Recursos para la predicación

18 Jun 2021
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Recursos para la predicación
Recursos para la predicación 18 JulioJul 2021

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Evangelio de Marcos 6.30-34 y 53-56

La enseñanza a las ovejas sin pastor y la alimentación de los cinco mil (Mt 14.13-21; Lc 9.10-17; Jn 6.1-14)

Marcos reanuda aquí el relato que había cesado en el v. 13. Como resultado de la actividad de los doce, venían nuevas gentes a Jesús, tanto que a los discípulos “ni tiempo les dejaban para comer” (31). Fue el cuidado por ellos y no el temor de los aviesos propósitos de Herodes, lo que movió a Jesús a llevárselos en una barca a un lugar desierto (32) para poder descansar. Pero las multitudes descubrieron desde la orilla la dirección que habían tomado y, adónde iban, les seguían a pie. La presencia de la muchedumbre hizo que Jesús sintiera piedad de ellos (34) “porque eran como ovejas sin pastor”, cf. Ez 34:5.

El Pastor alimenta a sus ovejas no sólo con pan

6.30–34. Jesús cuida a las ovejas al modo del cuidado de Dios para su pueblo en Ezequiel 34.5, 15; este cuidado se expresa igualmente al proporcionar una enseñanza sana y sólida (cf. Ez 34.4; Jer 23; Núm 27.17). Hay que tener cuidado de que el dar de comer no se transforme en una mala enseñanza, como ser la dependencia, el clientelismo, el endiosamiento del proveedor, la idolatría del “hombre”.

La fórmula habitual de bendición era “Bendito seas tú, Yavé Dios nuestro, rey del universo, que hiciste que la tierra produjese pan”. Partió los panes e iba dando a los discípulos para que estos los pusieran delante de la gente y Él mismo repartió los peces entre todos. Comieron todos y se saciaron. Luego juntaron los restos en doce cestas llenas (¿para alimentar a Israel?).

“Las ovejas sin pastor” refleja una imagen del AT sobre Israel (Núm 27.17; 1 Rey 22.17; Ez 34.5) e introduce uno de los varios motivos del AT que aparecen en la historia siguiente. Pone el milagro en el enfoque de Jesús como el buen pastor, las promesas escatológicas para pastorear y que alimenta las ovejas (cf. Ez 34.23: “yo prepararé para ellos un pastor, mi sirviente David, y él los alimentará: él los alimentará y será su pastor”). Esta perspectiva puede bien sostener la clave cristológica en esta historia del milagro en que Jesús mantiene comida y compañerismo de mesa con la multitud.

“Y él empezó a enseñarles” muy probablemente es la nota redaccional de Marcos para acentuar de nuevo a Jesús en su papel de maestro, particularmente dentro del contexto de su ministerio de curación y de exorcismo (cf. 1.21-27; 6.2-3), y apunta a la percepción de Marcos sobre el papel didáctico de Jesús en el ministerio total. Uno podría asumir que las muchedumbres habían venido a ver y a oír a Jesús y que él había cumplido sus deseos.

El v. 52, sin embargo, quita toda ambigüedad sobre los discípulos: revela su fracaso para comprender el evento principal en esta historia. La compasión de Jesús se revela en su actitud no clientelística de ganar prestigio por los “hechos” sino en enseñar para que la liberación sea completa.

6.53-56. Las muchedumbres buscan la curación

Llevando a enfermos en sus esteras o tocando el manto de Jesús,alude a expresiones más tempranas de fe (vea 2.3-5; 5.27-29). Evidencias de antiguas urnas curativas mediterráneas sugieren que una vez que alguien se sanaba de una manera particular o por un lugar particular, otros intentaban a menudo tratar de sanarse por el mismo método.

6.45-56. El Señor de la naturaleza va más allá del milagro (ver Mt 14.22-33).

Al desembarcar, Jesús se encontró con una multitud de gente trayéndole sus enfermos para ser sanados. La fe de estas personas era como la de la mujer con el flujo de sangre; sólo pedían poder tocar el borde de su manto, porque sabían y creían que él podría sanarlos. A veces los cristianos más sencillos pueden ver de inmediato las verdades espirituales a las cuales los teólogos son ciegos.

La explicación

Este informe es un resumen muy probablemente del redactor de una colección de milagros. Ambos resúmenes acentúan la presión de las muchedumbres para traer sus enfermos a Jesús para encontrar sanación.

Sin embargo, si bien hay muchos milagros y curaciones el acento está colocado en la enseñanza que esas obras traen para los necesitados y para aquellos que tienen que ejercer el ministerio. Los milagros apuntan a la persona de Jesús. Y la alimentación (6.32-44) retrata a Jesús como el Pastor prometido que alimenta al Pueblo de Dios (6.34).

