Recursos para la predicación

27 Sep 2021
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Recursos para la predicación 03 OctubreOct 2021

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Marcos 10.2-16 – “Habla” el evangelista Marcos

Marcos 10.1… - Rumbo a Judea; instrucciones para comprender el Reino.

Había sido larga la instrucción. Y había que seguir caminando. Hacia el sur, rumbo a Judea, rumbo a Jerusalén. Se levantó e inició el camino; entró a territorio de Judea, pero torció hacia el oriente y se fue al otro lado del Jordán.

Marcos 10.2-12 – La mujer no es inferior al hombre”.

Había querido que la gente no se enterara, pero era imposible y se juntó mucha gente y se puso a enseñarles, haciendo un paréntesis en su plan de instruir a los discípulos. En eso estaba cuando llegaron unos fariseos, abiertamente en plan de ponerle trampas. Querían enredarlo en las discusiones de casuística que les gustaban. Era conocida de todos la manera como Jesús defendía a la mujer, incluso as las prostitutas; yendo contra las costumbres judías había aceptado mujeres entre el grupo de sus discípulos y seguidores, aun que cualquier otro maestro pensaría que con eso Jesús se rebajaba.

Se acercaron los fariseos a Jesús y le preguntaron a rajatabla: “¿Qué piensas acerca del divorcio? ¿Puede un hombre repudiar a su mujer?”. Jesús estaba en terreno difícil. Les regresó la pregunta: “¿Qué dejó escrito Moisés?” (De hecho, Moisés mismo había repudiado a su mujer, Séfora). Ellos, conocedores de la Ley, le citaron lo que estaba escrito en ella: “Cuando alguien toma una mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna coas indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en la mano y la despedirá de su casa.

Una vez que esté fuera de su casa, podrá ir y casarse con otro hombre. Pero si este último la rechaza y le escribe una carta de divorcio, se la entrega en la mano y la despide de su casa, o si muere el último hombre que la tomó por mujer, no podrá su primer marido, que la despidió, volverla a tomar para que sea su mujer, después que fue envilecida, pues sería algo abominable delante de Jehová”(Deut 24.1-4).

En tiempos de Jesús había dos maestros, Hillel y Shammay, que habían jugado un papel muy importante precisamente en este asunto del divorcio. Ambos pensaban que el divorcio era un privilegio concedido por Dios a los varones judíos. Y discutían la interpretación de aquella frase “algo indecente”. Shammay lo interpretaba como una falta seria, por ejemplo, si la mujer cometía adulterio; Hillel, en cambio, pensaba que podía ser incluso algo tan banal como si a la esposa se le hubiera quemado la comida. Y esta escuela era la que se había impuesto; favorecía absurdamente al hombre, y dejaba en franca desprotección a la mujer.

Y Jesús les dijo: “Pero ¿por qué escribió Moisés aquello? Porque por la cerrazón de sus corazones no eran capaces de cumplir el proyecto de Dios. Pero al principio de la creación no fue así; Dios los creó varón y hembra; a ambos los creó el mismo Dios. Más aún: la mujer es razón suficiente porque la que se justifica que el hombre deje a su padre y a su madre, sus raíces, su protección para unirse a ella de tal manera que ya no son dos seres sino uno solo. Por eso, lo que Dios ha unido, que el hombre no se atreva a separarlo”.

La novedad de esta afirmación de Jesús saltaba a la vista; en su interpretación desautorizaba no solo las opiniones de aquellos respetados maestros, sino incluso la misma motivación de la ley de Moisés. Y daba por tierra con las pretensiones de superioridad farisea, que despreciaba a la mujer, como despreciaba a los niños, a los pobres, a los enfermos, al pueblo. Nuevamente se ponía Jesús de partede los rechazados, los marginados, loa ‘sin derecho’, al defender a la mujer.

Pero los discípulos compartían las mismas ideas de los fariseos en esto; por eso no entendieron y, ya en casa, le preguntaron sobre lo que acababa de afirmar. Jesús no explicó mucho más; simplemente les amplió las consecuencias de aquello: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la primera; y lo mismo la mujer: si repudia a su marido y se casa con otro comete adulterio”.

