Recursos para la predicación

12 Ago 2021
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Recursos para la predicación
Recursos para la predicación 22 AgostoAgo 2021

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Juan 6.60-71 – Crisis en la comunidad de discípulos y su resolución

Contenido y división

Las exigencias propuestas por Jesús en la perícopa anterior provocan fuerte resistencia entre los discípulos, que las consideran excesivas. Han interpretado mal la muerte que anunciaba Jesús, considerándola una debilidad y un fracaso y, en consecuencia, se niegan a seguirlo en el amor hasta la muerte. Conservan la concepción del Mesías rey, manifestada con ocasión del reparto de los panes (6.15) que había provocado la primera crisis, paralela de ésta (6.16ss). Jesús les explica que su muerte es condición para la vida y que su realidad humana contiene la fuerza del Espíritu. A pesar de su explicación, la mayor parte lo abandonan. Los Doce, en cambio, ante la pregunta de Jesús, lo reconocen por Mesías y le dan su adhesión, aceptando sus exigencias, aunque dentro del grupo se esconde un enemigo, dispuesto a entregar a Jesús. Desde el punto de vista de la comunidad cristiana, la carne y el Espíritu recuerdan la eucaristía de la que se ha hablado antes (6.53-58). Se puede ser discípulo de Jesús exteriormente, aceptando su carne (eucaristía) sin el Espíritu, es decir, sin asimilarse a Jesús.

La perícopa se divide en dos partes: La primera describe la protesta de un numeroso grupo de discípulos contra las exigencias que Jesús ha propuesto y la respuesta de éste. Termina con el alejamiento definitivo de muchos de ellos (6.60-66). En la segunda parte plantea Jesús la cuestión a los Doce, que lo reconocen por Mesías (el Con sagrado por Dios), por boca de Simón Pedro. El grupo, sin embargo, no es compacto, y Jesús lo sabe (6.67-71). La presencia de Jesús y los discípulos al principio y final del capítulo (6.3-21, 60-71), la doble mención de Simón Pedro (6.8, 68), y de la cifra doce (6.13, 67, 70, 71) muestran la unidad del entero episodio.

Puede dividirse así:

6.60-66 > Crisis y defección.
6.67-71 > La adhesión de los Doce.

Síntesis

El punto central de esta perícopa se encuentra en la oposición entre “carne” y “Espíritu”, es decir, entre dos concepciones del ser humano y, en consecuencia, de Jesús y de su misión. La condición indispensable para ser discípulo y poder identificarse con Jesús es la visión del hombre como “espíritu”, es decir, como realizado por la acción creadora del Padre, no meramente como “carne”, el hombre sin capacidad de amor desinteresado hasta el fin.

A estas dos concepciones del hombre corresponden dos diversas de Jesús. El Mesías “según la carne” es el rey que ellos han querido hacer, el dominador que impone su gobierno a un reino de súbditos. El Mesías según  el Espíritu es el que se hace servidor del ser humano hasta dar su vida por él, para comunicarle vida plena, es decir, libertad y capacidad de amar como él. La aceptación de tal Mesías implica la asimilación de su persona y mensaje, que lleva, por el Espíritu, a la misma actitud de vida. Comporta una renuncia, como la suya, a toda ambición de dominio o poder y a la gloria humana.

Juan Mateos y Juan Barreto, El Evangelio de Juan. Ediciones Cristiandad, Madrid, 1982, p. 348, Contenido y división; p. 355, Síntesis del comentario. Adaptación de GB.


Josué 24.1-2 y 15-18

Introducción

Luego de una alocución de despedida de Josué (cap. 23), sigue otra arenga, que también tiene las características de un discurso de despedida (cap. 24). Ambos textos son parte de la obra histórica deuteronomística, pero guardan diferencias entre sí. El cap. 23 emplea el lenguaje de la época deuteronomista, y habla de la manera cómo hay que servir a Yavé y bajo qué condiciones la tierra podrá quedar en posesión del pueblo; el cap. 24 contiene rasgos antiguos y plantea una pregunta fundamental: ¿a qué Dios adorar?

