Recursos para la predicación

18 Mar 2022
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Recursos para la predicación 16 AbrilAbr 2022

Morado


Sepultado… ¿qué es la vida humana?

Sepultado: … ¿Qué es, pues, la vida humana? Acercarse apresuradamente al sepulcro. El hombre se apresura hacia su fin, un fin sin porvenir alguno, un fin que es lo definitivamente postrero…

Descendió a los infiernos: la imagen que el antiguo y el Nuevo Testamento ofrecen del infierno difiere de lo que épocas posteriores han imaginado… Estar sin Dios es la existencia en el infierno. ¿Podría ser otro el resultado del pecado? ¿No se ha apartado con su acción el hombre de Dios? La soberanía de Jesucristo que ante Dios se pone en lugar nuestro, consiste en que carga sobre sí con aquello que nos corresponde a nosotros…

A esto se lo llama justicia. Justicia significa levantar, poner en pie al caído. Y esto es lo que hace Dios. No por eso deja de cumplirse el castigo ni de sobrevenir la angustia, pero ello sucede en tanto Él se pone en el lugar del culpable. ¡Él, que tiene poder para hacerlo; Él, que está justificado al desempeñar el papel de su criatura!

Karl Barth, Bosquejo de Dogmática, Cap. XVII, La Aurora - Casa Unida de Publicaciones, Bs. Aires – México, 1954.


Esta oscura profundidad de la muerte

Esta oscura profundidad de la muerte humana se expresa solamente cuando la muerte es experimentada como exclusión de Dios… Ahora bien, la antigua dogmática afirmaba que el sufrimiento principal del infierno consistía en ser plenamente conscientes de la exclusión de la proximidad de Dios. Aquí radican las razones objetivas de la interpretación que hace Lutero del descenso de Cristo a los infiernos, interpretación que se centra en el sufrimiento moral, en el tormento espiritual que tuvo que experimentar el vocero de la proximidad y cercanía de Dios…

La historia de la teología, sin embargo, ha mantenido repetidamente una interpretación del descenso de Jesús a los infiernos como expresión del triunfo de Jesús y no de su sufrimiento… Ambas representaciones, al parecer, se excluyen mutuamente. No obstante, ambas tienen una cosa en común: ambas son interpretaciones de la muerte de Jesús. Y en esto están estrechamente implicadas. Pues, por su muerte en el abandono de Dios, Jesús superó el abandono divino de la muerte para todos los hombres que están unidos a él. El significado vicario de la muerte de Jesús queda expresado en la representación de su victoria sobre los infiernos. La cruz de Jesús adquiere esta significación sólo a la luz de su resurrección.

Wolfhart Pannenberg, La fe de los apóstoles, Sígueme, Salamanca, 1975

El pecado no es sólo un impedimento para esa salvación en el más allá. El pecado en tanto que ruptura con Dios es una realidad histórica, es quiebre de comunión de los hombres entre ellos, es repliegue del hombre sobre sí mismo. Repliegue que se manifiesta en una multifacética postura de ruptura con los demás. Y porque el pecado es una realidad intrahistórica –personal y social–, formando parte de la trama diaria de la vida humana, es también, y ante todo, una traba para que aquella llegue a la plenitud que llamamos salvación.

Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación. Perspectivas. Sígueme, Salamanca, 1980, Cap. 9. Liberación y salvación.

Reconocemos, enfrentamos, nunca eludimos el sufrimiento, no sólo cuanto nos toca a nosotros personalmente. Las experiencias de José vendido por sus hermanos, del dolor de Job, del asaltado en la parábola del buen samaritano, del Jesús crucificado y sepultado, son las experiencias de nuestra fe vivida y compartida. Jesús nuestro hermano mayor también en el sufrimiento y en la soledad, en la enfermedad y en el abandono y en el atropello a la dignidad de toda vida, Jesús nuestro hermano y nuestro Señor, pero también en la resurrección, en el hoy y en el mañana…


Juan 19.38-42

La sepultura en el huerto

El tema central de la perícopa está en el modo de sepultar a Jesús. Dos personajes, el discípulo clandestino y el fariseo y jefe judío, le dan sepultura al modo judío, lo mismo que otros habían enterrado a Lázaro, pensando que todo terminaba con la muerte. Contrasta así está perícopa con la anterior: mientras allí el que lo vio daba testimonio de la vida que brotaba de Jesús muerto, José y Nicodemo no ven en él más que un cadáver. Rinden el último homenaje al inocente injustamente condenado, y expresan así su protesta contra la decisión de las autoridades. Pero, sin saberlo, preparan la nueva boda, la alianza definitiva, que sustituye a la antigua.

