reflexiones anteriores: ¡Examinemos a fondo nuestra conducta y volvamos al Señor! (v 40), confesemos que hemos sido infieles y rebeldes (vs 40-42) y reconozcamos con franqueza que con nuestra conducta hemos provocado la indignación del Señor y los castigos consiguientes: Nos has convertido en basura y desecho en medio de los pueblos (v 45). Pero es bueno esperar en silencio la salvación que viene del Señor (v 26b), aun exponiendo la mejilla a los golpes del enemigo sediento de venganza (vs 30, 60).

En resumen, si la ruina de Israel ha sido provocada por sus propios pecados, el castigo era merecido y no arbitrario. A partir de esta convicción surge un atisbo de esperanza: el arrepentimiento y la sumisión a la voluntad divina podían atraer la misericordia de Dios y poner fin a tantas calamidades. Sin arrepentimiento no queda lugar para la restauración. Por eso, casi al fin de la Lamentación, el poeta declara: Entonces invoqué el Nombre del Señor… tú te acercaste el día que te invoqué y dijiste: “No temas” (vs 55,57). Y la respuesta más plena a esta humilde invocación se encuentra en el poema que sigue a continuación: Tu iniquidad se ha borrado, hija de Sión: ¡él no volverá desterrarte! (4.22; cf Is 40.1-2).

Armando Levoratti, biblista católico argentino (1933-2016), Lamentaciones en Comentario Bíblico Latinoamericano, Verbo Divino, España, 2007. Resumen y extractos de GBH.


Segunda Carta a Timoteo 1.1-10, (11-14)

Introducción

El texto que conocemos como “Segunda Carta de Pablo a Timoteo” forma parte de las llamadas “epístolas pastorales”. Sin embargo, sabemos que la organización en el canon obedece a otros criterios, y debemos sentirnos con cierta libertad al examinar los textos.

Mi lectura de 2 Tm me hace pensar que es anterior a las otras dos pastorales; y que tiene un “editor” distinto de ellas, y más cercano, en tiempo y afecto, al propio Pablo. 2 Tm puede considerarse más “paulina” en tono, tiempo y en sus líneas teológicas generales que las otras pastorales. Es, en alguna medida, como un “testamento paulino” (4:6-8).

Comentario

El comienzo de la carta (vs. 1-2) destaca el carácter apostólico de Pablo (y por ello de la carta), pero además introduce algo nuevo: “según la promesa de vida que es en Cristo Jesús”. La carta es particularizada a este “hijo amado” –cf. 1 Co 4:17; Flp 2:19-22. La fórmula de saludo, por lo demás, es más o menos convencional y similar a otras cartas.

A diferencia de las otras pastorales, donde el autor entra directamente a los asuntos a considerar, y más cercana a las cartas a las iglesias, el escrito da lugar a una acción de gracias por el ministerio del receptor, a una expresión de su afecto por él (vs. 3-4). Luego se incluye una referencia al testimonio de la familia (de las mujeres de la familia, para ser exactos: abuela y madre, v. 5).

Por ello es que después reivindicará la autoridad de las Escrituras (lo que hoy nosotros llamamos el Antiguo Testamento) como fuente de enseñanza y autoridad. Esto es importante, porque marcaría una idea de continuidad entre el verdadero judaísmo y la fe cristiana, en cierta consonancia con Rom 9-11, aunque también hay algunas diferencias.

La acción de gracias es acompañada por una primera exhortación de carácter personal (v. 6). Ello implica un encuentro de dos partes: una que es responsabilidad de Timoteo “avivar el fuego”, y otra que es de Dios: el don divino. Pero entra también un tercer partido: la relación con Pablo, quien ha afirmado este don mediante la imposición de sus manos. Es una síntesis de las tres dimensiones del ministerio: el don divino, la responsabilidad personal, el reconocimiento comunitario –en este caso vehiculizado por Pablo.

En esta fórmula se destacan algunos factores teológicos que parecen cristalizar en expresiones que toman la forma de proposiciones doctrinales fijas, elementos que se han presentado argumentalmente en las cartas a las iglesias. Esos puntos son:

  1. La relación entre salvación, llamamiento y santificación.
  2. Ese don proviene, no de nuestras obras, sino de la gracia de Dios.
  3. Esto obedece a un propósito preestablecido de Dios.
  4. Que se manifiesta en este tiempo por la “epifanía” de Jesucristo.
  5. Esta salvación “por el Evangelio” está relacionada con la victoria sobre la muerte y la promesa de inmortalidad.

Sugerencias homiléticas

Una línea homilética puede trabajar sobre lo que significa “la fe recibida”. Este texto nos permite reflexionar en varios sentidos:

  • La fe recibida de “nuestros padres”: en el caso de Pablo, de sus ancestros judíos; en el caso de Timoteo, probablemente haya la misma referencia, aunque es posible que su madre ya le haya transmitido una visión cristiana. La fe no es un “contenido”, sino una disposición a la adoración y a la vida recta: con buena conciencia (v. 3).
  • Hay una gratitud y un reconocimiento por esa fe sin hipocresía. Pero al mismo tiempo hay una disposición a cambiar: la fe recibida no es una herencia intangible, sino que debe estar abierta a lo nuevo que hace Dios entre los seres humanos.
  • La fe recibida es ejemplo de vida, perseverancia aún en los momentos de peligro, fieles aún frente a las situaciones difíciles. Es un testimonio que “no avergüenza”, sino que llena de gozo y gratitud por quienes supieron mostrarse íntegros aún cuando ello implicaba sufrimiento.
  • Esa fe recibida debe ser transmitida, lo cual significa hacerla propia, vivirla según las nuevas circunstancias que se nos plantean. Es “avivar el fuego del don” (v. 8) para que a su vez otros puedan recibir este testimonio y hacer vida en sus propias circunstancias y contextos.

Otra posibilidad es desarrollar, en un sermón de corte más doctrinal, los puntos que hemos destacado en la “fórmula credal” de los vs. 9-10. Destacar los elementos del llamamiento a la santidad, la prioridad de la gracia divina, la voluntad salvadora de Dios, la manifestación a la vez en gloria y debilidad del Cristo crucificado y resucitado, la esperanza de vida que ello nos abre.

Néstor Míguez, en los Estudios Exegético–Homiléticos del ISEDET, 55 – octubre de 2004. Hacemos un extracto de este comentario.


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