Esta última frase no creo que la haya dicho Jesús, porque no era costumbre judía que una mujer repudiara a su marido; pero esto sí se daba entre los romanos, que reconocían más derechos a la mujer. La comunidad de que me llegó la tradición de estas palabras de Jesús ya había reinterpretado su pensamiento y lo había aplicado a su situación, de manera muy válida, creo yo, porque correspondía a su pensamiento de igualdad entre hombre y mujer y a la manera como entendía el proyecto originario del Padre sobre el amor humano.

Marcos 10.13-16A Dios le importan los que el mundo desprecia…

Llegaron varias mujeres, que le traían a Jesús a sus niños para que los tocara y bendijera. Era mucho el alboroto que se había armado, de gritos, llantos y risas. Y los discípulos se molestaron y les prohibieron que se los acercaran. No les parecía que, en ese momento en que iban a Jerusalén al triunfo –así pensaban– se entretuviera en algo tan poco importante.

Decididamente algo no estaba funcionando en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de Jesús ni los criterios del Reino. Y Jesús se enojó mucho con ellos; su paciencia también tenía límites; si algo no toleraba era el desprecio hacia los marginados. Y les dijo con mucha energía: “Dejen que los niños se me acerquen. ¿Con qué derecho se lo impiden, cuando el Padre ha decidido que su Reinado sea precisamente a favor de ellos? ¿No entienden todavía que en el Reino de Dios las cosas se entienden totalmente al contrario que en el mundo?

“Anden, acérquense a sus niños, no tengan miedo”. Algunos niños todavía miraban con recelo a Pedro, a Santiago, a Juan; atrayéndolos a sí, Jesús los abrazaba y los bendecía y les imponía las manos, para que supieran que ellos tenían la benevolencia del Padre.

Cuando ya la gente se iba yendo, Jesús dijo a sus discípulos: “Miren, les digo esto muy en serio; aprendan de los niños, porque el que no se acerque al Reino con la confianza incondicional que tienen ellos, no va a entrar en él. Como nadie los toma en cuenta, cuando alguien se fija en ellos y los aceptan responden con un agradecimiento y apertura totales; todo lo reciben de buena gana, sin poner peros; y así hay que recibir el Reino: sin ponerle condiciones, sin exigir nada, con la conciencia de que se recibe algo que no se merece, pero que al Padre le ha parecido bien regalárnoslo. Ante el Reino no hay merecimiento que valga”.

Carlos Bravo, en Galilea Año 30. Historia de un conflicto (Para leer el evangelio de Marcos), Centro Bíblico Verbo Divino, Quito, 1993.


Introducción a Job

En el libro de Job se combina el relato del justo sufriente que es  recompensado por su fidelidad a Dios a pesar de las penurias con extensos poemas ricos en formas literarias a través de las cuales se expresan, en una serie de intercambios, los protestas de Job realzadas por las reflexiones de sus interlocutores. Al final de cuentas, el rebelde Job puede ser cualquiera: el desahuciado, la madre viuda, el menesteroso, el desplazado que desde sus entrañas doloridas preguntan al Señor de la vida: “¿Por qué?”

Job grita por la dignidad humana que le niegan sus amigos y el mismo Dios le arrebata. El autor expone punzantes cuestiones de la experiencia humana: el angustioso problema del sufrimiento, en particular del inocente; los límites de la existencia, la experiencia y el conocimiento humanos, la pregunta por Dios mismo de cara al sufrimiento y al mal en general. Job pone sobre el tapete el problema del honor de las personas despojadas de los signos sociales de honorabilidad: riquezas, poder, posición. Job encarna a aquellos privados de su dignidad humana.

Teológicamente, el libro de Job cuestiona sin temores doctrinas y comportamientos tradicionales, afronta el agudo problema del sufrimiento inmerecido y pregunta por la relación real de Dios con  el mundo. Si Dios es todopoderoso, justo y bueno, “¿por qué permite esto?”. Tal es la angustiosa pregunta jobiana, que se sigue planteando hoy como a través de los siglos, por las experiencias de dolor inhumano que aún se viven, a pesar de todos nuestros progresos.