Comienza la perícopa de modo párelo a la anterior. José de Arimatea pide permiso a Pilato y quita el cuerpo de Jesús (19.38). Aparece otro personaje, Nicodemo, llevando aromas, y entre ambos preparan el cuerpo para la sepultura (19.39-40). Finalmente, tiene lugar la sepultura en el huerto, en el sepulcro nuevo (19.41-42).

El cuerpo quitado de la cruz

Vs. 19.38. Nada se dice sobre la posición social de José ni sobre su afiliación religiosa; se mencionan solamente su origen, Arimatea. Era discípulo: había dado su adhesión a Jesús, pero no lo manifestaba públicamente por miedo a los dirigentes. No se atreve a pronunciarse por él desafiando a la institución judía.

La situación de José de Arimatea es comparable a lo de los discípulos en 20.19: con las puertas atrancadas por miedo a los dirigentes judíos. El discípulo clandestino representa una postura ante el poder judío que caracterizará también a los demás mientras Jesús no se les manifieste; en este momento, todos son clandestinos. La actitud de José refleja, por tanto, la de la entera comunidad después de la muerte de Jesús; es una figura representativa.

“Los Judíos” habían pedido a Pilato que quitasen los cuerpos de la cruz (19.31); pero no son los soldados los que lo quitan, sino un discípulo que los representa a todos. José pide a Pilato el cuerpo de Jesús. Jn, que se ha esforzado por hacer recaer sobre ”los Judíos” la mayor responsabilidad en la condena y muerte, muestra ahora que mientras el odio de éstos dirigentes continúa siendo una amenaza para la comunidad, Pilato no es causa de temor.

José quiere rendir a Jesús los últimos honores. Todo ha terminado con una condena injusta y quiere mostrar su solidaridad con el ajusticiado.

La sepultura a la manera judía

Vs 39. Jn no llama a Nicodemo discípulo. Era, por el contrario, fariseo y jefe entre los Judíos (3.1). Había esperado que fuese Jesús el Mesías-maestro y realizase la restauración promoviendo la rigurosa observancia de la Ley (3.2), pero su propia fidelidad a ésta le impidió captar el mensaje de Jesús. Jn recuerda su primera visita de noche; conociendo que “la noche” significa el espacio de donde Jesús, la luz, está ausente (cf 9.4s), alude Jn con este detalle a la resistencia de Nicodemo a admitir el mensaje de Jesús (.34,9,12). Siendo, sin embargo, hombre de la Ley, escrupuloso de su observancia, consideraba injusto el modo de proceder de sus compañeros fariseos y salió en defensa de Jesús en nombre de la misma Ley (7.50-51). También él considera una injusticia el acuerdo del Consejo de  matarlo sin haberlo escuchado (11.53) y quiere protestar honrando su sepultura.

Los aromas son símbolo de vida. Con la enorme cantidad que lleva, se propone Nico demo eliminar el hedor de la muerte (cf 11.39), que da por descontado. Para él, Jesús ha terminado para siempre, pero quiere perpetuar su memoria.

Esta clase de aromas, mirra y áloe, no se empleaban para la sepultura. Por el contrario, se usaban pare perfumar la alcoba (Prov 7.17) y a ella olían los vestidos del rey-esposo (Sal 45.9). Se mencionan con frecuencia en el Cantar, en claro contexto nupcial (4.14: con árboles de incienso, mirra y áloe, con los mejores bálsamos y aromas). Su significado en la escena aparecerá a continuación.

Vs 40. Han ido a buscar su cuerpo; ven en Jesús un mero hombre y, ahora, muerto. El discípulo que no se  atreve a afrontar las consecuencias de su adhesión a Jesús (cf 12.25) está al mismo nivel que el jefe judío. Ocupándose del cadáver, según la creencia judía, se contaminarán y no podrán celebrar la Pascua en su fecha (Nm 9.1-11).

Mientras ellos piensan rendir el último homenaje a un muerto y, con los perfumes que utilizan, pretenden inútilmente vencer la realidad de la muerte, de hecho están preparando el cuerpo del esposo para la boda; los aromas tienen, como se ha visto, un marcado carácter nupcial.

