Recursos para la predicación

27 Dic 2021
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Recursos para la predicación
Recursos para la predicación 06 EneroEne 2022

Blanco


Mateo 2.1-12

El nacimiento de Jesús fue un hecho inadvertido por las personas de su tiempo. Tan solo unos pocos se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo. Es evidente que la intención de Dios no fue provocar un evento espectacular sino por el contrario un hecho pequeño y simple –y muy cotidiano– como lo es un nuevo bebé y un grupo de personas que se alegran por él. El texto menciona a unos viajeros de oriente entre los pocos que se dieron cuenta del nacimiento.

La mención de los sabios de oriente –debe evitarse hablar de “magos”, pues en realidad no lo eran– representan el recurso a una forma de saber alternativa a la ciencia de los poderosos de la época. Es bueno recordar que Herodes había llevado adelante una política de alineación con Roma y eso lo había conducido a aceptar una fuerte influencia cultural que se imponía sobre las tradiciones propias. Si la tecnología que utilizaba Herodes para sus grandiosas obras de construcción venía del mundo occidental, con ella también venían los sistemas de pensamientos, las religiones, los valores.

El texto resalta que fue en oriente donde un grupo de sabios supo interpretar los signos de los tiempos y se pusieron en marcha para adorarlo. En contraste, el representante de Roma no solo no se había dado cuenta de la llegada del salvador sino que cuando se entera simula interés en adorarlo con la intención de deshacerse de él para impedir que lo destrone. Es que los sabios le anunciaron que “el rey de los judíos” había nacido, y Herodes no podía dejar de preocuparse. Él era un usurpador del trono de Israel, y si un verdadero rey nacía la gente iría tras del legítimo monarca. Herodes no entendió cuál era la verdadera identidad de Jesús pero de todas maneras decidió que este niño debía morir.

Hay dos temas centrales en esta unidad. Uno es el reconocimiento del pequeño Jesús por parte de aquellos de quienes menos se lo espera. No son los poderosos los que se alegran por su llegada sino los humildes y –en este texto en particular– los sabios extranjeros. Que trajeran ofrendas no debe hacernos pensar que eran ricos. Más bien que detrás de esos presentes se muestra la alta estima que tenían por el niño y el reconocimiento de su carácter de rey.

El segundo tema es el conflicto de proyectos entre Herodes y los sabios. Es interesante ver que los sabios no conocen de la existencia del niño por su propia sabiduría. No es su ingenio el que les conduce ante el rey sino el disponerse a seguir las señales que Dios pone en su camino. Pero las siguen para adorarlo, no para evitar su reinado. En la otra vereda, el poderoso rey Herodes utiliza sus conocimientos –y el de sus sacerdotes y escribas– para oponerse al plan de Dios.

Énfasis para la predicación

Entendemos que este pasaje puede ser utilizado en la predicación para enfatizar tres aspectos:

  1. Dios se muestra a los pequeños.
  2. Él nos dirige a un encuentro con su persona.
  3. Nuestra vida se enriquece con su presencia.

 

  1. Dios se muestra a los pequeños y se esconde a los poderosos. Esto quiere decir que se muestra como es a los pequeños. Y también se muestra a los poderosos pero aunque lo ven sucede que no lo entienden. Los valores que rigen la vida de los poderosos les impiden ver en el niño al salvador. Por el contrario lo ven como adversario, como aquel que cuestionará su poder, y como alguien que viene a poner en evidencia su ingratitud y su dureza de corazón. Lo que aleja a Herodes del niño de Belén no es la actitud de Dios sino su propio egoísmo que lo lleva a anteponer su ambición personal y la de su grupo social a los intereses de las mayorías de las que se sirve. Eso nos debe hacer pensar en nuestra propia aproximación al Cristo ¿Cómo nos preparamos para acercarnos a Jesús? Si no dejamos de lado nuestras mezquindades no seremos capaces de entender qué sucedió aquella noche ya lejana pero tan próxima a quienes se disponen a aceptar su mensaje.
  2. Dios conduce al encuentro con él. En ocasiones creemos que somos nosotros los que nos acercamos a Dios. En realidad es él quien nos conduce hasta su Hijo y quien nos muestra el camino que conduce a su reino. Así como los sabios se dejaron guiar por la estrella –y luego por revelación no fueron de vuelta hacia Herodes– nuestra vida debe estar dispuesta a dejarse guiar por los signos que Dios pone en nuestra vida. Es algo muy arrogante creer que somos nosotros los que nos disponemos a servir a Dios, como si fuéramos tan buenos que deseamos hacer su voluntad casi como un favor al creador. Pero la perspectiva cambia cuando constatamos que es él quien nos viene a buscar donde estamos –la parábola de la oveja perdida– y nos conduce hasta su presencia. Así como lo hicieron los sabios nosotros debemos dejarnos guiar por la perspectiva de Dios que nos conducirá hacia su Hijo.
  3. Quienes lo reconocen le ofrecen lo mejor que tienen. Los sabios entregaron metales preciosos y sustancias aromáticas. Eran objetos valiosos propios de los reyes, pero el símbolo que está detrás de ellos es que entregaron sus mejores pertenencias. Uno podría engañarse creyendo que esto se refiere a donar las pertenencias materiales pero en el desarrollo del evangelio llegaremos a saber que esa entrega va a consistir en dar la vida misma. Pero la vida dada a Cristo no es una vida que se pierde como cuando damos una moneda sino por el contrario es una vida ganada para servir al prójimo, para alabar a Dios y para construir un mundo más humano. Las ofrendas de los sabios de oriente anuncian lo que ha de reclamar Jesús de sus discípulos: que lo más preciado sea puesto a su servicio.

