Recursos para la predicación

20 Sep 2021
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Recursos para la predicación
Recursos para la predicación 26 SeptiembreSep 2021

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Marcos 9.38-50 – “Habla” el evangelista Marcos

“Ustedes no tienen el monopolio en la lucha contra el mal”.

Seguía la incomprensión de los discípulos, y era necesaria otra corrección. Un día andaban fuera de casa y, al regresar, Juan llegó muy agitado. “Maestro: acabamos de ver a uno que andaba expulsando demonios en tu nombre, pero no nos sigue a nosotros; entonces le reclamamos y le exigimos que dejara de hacerlo, porque no nos sigue a nosotros”.

Ese era el carácter de Juan, que le valió aquel apodo de “hijo del Trueno”. La razón de su reclamo era que ‘no nos sigue a nosotros’. Contrastaba aquel juicio con la conducta de Jesús, que jamás buscó autoafirmarse, sino que solo le importaba el Reino. Jesús, con  calma pero con mucha claridad, les dijo: “¿Creen ustedes tener el monopolio de la lucha contra el mal? ¿No entienden que lo que importa es que el mal sea vencido? No sean tan intransigentes ni tan creídos. ¿Qué importa que no nos siga?

Nadie que luche contra el mal, ayudando a los seres humanos a descubrir que Dios está de parte de la vida, y lo haga en nombre mío, va a hablar después mal de mí. Quien no está contra nosotros, está con nosotros. Sepan distinguir quiénes son los amigos y quiénes los enemigos; sepan discernir con quiénes hacer alianzas y de quiénes cuidarse”.

(Cuando recopilaba el material para esta “Memoria de Jesús”, me llegaron algunas frases sueltas de Jesús, que creo no tienen que ver con esto de la ambición de los discípulos. Por eso las pongo a continuación, aunque no todas tengan que ver directamente con el asunto. Pero me parece importante que no se pierdan, porque contienen instrucciones muy valiosas de Jesús.Siguiendo la costumbre popular voy a ir encadenando estas frases fijándome en el tema que me parece más importante; vean cómo hay una relación entre los pequeños seguidores, el escándalo de los pequeños, lo que nos hace tropezar, lo que evita el escándalo que corrompe la comunidad –el fuego y la sal–, la paz).

Así como Jesús se había identificado con los despreciados, los últimos, los sin derecho, también se identificaba con sus discípulos y su suerte. Muchas veces había asumido su defensa frente a los fariseos que los atacaban; y esa defensa le había causado ya varios problemas. Por eso Jesús les dijo: “Quien les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, no se quedará sin recompensa”.

También volvió Jesús varias veces sobre el tema de los pequeños. Uno de los pecados que a Jesús le parecían más serios era el escandalizar a los pequeños, el ser para ellos como piedra en la que uno se tropieza y cae. El escándalo que estaba afectando a la comunidad de seguidores era la ambición. Por eso  siguió: “Pienso que se sería menos malo a uno que le amarraran una piedra  en el cuello y lo echarán al mar antes que escandalizar a un pequeño que cree”.

Y no eran exageraciones de Jesús. Las discusiones que habían tenido sobre quién era el mayor, su oposición a que otros colaboraran en la lucha contra el mal, sus planes de sobresalir estaban deteriorando el ambiente entre ellos. Por eso siguió Jesús:

“Si tu mano te hace tropezar, córtatela; más te vale entrar manco en la vida que, conservar ambas manos e ir a dar a la gehenna, al fuego que no se apaga. Si tu pie te hace tropezar, córtalo; más te vale entrar cojo en la vida que, conservar ambos pies e ir a dar a la gehenna. Si tu ojo te hace tropezar, sácatelo; más vale entrar tuerto al Reino de Dios que, conservar ambos ojos e ir a dar a la gehenna, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

Jesús estaba usando símbolos muy conocidos para los judíos. Cuando hablaban de una parte se referían al todo. Hablar de la mano era hablar de las acciones del hombre, hablar del pie era hablar de los pasos para realizarlas, o sea, de los proyectos, hablar del ojo era hablar de los deseos y la intenciones de donde nacen los proyectos. Es obvio que Jesús no se refería a los miembros del cuerpo, como si ellos nos hicieran pecar. Ya había dejado muy claro que lo que mancha al ser humano son los proyectos que nacen del corazón y que no solo los alimentos, sino ninguna parte del cuerpo es impura.