Quieren perpetuar la memoria de Jesús, como homenaje al injustamente condenado, pero lo consideran muerto para siempre. Así lo muestra el verbo lo ataron. Atan a Jesús, como habían hecho los que fueron a detenerlo (18.12), pensando que está sujeto para siempre a la muerte. Hacen con él como otros habían hecho con Lázaro, que apareció atado de pies y manos. Jesús dio la orden de desatarlo, porque la muerte no tiene poder sobre el discípulo (11.44).

El perfume de Betania era un homenaje a Jesús vivo; los aromas de Nicodemo, a Jesús muerto. Aquel se ofrecía al dador de la vida: expresaba la fe de la comunidad en la vida que vence la muerte; se hacía resaltar su calidad, perfume de gran precio, auténtico, fiel (12.3). Aquí, en cambio, resalta la cantidad, el vano esfuerzo por perpetuar la memoria de un muerto. Se ofreció allí después de desatar a Lázaro y comprobar la potencia de vida de Jesús. Aquí se le ponen los aromas para atarlo.

Como en las escenas anteriores, se presenta aquí una ambivalencia: la cruz es al mismo tiempo suplicio y exaltación; los lienzos son al mismo tiempo funerarios y nupciales.

El sepulcro en el huerto

Vs 41a. Al precisar Jn que había un huerto o jardín en el lugar donde murió Jesús quiere mostrar que dentro de su muerte había vida. Al lugar de la Calavera, emblema de la muerte irremediable, se añade de improviso un rasgo contradictorio; por primera vez se cae en la cuenta de la coexistencia de muerte y vida en aquel lugar. Como la del grano de trigo, la muerte de Jesús encerraba un germen vital (12.24).

Vs 42b. El sepulcro nuevo se opone al sepulcro antiguo, donde habían colocado a Lázaro y de donde Jesús lo hizo salir. Lo mismo que aquel, el de la muerte sin esperanza, fue el sepulcro común de la humanidad antes de la muerte de Jesús, así será éste el sepulcro común de quienes le den su adhesión y reciban la vida definitiva. Aquel simbolizaba el reino de la muerte, éste, situado en el huerto, el de la vida.

También el huerto-jardín es tema del Cantar; es allí donde se manifiesta el amor de esposo y esposa. Ver Cant 4.12, 15, 16; 5.; 6.2, 11; 7.12; 8.5. El huerto del esposo es la esposa, pero también el amor de ambos se manifiesta en un jardín o huerto. Los días del Mesías se comparaban a una fiesta de bodas.

La inminencia del descanso de precepto hace que coloquen a Jesús en el sepulcro cercano. José y Nicodemo pusieron allí a Jesús. Para ellos, Jesús pertenece al pasado; la muerte, como a todos, lo ha vencido. Tal era la convicción de los discípulos que abandonaron a Jesús en el episodio de Cafarnaum: veían la muerte como una derrota (6.60ss). Jesús no consiguió convencerlos de lo contrario, y ellos lo abandonaron. Sin embargo, tampoco quienes  permanecieron con él se han convencido de que la muerte no es la última palabra, como se verá por la dificultad que experimentarán para llegar a creer en la resurrección.

Síntesis

En contraposición con el testigo que vio en Jesús muerto la fuente de vida, el discípulo clandestino y el fariseo no ven en él sino al héroe injustamente condenado, al que rinden los últimos honores.

Se muestra aquí una cuestión crucial para el cristiano y la cristiana: la autenticidad de su fe se mide por su actitud ante la muerte. Mientras ésta le aparezca como una derrota, el discípulo estará paralizado por el miedo a la violencia del poder; su falta de libertad le impedirá dar testimonio. En nada se diferencia de quien nunca ha sido discípulo o discípula. Jesús en la cruz no es para ellos un salvador, sino una víctima. Puede ser un ejemplo que queda en el pasado, pero no una fuente presente y permanente de fuerza y de vida.

Juan Mateos y Juan Barreto, biblistas católicos españoles, en El Evangelio de Juan, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1982.