La predicación puede también aludir a Isaías 60.1-6 donde se anuncia que a la oscuridad que prevalecerá sobre la tierra Dios opondrá la luz de su presencia entre las naciones. Refiere a un tiempo de angustia y silencio por la situación social durante el período posterior al exilio babilónico. En esa época surgió el clamor por un Mesías que liberara a Israel de sus penurias. Y el nacimiento de Jesús vino a poner por obra la esperanza centenaria de que el creador se manifestara a través de su Mesías. Y de que este Mesías traería salvación a la tierra.

Pablo Andiñach, biblista metodista argentino, en Encuentro Exegético-Homilético 22, ISEDET, Bs. As., enero 2002. Resumen de GBH.


Isaías 60.1-6

Ubicación

El texto que hemos de estudiar se nos presenta, en el leccionario, en el contexto de las lecturas de “Epifanía”. Esta palabra significa, en su raíz griega, mostrarse o aparecer, hacerse visible o revelar; también brillar sobre, desde arriba. Más vulgarmente la llamamos, en nuestros países, la “fiesta de los reyes magos”, y está rodeada de antiguas leyendas, es cantada en villancicos populares, se festeja con regalos para los niños, y en algunos países toma más fuerza que la misma fiesta navideña. Litúrgicamente se vincula con la apertura a los gentiles: estos sabios “paganos” que, al ver la aparición de la estrella sobre ellos (de allí viene el nombre de “epifanía”) inquieren sobre el nacimiento y adoran al niño ofreciéndole sus dones. Este momento del año litúrgico genera un nuevo marco de lectura para el texto de Isaías, que proyecta este pasaje del profeta más allá de su significación para el Antiguo Testamento y lo relee como promesa que se cumple en Jesús.

Este texto es parte del llamado “Tercer Isaías”. Los comentaristas suelen dividir el libro en tres partes, originándose la primera de ellas en tiempos anteriores al exilio cuando aún existían los reinos de Israel y Judá (1-39, aunque hay varias interpolaciones). La segunda parte tendría lugar en tiempos del exilio –aunque no necesariamente en el mismo (40-55), con sus anuncios de consuelo y restauración, con un mensaje de aliento y de condena a Babilonia y los cantos que exaltan al Siervo del Señor. La tercera sección (56-66) habría surgido al posibilitarse la reconstrucción de la ciudad y comenzar el regreso de los que habían sido exiliados en Babilonia. El poema que inicia el capítulo 60 es parte de esta última sección, y lo caracteriza la esperanza y alegría que produce en el profeta y su entorno la posibilidad de que, volviendo a su tierra y reconstruyendo la ciudad capital de Judá, se cumplan las promesas mesiánicas y el pueblo de Israel pase a ocupar un lugar central en el concierto de las naciones, y su Dios sea reconocido y alabado por todos los pueblos.

Cabe mencionar que una lectura atenta muestra, sin embargo, que su visión es distinta de la que podemos apreciar en Esdras y Nehemías: para Isaías la ciudad será reconstruida con la participación de todos los pueblos (60.10) y será receptora de gentiles, contrastando con las estrictas normas de pureza racial y exclusión de los extranjeros que marcan los otros libros. Esto muestra que entre los propios israelitas había más de una “teología del retorno”, y que la esperanza mesiánica era, para muchos, más amplia que solo Israel. Si bien en Isaías aún se destaca el lugar de esta nación elegida y cierto etnocentrismo israelita no desaparece totalmente, se nota una amplitud y generosidad que son los que permitirán que este texto sea luego leído, como lo hace el leccionario, en el sentido de una apertura a los pueblos gentiles.

Notas exegéticas

En su sentido original, el poema está dirigido a Jerusalén/Sión, en continuidad con el capítulo anterior (59.20). En el plano lingüístico todo el capítulo aparece dominado por el verbo “entrar” (que en sus distintas formas hebreas puede significar venir, conducir, enviar, hacer ir o incluso traer) Si nos fijamos en nuestro texto veremos como juegan un papel fundamental esta familia de palabras. También hay otro juego en torno de la idea de luz y visión (resplandece, se le pide a la ciudad). Aunque el primer mandato es “Levántate”, dicho a la ciudad en ruinas, cuya reedificación comienzan los retornantes del exilio.