Este es el clamor que brota desde Auschwitz, Dresde e Hiroshima, de los gulags rusos y el genocidio armenio, los crímenes de las de las dictaduras latinoamericanas, y los sufrimientos en los hospitales y campos de refugiados. Esta la pregunta que se hacen los millones que hoy son parte del “costo social” del neoliberalismo y las víctimas inocentes de las guerras en el tercer mundo. Frente a las injusticias y a la explotación irracional que se vive en nuestro mundo, ¿cómo creer en un Dios justo y misericordioso, en un Dios padre? ¡Cómo confiar en él y en su presencia salvadora? ¿Cómo pensar y hablar de Dios al ser confrontados con el dolor, la miseria y los absurdos que se nos imponen día tras día?

Origen del libro de Job

El libro fue escrito en el seno de una comunidad judía, pues la problemática teológica que trata es propia del judaísmo. El autor está familiarizado con Jeremías, hombre justo que también sufre inocentemente por su pueblo sin ser él culpable (ver su lamentación en 20.14-18). Escrito en hebreo, tiene que ser de alguna región donde este era un idioma vivo, pero influenciado por el arameo. El lugar de composición no es seguro. El hecho de que el texto tenga muchos arameísmos y que el protagonista, Job, sea ubicado en Uz, y los lugares de los amigos (Temán, Súaj, Naamat) sean todos de “oriente”, sugiere que no fue compuesto en tierra de Israel. Ninguno de los nombres es hebreo.

La caída de Judá en manos de los babilonios a comienzos del s. VI aC, con el exilio de la crema de la sociedad como secuela, generó un clima de “iluminismo”. La reflexión sistemática empezó a formar parte de la religión y entró en conflicto con las creencias tradicionales. Fue el inicio de una larga crisis religiosa para Israel. La experiencia a manos de los babilonios –destrucción de Jerusalén, destierro– llevó a cuestionar la idea tradicional de la justicia divina.

Pero no se habla de la Alianza, ni se rememora la acción de Dios en la historia de Israel. Estamos en tiempos netamente postexílicos. La clara discusión con la sabiduría tradicional en boca de Job sugiere un tiempo más cercano a Qohélet (Eclesiastés), con el cual guarda notables semejanzas. “El temor” de Dios como principio de sabiduría no es tema en Job: recién aparece en el s. IV aC.

Género literario

El libro de Job pertenece a la llamada literatura sapiencial. El protagonista es un sabio frente a otros (supuestos) sabios. Por lo mismo, se le asignará a Job un poema sobre la sabiduría, en el cap. 28. Pero cabe preguntar por qué el autor escogió la forma que caracteriza al libro de Job, con una serie de intercambios entre personajes constituidos por extensas exposiciones, donde se reflexionan y discuten varios puntos de vista.

Esa forma está en función de la intencionalidad del autor: invita al lector a entrar en el debate, a reflexionar con los personajes, a tomar conciencia del problema planteado. Así, hay muchos que han visto el libro de Job estructurado como un drama o una tragedia griega, donde no pesan los hechos sino lo dicho a través de contrapuntos, con una trama envolvente que involucra intelectualmente al auditorio.


Job 1.1, 2.1-10

El prólogo del libro (caps. 1-2) y el epílogo nos presentan a un rico piadoso y próspero que es víctima de una serie de desgracias: pierde todas sus propiedades, incluidos sus hijos, y finalmente él  mismo sufre de úlceras. A pesar de todo, se mantiene resignadamente fiel en su confianza en Dios. Por eso es eventualmente recompensado por Dios con el doble de lo que había perdido (42.11-17). Es un relato de carácter didáctico sobre la calidad de la verdadera fe en Dios y sus designios; nos recuerda a Abraham ordenado por Dios a sacrificar a su hijo Isaac (Gn 22).