Lo que Jesús quería decir era que hemos de saber cortar a tiempo con las intenciones torcidas, de donde nacen proyectos desviados y acciones perversas. Todo esto tenía que ver con la ambición, que tanto daño le estaba haciendo al grupo de los Doce. Nada daña tanto a una comunidad de discípulos como la ambición entre los que han sido elegidos para servirla, pero se aprovechan de la autoridad como motivo de privilegio y distinción. Jesús decía que contra ella debemos ser implacables.

Tal vez les ayude a saber qué era la tal gehena. Se acuerdan de que Jerusalén estaba construida sobre un monte. Enfrente, al lado oriente, quedaba el Monte de los Olivos y entre ambos había un cauce seco, que solo llevaba agua en tiempo de aguas; era el Cedrón. Y por la parte sur la muralla daba a otro cauce seco que se juntaba con el primero, al que se daba el nombre de Gehenna. Pues bien: allí estaba el tiradero de basura de Jerusalén. Y ya ven lo que pasa en los basureros: el olor es insoportable por la corrupción, nada más le escarban un poco y brota el gusanero en  tal cantidad que parece que nunca se acabarán; y con el calor y la corrupción de pronto empieza a arder y aquel fuego no se acaba mientras siga habiendo basura. Imagínense lo tremendo que sería ser arrojado a la Gehenna… Con aquellas imágenes le quedaba muy claro a la gente lo que Jesús quería decir.

La corrupción de la que había que defenderse, pues, era de la ambición. Jesús usó también la imagen del fuego y de la sal, dos cosas que preservan de la corrupción.  Y decía, refiriéndose al grupo de seguidores: “La sal es buena, sirve para condimentar y para preservar de la corrupción. Pero ¿qué pasa si la sal pierde su capacidad de dar sabor o de preservar de la corrupción? ¿Con qué le van a volver el sabor? Ni siquiera echándole más sal, porque la echarían a perder”.

Esta imagen de la sal también la entendía cualquiera. En sitios donde el ambiente era húmedo y caluroso, la sal del mal luego absorbía la humedad del ambiente y se convertía en agua salada. Ya no servía para nada; había que tirarla y limpiar el plato para poner sal nueva. Y entendieron los discípulos –pero no entonces, sino mucho tiempo después–, que su misión era preservar de la corrupción y dar sabor; pero si ni siquiera eso podían lograr en su comunidad, por la ambición que había entre ellos, serían como sal que había perdido su capacidad, que con nada se le podría volver. La solución estaba en que superaran la ambición; entonces serían sal ellos mismos, y en la comunidad podrían vivir en paz unos con otros.

Carlos Bravo, en Galilea Año 30. Historia de un conflicto (Para leer el evangelio de Marcos), Centro Bíblico Verbo Divino, Quito, 1993.


Números 11.24-29

Consideraciones generales del libro de los Números

El nombre de este libro procede de la tradición griega registrada en la Septuaginta donde se le coloca el título de Arithmoi. Sin embargo, el nombre que le corresponde en el canon hebreo: Bemidbar y que podemos traducir como En el desierto, parece ser un poco más descriptivo de las circunstancias en las cuales se quieren circunscribir los distintos episodios de esta serie de narraciones. Evocar el nombre hebreo del libro de Números nos coloca, de sí, en el contexto propicio para ambientar los momentos por los cuales cruza Israel y su líder Moisés en su travesía hacia la tierra prometida.

De entre los libros que conforman la Torá es el libro de Números el que presenta mayor complicación a la hora de buscar que se manifieste su estructura, por tal razón, lo más simple es optar por la sencillez temática que parece ser una oposición fundamental en todo el texto, esto es: una estructura en torno a las dos generaciones de israelitas:

a. Una generación que debe morir en el desierto (Antigua generación)
a’. Una generación que debe esperar entrar en la Tierra prometida (Nueva generación)

El libro, sin ser homogéneo en su contenido, conserva elementos transversales que le darán consistencia. Uno de los más significativos es la participación de dos jóvenes personajes: Josué y Caleb. Ellos logran vincular a las dos generaciones y las dinámicas narrativas que se encuentran tanto en una sección del texto como en la otra.