Introducción al libro de las Lamentaciones

El salmo 137 describe en un bello todo poético la situación del pueblo israelita deportado a Babilonia, que se reunían para sostenerse mutuamente compartiendo sus nostalgias y sus esperanzas. Lejos de Sión, la comunidad del exilio mantenía vivo el sentimiento de su unidad, pero ya no experimentaba la alegría que solo podía darles el hecho de estar en la tierra de Yavé. El sentimiento predominante ya no era el gozo de las antiguas celebraciones cultuales (cf Sal 100.4), sino la aflicción y la añoranza del tiempo pasado, cuyo signo más elocuente eran los instrumentos musicales colgados en los sauces de las orillas.

El marco histórico de las Lamentaciones es la caída de Jerusalén y la consiguiente destrucción de la ciudad, la deportación de una parte de la población y la triste condición de quienes habían quedado en el país. La caída del reino de Judá se describe en 2 Re 25.1-12 y en Jr 52.3b-16. Jerusalén fue sitiada por el ejército de Babilonia el año 9 del reinado de Sedecías, el día diez del décimo mes, y la ciudad estuvo bajo el asedio hasta el año 11 del mismo rey (587-586 aC).

La ciudad se ve ahora solitaria (1.1), aunque su población camina por sus calles en busca de pan (1.11). Tengamos en cuenta el efecto emocional con la mención de algunos hechos particularmente horrendos: mujeres que se comen a sus propios hijos (2.20; 4.10), los asesinatos cometidos por los sacerdotes y profetas (4.13), la necesidad de pagar para conseguir un poco de agua  o de leña (5.4), la ausencia total de vida pública en Jerusalén (1.3-4; 5.13) y los zorros que se pasean por el monte Sión (5.18).

Pero a pesar de la destrucción del templo, del palacio real y de los muros de la ciudad, y a pesar de la deportación, Jerusalén no quedó del todo despoblada y hasta la caída de Babilonia, medio siglo más tarde, se mantuvo como un modesto destacamento administrativo bajo la dependencia del poder imperial. Fueron durísimas las condiciones de vida de los que siguieron viviendo entre las ruinas de la ciudad en sus alrededores.

Judá había perdido su independencia nacional; mucha gente había muerto, unos en el combate y otros por la hambruna durante y después del asedio; la clase dirigente y buena parte de la fuerza laboral especializada fueron llevados al exilio, y el efecto acumulado de las sucesivas deportaciones dejó detrás de sí mucho desamparo y miseria. Las principales instituciones del antiguo reino habían desaparecido para siempre, y la economía de Judá se vio reducida a su base puramente agrícola, de modo que cada familia campesina quedó librada a su propia suerte.

La mayoría de los historiadores reconocen el impacto producido por la destrucción de Jerusalén y su influencia sobre la literatura bíblica posterior. Para poder sobrevivir sin perder del todo su identidad, los judaítas, dentro y fuera de Palestina, se vieron forzados a reinterpretar creativamente los antiguos paradigmas –Jerusalén como una fortaleza inexpugnable (Sal 46; 48), el rey (Sal 2; 110), el templo (Jr 7.4), la tierra (Gn 15.18), la alianza davídica y la promesa de un trono eterno (2 Sm 7.16)– y esta necesidad dio un fuerte impulso a la reflexión teológica y a la creatividad literaria. En este contexto se practicaron las liturgias de lamentación asociadas al uso (y tal vez al origen) del libro de las Lamentaciones.

La forma poética

Las cuatro primeras Lamentaciones emplean el procedimiento retórico denominado “acróstico alfabético”. Ese artificio literario, usado en otros textos del AT (Nah 1.2-8; Sal 9-10; 25; 34; 37;: 111-112; Prov 31.20-31), consiste en disponer verticalmente las 22 letras del alfabeto hebreo, haciendo que cada verso sucesivo empiece de acuerdo con ese orden, de la alef a la tau. El orden de la sucesión se altera dos veces, en Lam 2.16-17 y 3.46-48, sin una razón aparente. Además, la tercera Lamentación intensifica el recurso, repitiendo la misma letra inicial en tres versículos consecutivos, con lo cual el poema consta de 66 versículos, 22 por 3. La quinta Lamentación no es acróstica, pero se acerca al esquema porque conserva el número de 22 versículos.