Las escenas en la corte celestial (1.1-12; 2.1-10). Para presentar el tema de la autenticidad de la piedad de Job –y en ella la de cualquier persona– se introdujeron las dos escenas en la corte celestial. Es notorio el paralelismo literario entre los dos momentos en que se pone a prueba la piedad de Job (1.6-12; 2.1-7)=. Las dos escenas son idénticas, excepto por la prueba propiamente dicha. La segunda prueba a Job es un incremento en intensidad: afecta a la persona de Job mismo, su salud y su honor. La pregunta ya no es si un potentado puede ser piadoso cuando súbitamente pierde “todas sus posesiones”, sino si un desposeído puede serlo cuando se toca su pellejo (2.4s).

En 2.3 dice Yavé al satán: “Me has incitado contra él para destruirlo sin motivo”. Dios permanece en su cielo; no es el ejecutor de las desgracias. La ambigüedad sobre la responsabilidad por las desgracias de Job en la primera escena (1.13-19) –¿fue el satán el causante de los robos de ganado, del fuego del cielo y del huracán?- queda ahora aclarada: el responsable por el sufrimiento del inocente es el satán, no Dios.

Y así, como en 1.21 teníamos la famosa exclamación piadosa de Job: ·”Yavé me ha dado, Yavé me ha quitado. Bendito sea el nombre de Yavé”, la primera escena de la vida cotidiana de Job, después de la intervención del acusador, es cuando enfrenta la maldición a Dios de su mujer y le dice “si aceptamos los bienes que Dios nos envía, ¿por qué no vamos a aceptar también los males?”

Unas palabras sobre “el satán”. Literalmente con artículo definido (hassatan), por tanto no un nombre propio, es un vocablo profano sin relación con la demonología. No se trata de la figura que más tarde personificará la fuerza opuesta a Dios que conocemos como Satan(ás). El satán forma parte de la corte celestial; en Job 1.6 y 2.1 se dice que era uno de “los hijos de Dios”. Como en Zac 3.1-2, donde aparece en un  contexto similar, el vocablo designa una función, la de fiscal en una corte. Es “el maestro de la sospecha” (D. Cox). El papel básico de un “satán”, en griego diábolos, es actuar cual adversario (acusar, obstaculizar, oponerse). Su misión en Job es detectar el mal sobre la tierra y reportarlo ante la corte de Dios, y luego ejecutar la sentencia que en consecuencia se dicte allí.

En consonancia con la fe de su tiempo, se pensaba que es a Dios a quien se debe la fortuna de las personas, lo bueno y lo malo que acaece. Por influencia de la religión local durante la estadía en Babilonia, los israelitas ya no conciben a Dios como ejecutor de las desgracias, sino que las asigna al satán, como vemos en Job. Posteriormente este personaje será visto como causante de los males; de Dios viene solo lo bueno y justo, aunque condescienda a lo malo (Dt 32.39; 1 Sm 2.6-7); 2 Re 6.33; Is 45.7; Am 3.6). Es así como aparecerán en el escenario religioso la figura de Satanás y los demonios, fuerzas del mal.

Eduardo Arens, sacerdote católico y biblista peruano-alemán, n 1943, Job, en Comentario Bíblico Latinoamericano, Verbo divino, España, 2007.


Carta a los Hebreos 1.1-4 (5-12)

Introducción

La llamada carta a los Hebreos tiene mucho de enigmático. ¿Quién fue su autor? ¿Por qué fue escrita? ¿Quiénes fueron sus destinatarios? Pero tiene mucho más que enigmas. La carta a los Hebreos sobresale entre todos los escritos del Nuevo Testamento por la riqueza de su vocabulario, su refinada prosa, su grandiosa estructura literaria, su desarrollada cristología, el particular uso del AT y hasta por algunas afirmaciones chocantes.

Es un escrito que puede calificarse como una homilía que usa la exposición exegética para convencer a los oyentes o lectores a mantener y profundizar su compromiso de fe.