Es de considerarse, además, que hay secciones que resultan complejas, confusas y hasta contradictorias. Por ejemplo, el tema de la posición de Israel frente a los extranjeros o, una visión positiva y otra negativa respecto del profeta Balaán. Podemos considerar, de una vez, que el libro contiene dos fuentes de material teológico: una colección de material claramente vinculado a la tradición de los sacerdotes de Israel y otra de textos que reflejan distintos medios de producción y tradición teológica dentro del pueblo (principalmente los capítulos 11 al 25).

Cómo ya he mencionado, el cambio de generación, ocupa un lugar fundamental en el texto de Números lo cual plantea cuestiones centrales que van a aflorar continuamente en todo el texto. Estos temas son:

I. La primera generación a los ojos de la segunda

Este es un problema teológico capital para el texto. La generación más joven tiene que cuestionarse a sí misma sobre su posición frente a la actitud de sus padres. Si bien estos últimos vivieron la salida de Egipto, lo cierto es que frecuentemente sus acciones dejan mucho que desear ante Dios y el pacto que Él tuvo a bien signar con el pueblo. Por eso la perspectiva teológica de Números concede a la nueva generación el derecho de entrar en su nuevo país lo cual no ocurre con sus padres.

II. La teología del desierto

A diferencia de otras perspectivas bíblicas, el libro de Números no aprecia el tiempo transcurrido por el pueblo en el desierto como algo positivo. Aún los profetas del Antiguo Testamento llegan a tener una lectura más obsequiosa de este lugar teológico, apreciando el desierto como la posibilidad de una reconciliación de Dios con su pueblo. Pero la perspectiva de este libro del Pentateuco es mucho más sombría y, en momentos, desesperanzadora para el pueblo. Ante las reiteradas metidas de pata del pueblo de Israel, representado por la primera generación, el arrepentimiento y sus lamentaciones no alcanzan para solucionar sus actos de infidelidad delante de su Dios. Así es como, este Dios del pacto con Israel, responde casi siempre en Números de manera airada y a veces hasta violenta, castigando a su pueblo que vaga en el desierto.

III. El pueblo vagabundo y el liderazgo intermediario de Moisés y Aarón

El pueblo tiene en este texto un itinerario casi incierto: cuando no se queda en vilo, está a la deriva. Esto se complementa o se contrapone con el liderazgo ejercido por Aarón y Moisés. El primero es colocado en Números como una autoridad sacerdotal privilegiada y, a veces, como el único digno de organizar y presidir el culto de Israel. Por otro lado Moisés, verdadero líder político en este libro, ya no sólo es un caudillo que dirigió el levantamiento de Israel en Egipto frente a faraón, sino que acá se convierte en un verdadero jefe del pueblo. Y al ser un dirigente fuerte, las críticas del pueblo contra su persona y su liderazgo llegan a ser también bastante enérgicas, por lo cual siempre contará con el respaldo de Dios para corregir a la nación.

IV. La relación contra los otros (extraños)

Como anticipé, este es un tema a veces contradictorio en el libro de Números. Mientras las secciones sacerdotales tienen una perspectiva categórica respecto a la relación de Israel con otros pueblos extraños, la cual debe impedir, existe en el libro otra tendencia más abierta representada por textos como el de Moisés tomando una esposa extranjera (Nm 12) e invitando a su suegro madianita a acompañarlo a la Tierra prometida (Nm 10.29ss)

V. Moisés y Josué como continuidad – discontinuidad

Ya mencionamos a Moisés como el gran mediador y guía del pueblo salido de Egipto. Mientras tanto, saltan a la escena nuevos protagonistas que representan el cambio de paradigma en cuanto al perfil de pueblo-pacto que Dios pretende en Israel. Moisés representa en este libro los acentos más cálidos para sacudir la torpeza de un pueblo olvidadizo e infiel. Josué (y Caleb un poco menos) representa al ayudante entusiasta, fiel y optimista durante las peripecias de Moisés en el éxodo, una figura fronteriza que cierra la perspectiva nómada de Israel y va inaugurando la posibilidad de sedentarización del pueblo. Josué vive de la gloria de Moisés y aunque es un personaje secundario en la narración, realiza una tarea de aprendizaje sobre la forma de gobernar a un pueblo, acumula experiencias y conocimiento. Josué es obediente pero a la vez celoso de las prerrogativas proféticas de su jefe, las que quisiera limitar solo a Moisés (Nm 11.24-30).