En las Lamentaciones se han podido discernir cinco voces distintas, sin que esa diversidad destruya la unidad temática del libro. Al contrario, la polifonía de voces revela la unidad de una misma conciencia, que da libre curso a su dolor asumiendo diferentes roles. Estas voces corresponden a los siguientes personajes:

  1. Una persona que se acerca a la ciudad de Jerusalén y la encuentra desierta y abandonada (1.1-11)
  2. Jerusalén personificada como mujer que se lamenta de su terrible desamparo (1.12-22).
  3. Un individuo que ha soportado los rigores de la guerra (3).
  4. Un simple ciudadano que se siente a la vez sorprendido y consternado por el cambio de fortuna que ha sufrido la clase dirigente, reducida a la mendicidad, y que dirige un urgente llamado a la conversión (2).
  5. Una voz coral que expresa los sentimientos y reacciones de la población de Jerusalén en primer persona del plural (5).

La tercera Lamentación. Capítulo 3

Este poema puede considerarse como el centro del libro, ya que el poeta reflexiona largamente sobre el verdadero significado del sufrimiento. El discurso está puesto en labios de un hombre que ve la humillación (v 1). El paso del singular al plural (cf vs 40-48), y la presencia de esta figura masculina, en contraposición con las voces femeninas oídas hasta ahora, permite suponer que este hombre se expresa en representación de todo el pueblo.

La descripción inicial de los duros padecimientos  (3.1-18) llega incluso a decir: Por más que grite y pida auxilio, (el Señor) cierra el paso a mi plegaria (v 8), y concluye con la siguiente declaración: Se han agotado mi fuerza y la esperanza que me venía del Señor (v 18).

Sin embargo, la esperanza no está del todo perdida, porque la misericordia del Señor no se extingue ni se agota su compasión, sino que se renuevan cada mañana (vs 22-23). Él no rechaza para siempre, no niega su perdón, ni aflige de corazón (v 33). Por eso es bueno cargar pacientemente con el yugo y esperar en silencia la salvación, aunque es indudable que ha sido el Señor quien infligió a su pueblo los sufrimientos presentes, ya que de la palabra del Altísimo salen los bienes y los males (v 38; cf. Sal 33.9; Am 3,6b).

Por lo tanto, de nada vale lamentarse de la fatalidad o de la mala suerte (cf 1 Sm 6.9), o atribuir los males a la fuerza del adversario. En realidad, la verdadera causa de tantas calamidades no `puede ser otra que los pecados del pueblo, porque el Señor no aflige de buena gana, y, si aflige, también se compadece por su gran misericordia (vs 32-33).

Las imágenes y metáforas se multiplican para hacer ver lo trágico de la situación. El Señor es un oso o un león agazapado al acecho de su presa (v 10), un cazador que me clavó en los riñones las flechas de su aljaba (v 13a). Él se cubre con una nube para que no pase la plegaria (v 44), y las calamidades que hunden al pueblo en la miseria y la desolación se describen igualmente con expresiones llenas de sugestión: veneno, basura y desecho, pesadas cadenas y yugos, confinación en las tinieblas, cantos burlones, piedras que entorpecen el camino, amargura del ajenjo, pájaro que cae en la trampa, prisioneros aplastados bajo los pies.

Luego el poeta saca las consecuencias de sus reflexiones anteriores: ¡Examinemos a fondo nuestra conducta y volvamos al Señor! (v 40), confesemos que hemos sido infieles y rebeldes (vs 40-42) y reconozcamos con franqueza que con nuestra conducta hemos provocado la indignación del Señor y los castigos consiguientes: Nos has convertido en basura y desecho en medio de los pueblos (v 45). Pero es bueno esperar en silencio la salvación que viene del Señor (v 26b), aun exponiendo la mejilla a los golpes del enemigo sediento de venganza (vs 30, 60).

En resumen, si la ruina de Israel ha sido provocada por sus propios pecados, el castigo era merecido y no arbitrario. A partir de esta convicción surge un atisbo de esperanza: el arrepentimiento y la sumisión a la voluntad divina podían atraer la misericordia de Dios y poner fin a tantas calamidades. Sin arrepentimiento no queda lugar para la restauración. Por eso, casi al fin de la Lamentación, el poeta declara: Entonces invoqué el Nombre del Señor… tú te acercaste el día que te invoqué y dijiste: “No temas” (vs 55,57). Y la respuesta más plena a este humilde invocación se encuentra en el poema que sigue a continuación: Tu iniquidad se ha borrado, hija de Sión: ¡él no volverá desterrarte! (4.22; cf Is 40.1-2).

Armando Levoratti, biblista católico argentino (1933-2016), Lamentaciones en Comentario Bíblico Latinoamericano, Verbo Divino, España, 2007. Resumen y extractos de GBH.


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