Recursos para la predicación

25 Feb 2022
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Recursos para la predicación 06 MarzoMar 2022

Morado


  • En el relato evangélico de las tentaciones se resumen todas las tentaciones de Jesús durante su vida: las de los fariseos y de los maestros de la ley, las de la multitud satisfecha que quiere hacerlo rey (Jn 6.15) y las de Pedro –“apártate de mí, Satanás”– (Mt 16.23); y también es resumen de nuestras propias tentaciones, las del poder, las del tener y las de la gloria.
  • Las tentaciones como “prueba” de la fidelidad al proyecto de Dios. El Espíritu de Dios puede llevarnos “al desierto” en algún recodo de nuestro caminar en la fe. El Dios de Jesús no es el Dios que hace milagros para asombrar y apabullar, sino el Dios del amor y del servicio. Hasta la Escritura se puede convertir en argumento contra nuestra entrega a Dios, y la misma “palabra” será nuestra herramienta en la lucha frente a la prueba.


Lucas 1-13

El tiempo de Cuaresma es un tiempo especial en el calendario cristiano que se extiende desde el miércoles de Ceniza hasta la Pascua de Resurrección. Es un tiempo de recogimiento, de examen y meditación sobre aspectos importantes de la historia de salvación, y en particular sobre la vida de Jesús. Los textos bíblicos propuestos en el leccionario ecuménico acompañan y orientan esta experiencia de fortalecimiento y recreación de la memoria, y nos estimulan para un compromiso más sólido y maduro con la palabra imperecedera de Dios y nuestra misión en el mundo.

En este caso seguimos los textos del Evangelio en los que se narran hechos y enseñanzas de Jesús. En el programa del Evangelio de Lucas el ministerio de Jesús comienza en Galilea, continúa en su camino (‘subida’) hacia Jerusalén y culmina con los acontecimientos decisivos que ocurrieron en esta ciudad. El material esta bien organizado y desarrollado, y se reconoce deudor de fuentes anteriores (Lc 1.1). El autor no es uno de los apóstoles que fueron testigos oculares de lo acontecido, y sus destinatarios son las comunidades del mundo griego.

Análisis del texto

El texto de Lucas 4.1-13 se refiere a las tentaciones de Jesús en el desierto (comparar paralelos con Mt 4.1-11 y Mc 1.12-13). El relato se encuentra entre las narraciones que encuadran las bases y la preparación de Jesús para su ministerio: la predicación de Juan el Bautista y sus anuncios referidos a quien vendría después de él (Lc 3.1-18); el bautismo de Jesús (vv.3.21-22); y su genealogía (vv.3.23-38) que culmina sugestivamente en Adán y Dios (hijo de Adán, hijo de Dios), y es ciertamente más universalista que la de Mateo 1.1ss, la cual llega sólo hasta Abraham. Inmediatamente después del relato de las tentaciones, a partir del verso 4.14, comienza la narración del ministerio de Jesús en Galilea, y su camino sembrado de dificultades hasta llegar a su destino final (Jerusalén) donde lo espera la mayor prueba y humillación.

El esquema básico de Lc 4.1-13 es el siguiente:

vv.1-2 Introducción: Jesús va al desierto lleno del Espíritu Santo

v.3       1ª Tentación: el hambre

v.4       Respuesta de Jesús: ‘No solo de pan vive el hombre’ (Dt 8:3)

vv.5-7  2ª Tentación: los reinos de la tierra

vv.8     Respuesta de Jesús: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto’ (Dt 6:13)

vv.9-11 3ª Tentación: poner a prueba a Dios

v.12     Respuesta de Jesús: ‘No tentarás al Señor tu Dios’ (Dt 6:16)

v.13     Conclusión: fin de la tentación y alejamiento del diablo

La alusión al Espíritu Santo (v.1) y sus múltiples referencias en el evangelio señalan un interés particular del autor en esta expresión cargada de sentido. En este caso estar lleno del Espíritu Santo y venir del Jordán tienen una correspondencia directa con el bautismo de Jesús y el descenso sobre él del Espíritu Santo en forma de paloma (v 3.21-22). Es significativo también que Jesús no es llevado o arrastrado por el Espíritu hacia el desierto, sino que él mismo va y dispone del Espíritu, el cual lo guía en su experiencia en el desierto. De tal manera el Espíritu es un don permanente y no transitorio; no es un don que capacita sólo para un hecho o misión particular.

