Recursos para la predicación

18 Jun 2021
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Recursos para la predicación 25 JulioJul 2021

Verde


Evangelio de Juan, 6.1-71

Introducción general (Comentario de Mateos y Barreto)

Jesús ha dado al paralítico fuerza y libertad para caminar (5.1ss). Abandonando ahora la tierra de la opresión, se va más allá del mar y sube al monte. Anuncia así su plan: abrir camino para un nuevo éxodo, su pascua liberadora, que lleva al pueblo a una nueva tierra prometida. Acude una multitud de gente, que en su actuación ha encontrado una esperanza.

Jesús enfrenta a sus discípulos con el problema de la subsistencia de los que lo siguen en su éxodo: la comunidad, en cuyo centro está Jesús, poniéndose al servicio de los hombres, con su amor manifestado en el compartir, multiplicará el pan y producirá la abundancia; así será señal en medio del mundo.

La señal realizada por Jesús manifestaba el amor de Dios, que da al hombre independencia y dignidad, pero quieren convertirla en estrado de poder y hacerse súbditos suyos proclamándolo rey. Jesús, para impedirlo, se aleja. Los discípulos, defraudados, desertan; pero él los alcanza, manifestando de nuevo el amor de Dios, que no quiere que nadie se pierda (6.1-21).

Sigue el discurso del pan de vida (6.22-59), que explica la señal de los panes. En él transpone Jesús a su propia realidad dos grandes temas del Éxodo: el maná y la Ley fundacional del pueblo. El nuevo maná, pan de Dios que da vida al hombre, es Jesús mismo en cuanto dador del Espíritu (6.22-40).

La ley de la nueva comunidad es la asimilación a su vida y muerte (su cuerpo y su sangre), con el don total de sí mismo por amor a los demás (6.41-59). Al aceptar a Jesús, que se da a sí mismo para comunicar vida, el hombre convierte en norma el propio don de sí.

La enseñanza de Jesús provoca una crisis entre sus discípulos, de los cuales muchos lo abandonan (6.60-66). El grupo de los Doce se queda con Jesús, aunque entre ellos se esconde aún el traidor (6.67-71).

Existe una estructura paralela entre las escenas de la primera perícopa y el resto del capítulo, que puede presentarse así:

a) Reparto de los panes (6.1-15)
b) Crisis de los discípulos (6.16-19)
c) Solución y llegada a tierra (6.20-21)

a’) Discurso sobre el pan de vida (6.22-59)
b’) Crisis de los discípulos (6.60-66)
c’) Resolución de la crisis (6.67-71)


Evangelio de Juan 6.1-21

Contenido

La perícopa describe un episodio central en la actividad de Jesús: una anticipación del éxodo propuesto por él como Mesías, que se verificará plenamente con su muerte (13.1). Explica cómo la nueva comunidad humana podrá subsistir, librándose de la sujeción a los sistemas explotadores. La promesa de Jesús es comprendida sólo imperfectamente por la multitud, y mal interpretada por sus discípulos; en lugar de aceptar a Jesús como el que se pone al servicio de los seres humanos, pretenden hacerlo rey. Jesús se retira. Ellos desertan de él, pretendiendo volver a su vida anterior. Jesús va a encontrarlos y se supera la crisis. Esta, sin embargo, no está definitivamente resuelta.

Se mueve la narración sobre el trasfondo del libro del Éxodo. Aluden a él, sobre todo, el paso del mar (6.1), el monte (6.3), la mención de la Pascua (6.4) y el pan (6.9,11,13), que equivale al maná.

Marcha de Jesús al otro lado del mar y subida al monte, cerca de la fecha de la Pascua (6.1-4), y gente que se acerca sirviendo de ocasión al diálogo de Jesús con Felipe sobre la posibilidad de darles de comer y a la intervención de Andrés (6.5-10a). Jesús toma el alimento disponible y, después de dar gracias a Dios, lo reparte a toda la multitud hasta que ésta se sacia. Se nota la abundancia de las sobras y el deber de recogerlas (6.10b-13). El hecho suscita dos reacciones: una, de la masa de gente, que considera a Jesús como la figura del Profeta prometido; otra, de unos innominados, detrás de los cuales se adivina a los discípulos, que pretenden hacerlo rey. Jesús se retira solo (6.14-15). Sigue la deserción de los discípulos defraudados y la solicitud de Jesús, que va a encontrarlos (6.16-21).