Marcos reconoce este punto en la colección de los milagros. Utilizando una gran parte del ciclo de milagros en una sección que pone énfasis en el Jesús que enseña (3.20–4.34), agregando el motivo de Jesús que enseña en 6.34b e introduciendo tanto “las obras poderosas” de Jesús y su “enseñanza” en la escena en Nazaret (6.1-6a), el evangelista muestra quién es él realmente (cf. 1.21-28). Jesús formula “las buenas noticias de Dios,” la venida del soberano como regla en su ministerio (1.14-15). Y Marcos (6.1-6a), también reconoce el papel esencial que la fe jugó en Jesús: el necesitado, un motivo que él encontró en su tradición (por ejemplo, 5.34, 36).

No obstante, usando este resumen como otra historia del milagro que apunta al enfermo y al necesitado, el evangelista pone su énfasis contrastandocon los discípulos a quienes él simplemente ha pintado como no comprendiendo a Jesús y a su ministerio (6.52). El evangelista de ninguna manera implica que la fe de aquellos que buscan a Jesús para sanarse es inadecuada, limitada a su fascinación con lo milagroso. Pero especialmente se dirige a quienes Jesús había seleccionado para acompañarlo y compartir su ministerio.

Ricardo Pïetrantonio, pastor y biblista luterano argentino, en Estudio Exegético-Homilético 40, ISEDET, julio 2003. Resumen de GB.


Introducción al libro de Jeremías

El libro de Jeremías es bastante complejo en su desarrollo. Prueba de ello es el número de variantes que presenta, incluso una composición distinta en cuanto a su orden, según se tome la versión hebrea (masorética) o la griega (LXX). No entraremos acá en todo este complejo asunto, sino que nos limitaremos a considerar algunos aspectos que hacen a la ubicación del texto que nos indica el leccionario. Este texto, el cap. 23, forma parte de lo que podríamos llamar el núcleo originario de la profecía, que se extiende hasta el cap 25. Luego el texto se vuelve más narrativo, con los hechos del profeta. El corte es marcado también por un tiempo de silencio del profeta, que comienza su prédica en tiempos iniciales de Josías (probablemente antes de la reforma –2Re 22-23) y se retoma luego de su muerte, cuando asume Joacim (Jer 26:1)

Dentro del primer tramo, según los estudiosos del texto, se pueden distinguir tres partes. Los primeros 10 capítulos, con un lenguaje más poético, reflejan el mensaje del profeta como acusación a la apostasía de Israel, la vanidad de su culto y el anuncio de cómo esto atrae su ruina. La parte siguiente, (10-20), mayormente en prosa, parece responder a una teología de corte “deuteronomista” (llamada así por ser la que inspiraría el grueso del libro del Deuteronomio), que estaría vinculada con el reinado y reforma religiosa de Josías. Sin embargo, también encontramos en este tramo varios relatos de gestos simbólicos del profeta, mediante el cual refuerza su mensaje y los llamados “lamentos” o “confesiones” de Jeremías, que muestran su sufrimiento al verse constreñido a dar una palabra dolorosa.

En los caps. 21-24 (que es la parte que nos concierne) el texto se vuelve una polémica contra la clase dirigente de Judá (ya el reino del Norte ha sido desmantelado por Asiria). Esto configuraría un tramo independiente, difícil de fechar (nótese la alusión al rey Sedequías en 21: 1 y a Joacim en 22:18, por ejemplo). Estos capítulos se estructuran con una crítica primero a la casa real (caps. 21-22), por su corrupción y opresión a los débiles (p. ej., 22:17) y luego a los falsos profetas (23:9-40). Entre ambas diatribas está el pasaje que nos toca analizar, que contiene una vez más su crítica a los malos gobernantes, pero a la vez el anuncio restaurador y la promesa de un rey davídico que conducirá el pueblo en justicia.

Jeremías 23.1-6 - Elementos exegéticos

v. 1 El texto comienza con un ¡Ay!, una forma de maldición que encontramos también en otros profetas (Isaías, Amós, Miqueas, Habacuc, etc.). También Jesús usará esa forma, según Lc 6:24-26. El texto no se dirige directamente a los gobernantes sino a través de la metáfora de pastores y rebaños, que también, en este caso, encontraremos en el texto evangélico que corresponde al día (Mc 6:34). La metáfora de los pastores como gobernantes también está presente en otros profetas (Isaías, Ezequiel, Zacarías), así como en literatura de otros pueblos (figura repetidamente en La Iliada y La Odisea, por ejemplo). En el caso de Israel los profetas la usan casi siempre en tono acusador, señalando el incumplimiento de su tarea, abusando del rebaño en lugar de apacentarlo.

v. 2 a partir de allí el pasaje toma la forma oracular, anunciando una sentencia hacia estos pastores, por su incapacidad de cumplir con su deber, por su maldad. Lo0s pastores serán destruidos, como ellos han destruido el rebaño.