Es importante la referencia al desierto y los 40 días, ya que esto, sin duda, evoca la memoria histórica del pueblo de Israel: la salida de Egipto, la Alianza del Sinaí y el peregrinaje en el desierto. En el mismo sentido el desierto, en el AT, es representado como un lugar privilegiado de encuentro de Yavé con su pueblo (Ex 13.17-22; Jr 2.2ss; Os 2.16-17), y también como lugar de prueba (Dt 8.1-5). Así el perfil de Jesús presenta rasgos semejantes a los de Moisés, y no es casual que las respuestas a las tentaciones se basen en textos del Deuteronomio.

1ª Tentación: luego de andar 40 días por el desierto sin comer nada, Jesús sintió naturalmente hambre, y el diablo encontró en esto la ocasión propicia para tentarlo y proponerle la realización de un milagro (convertir la piedra en pan), poniendo a prueba su condición de hijo de Dios y sus eventuales poderes sobrenaturales; pero Jesús no acusa recibo de la provocación y responde como ser humano según Dt 8.3, reconociendo que el sustento de la vida humana no depende exclusivamente del pan (aunque también del pan). Jesús no se deja llevar por la sugerencia del diablo y no entra en su juego; aun el oprobio del hambre, como el de los israelitas en el desierto (Dt 8.3), podría ser considerado como una ocasión para fortalecer la confianza y la obediencia al Dios de sus padres.

En la 2ª Tentación el diablo le ofrece a Jesús todo el poder y la gloria de los reinos del mundo, mostrando un conocimiento agudo del alma humana y sus deseos; pero a condición que Jesús le adore. Aquí el diablo aparece como el príncipe (Jn 12.31) o el dios (2 Cor 4.4) de este mundo por prerrogativas otorgadas seguramente por alguien superior (ver Jr 27.5). Otra vez Jesús no cuestiona esta situación, sólo responde, con el auxilio de las escrituras (Dt 6.13) a la propuesta inoportuna e inaceptable que le hace el diablo.

En la 3ª Tentación el diablo le propone a Jesús que ponga a prueba a su Dios arrojándose al vacío desde el alero del Templo. Lo particular aquí es que el diablo también utiliza las Escrituras como parte de su razonamiento y argumentación, citando el Salmo 91.11-12 sobre de la protección divina. Pero Jesús, sin negar el valor de la palabra y las promesas divinas, entiende que tal requerimiento implica abusar de la protección prometida y forzar a Dios a intervenir a su favor. Jesús quiere servir a Dios, obedecerle, y no aprovecharse o ponerlo a prueba de balde.

Al final de las tentaciones, el diablo se retira sin haber podido lograr sus objetivos (v.13). Aunque el alejamiento del diablo parece ser provisorio, esperando una mejor oportunidad para acechar nuevamente. La victoria de Jesús sobre las tentaciones del diablo se basa en la confianza y la obediencia a Dios y a su palabra.

Para la reflexión teológica

¿Qué es una tentación? El concepto bíblico de tentación tiene dos vectores de sentido principales que en cierta medida se relacionan. Por un lado significa poner a prueba (como en Santiago 1.2-4) con el fin de purificar y mejorar la calidad de nuestra fe; y por el otro significa inclinación o seducción al mal (como en Lc 4.1-13 y Santiago 1.12-15).

Estos dos aspectos están comprendidos en el término griego que utilizan los LXX y el Nuevo Testamento (peirazein = ‘tentar, poner a prueba’ y peirasmós = ‘tentación, prueba’), aunque en el Evangelio de Lucas parece tener una connotación particular relacionada con el peligro o riesgo de perder la fe (ver Lc 11.4; 22.40, 46). Sin embargo no es siempre fácil discernir entre lo que puede ser una prueba de parte de Dios y la inducción al mal por parte del diablo (ver por ejemplo los diálogos y reflexión sobre el sufrimiento humano en el libro de Job).

¿Con qué tipo de tentaciones o pruebas nos enfrentamos hoy como individuos o como comunidad? ¿Cuáles son aquellas cosas que pasan el límite de lo tolerable y a las cuales estamos dispuestos a oponernos con todas nuestras fuerzas? ¿De qué manera deberíamos o podríamos actuar en consecuencia? El relato de las tentaciones refleja un Jesús vulnerable y sensible a las inclinaciones humanas, lo que hace más significativa su victoria sobre las tentaciones del diablo. De esta manera muestra su esfuerzo en aferrarse a la palabra del Dios de sus padres y obedecerle hasta las últimas consecuencias.