El autor conocido como Deuteronomista coleccionó y reelaboró una serie de tradiciones históricas, redactando su obra con una perspectiva teológica definida: la fe del pueblo en un solo Dios, Yavé; y el culto centralizado. El texto de Josué 24 evidencia que el sometimiento al liderazgo de Yavé crea las bases necesarias para la unidad política del pueblo de Israel.

El cap. 24 contiene elementos de una confesión de fe proveniente del culto, ampliados por el Deuteronomista para explicar la transformación de la asociación de tribus en una unidad político-cultual de Israel. De esta manera y según la óptica del autor, la unidad del pueblo es creación de Yavé mismo y una consecuencia de la fe. El hecho fundante es la fe en un solo Dios. Este Dios congrega las tribus y les señala su futuro.

Repaso exegético

Jos 24 no es un relato sobre la fundación de un santuario. El v. 26 indica expresamente que en ese lugar ya existía un santuario. Lo único nuevo en cuanto a materialización es la colocación de una gran piedra debajo del árbol frente al santuario ya existente. Lo decisivo es la asamblea que toma una determinación en cuanto a su fe y su Dios. Allí se constituyó la llamada anfictionía de las doce tribus.

El meollo del texto es la opción por Yavé, el Dios de Israel, combinada con la renuncia a los otros dioses; tanto a los antiguos que fueron venerados por los antepasados, como a los dioses de las tierras recientemente conquistadas. El texto muestra que desde sus orígenes, Israel estaba ante la alternativa de servir a los dioses del respectivo lugar de asentamiento o al Dios que llamó a Abraham, liberó a los esclavos en Egipto y acompañó al pueblo durante su marcha histórica. Este Dios “ambulante” no se encuadra en el esquema de los demás dioses de la antigüedad, relacionados siempre con un determinado país o una región. El Dios de Israel es el Dios de la historia, la libertad y la responsabilidad; y no está limitado a determinadas regiones geográficas. Incluso las formas verbales empleadas en el relato evidencian este carácter no limitado de Dios: tomé, traje, aumenté, di, saqué, introduje, envié. Desde la Mesopotamia y hasta la Tierra prometida, pasando por Egipto, Yavé guió a su pueblo e impuso su voluntad, teniendo como meta la entrada a la Tierra prometida.

La pregunta esencial que se le plantea al pueblo reunido en Siquem no es, pues, si quiere optar por este o por aquel Dios; sino si quiere decidirse entre los dioses inmóviles y sujetos a un determinado territorio, o el Dios que está por encima de toda fijación geográfica. Este planteo recuerda el Decálogo y sobre todo su primer mandamiento.

A ello se agrega otro dato más. Yavé es un Dios que no sólo acompaña a su pueblo a lo largo de su historia, sino que también hace historia. Yavé guía los destinos de su pueblo sin preguntar dónde y cuándo ello acontece, y sin pedir permiso a nadie. Ese Dios no fijado a un determinado lugar y tampoco a la naturaleza está por encima de todas las cosas. Usa, forma y transforma lo que él quiere. Lo que podría haber parecido una carencia de este Dios, a saber, la falta de una geografía específica, es en realidad la característica de su superioridad: este Dios domina todos los países y pueblos; y ello le permite llamar a Abraham, elegir y guiar a este pueblo pequeño y darle una tierra concreta. La primera opción no fue hecha por los antepasados del pueblo de Israel –ellos veneraban a otros dioses–, sino por Dios. Israel sabe esto y lo acepta. Sin esta primera elección, sin soberanía de Yavé, no existiría la historia de Israel.

Ahora el pueblo debe optar. La opción renovada por este Dios es un claro sí de Israel a su historia, guiada hasta ese momento por Yavé. A su vez, en la asamblea de Siquem queda vinculada la fe en Yavé a un pacto de obediencia. Es interesante cómo Josué enfatiza la seriedad y la responsabilidad de este pacto, oponiéndose retóricamente en un primer momento a una opción entusiasta (vs. 19-20), para luego comprometer con más fuerza al pueblo.