El título que destina el escrito “a los hebreos” es antiguo, pero no pertenece al texto original. Fue probablemente el el resultado de una conjetura basada en su contenido que supone en los lectores un conocimiento avanzado del culto levítico y un dominio de las técnicas exegéticas basadas en el judaísmo. Sin embargo, se puede advertir que Hebreos no menciona en la comunidad costumbre o práctica alguna del judaísmo como ser la circuncisión o el sábado.

Por otra parte, el mismo apóstol Pablo presupone tales conocimientos aun cuando escribe a comunidades exclusivamente o en gran parte no judías, como eran las de Galacia y Corinto. Para entender mejor esto hay que tener en cuenta lo siguiente: Primero, los cristianos provenientes de la gentilidad fueron considerados desde el comienzo como el verdadero Israel, herederos de las promesas del AT (Gál 6.16; 1 Cor 10.10). En segundo lugar, los primeros misioneros cristianos hicieron del AT la Biblia de las nuevas comunidades, valoraron su autoridad divina y enseñaron a leerla como cristianos con la convicción de que para ellos había sido escrita (Rom 15.4; 1 Cor 10.11; 1 Ped 2.9).

Afirmamos entonces que la carta fue escrita para una comunidad en gran parte de origen gentil. El argumento se basa principalmente en la descripción de su conversión, que se describe como una conversión al culto del Dios vivo (Heb 6.1; 9.14). Este concepto del culto del Dios vivo fue adoptado por los predicadores cristianos al referirse a la conversión de los gentiles al culto cristiano, como se puede ver en 1 Tes 1.9 y en 1 Ped 1.18-21. Se trata de una conversión del culto de los ídolos al Dios cuyo dinamismo viviente se manifiesta por medio de Cristo.

Si se tiene en cuenta este concepto se entiende que los destinatarios de la homilía al aceptar el culto del Dios vivo se expusieran a los escarnios, vejaciones y persecuciones de una sociedad pagana adversa. De allí que el autor los exhorte a que, por ventajas materiales, no se echen atrás y que no vuelvan a aceptar principios y valores incompatibles con la fe (10.32-34).

Prólogo: Dios ha hablado por medio de su Hijo. 1.1-4.

El prólogo es una brillante muestra de la prosa griega refinada que caracteriza esta homilía. Comencemos por fijar la atención en la continuidad y el contraste entre las dos etapas de la manifestación de la palabra salvadora procedente de Dios Padre: la primera fue dirigida a “nuestros mayores”, el Israel de las primeras promesas divinas, y la segunda y última es dirigida a “nosotros”, el Israel escatológico. La primera fue hecha por los profetas en forma  fragmentaria y variada; la segunda, por el mismo hijo en forma directa y plena. La primera contiene multiformes fichas de un gran rompecabezas que solo se iluminan y se ensamblan a la luz de la palabra del Padre que nos llega a través del Hijo.

Después de la afirmación de las dos etapas de la manifestación de la palabra salvadora del Padre, el autor añade en forma paralela dos etapas en la carrera del Hijo: primero menciona su exaltación escatológica y luego su función creadora. La exaltación del Hijo consiste en haber sido elevado al puesto de heredero universal. Es una exaltación que culmina gloriosamente la vida de dolor y obediencia que el Hijo llevó para beneficio de la humanidad. Es interesante notar que Hebreos, luego en 1.5, al demostrar la superioridad de Cristo sobre los ángeles, cita explícitamente dos pasajes claves de la ideología real (Sal 2.7; 2 Sam 7.14).

A continuación de las dos etapas extremas de la carrea del Hijo, la escatológica y la creadora, el autor completa el cuadro presentando cuatro movimientos descriptivos:

El primer movimiento se refiera a la naturaleza divina del Hijo y su relación con el Padre. En el segundo movimiento agrega que el Hijo, por íntima asociación con el Padre, es “el que sostiene al mundo con el poder de su palabra”. Hay aquí un eco de la palabra creadora del Génesis y recuerda a Col 1.17.

El tercer movimiento alude a la función sacerdotal de Cristo como hijo de Dios encarnado. En calidad de tal purificó con su muerte el pecado de los seres humanos. Al emplear el término “purificar” usa un término cultual que, tomado del AT, incluye el concepto de quitar los pecados y de consagrar la persona al servicio de Dios. Implica una participación de la santidad divina, por la cual los miembros de la comunidad cristiana son santos, llamados al mundo celeste (4.1).