En las tres tentaciones se repite que Jesús se mantuvo obediente; de tal manera podría representar a un nuevo Adán que invierte la tendencia del primero, y también los antecedentes de infidelidad del pueblo de Israel en el desierto. Crea un modelo que permite identificarse y creer que, a pesar de las dificultades, es posible vencer las tentaciones y no caer en la laxitud de la indiferencia y la impotencia. Esta podría ser una lectura desde la Epístola a los Romanos (5.19): “En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos”.

Como corolario del relato de las tentaciones, en lo que concierne a la apelación de los poderes sobrenaturales de Jesús (transformar piedra en pan, o saltar con éxito al vacío), es oportuno recordar que los milagros de Jesús, en todos los casos, son respuesta a necesidades concretas de personas con quienes se encuentra. Jesús actúa por compasión, nunca para hacer una demostración de poder, y menos a pedido del diablo o de los fariseos en otro caso (ver Lc 11.29ss).

Samuel Almada, bautista, asesor de la traducción de la Biblia al Qom, en Encuentros Exegético-Homiléticos 12, ISEDET, Buenos Aires marzo 2001.


Introducción al Deuteronomio

El Deuteronomio es el quinto libro del AT y el último del Pentateuco. En la Biblia hebrea, los libros del Pentateuco se nombran con las palabras iniciales de cada uno. Nuestro libro lleva, por eso, el nombre ‘elleh haddebarîm (“estas son las palabras”). El nombre “deuteronomio” se deriva de la traducción griega de los LXX en Dt 17.18, donde se habla de un déuteros nomos (“segunda ley”) que el rey debía escribir para su propio uso, copiándolo del libro de los sacerdotes levitas.

La expresión hebrea que fue traducida al griego en esa forma significa más estrictamente una copia de la ley. Lo cual es adecuado, ya que en él se presenta la ley dada por Moisés en la llanura de Moab, inmediatamente antes de que los israelitas cruzaran el río Jordán para entrar en la Tierra prometida. Y puede decirse que se trata de una “segunda ley” o, mejor, de una segunda entrega de la ley que ya anteriormente había sido dada, como estatuto de la alianza pactada entre Dios y el pueblo con la mediación de Moisés, en el monte Sinaí.

La descripción más concisa y expresiva de lo que es el Dt se la debemos quizá a Gerard von Rad, que lo describe como “una ley predicada”. Esta descripción hace justicia a los dos elementos principales contenidos en el libro. Por un lado, los códigos legales, que ocupan más de las dos terceras partes del texto: el decálogo, en Dt 5.6-21, y el Código deuteronómico propiamente dicho, en los caps 12-25, y por otra, las secciones exhortatorias e históricas, en los capítulos de marco a las secciones legales.

Hemos dicho al principio que el Dt es el último de los cinco libros que forman el Pentateuco. Pero no parece haber estado siempre en esa posición. Es muy probable que el Dt, o al menos una buena parte de él, haya existido primero como una obra independiente, y que solo más tarde haya sido unido a otros escritos, junto a los esos libros “históricos” que van del libro de los Jueces al segundo libro de los Reyes. Se formó así la llamada “Historia deuteronomista”, que tenía como prólogo precisamente el libro del Dt. En él se contienen las leyes dadas por Dios, según las cuales son presentados a lo largo de la historia narrada en los libros siguientes.

Carlos Soltero, biblista católico, jesuita, Deuteronomio, en el Comentario Bíblico Latinoamericano, Verbo Divino, España, 2005.


Deuteronomio 26.1-15:

Dos formas de culto para la adoración del Dios de Israel

26.1-11. Acción de gracias a Dios por la tierra prometida

Estas dos formas de culto expresan la preocupación característica del deuteronomista, de que Israel debe adorar solamente a Yavé, su Dios. El nombre de Dios, en distintas formas aparece nueve veces en esta sección. La tierra de Israel es un don de Dios para su pueblo, según la promesa. La acción de gracias debe rendirse solo a él y a ningún otro.

Todos los años el pueblo israelita debe reconocer que la tierra en la que vive es la tierra prometida que Yavé juró a sus padres que le daría (ver 1.8 y Gn 12.7, 26.3, 28.13). Y manifestará este reconocimiento ofreciendo a Dios en el altar señalado una canastilla llena de sus primeros frutos.

