Recursos para la predicación

13 Jun 2022
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Recursos para la predicación
Recursos para la predicación 26 JunioJun 2022

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Lucas 9.51-62

El pasaje que tenemos delante tiene dos escenas (vs. 51-56 y 57-62). En ambas se presenta la distancia entre el evangelio de Jesús y la comprensión que los discípulos tenían de él. Esta distancia no es solo producto de que aún no conocían el final de la historia, pues los evangelios fueron escritos a la luz de toda la vida de Jesús, sino más bien expresa una situación más profunda de incomprensión del proyecto de Dios para la humanidad y de privilegiar los proyectos personales por encima de los del Reino. Tomados así es evidente que no estamos lejos nosotros mismos de aquellos discípulos que nos escandalizan por sus reclamos de destrucción del adversario o por su egoísmo ante el llamado del Señor.

No recibieron a Jesús

La enemistad entre judíos y samaritanos era antigua y bien conocida por todos. Es necesario recordar que nunca hubo una delimitación geográfica estricta para estos pueblos hermanos en conflicto. De modo que el hecho de que los mensajeros hayan entrado en una aldea samaritana puede ser tomado como una provocación de su parte, ya que simplemente podrían haberla elegido otro camino. Quizá querían mostrarse exitosos ahora que habían encarado el camino a Jerusalén para revelar definitivamente el triunfo sobre ellos y otros grupos religiosos.

Los discípulos estaban convencidos que el triunfo les daba derechos y habían querido ejercerlo con los samaritanos. Pero la respuesta samaritana es la esperada: no estaban dispuestos a ayudar a un grupo de judíos en camino al templo –que consideraban falso e ilegítimo –, si además mostraban su supuesta superioridad delante de ellos. Esto es evidente debido a que Jacobo y Juan evocan 2 Reyes 1.9 donde se narra el conflicto de Elías debido justamente a que Ocozías había consultado a otros dioses y no a Yavé. Elías hace descender fuego sobre sus dos emisarios. El traslado a la situación de los samaritanos no puede obviarse: ellos adoran en un templo que no corresponde y además ahora rechazan al salvador. Para Jacobo y Juan merecen el fuego de Dios.

Pero Jesús se encarga una vez más de poner en claro que son ellos los que no entienden el plan de Dios. Si en el pasado la voluntad de Dios se había expresado a través del fuego ahora el proyecto era otro. La llegada del mesías no traía más muerte a un mundo ya saturado de violencia sino que su proyecto invitaba a la salvación de la vida. Era más fácil destruir al enemigo que amarlo y comprenderlo aún en su error, y los discípulos sienten que ellos tienen un poder que en realidad no les pertenece. “Quieres que mandemos...” le dicen a Jesús como si la vida y la muerte de estos samaritanos estuvieran en sus manos.

La reacción de Jesús probablemente se dirige a varias cosas. Señalamos tres: en primer lugar, que ellos no entienden el espíritu que los alienta, es decir, en ese momento no es el espíritu de Dios el que los lleva a sugerir esa acción. Es curioso que citan la Biblia –el Antiguo Testamento era toda su Biblia– con lo cual se nos dice que no basta con citar un texto bíblico e imitarlo para estar en sintonía con el proyecto de Dios. En segundo lugar, que la salvación no se impone verticalmente ni por la fuerza. Que Dios tiene sus propios medios que solemos no conocer, siempre en busca de caminos más cortos y humanamente eficaces. En tercer lugar, los dirige a otra aldea. Allí no ofenderán a nadie y el Señor podrá descansar.

Querían seguir a Jesús pero...

Esta nueva perícopa profundiza la distancia entre el plan de Dios y el proyecto de los discípulos. El primero anuncia su decisión de seguirlo cualquiera sea el lugar donde vaya, aunque insinuando que Jesús tiene un lugar, quizá sospechando un palacio preparado por Dios mismo. El segundo interpone la necesidad de enterrar a su padre, por cierto una obligación moral difícil de eludir, aunque el sentido probable no es que haya muerto recién sino que siendo el padre ya anciano el hijo debe cuidar de él hasta sus últimos días. El tercero pide despedirse de los de su casa, su propia familia, una institución muy arraigada en las costumbres del mundo antiguo.