Síntesis del comentario

En esta perícopa propone Jesús la calidad de su alternativa y la misión de su comunidad: cómo ésta, en una situación de ruptura con la sociedad injusta, asegura la posibilidad de la subsistencia, convirtiéndola así en señal del amor generoso de Dios, que provee a los que emprenden el éxodo comenzado por Jesús.

Frente a la confianza en el dinero, que rige la vida de la sociedad injusta, propone Jesús la eficacia del amor, que multiplica la acción creadora y, con ella los dones creados. El acaparamiento, que se opone al amor, frustra la obra creadora y crea la necesidad. El amor, expresado en el compartir generoso, hace crecer al hombre, devolviéndole su dignidad y su independencia.

La comunidad cristiana tiene como misión hacer visible la generosidad divina a través de la propia generosidad. Tal es el sentido de su vida, que se expresa y se celebra en la eucaristía.

La dificultad con que tropieza Jesús es la mentalidad de los que persisten en las categorías del poder. Prefieren un Mesías-rey, un déspota bienhechor que les asegure la vida imponiendo su régimen. La eficacia, sin embargo, no se encuentra en el poder de uno que mande, sino en el amor de todos, que hace presente a Jesús como aquel que se pone al servicio del ser humano hasta dar su vida.

Juan Mateos y Juan Barreto, El Evangelio de Juan. Ediciones Cristiandad, Madrid, 1982, pp. 303-304, Introducción al capítulo; Contenido, p. 307; Síntesis del comentario a 6.1-21, p. 322.


Introducción al Segundo Libro de los Reyes

El segundo libro de Reyes en realidad forma parte de una unidad historiográfica que comienza con Josué, y que nos lleva a través de los tiempos de formación del pueblo hebreo en tierra de Canaán, hasta su destierro en Babilonia (en realidad, el destierro de su clase dirigente). Este extenso texto (desde Deuteronomio hasta el final de 2Re) reconoce distintos momentos de composición y tensiones internas en los modos de relatar estos acontecimientos, aunque puede distinguirse una línea teológica prevaleciente –si bien no única–, la llamada “deuteronomista”. Dentro de ese extendido recorrido, aparecen las historias de los llamados “profetas anteriores” (nombre con que la tradición hebrea conoce a estos libros). Dentro de estos relatos podemos distinguir, entre otros, los ciclos de los profetas Elías y Eliseo.

En contraste con lo que decíamos de Amós (ver comentario del domingo pasado en estos Recursos), estos profetas forman escuelas, y sus seguidores intervienen directamente en las luchas políticas. Esto es especialmente cierto de Eliseo, el promotor de la revuelta de Jehú, que terminará por asesinar al rey Joram y desalojar del poder y dar muerte a toda la casa de Acab (2 Re 9). Así se da seguimiento a una serie de enfrentamientos de los profetas con los reyes, que tienen como eje la fidelidad al culto yavista y el combate a la introducción de otros dioses.

En la secuencia narrativa que organiza este relato, la autoridad de los profetas es mostrada y legitimada por el poder que tienen, que se verifica por su capacidad de obrar milagros en el nombre del Señor. Esto se ve en Elías, que realiza también milagros de alimentación, y sobre todo la prueba de los sacrificios, frente a los sacerdotes de Baal (1Re 18.20-40). Este relato que nos presenta el leccionario en esta oportunidad tiene la misma función, de legitimar el poder y la especial unción de Eliseo. Ciertamente el sentido de su inclusión como texto del día, así como el recorte que tiene el texto veterotestamentario, se explica en función del relato del Evangelio al que se acompaña.