Breve reflexión teológica

La tendencia básica del ser humano –de pueblos enteros– es acomodarse a las circunstancias. Para satisfacer las necesidades más inmediatas, “alcanzan” los dioses locales. Pero Yavé, el Dios de la historia, no nos deja quietos y quietas. Llama, insiste, empuja, exige opción, pide respuesta, solicita responsabilidad. Nuestra opción por Dios –el Padre de nuestro Señor Jesucristo– sólo puede ser respuesta a su opción, nunca al revés.

Preguntar a quién queremos servir, a otros dioses o al Dios que se nos reveló en Jesucristo, puede provocar sorpresa. Nuestra visión del mundo parece haber superado el politeísmo; y quizá para muchos la opción se da entre el ateísmo y la fe cristiana. O eventualmente entre un teísmo filosófico vago e impreciso y la fe bíblica. Pero hay más. Detrás de cualquier alternativa a la fe bíblica –llámese ateísmo, teísmo, ideologías, posturas filosóficas e incluso ideas cristianas– se ocultan actitudes cómodas y egoístas, acaso más peligrosas que los dioses inocentones y pintorescos de la antigüedad mitológica. Para muchos, la idolatría se ha encarnado en el lujo, el dinero, la comodidad, el status, el poder, las ventajas de la globalización. Para otros, quizá en la sexualización totalmente irresponsable de la sociedad, el despilfarro, la falta total de solidaridad y de respeto al prójimo. Nuestra “civilización cristiana” hace agua por todas partes. Los chicos de la calle se mueren de frío, la prostitución crece cada vez más, la falta de trabajo está abarcando a sectores cada vez más amplios, los derechos sociales y económicos son pisoteados como nunca antes. Ese no es el modelo de convivencia que quiere Dios, el Creador y Señor de la historia de Israel y el Padre de nuestro Salvador Jesucristo. Se impone urgentemente una renovación total. Pero toda renovación comienza con una toma de posición y una clara decisión: qué debemos hacer, qué queremos hacer.

Con la avalancha de la idolatría y los falsos dioses, la Iglesia, el pueblo de Dios, está ante la alternativa de optar nuevamente por el Dios de la historia, la vida y la salvación, o de dejarse arrastrar por los ídolos de la destrucción y la marginación.

Posible esquema para la predicación

  1. Todos y todas vivimos con la necesidad de tomar decisiones. Muchas de ellas son simples y muy cotidianas; en otros casos, se trata de decisiones fundamentales para la vida. Todo lo que se relaciona con nuestra opción de fe y vida cristianas, no pertenece a las decisiones simples, sino a las fundamentales.
  2. La situación actual, en la que tantas personas son marginadas y destruidas, pide a gritos una renovación total. Todos y todas tenemos que ver tanto con la situación existente como con la exigencia de cambio. El cambio debe pasar por nosotros mismos. Es más: en términos bíblicos, debe comenzar por nosotros.
  3. Es posible optar por el Dios de la vida y la salvación, porque él ya optó por nosotros, por su pueblo de Israel y por toda la humanidad. Nuestra opción es respuesta a su iniciativa salvífica, e implica una gran responsabilidad de parte nuestra. Vivir plenamente el Evangelio de Jesucristo es participar en la obra de Dios en este mundo.
René Krüger, pastor y biblista luterano-reformado argentino, en Estudio Exegético-Homilético 5. ISEDET, Buenos Aires, agosto 2000.


Efesios 6.10-20

A modo de introducción

Conviven dentro de mí las sombrías fuerzas del Mal, tanto las humanas como las pre-humanas. Están también dentro de mí las fuerzas luminosas, tanto las humanas como las pre-humanas y de Dios. Mi alma es la arena en la que estos dos ejércitos se encuentran y chocan. (Nikos Kazantzakis, La última tentación de Cristo).

No se trata de discutir teológicamente la validez o invalidez de las palabras y del misticismo de Kazantzakis. En nada ayudaría una lectura fundamentalista de esas palabras, como ayuda muy poco una lectura fundamentalista del texto de Efesios. De alguna manera todo el mundo, más temprano o más tarde, se enfrenta con la pregunta por el papel del ser humano en esta lucha entre el bien y el mal. Basta leer, por ejemplo, cualquier periódico o ver cualquier canal de televisión para ser confrontados con estas preguntas.