Nos equivocaríamos si juzgáramos mal a quienes plantean acciones tan razonables. Ciertos márgenes de seguridad, ser responsable por los padres y cortés con los familiares no es algo que el Señor nos pida que olvidemos. No es eso lo que busca transmitirnos este pasaje. La intención del texto no es mostrar la pereza de los discípulos sino la radicalidad del llamado de Jesús. Esto se refleja en las respuestas: el Hijo del Hombre no tiene donde ir, es decir, sus preocupaciones no pasan por conseguir un lugar en alguna parte sino en cumplir con la voluntad del Padre. Luego invita a anunciar el reino de Dios como prioridad sobre otras obligaciones, aún aquellas que la sociedad considera ineludibles y que son parte del núcleo básico de obligaciones. El tercer caso invita a no demorarse en el pasado sino a encarar lo nuevo con toda energía. El arado no puede dirigirse sin la vista hacia delante.

En los tres casos el énfasis está puesto en la novedad del evangelio y la misión en contraste con la estrechez de miras de quienes desean ser parte del proyecto pero no asumen la totalidad del desafío. ¿Serían tan solo excusas para eludir la responsabilidad evangélica? ¿Estamos ante personas bienintencionadas pero erradas en su proyecto? El pasaje parece señalarnos que cualquiera que sea la razón, lo que el Señor pide es una entrega plena de lo que somos, y no la pequeña porción de nuestra vida que nos parece útil entregarle.

Sugerimos que la predicación se centre en señalar esta distancia entre lo que Dios propone y nuestra comprensión a veces acomodaticia del mensaje, en otros casos tergiversándolo, en otros reduciéndolo a nuestros propios deseos. A ellos Jesús opone la serenidad de su ejemplo y palabra, y su decisión de ir a Jerusalén a cumplir con su misión. Junto a sus discípulos somos invitados a ir con él.

Pablo Andiñach, biblista metodista argentino, en Estudios Exegético-Homiléticos 51, ISEDET, junio 2004, Bs As.


Introducción a los libros de los Reyes

¿“Reyes” o “Profetas”?

Los libros de los Reyes formaban en la Biblia hebrea un solo volumen, el cuarto de los Profetas anteriores, atribuido por la tradición judía al profeta Jeremías. La traducción griega lo dividió en dos libros, agregó ambos al de Samuel y llamó Libros de los Reinos I-IV al conjunto que hoy conocemos como 1-2 Samuel y 1-2 Reyes.

“Reyes” y “Profetas”; más allá de las personas a las que refieren, estos nombres se vuelven categorías simbólicas de diversos modos de comprender, proponer y transmitir la historia del pueblo de Dios, que incluye y supera a los reyes y a los profetas. Se trata de esta historia larga y compleja, que ha llegado a una crisis extrema con el pueblo del antiguo pacto en el destierro.

¿Quiénes hacen esta historia? Cuando decimos “Reyes” representamos la iniciativa y la responsabilidad humanas, el drama del amor y el ejercicio del poder en la vida pública, en las instituciones del Estado nacional y en las relaciones internacionales. Y cuando decimos “Profetas”, vemos que irrumpe la soberana libertad divina, el drama del amor de Yavé, gratuito y celoso, comprometido y exigente, aliado con su pueblo y Señor de todas las naciones.

La historia real vivida por los creyentes no puede prescindir de ninguno de sus protagonistas –humano y divino–; la historia narrada por creyentes tampoco podría hacerlo. Ha de ser un relato; debe dar cuenta de la historia; propondrá la mirada de la fe. En esta triple necesidad radica su afán, su riesgo y su esperanza.