Notas exegéticas de Números 11.24-30

El texto en cuestión evoca una narración muy posterior, tal vez inspirada en esta misma relación que tiende a repetirse cuando un discípulo es celoso de la vocación de su maestro y de su propia tarea de aprendizaje. Veamos como Nm 11.24-30 se acerca mucho a la situación por la cual pasó Jesús en los evangelios sinópticos, en este caso representado sólo por la versión de Marcos 9.33-41. Les invitamos a comparar ambos textos.

Podemos ver entonces que:

  • Este tipo de narración puede ser una forma literaria o por lo menos un recurso narrativo que el pueblo de Israel utilizaba para posibilitar la reflexión del pueblo en torno a la necesidad de abrir los horizontes no sólo étnicos sino teológicos y misionales (Misio Dei);
  • El pueblo es depositario de una vocación de parte de Dios, pero esta no es exclusiva de unos cuantos.
  • Quien autoriza la tarea profética no es un ser humano autorizado sino Dios mismo.
  • En ambos casos se censura la censura. Es decir, una responsabilidad importante de quien enseña a sus discípulos es corregirles y llamarlos a la humildad e integración de quien es diferente.

El texto en cuestión inicia con Moisés dispuesto a compartir la instrucción de Dios al pueblo pero, en esta ocasión, la narración nos coloca frente a la tradición bíblica de la administración del poder y la sabiduría del pueblo en la figura de los ancianos a quienes reúne Moisés. En estricta aritmética, 7 x 10 da igual a la perfección numérica simbólica plena de 70.

Cuando Moisés convoca a estos 70 ancianos la figura que evoca la presencia del Dios de las montañas se hace presente en la Nube, para hacer después, de esos nuevos-viejos líderes, copartícipes del espíritu que imbuía a Moisés en la experiencia extática de la trascendencia que le hacía hablar profecía.

La efusión del Espíritu sobre los ancianos es interesante: el Espíritu que está en Moisés se vierte en quienes tienen responsabilidad y autoridad en la vieja generación (la primera). A partir de ello tendrán la fuerza para apoyar a Moisés en su tarea, pero esta efusión del Espíritu también transforma el papel de los ancianos. Ya no serán sólo administradores y salvaguardas de las disposiciones judiciales y gubernamentales: su papel ahora será también participar de la inspiración profética que hace hablar.

Esta es la primera vez que bíblicamente hay este tipo de expansión: vemos que el Espíritu de Dios está llamado a sacudir lo que es el orden de la organización y el poder judicial del pueblo en el desierto. Se podría decir que los que están atentos a la organización, las leyes, el orden, también pueden ser empujados por el Espíritu. Las autoridades pueden llegar a ser proféticas al decir la palabra adecuada, a inspirar cambios de conducta, al crear nuevos vínculos, al reconvenir al pueblo para que deje sus errores y egoísmos, y transformen sus acciones en justicia.

Una expresión del texto me llama mucho la atención: El relato dice que el Señor habló a Moisés, pero nunca se nos describe lo que le dijo. Narrativamente Dios no da un mensaje, sin embargo, Él habla; y allí su discurso es preponderantemente activo: no está hecho de palabras, pero logra una redistribución del Espíritu; el Espíritu de Dios ya no está reservado para algunos que pueden ser considerados como voces autorizadas (Moisés y Aarón solamente), sino que se distribuye a muchos y habla a través de todos ellos. Es ese evento el que se convierte en la palabra de Dios convertida en profecía.

Moisés no era ya el único profeta; los ancianos comienzan a profetizar, cayendo literalmente en éxtasis, entonces el Espíritu se posa en dos personas que están fuera de este círculo: Eldad y Medad.

El uso de estos nombres es incierto y controversial. Una explicación que sería toda una revelación para releer nuestro texto sería interpretar los nombres desde sus raíces acadias donde Eldad correspondería a una divinidad acadia reconocida en algunos contextos arameos; y Medad estaría construido por el prefijo posesivo Med y el nombre de la divinidad, que daría como resultado Posesión de Adad.