Para algunas personas el ser humano es apenas un juguete en manos del destino, y se habla de un destino irreversible al cual estamos irremediablemente expuestos. Y para otras, todo es resultado de deformaciones educativas y de una sociedad represiva, como si el ser humano fuese nada más que un producto de su medio. Entre estos dos extremos hay toda una gama de tentativas de comprender el mal y todas sus formas de manifestarse, siendo el ser humano objeto y protagonista según los casos.

La Biblia usa diversas imágenes para hablar del mal y del lugar der ser humano en esta lucha entre el bien y el mal. Así, por ejemplo, Jesús habla de una puerta y un camino estrecho, y de una puerta y un camino anchos, explicando que justamente el camino ancho y la puerta ancha llevan  a la perdición (Mt 7.13s).Y en otro pasaje Jesús usa la imagen de dos señores entre los cuales hay que elegir a quién servir: a Dios o al diablo, simbolizado por las riquezas (Mt 6.24). La contraposición entre la luz y la oscuridad es otra manera de describir este conflicto (Ef 5.8s).

Más radical parece la formulación del propósito que Dios mismo se impone después del diluvio: “Nunca más volveré a maldecir la tierra por culpa del hombre, porque desde joven el hombre solo piensa en hacer lo malo” (Gn 8.21). Y en esta misma línea escribe Pablo: “Porque yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza débil, no reside el bien; pues aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer” (Rm 7.18).

Todos estos textos tienen en común la convicción de que el ser humano está expuesto a un poder, a una fuerza que lo lleva a la práctica del mal, una fuerza que es más fuerte que él. Sin embargo, en la medida en que el ser humano se deja vencer por el mal, asume responsabilidades y es culpado, pues su destino no es un plano irreversible, un destino preestablecido, con el modelo de los rieles del tren que lo llevan en una sola dirección.

La historia de la humanidad es un testimonio vivo de que el ser humano es capaz de amar a sus hijos y a otras personas, que en determinados momentos es capaz de una tremenda solidaridad, que puede ser capaz de actos de heroísmo en favor de otros… y capaz también de barbaridades y atrocidades enormes. Las guerras (¡algunas de ellas consideradas santas!), genocidios del pasado y del presente, esclavitud, ganancias pornográficas, sistemas y estructuras que privilegian a unos pocos y llevan a inmensas mayorías al sufrimiento y la miseria…

Los cristianos no escapan de vivir esta realidad. Individualmente o a través de sus entidades son co-responsables por ella. Pero aun así, siendo según Lutero simultáneamente justos y pecadores, somos desafiadas y desafiados a buscar caminos para el bien, a luchar por una vida digna y plena no solo para nosotros mismos sino para todo el mundo. Este desafío puede basarse en palabras como: “pórtense  como quienes pertenecen a la luz, pues la luz produce toda una cosecha de bondad, justicia y verdad” (Ef 5.8b-9), o también: “Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto” (Mt 5.48).

Hay entonces una referencia y un referente, una fuente a partir del cual este desafío puede ser nutrido y fortificado: el propio Dios en Jesucristo. No se trata, pues, de un llamado moral para los más fuertes, sino justamente de un desafío para los débiles que se nutren del amor de Dios y del ejemplo de su Cristo. Nuestra fuerza está fuera de nosotros mismos, y solo por eso podemos arriesgarnos a atender el llamado de Dios para luchar por shalom en un mundo en el cual Cristo es crucificado todos los días millones de veces. La comunidad cristiana está entre lo ya acontecido en la cruz y la resurrección y lo que está por acontecer al final de los tiempos.

Reflexionando sobre y a partir del texto

Efesios 6.10-20 (hay quienes prefieren cortar en el vs 17) reflexiona a su manera sobre lo antes expresado: la realidad en que el ser humano está inserto y el llamado a que los cristianos y cristianas luchen y se empeñen a partir de Cristo por la justicia y la paz. El autor de la carta lo hace en un lenguaje propio: un escenario de lucha, siguiendo el ejemplo de las conocidas luchas de gladiadores, que eran luchas de vida o muerte. No había espacio para simulaciones: en la arena, al final de la lucha, había lugar solo para un vivo y un muerto, no para dos vivos.