Es un contraste con lo que el “Segundo Isaías” dice de Babilonia en Is 47.1-5, donde se ordena a Babilonia bajar (en lugar de levantarse), ser expuesta en vergüenza (en lugar de recibir la gloria de Dios), y ser cubierta de tinieblas (en lugar de brillar). Pasó el momento de poder de la Babilonia opresora y ahora se espera que sea la Jerusalén restaurada la que reúna a los pueblos, no ya porque los lleva desterrados y cautivos, sino porque son atraídos por su luz y belleza, por la presencia del Dios del Universo. Mientras el resto del mundo sigue en tinieblas, la Jerusalén de la esperanza reunirá a sus hijos e hijas dispersos y congregará la muchedumbre (de personas y bienes) con los que alaban al Señor. Entre estos bienes se mencionan el oro y el incienso: el oro como símbolo de la riqueza, y el incienso representando la santidad cultual. También se mencionan los camellos (que luego entrarán en la leyenda de los magos); aunque si seguimos leyendo el poema del v. 7 en adelante veremos que se mencionan otros animales, aptos para los sacrificios del templo. Las características de la ciudad reconstruida, según vemos en el resto del capítulo, inspiran la visión de la Jerusalén celestial en Ap 21.

Este resplandor de la ciudad, ese brillo (que lo asocia con la idea de “epifanía”) permite dos cosas: iluminar a las naciones y a sus reyes, para que salgan de su oscuridad y puedan reconocer el lugar donde “amanece el Señor” (v.2), levantándose como el sol, e iluminar el camino de los hijos e hijas que vuelven a la ciudad santa. Es decir, ese resplandor atrae tanto a los hijos e hijas dispersos de Israel como a los pueblos gentiles, que ahora alaban al Señor.

Los verbos definen los tres movimientos que el texto quiere destacar: “Alzarse” la ciudad, Dios mismo, los hijas cansadas (que serán acompañadas –la traducción del v. 4 no debe leerse “en brazos”, sino “abrazadas”, en el gesto del que sostiene al lado al compañero o compañera con quien camina; literalmente: tus hijas serán cargadas al costado); “resplandecer”, irradiar la luz, brillar, con la gloria del Dios que alumbra y guía con su presencia, aventando la oscuridad impuesta por los poderes opresores, y “entrar” –volver, venir– la amplia recepción a todos los que ahora se disponen a alabar al Señor. Sin duda el pasaje se presta para la fiesta de la Epifanía. Nace la gloria de Dios en el niño que alumbrará a todos los pueblos e invita a todos a venir a Él, a andar los caminos de este mundo guiados por su luz.

Proyección hermenéutica y homilética

Podemos sugerir dos formas de presentar el texto. Por un lado, de un modo más tradicional, señalando el sentido de apertura de la bendición de Dios: la elección de Israel y la restauración de Jerusalén no es, en la visión de Isaías, una declaración de exclusividad, sino que está puesta al servicio de iluminar a toda la humanidad. Epifanía es la celebración de cómo, en el nacimiento de Jesús, ese anuncio encuentra cumplimiento, y la venida de los magos de Oriente es señal y proyección de esa presencia. Levantarse, brillar e ir: tres acciones que hoy convocan a la misión cristiana, que proclama que ese anuncio tiene poder para levantar las tinieblas de nuestro mundo en el amanecer de Dios.

Pero también es sugerente reflexionar sobre la fuerza de las Escrituras de ir más allá de su propósito y contexto inmediato. Un texto que expresa la esperanza y alegría que significaba la posibilidad de volver a su tierra y el reencuentro de hermanos y hermanas, ahora se utiliza para decir que toda la tierra y que toda la humanidad es el sujeto y objeto de la revelación divina. No en el sentido de “que se cumplió lo que está escrito” como una realización literal del detalle (de hecho uno tiende a pensar que el relato de los magos fue influenciado por la lectura de este y otros pasajes similares). Si bien el texto no es expresamente citado en Mateo (para quien la ciudad de Jerusalén es lugar de muerte y no de vida), si es evocado en la liturgia, nos ayuda a interpretar el hecho de Cristo. Así pasa también en nuestras vidas: cosas que fueron dichas o realizadas con un sentido y ocasión adquieren un nuevo significado en otras circunstancias. Cuando el amor de Dios inspira un mensaje, ese mismo amor lo hace potente para proyectarse como un don que nos ilumina también en otros momentos de nuestro andar.

Néstor Míguez, biblista metodista argentino en Encuentros Exegético-Homiléticos 94, enero 2008, ISEDET, Buenos Aires.
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