El israelita debe realizar este acto de adoración frente al sacerdote, para estar seguro de que está rindiendo culto al Dios verdadero, y solamente a él. Y debe reconocer, en primer lugar, que la suya es la tierra prometida por Dios como don, y en segundo, que gracias al acto redentor de Dios él puede tener una parte en ella. La historia comienza con Jacob, un arameo errante cuya madre, Rebeca, era de Mesopotamia (heb. Aram-Naharaim, “tierra de los dos ríos”), ver Gn 24.10 y 24.4; y él mismo había sido pastor en Aram (Os 12.12. Gn 29.1-30), siendo arameas las madres de sus hijos. Bajó a Egipto con una pequeña compañía, tradicionalmente setenta, ver 10.22; Gn 46.26-27.

Este pueblo fue oprimido por el imperio egipcio, y clamó a Yavé, el Dios de sus padres, y él los libró, trayéndolos a la tierra prometida. La historia no ha sido relatada en el Deuteronomio, que la presupone, extrayéndose los detalles de las versiones más antiguas (ver Éx 1.12,14, 2.23, 3.7-9, Nm 20.15-16), con el agregado de algunas frases típicas del deuteronomista (ver 4.34).

Son pues, las primicias o primeros frutos de la tierra que Dios ha dado a su pueblo las que el pueblo israelita trae, frutos que solo pueden ser ofrecidos a ese Dios. Esta es una oportunidad para regocijarse en este tipo de culto familiar tan característico del Deuteronomio (ver 12.1-12, 18; 16.11,14) que incluye al levita y al extranjero. Las primicias son un símbolo de lo que Yavé ha dado a los israelitas, o mejor dicho, una porción representativa de la totalidad del don de Yavé, donde las familias israelitas pueden solemne y agradecidamente reconocer la bondad de Dios.

Para el cristiano, esta forma de adoración pone en claro que el dador de toda buena dádiva en el orden natural es el mismo Dios que se revela en la historia. Si rechazáramos la revelación histórica, pretendiendo tener una relación más directa con el Dios del universo, lejos de aproximarnos más al verdadero Dios nos estaríamos alejando de él. El Dios que redimió a Israel es el Señor de los cielos y la tierra.

Pero además, este culto es un testimonio de la redención realizada. Dios ha liberado a su pueblo de la esclavitud de Egipto para conducirlo a las bendiciones de la tierra prometida. El pueblo cristiano también reconoce con gratitud su redención, la liberación de las tinieblas del pecado desde donde ha sido conducido a la paz y el gozo de Cristo. Él también debe traer los primeros frutos que esa redención ha hecho posibles y ofrecerlos único Dios verdadero.

26.12-15. La bendición de Dios sobre israelitas fieles.

Cuando la mujer israelita separa su diezmo para los pobres cada tres años (14.28), tal vez en ocasión de la fiesta de los tabernáculos (16.13-15), debe venir y confesar delante de Dios que lo ha hecho así. El diezmo para el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda es “santo” y no puede ser utilizado para otros fines comunes, y por eso ella lo ha separado.

Y por eso el israelita ora pidiendo la bendición de Dios sobre la tierra de Israel, dada por Dios en cumplimiento de su promesa. La prosperidad de Israel depende de la bendición de Dios. Y quienes guardan con mayor fidelidad los mandamientos de Dios son quienes tienen más derecho a rogar por esa bendición.

¿Cuál es la relación  de este pasaje con la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18.9-14)? T W Manson dice: “Lo más desagradable de la oración del fariseo es esa comparación autosatisfecha, entre él mismo y los que no pertenecen a su partido. Desgraciadamente es muy fácil caer en el “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres”… El publicano era un desgraciado y lo sabía; pedía la misericordia de Dios porque era lo único que se atrevía a pedir… ¿Por qué sale justificado el publicano y no el fariseo? La respuesta es que lo decisivo no es el registro de nuestra pasado sea bueno o malo, sino nuestra actitud actual frente a Dios.”

El ritual prescripto en estos versículos no hace comparaciones indignas, limitándose a pedir la bendición de Dios. Puede que conduzca fácilmente a los pecados de orgullo e hipocresía, pero expresa algo real. Más vale ser fiel que infiel en el cumplimiento de los deberes religiosos, especialmente cuando estos marcan una preocupación real por el bienestar de los demás. La enseñanza de Jesús suplemente la del Deuteronomio, sin  dejarla de lado. Por fiel que sea la obediencia, nunca será un sustituto de la esperanza humilde en Dios y la confianza en su misericordia.

Hubert Cuncliffe-Jones, biblista Igl. Congregacional, australiano, 1905-1991, Deuteronomio, La Aurora-CUP, Bs As-México, 1960.


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