2 Reyes 4.42-44 - Elementos exegéticos

El leccionario recorta los últimos versos de un relato algo más extenso. Es importante este contexto (2Re 4.38-41) porque justamente destaca la existencia de un “partido profético” (los hijos de los profetas --cf con Amós 7.14), y que luego será eje de la implementación de la mencionada revuelta de Jehú. El profeta toma sobre sí la responsabilidad de alimentar a sus seguidores (2Re 4.38). La respuesta convencional era salir a buscar con qué hacer el potaje. Pero era un tiempo de hambre (v. 38): eso explica por qué lo que se encuentra no resulta comestible (40); si así no fuera, ya otros lo habrán levantado. Pero una acción del profeta (derrama harina sobre el potaje) le quita el veneno. Con todo, resultará insuficiente, pues por lo visto, cuando llega una nueva provisión –el hombre con sus panes—todavía quedan cien hombres hambrientos.

El profeta emite un oráculo, y en el acto de repartir se comprueba que el pan se ha multiplicado. Así se confirma la autoridad de profeta, y se asegura la continuidad de su escuela. Seguramente esta experiencia está en la memoria colectiva de quienes reciben el pan en Tiberíades, y de allí su impulso a hacerlo rey. No pasa distinto en la actualidad...

Néstor Míguez, pastor y biblista metodista argentino, en Estudios Exegético-Homiléticos 111, julio 2009, ISEDET, Buenos Aires.


Efesios 3.14-21

Los vs 14 a 19 forman una sola sentencia, así en la versión RV y en la BJ, mientras otras traducciones dividen ese largo período en varias frases (DHH, LPdD). En el inicio encontramos la introducción de la intercesión. El destinatario es el Padre, siendo que el pedido se fundamenta en las posibilidades de “su gloriosa riqueza”.

Vs 16-17. El pedido para que Cristo “habite” en los cristianos y cristianas, expresa el deseo de que sean “fortalecidos con poder”. El “habitar de Cristo” está directamente vinculado con la fe. Pero el recurso de la fe siempre es donación del Espíritu. El relacionamiento con Dios y el consiguiente fortalecimiento suceden a través del poder actuante de Dios. No es “obra” humana, viene de Dios: es “obra divina en nosotros” (Lutero). Y la alusión al hombre o mujer “interior”, vuelven al “arrodillarse” del inicio, a una actitud de dependencia reconociendo la soberanía de Dios.

El “corazón” (v 17) designa el centro del hombre de la persona “interior”. Es en el corazón donde se originan las decisiones y la voluntad (ver 2 Co 9.7), los pensamientos (Lc 1.51) y los sentimientos (Jn 16.22). En una palabra, el “corazón” es el “yo” de la persona; y esta “mujer interior” u “hombre interior” es el “yo” vuelto hacia Dios (Rm 7.22). Se trata, por tanto, del ser humano en su totalidad, con todo su ser. La concreción de todos estos aspectos descritos en los vs 16-17 se da en el amor, que se vuelcan en favor del prójimo necesitado.

Los vs 18-19 desarrollan un segundo eje temático: el fortalecimiento de cristianos y cristianas apunta a que toda la comunidad llegue a conocer “cuán ancho, largo, alto y profundo es el amor de Cristo”. Todo indica que esta fórmula, al describir esas cuatro direcciones, se refiere a la cruz de Cristo. La cruz, con sus cuatro extremidades, apunta todos los puntos cardinales, expresando así su alcance universal. ¡En la cruz se revela, en toda su extensión, el amor de Cristo! Y así como la cruz, manifestación del amor de Dios, está afirmada en la tierra, así también se les pide a cristianas y cristianos que estén “enraizados y fundamentados” concretamente en este amor.

En este contexto se acentúa el “conocimiento” del amor de Cristo en la cruz. Por ser conocimiento de la cruz, no es una asimilación teórica o meramente intelectual. El simple conocimiento racional se relativiza con la afirmación de que ese amor “es mucho más grande que todo cuanto podamos conocer”. Aquí aparece un pensamiento típicamente paulino, presentado en 1 Co 1.18s: la sabiduría de Dios en la cruz es locura para los sabios. Cuando se llega a conocer el amor de Cristo crucificado, se llega a estar “colmado de la plenitud total de Dios”. Lo máximo concedido por Dios a esta “persona interior” es que “Cristo habite en ella”, por la fe, mediante su Espíritu. Esta última afirmación retoma las anteriores y las resume.