Si nos arriesgamos a considerar esta última opción, el texto cobra una fuerza brutal. Moisés reconoce que el Espíritu de Dios se mueve en el totalmente otro o, dicho más humildemente, en el radicalmente distinto. Moisés sale de los parámetros levíticos o sacerdotales para ir al encuentro cultural-religioso-teológico del ser humano que siendo de otra nación puede resultar acogido por el Pueblo del Pacto-Promesa (de la Tierra). Si además consideramos la lectura de esta narración en un período, como el del post-exilio, donde se reconfigura la nación a partir de las raíces étnicas, todo esto es por demás revelador.

Josué parece asumir una actitud reticente frente a los otros, pero Moisés lo pone en su lugar, le recuerda la dependencia común de Dios: su futuro, tanto como el de todas las personas está en las manos del Espíritu de Dios que sopla dónde y cómo quiere: todo el mundo puede obtenerlo y nadie lo puede retener obligadamente.

Sugerencias homiléticas desde Números 11.24-30

  • El tiempo de Pentecostés nos recuerda que estamos en la época litúrgica de la Iglesia. Nos recuerda la fórmula del credo apostólico: Creo en el Espíritu Santo, la santa iglesia universal, el lugar del Espíritu de Dios es habitando a la iglesia que es católica, o sea, un espacio naturalmente pluri-verso.
  • Sin embargo, a veces nos quedamos ahí, en el Espíritu legal u organizacional al interior de las iglesias y este texto nos insta a ir más allá de nuestros propios límites para dar cabida a lo inesperado que viene de Dios a través de la irrupción de su Espíritu.
  • En el regreso del exilio, como en nuestra época, la historia de los Números nos invita a considerar que el tiempo de los profetas no ha terminado. El Espíritu de Dios, ese mismo de la narración de Moisés y que descendió en Pentecostés, sigue inspirando a las personas para que se tornen profetas.
  • Así, Dios nos habla cuando vemos su Espíritu inspirar palabras en muchos y muchas que, aún sin ser voces autorizadas, manifiestan un mensaje auténticamente profético en razón de la justicia y la misericordia. Lo importante no es el éxtasis en sí mismo, sino el mensaje que denuncia el pecado y anuncia la buena noticia de parte de Dios en Jesucristo. Frecuentemente quien nos parece extranjero cuenta con muy poca de nuestra atención; sin embargo su presencia misma debe ser palabra profética que nos denuncia el hecho de que las cosas en el mundo no están bien.
  • Nadie puede pretender la exclusividad del Espíritu, que es esencialmente libertad. Sopla donde quiere y sobre quien quiere, sin restringirse a las voces que podamos considerar autorizadas. Tradicionalmente esas voces han sido masculinas y muchas veces hasta machistas, hoy debemos transformar nuestra percepción del Espíritu aprendiendo a escuchar lo que dice a través de mujeres, niños, niñas, identidades sexuales diferentes a las nuestras, etc.
  • Como iglesias debemos estar abiertas a reconocer el movimiento del espíritu en tradiciones cristianas diferentes a la nuestra, pero además debemos estar atentos y atentas cuando el mismo Espíritu Libre de Dios habla a través de otras expresiones religiosas o incluso no religiosas, siempre y cuando la coherencia mediadora sea la impronta de justicia y misericordia.
  • Pentecostés es una fiesta donde el Espíritu se goza de habitar el mundo con libertad, pues este mundo sigue siendo su hábitat. El Espíritu habla también a través del otro que es distinto a lo humano. La creación hace constantemente una denuncia profética ante la devastación ecológica.
  • La presencia cotidiana del Espíritu Santo en el mundo sigue haciendo realidad lo dicho por Juan Calvino: El mundo es el escenario de la gloria de Dios.

Bibliografía para profundizar:

Thomas Römer, ed, Introducción al Antiguo Testamento, Bilbao, Desclée de Brouer, 2004.

Dan González-Ortega, pastor presbiteriano mexicano, en Encuentro Exegético-Homilético, ISEDET, Buenos Aires, junio 2014


Santiago 5.1-6, 16-18

Dura invectiva contra los ricos. 5.1-6

Esta nueva invectiva es mucho más violenta que la anterior. La fuerza del imperativo inicial (lloren a gritos por las desgracias que se les vienen encima) y las imágenes profético-apocalípticas anuncian la inminencia de un juicio implacable. El cambio de los principales tiempos verbales, del futruo (haremos esto o lo otro) al pasado (las riquezas se han echado a perder, la ropa está roída por la polilla, el oro y la plata se han oxidado) indican un cambio en las acciones y quizá también en las personas: antes estaban los que hacían proyectos para el futuro, ahora los que han vivido con lujo en la tierra y se han dado buena vida…

Los ricos son invitados a llorar, pero ese llanto no es el dolor saludable del pecador arrepentido, sino el remordimiento desesperado del condenado: han atesorado para los últimos días (v 3), se han cebado a sí mismos para el día de la matanza (v 5), las riquezas tiene una fuerza corrosiva y se convierten en instrumentos de castigo. Hasta el oro y la plata se han herrumbrado, y esa herrumbre dará testimonio contra ellos y será como un fuego que les consumirá la carne.