El texto presenta al adversario como el diablo, el maligno, el espíritu del mal, los dominadores del mundo de las tinieblas, del mundo de la no-vida. Es interesante notar que el ejemplo de la lucha de gladiadores queda muy superado, pues de repente el adversario no es un elemento, sino una legión de fuerzas espirituales. Eso significa que el mal va mucho más allá del individuo y de la capacidad individual de cada persona.

Podemos haber cambiado de vocabulario hoy. Nuestras experiencias del mal son otras, pero no por eso son menos dolorosas ni menos frustrantes. El mal tiene su lugar en nosotros mismos (Gn 8.21 y Mc 7.20-23). Y al mismo tiempo, el mal es más amplio y más violento que la experiencia de una sola persona; en este sentido, el mal es sobrehumano. Están ahí las ideologías cuya práctica mata, están las teologías que impiden los cambios, están ahí los grupos y organizaciones que se ponen al servicio del mal y de la no-vida. Casi que respiramos la presencia del mal que va destruyendo vidas. El diablo hoy tiene otro ropaje, pero está ahí.

El cristiano, la cristiana, no pueden ser indiferentes ante cualquiera de estas manifestaciones del mal. Desafiados a una lucha en la cual no se puede entrar con las manos vacías, es preciso prepararse. Y en lenguaje de los gladiadores, nuestro texto presenta armas y armadura. Algunas de estas armas, en el AT, son de Dios (Is 11.4-5; 59.16-18), aquí prestadas al ser humano.

Es imprescindible fortalecerse en el Señor y tener esta armadura protectora. La espaldas deben protegidas doblemente, pues ellas contienen las partes más sensibles y centrales del ser humano, desde el cuerpo (Job 16.13) y la conciencia (Jer 12.2). Dios examina mentes o pensamientos (riñones) y corazones (Jer 17.10; 20.12): la verdad y la justicia protegerán corazones, mentes y conciencias. Los pies deben estar calzados con el evangelio de la paz. El escudo para defenderse de las embestidas del enemigo es la fe. La salvación es el casco que protege la cabeza, y la espada que ataca al enemigo, es el espíritu de la palabra de Dios. Finalmente, un elemento importante en esta lucha es la oración por sí mismos y por todos y todas, en favor de la causa.

Lenguaje de guerra, lenguaje de lucha por vida o muerte. Es momento de preguntarnos por el objetivo de la lucha, ya que no se trata suponemos de solo vencer el mal. Vamos a darnos cuenta de que el lenguaje de guerra es una metáfora, en principio hasta contradictoria, pues se trata de anunciar la paz, porque Cristo es nuestra paz (Ef 2.14). Por eso es preciso estar preparados a partir del evangelio de Cristo, sabiendo que hay numerosos enemigos que van a resistir a cada paso. La paz anunciada por Cristo, la paz que él es, incluye y envuelve toda la vida, y ella es verdad y justicia.

La verdad hace las cosas transparentes, llama las cosas por su nombre y procura descubrir lo que está pasando detrás de las propuestas y discursos, sean de personas, grupos, autoridades y gobiernos. Descubrir la verdad y luchar por ella, porque es el único camino para que se establezca la justicia, para que surja un mundo donde sea posible respirar libremente, según el proyecto de Dios, un mundo de paz y en paz, donde es posible mirarse a los ojos sin miedos, donde se tenga el coraje de admitir los errores y pedir perdón por ellos. Eso, evidentemente, no interesa al “diablo” (el que confunde), al maligno, porque el shalom es contrario a su propia esencia.

Según Ef 5.10-20 la Iglesia, s comunidades cristianas están en el campo de batalla en favor de la paz. Este campo está minado por el mal, pero teniendo la fuerza del mismo Dios tenemos perspectivas seguras de victoria.

Harald Malschitzky, teólogo y biblista luterano brasileño (IECLB), en Proclamar Libertacao XVI, 1990, Edit. Sinodal, San Leopoldo, Brasil.
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