El cuarto movimiento trata de la entronización gloriosa de Cristo a la diestra de la majestad divina haciendo alusión a Sal 110.1, texto frecuentemente aplicado a Cristo en los textos del NT (por ej. en Mt 22.44 y par; 26.64 y par; Hch 2.34-35; Rom 8.34) y usados varias veces en esta homilía (1.13: 8.1; 10.12). Este movimiento está íntimamente ligado al tercero: Cristo como sacerdote lleva a cabo el ofrecimiento de su sacrificio expiatorio en el cielo y su entronización es la aceptación permanente de su sacrificio por parte del Padre.

El autor usa pasaje tomados de diversos contextos , pasajes que tienen ya en los otros textos del NT una determinada orientación cristológica. Procede como si, bajo la influencia del Espíritu, usara piedras de color en un calidoscopio y formara figuras según un diseño preparado con antecedentes en el conjunto escritural. Usa principalmente dos elementos ya tradicionales: la cristología avanzada que aparece por ejemplo en Flp 2.6-11 y en Col 1.15-18, y la interpretación  cultual de la muerte de Cristo que se encuentra en Rom 3.25 y 1 Ped 1.2.

Cristo, sumo sacerdote fiel y compasivo. 2.5-18

Este segmento retoma la exposición exegética del capítulo primero  usando el Salmo 8 como base bíblica para desarrollar el tema del rebajamiento y exaltación del Hijo para terminar diciendo que Cristo expía los pecados del pueblo como sumo sacerdote fiel y compasivo. El prólogo ya había anunciado la función purificadora o expiatoria de Cristo, función que presupone su condición humana. Esta condición es la base para toda la exposición cristológica y las exhortaciones a la fe en esta homilía.

La exposición tiene su punto culminante en 2.17 que dice: “Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos y hermanas, para ser un sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que toca a Dios y expiar así los pecados del pueblo”. La exposición exegética comienza retomando, en 2.5, el tema aludido en 1.14, en que se trata de la misión de los ángeles que no es de dominio sobre el mundo redimido, sino de servicio a los redimidos. Hace referencia a un autor bíblico sin especificar su nombre. El texto referido es Sal 8.5-8.

El autor comienza citando: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él o el hijo del hombre para que mires por él?” La referencia al hombre en singular tiene cierta ambigüedad de sentido. Puede entenderse colectiva o individualmente. Si se toma en sentido colectivo, se refiere a toda la humanidad. Así hace el texto original del salmo, el cual, después del contraste entre el poder de Dios y la bajeza de la humanidad, considera al ser humano y lo ve solo un poco inferior a los ángeles, revestido de dominio sobre todo el mundo creado. La deja en suspenso por un momento hasta que la resuelve en el comentario (Heb 2.9), al identificar “el hombre” y “el hijo del hombre” con Jesús. Al hacer la identificación con  el Hijo, el autor entiende el texto no como una meditación sobre la condición elevada de la humanidad en el orden creado, sino como un oráculo que describe la humillación temporal y la exaltación escatológica de Jesús.

Con su exaltación gloriosa Cristo adquiere dominio sobre todo (2.8). Pero no ejerce su soberanía con cetro de hierro. Es un soberano salvador; es el pionero de la salvación de los seres humanos. Él santifica a los creyentes y los lleva a la perfección (2.10). Es soberano salvador porque ascendió al trono por haber muerto por la humanidad y su exaltación como soberano salvador son parte del plan designado por Dios Padre en su amor hacia sus criaturas (2.9). La mención de la gracia o el amor del Padre introduce una explicación clave para entender todo el proceso de salvación –la fuente última de la salvación es la benevolencia de Dios Padre–. El darse de Cristo es en último término el darse del Padre. En esto Cristo es un reflejo del Padre.