Los ricos son censurados por las injusticias que cometen. El modo como han adquirido y gastado sus riquezas hace recaer sobre ellos el juicio de Dios. En primer lugar, han retenido el salario debido a los obreros, y el clamor de los asalariados ha llegado a oídos del Señor. Además, han disipado sus riquezas en fiestas y placeres, y así se han cebado para el día de la matanza. Sant no denuncia las causas de la injusticia, pero exalta a los pobres y condena su explotación.

El v 6 lleva la invectiva a su punto culminante cuando se acusa a los ricos de haber cometido un crimen: han condenado y han matado al justo. La identidad del justo permanece incierta. Quizá no se trata de un individuo concreto, sino de todas las personas inocentes víctimas de la injusticia y la violencia. Sant piensa probablemente en los ricos que condenan a los pobres porque disponen de los medios legales para llevarlos a los tribunales y hacer que sean sentenciados a muerte (cf 2.6). Pero también podría tratarse de un crimen cometido en forma indirecta, al privar a los pobres del salario indispensable para la vida. La incapacidad para oponer resistencia acentúa la gravedad del crimen.

La eficacia de la oración. 5.16-20

La mención de los pecados lleva a recomendar la confesión de las propias faltas. Se trata de una práctica penitencial que los cristianos tomaron de la liturgia judía. La confesión consistía en un reconocimiento general de los propios pecados, realizada comunitariamente, para que la oración común ayudara a obtener el perdón divino.

Luego sigue una breve reflexión sobre el poder de la oración, ilustrada con el ejemplo del profeta Elías (1 Re 17.1; 18.41-46): Mucho puede la plegaria del justo hecha con insistencia (v 16b). en conformidad con el uso judío y con  el evangelio de Mateo, Santiago considera justo a quien cumple con humildad la voluntad divina. El término griego deêsis, empleado aquí en el sentido de “oración”, sugiere la idea de indigencia y por lo tanto de necesidad. El participo griego energoumenê (“con insistencia”) da en cambio la idea de energía y de poder. Es la paradoja del cristiano, que encuentra en la “súplica” (expresión de su propia debilidad e indigencia) el único elemento “fuerte” de que puede disponer: en la debilidad está su fuerza (cf 2 Cor 12.10).

El ejemplo de Elías es la confirmación que la Biblia ofrece a la enseñanza del autor. Elías era un profeta muy venerado en el judaísmo, pero lo que interesa a Sant, en este contexto, es destacar su humanidad. Él era un hombre con la misma naturaleza y las mismas limitaciones que nosotros. Sin embargo, su oración hizo llover de nuevo, con la consiguiente fertilidad que la lluvia trae a la tierra.

La conversión del pecador. 5.19-20.

Una vez más, la expresión hermanos míos expresa la relación fraternal que el autor ha querido establecer con  sus destinatarios. Ahora él trata de exhortar a los cristianos a preocuparse de aquellos que se desvían de la verdad. Todos deben esforzarse por hacer que los descarriados vuelvan al camino de la verdad, porque si alguien convierte a un pecador salvará su vida de la muerte y cubrirá una multitud de pecados (v 20). El texto es ambiguo y no especifica con claridad si el que salvará su vida es el pecador que se convierte, o el que lo hace volver al buen camino. De todas maneras, ese servicio pastoral no solo beneficia al pecador arrepentido, sino también a la persona que lo induce a alejarse del pecado.

La carta de Santiago omite los saludos finales y las bendiciones tan frecuentes en las cartas paulinas.

Armando Levoratti, 1933-2016, biblista católico argentino, editor de la Biblia El Libro del Pueblo de Dios, Carta de Santiago en el Comentario Bíblico Latinoamericano, Verbo Divino, España, 2003.
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