Así lo ha mostrado ya la larga narrativa histórica que precede a los libros de los Re, pero en estos la cuestión se profundiza debido a una doble novedad: por una parte, el autor remite a documentación oficial que podía ser verificada (Anales de los reinos de Israel y de Judá); por otra parte, incorpora a su narración sucesos y personajes públicos más allá de los límites de Israel. Ambos aportes reclaman una fidelidad más atenta a la objetividad de lo acaecido y, a la vez, revelan una fe más honda en Yavé, quien conduce misteriosamente los caminos de Israel y de todos los pueblos.

El final de una larga historia

El relato de los libros de los Re cubre los acontecimientos desde el final del reinado de David (hacia el 970 aC) hasta el destierro a Babilonia con el rey Jeconías (562 aC, cf 2 Re 25.27); son más de cuatrocientos años de historia del pueblo de Israel, atravesados por una suerte de avatares, desde el esplendor glorioso hasta la ruina miserable. Ha de comprenderse como larga conclusión de toda la Historia deuteronomista, el conjunto que abarca los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes, inspirada en la concepción teológica del libro del Deuteronomio.

El narrador de Re introduce a sus primeros personajes sin ninguna presentación –deben ser conocidos por el lector–, y remite en numerosas ocasiones a palabras o hechos narrados en los libros anteriores, en particular los de Samuel. Ya a esta altura del relato deuteronomista, ciertas expresiones repetidas delatan un estilo literario característico. Y al mismo tiempo, las realidades y los símbolos llegan a esta etapa matizados en su sentido y valor por las apariciones anteriores. Se merece, pues, una lectura en continuidad, sensible, inteligente y profunda.

Escrita por creyentes para creyentes

La certeza más firme de la fe del autor, la que enciende toda su pasión y condiciona todos sus juicios –elogiosos o condenatorios, con poca sutileza de matices–, es el monoteísmo, tal como se expresa en el credo del Deuteronomio: Escucha, Israel, Yavé nuestro Dios es el único Yavé. Amarás a Yavé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6.4-5).

En consecuencia, el pecado más grave es la idolatría. No hay Dios fuera de Yavé; todos los demás, adorados y servidos como dioses por los otros pueblos, no son sino ídolos abominables. Y, sin embargo, seducen a Israel a lo largo de toda su historia, poniendo a prueba su amor y fidelidad. Israel es el pueblo de Yavé, el Dios que no admite rival ni componendas en su amor ardiente (cf Dt 4.24). En Re, la figura emblemática es Elías, el profeta de fuego, y la escena imborrable es el sacrificio en el monte Carmelo, con el desafío lanzado al pueblo entero: Si Yavé es Dios, síganlo; si Baal lo es, sigan a Baal (1 Re 18.21). El pueblo entero, por tanto, tiene la libertad y la responsabilidad que brotan de esta alianza fundacional.

Este primer artículo de la fe deuteronomista debe afrontar una seria dificultad en el mismo terreno de la fe de Israel en Yavé. Se trata de la institución de la monarquía, tal como lo había advertido el prólogo teológico (cf Dt 17.14-20) y el comienzo histórico (cf 1 Sm 8, donde el pueblo pide al profeta Samuel un rey). En efecto, la monarquía ha introducido una novedad no solo en el ámbito de las relaciones políticas, económicas, sociales y religiosas en el pueblo (o al menos en ciertos sectores), sino que, partir del rey David, está asociada a una promesa incondicional de Yavé: Tu casa y tu reino permanecerán para siempre… tu trono estará firme, eternamente (2 Sm 7.16).

No es de extrañar que esta “novedad” encontrara resistencia en amplios círculos de Israel, más vinculados a las antiguas tribus del Norte y a la tradición de grandes profetas que, precisamente en nombre de Yavé y solo Yavé –el aspecto más destacado de los profetas en 1-2 Re–, denuncian la injusticia social y exigen fidelidad a la alianza de Moisés. Este último aspecto, más destacado en los profetas “escritores” como Amós y Oseas, de ningún modo está ausente en Re (el caso de “la viña de Nabot” es ejemplar; cf 1 Re 21). Tampoco sorprende, en el otro extremo, que los círculos más cercanos a la corte de Jerusalén, vinculados a las tradiciones de las tribus del Sur, a la herencia de David y a la teología de Sión, se sintieran más seguros, cual privilegiados destinatarios de una posición garantizada por Yavé.