Los vs. 20-21 contienen una doxología de carácter litúrgico, dedicada a alabar y adorar a Dios (Rm 16.26s).

Meditación: El pedido de la oración es que lleguemos a conocer el amor de Cristo en la cruz. Lo que importa saber es el mensaje de cruz.

  • En la cruz vemos a alguien que termina sus días en medio de la miseria y la debilidad. No es solo que sus seguidores más íntimos lo dejen, sino que se siente desamparado por el mismo Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

    Un análisis lógico, dentro de los criterios humanos, concluye que se trata necesariamente de un escándalo, de un absurdo insustentable. Pero, contra todas las evidencias, el crucificado se entrega a Dios. Aun conociendo su fin, Jesús muere en la confianza de que su Dios no se identifica con un destino ciego e impersonal. Para él, lo que le va a pasar después de la cruz queda a cargo de Dios.

  • ¡Y ocurre lo sorprendente! El mensaje de la Pascua testifica que Dios estaba junto a este hombre que muere de manera trágica. Y es en la cruz, en la situación humana más oscura, donde llegamos a reconocer a Dios. Lutero afirma que él se esconde en una forma contraria a nuestra razón: su poder y majestad están encubiertos en el sufrimiento y la humildad. Dios entra en nuestra existencia marcada por fracasos e injusticias, y revela allí su amor.

    Lo que acontece en la cruz muestra que no somos nosotros quienes alcanzamos a Dios con nuestro esfuerzo racional y moral. Es Dios el que viene a nosotros. Es él quien asume nuestra situación en su profundidad y con todas sus consecuencias. En la cruz acontece todo lo que es necesario que ocurra para que se establezca la reconciliación entre Dios y nosotros.

  • La cruz es el punto crítico de la vida. Cruz es crisis. Es el lugar de ruptura de toda y cualquier auto-afirmación. La experiencia de la cruz es una experiencia existencial: la de sentirse a punto de morir, donde nada ni nadie nos garantiza la vida, donde no somos nada más que “mendigos” (Lutero). Pero llegar al fin de las posibilidades humanas significa, al mismo tiempo, ¡estar colocados en un nuevo punto de partida! La cruz como crisis significa, también, pasar a contar con aquello de Dios da. Solo quien se siente “aplastado”, quien se siente “vacío”, puede ser fortalecido, puede ser “colmado de la plenitud total de Dios”.
  • La oración intercede a favor del pueblo cristiano: que encontremos, aun siendo diferentes los unos de los otros (“judíos y gentiles”), nuestra unidad en la cruz de Cristo, que será siempre nuestro punto de convergencia. El apóstol Pablo, al escribir para los cristianos divididos de Corinto, recuerda el contenido de su predicación entre ellos: “no quise saber de otra cosa sino de Jesucristo y, más estrictamente, de Jesucristo crucificado” (1 Cor 2.2).

    En la cruz reconocemos también que no somos nosotros quienes vamos a conseguir la unidad de los cristianos separados. Nuestra comunión será acción de Dios mismo. Sin  la intervención del Espíritu Creador no va a ocurrir nada entre nosotros. Es preciso dejar que el soplo de vida penetre en nuestras comunidades y lleguemos a colmarnos “de la plenitud total de Dios”.

    La unidad cristiana no es un fin en sí mismo. Ella solo adquiere sentido en el testimonio y en el servicio en favor del prójimo. La manifestación de la unidad de la iglesia se va a mostrar, de hecho, no tanto en solemnidades ecuménicas públicas, sino especialmente en gestos simples y concretos de amor en medio de las injusticias y distorsiones existentes. En la cruz, cristianos y cristianas encontrarán las fuerzas para encarar así la unidad del pueblo cristiano.

Ricardo Nor, biblista de la Iglesia Evangélica de Confesión Luterana en Brasil en Proclamar Libertacao V, Edit. Sinodal, Brasil, 1979, pp 212-217, Traducción, resumen y adaptación de GBH.
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