El autor da un paso más en su exposición exegética. Muestra que los seres humanos por lo cuales Cristo ha dado la vida no son simples criaturas de Dios. Son hermanos y hermanas de Cristo. El autor cita para ello tres pasajes bíblicos.

El primero es tomado del Salmo 22.22, muy conocido por sus menciones en la historia de la pasión de Cristo. Así, Cristo es el mensajero, el proclamador, por quien el Padre hace la revelación escatológica. El lugar de la proclamación es la asamblea cristiana. Allí no solo se proclama que Dios es nuestro Padre, sino también que Cristo es nuestro hermano y allí los fieles se sienten todos hermanados entre sí y con Cristo. Y es una hermandad que resulta de la acción divina que hace a los fieles miembros de la familia de Dios presidida por Cristo (3.6).

La segunda cita (Heb 2.13a) se encuentra verbalmente en dos pasajes de los LXX: 2 Sm 22.3 e Is 8.17. En estos textos el sujeto que habla es el salmista o el profeta respectivamente, expresando un acto de confianza. Hebreos pone el texto en boca de Cristo, quien proclama su confianza en Dios Padre, ofreciendo así una actitud modelo para sus hermanos y hermanas.

La tercera cita (Heb 2.13b) es tomada de Is 8.18, donde el profeta espera que los hijos que Dios le dio sean portentos en Israel. Hebreos toma la primera parte del verso, la pone en boca de Cristo y entiende por “hijos” no los hijos del profeta sino los hijos de Dios. A estos, reunidos en comunidad, Cristo llama hermanos y hermanas.

A continuación, el autor muestra que la solidaridad de Cristo con los seres humanos no es una fanfarronada; Cristo ha entrado en una profunda participación en el ser y circunstancias históricas de la humanidad. En la exposición, dos verbos griegos entran en juego: koinonein y metekhein (2.14). El primero se aplica al hecho de que los hijos de Dios (los seres humanos) comparten la misma “carne y sangre”, expresión rabínica para decir “naturaleza humana” en este mundo terreno.

El segundo verbo, en paralelismo con el primero, afirma que en un momento dado de la historia el Hijo de Dios se hizo partícipe de la misma naturaleza que los seres humanos comparten entre sí. Se trata de una verdadera encarnación en la situación histórica de la humanidad (2.14a). El propósito que ha tenido al encarnarse ha sido el de liberar a la humanidad del dominio del demonio (2.14b).

Cristo realiza la liberación destruyendo el poder satánico al purificar al ser humano del pecado y al darle participación en el poder del reino escatológico. Lleva a cabo una acción redentora que libera del temor de la muerte como actor de opresión y destrucción (2.15). La acción salvadora de Cristo tiene como fin tratar a fondo la tragedia humana y darle una solución definitiva –la abolición del pecado y la participación en el reino celeste (3.1; 6.4; 12.22-24, 28)–.

La participación de Cristo en la existencia humana incluyó el sometimiento a las mismas condiciones históricas de los humanos: el crecimiento, el aprendizaje, las pruebas, las enfermedades y la muerte (2.14,17-18;4.15). Cristo ha tomado todo lo que hay en los seres humanos, menos el pecado, para redimirlos. Con ello, ha creado una solidaridad que no conoce exclusivismos. El que Cristo sea varón no crea privilegios que dignifiquen a los hombres y excluyan a las mujeres. Todos son hermanos y hermanas por igual.

En un mundo de partidismos, exclusivismos y discriminaciones, el respeto, el compromiso y la dedicación de Cristo por los seres humanos es algo único, sorprendente y conmovedor. Es un hecho que consuela y dignifica; un factor que levanta el corazón y alienta. Estimula a unos a salir de la indignidad y mueve a otros a ayudarlos a superar su condición de marginados y oprimidos. Pero es también un grave reproche para los que utilizan los recursos de la sociedad solo para su propio provecho y enriquecimiento.

Enrique Nardoni, biblista y sacerdote católico argentino, 1924-2002, en Carta a los Hebreos, Comentario Bíblico Latinoamericano, NT, Verbo Divino, España, 2003, pp1047-1061, resumen de GB.
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