2 Reyes 2.1-18 – Elías arrebatado y Eliseo investido

El gran Elías está culminando su misión, pero Yavé no dejará a Israel sin la fuerza de su palabra, ofrecida a través de los profetas. Eliseo es la figura en torno a la cual se organizan los 12 capítulos siguientes en lo que llamamos 2 Reyes, aunque repetimos que la división del conjunto 1-2 Re es artificial.

Este es el único caso de sucesión profética de toda la Biblia. Elías había “llamado” a Eliseo a su servicio (cf 1 Re 19.19-21), pero Yavé lo había designado profeta en lugar suyo (cf 1 Re 19.16).la escena de la “asunción” de Elías cumple una doble función: culmina su ciclo y abre el de Eliseo.

Este episodio singular se destaca aún más por su situación temporal: ubicado entre el final del reinado de Ocozías (1.17-18) y el inicio del de Jorán (3.1-3), parece fuera del tiempo de la historia de los reyes. El autor indica también de este modo la superioridad de los profetas sobre los reyes; los acontecimientos que refieren directamente al ámbito divino como raíz y fundamento de la salvación que se efectúa en la historia política y cotidiana.

La escena está narrada como un viaje de ida y vuelta, como culmen se anuncia ya desde el principio: Yavé arrebata a Elías en la tempestad hacia el cielo (v 1). Con este dato misterioso, el lector sigue el itinerario de sus personales.

Elías es quien la marcha desde Guilgal (al norte de Betel) con Eliseo, y quiere avanzar solo, enviado por Yavé a Betel. Pero Eliseo jura por Yavé que no se apartará de él. La comunidad profética de Betel sale al encuentro de Eliseo para informarle de que hoy Yavé arrebatará su señor. Eliseo dice ya saberlo, y ordena callar (vs 2-3). El esquema se repite en torno a Jericó, aumentando el suspenso (vs 4-5). Y de nuevo hacia el Jordán, pero, al tercer juramento de Eliseo, el autor ya nos muestra a los dos juntos.

Los discípulos de los profetas (cincuenta recuerda los soldados del episodio anterior) en silencio se quedan de pie a lo lejos: lo que sigue es secreto entre Elías y Eliseo. El Jordán señala un límite al misterio: el manto de Elías (cf 19.13,19) separa las aguas, y recuerda la gesta de Moisés (cf Éx 14.21) y de Josué (cf Jos 3.15). Mientras cruzan, Eliseo aprovecha el ofrecimiento de Elías y pide una doble porción de su espíritu. La frase es difícil; semeja la herencia del primogénito (cf Dt 21.17), como si Elías pudiera disponer y legar el espíritu profético.

Más curiosa aún es la condición: si me ves cuando sea arrebatado. De pronto, irrumpe el mundo celestial a través de símbolos teofánicos: carro y caballos de fuego los separan y Elías sube al cielo en la tempestad (cf Job 38.1), el grito de Eliseo, que lo ve, proclama su respeto de discípulo y la grandeza del maestro, de quien se despide: ¡Padre mío, padre mío! ¡Carros y caballería de Israel! (v 12).

Con dos gestos simboliza Eliseo el cambio de personalidad: desgarrarse las propias vestiduras y recoger el manto de Elías. Comienza el viaje de vuelta, y el Jordán es el límite desde el misterio. El manto es no es un objeto mágico; solo después de la invocación de Yavé, el Dios de Elías, vuelve a separar las aguas, atestiguando ahora a favor de Eliseo profeta.

Los discípulos de los profetas (no se dice qué vieron de lo ocurrido allende el Jordán) lo reconocen como poseedor del espíritu de Elías, pero insisten en una minuciosa búsqueda para descartar una traslación repentina (propia de Elías, cf 1 Re 18.12). Eliseo, ya avergonzado, debe permitirlo. Tres días de búsqueda infructuosa refuerzan su autoridad entre ellos. Elías ya no es de este mundo (vs 15-18).

El final de Elías arrebatado al cielo lo ha unido en la tradición a Enoc, también arrebatado por Dios (cf Gn 5.24) y a Moisés, cuyo sepulcro no se conoce (cf Dt 34.6) y ha desarrollado la expectativa de su “vuelta” (cf Mal 3.23).

Gerardo José Söding, biblista y teólogo católico argentino, en Los libros de los Reyes, Comentario Bíblico Latinoamericano, Verbo Divino, Navarra, España, 2005.


Gálatas 5.1,13-26. Viviendo la libertad orientados por el Espíritu

La justificación por la fe provocó una nueva identidad en los cristianos, que ahora son justos y libres. Pablo exhorta con autoridad a los gálatas a que vivan de acuerdo con esa identidad y se mantengan firmes.

La nueva identidad de quienes están en Cristo demanda manifestaciones concretas de hijos e hijas libres. La libertad es un don que se manifiesta frente a Dios y a la sociedad. Por eso en esta sección Pablo exhorta y aconseja a los gálatas sobre cómo vivir una ética responsable. Él contrapone “carne” y “espíritu” como dos fuerzas opuestas. La carne tiene varias connotaciones: en algunos contextos designa simplemente al ser humano (1.16; 2.16; 4.13); en otros se trata de un poder que arrastra a cometer acciones en contra de la propia voluntad (5.17).

No abusen de la libertad, dice Pablo, pues el libertinaje da oportunidad a la carne para conducirlos por un camino que no es el del Espíritu. Aparentemente, vivir la libertad sin ley abre la opción de dejarse llevar por la carne o de manifestar el fruto del Espíritu. Pero, paradójicamente, si se opta por lo primero, se pierde la libertad.

La preocupación básica de Pablo es cómo mantener la libertad sin someterse a preceptos y normas que impongan un determinado comportamiento. Esta era posiblemente un serio problema para la comunidad, y la predicación de los oponentes (Cristo y Ley) resolvía el dilema. Pablo afirma, en cambio, que es posible conducirse sin someterse acríticamente a la ley o sin la guía de los astros cuando las personas se conducen por el amor.

El amor gratuito de Dios se reproduce en el amor gratuito de cada miembro de las comunidades cristianas para con su prójimo. La ley cumple una función si se pone al servicio del ser humano y si las personas asumen la ley en forma crítica, privilegiando la misericordia. No es lo mismo amar al prójimo como fruto del Espíritu que como requisito de una ley. Lo que pide la ley se convierte en obligación y en una verdadera carga si no se tiene detrás una actitud que privilegie la gracia. Lo que nace del Espíritu pasa a ser un modo de actuar natural y espontáneo, sin necesidad de seguir determinados preceptos.

(…) Por ese motivo, Pablo señala que toda la ley alcanza su plenitud en el precepto “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (5.14). Con ello asegura a los gálatas que la libertad se manifiesta responsablemente de acuerdo con la lógica del amor. La vocación a la libertad conduce necesariamente al servicio mutuo (5.13).

Las acciones y actitudes descritas en 5.19-22 habrá que considerarlas más allá de una simple lista de vicios y virtudes. Aunque, como se ha dicho, forman parte de la ética convencional de judíos y griegos del mundo helenístico, para Pablo son consecuencias intrínsecas y visibles de dos formas opuestas de vida. Mientras que las negativas son acciones deliberadas de la carne (v 19), las positivas son el fruto del Espíritu (5.22). Nótese que el amor encabeza la lista de los vs 22-23.

Aunque las tendencias de la carne no desaparecen en los seres humanos, Pablo recuerda que la carne con sus deseos y pasiones ha sido crucificada junto con Cristo. (…) No hay por qué temer; el Espíritu prevalecerá frente al poder de la carne, si el creyente es dócil a sus impulsos e inspiraciones (v 25).

Elsa Tamez, Carta a los Gálatas, en Comentario Bíblico Latinoamericano, Edit. Verbo Divino, Estella, 2003.


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