v.3 Dios mismo toma sobre sí, entonces, la responsabilidad de cuidar del rebaño, de reunirlo de entre las diversas comarcas, de recuperar sus tierras. La promesa remite al lenguaje de la creación y al de la bendición abrahámica: crecer y multiplicarse.

v. 4 La promesa ahora se vuelca hacia la elección de nuevos pastores capaces para cumplir su función y asegurar la vida y felicidad del pueblo. Nótese que el énfasis está puesto en que se eliminará el temor y recuperarán su dignidad. El verso termina con la confirmación propia de los oráculos de autoridad: dice el Señor.

v. 5 Se mantiene la forma oracular, pero ahora pasa de la denuncia a la promesa: viene días nuevos. En esos días Dios levantará un nuevo rey davídico, que se caracterizará por la justicia que impartirá al pueblo (en contraste con las acusaciones de prevaricato de los reyes que ahora tienen).

v. 6 Ese tiempo será un tiempo de salvación, que posibilitará no solo la reunión de Judá, sino también de Israel, superando la estrechez de miras de quienes solo miran la subsistencia del reino del Sur. Este rey recibe un nombre: “El señor es nuestra justicia”. Es interesante notar que la versión Griega de los LXX no traduce el nombre sino que lo mantiene como nombre propio asociado con su sonido hebreo (Iosedek). La importancia de este título es que centra la idea de una nueva época sobre el tema de la justicia, una justicia que, como en el caso de los otros profetas, excede el marco de lo legal y se hace asunto de vida, de posibilidad de existencia de un pueblo.

El texto propuesto por el leccionario concluye en este punto, y corta el resto del oráculo. Sin embargo es interesante, desde el punto de vista exegético, notar que en esos dos versículos restantes se produce un movimiento teológico singular: el éxodo de Egipto, la gran gesta liberadora mosaica, queda empequeñecida frente a esta nueva gesta de Dios, la de reunir a un pueblo disperso a través de las naciones, la de recuperar al Israel del Norte y reintegrar un pueblo. Dios será conocido no solo por lo que hizo en el pasado distante, sino por lo que es capaz de hacer ahora, por esa nueva muestra de justicia y misericordia.

Pautas hermenéuticas, pistas homiléticas

El texto de Jeremías ilustra la propuesta del Evangelio del día: reconocer a Jesús como el nuevo y verdadero pastor de un nuevo pueblo. Reúne las ovejas dispersas de Israel, las apacienta en el desierto, las nutre con su palabra y con su pan. El contraste se marca con la lección del domingo pasado (ambos textos no deberían leerse separados); Herodes es el falso pastor que mata al profeta, que banquetea para celebrase a sí mismo mientras el pueblo pasa hambre; Jesús es el descendiente de David que se compadece de un pueblo disperso y derrumbado (en el sentido original de la palabra: sin rumbo), lo reúne, le enseña (es importante notar que frente al pueblo desorientado lo primero a hacer es enseñar); luego vendrá el alimento y la curación, también imprescindibles; pero un pueblo alimentado que no sabe a donde va, no es pueblo.

Este “evento” de Jesús es leído, en la fe cristiana, como cumplimiento de esa promesa del texto de Jeremías (de ahí su inclusión en el leccionario de la fecha). Hay un rey que establecerá un “renuevo justo”, un rey que hará “juicio y justicia” en la tierra. El anuncio de Jesús y su exhortación “Busca primero el Reino de Dios y su justicia”, aparecen, entonces, como anticipo del cumplimiento de esta promesa. Esa justicia quita el temor y trae dignidad a todas las criaturas del Señor, a todo su nuevo pueblo, que de ser un “remanente de Israel” se vuelve un conglomerado de rescatados “de toda nación, familia, lengua, pueblo”.

Néstor Míguez, pastor y biblista metodista argentino, en Estudios Exegético-Homiléticos 111, julio 2009, ISEDET, Buenos Aires.


Efesios 2.13-22

Enfrentamos estos textos en un tiempo de larga pandemia, en esta “calma” de nuestra vida comunitaria, todavía con dificultades para reunirnos, tiempos monótonos, incluso tiempos de mucha enfermedad y muerte. Pero son tiempos de cuidarnos, de comunicarnos, de vacunarnos, de preparar encuentros virtuales y algunos presenciales, tiempos de ayudar a los que necesitan nuestro servicio y nuestra presencia. Son tiempos de encontrar rumbos, de dejar atrás marchas circulares, ensimismadas, lentas, dormidas…

Los textos previstos para este duodécimo domingo de Pentecostés, y especialmente este de la carta a los Efesios parece llamarnos la atención con su primera expresión (v 13), “pero ahora”, como indicando que el autor de la carta nos dice: “Vamos, gente, arriba el ánimo. Estamos en otra. Pasó el tiempo de estar “sin Dios y sin esperanza en el mundo” (v 12). Una primera lectura ya parece decirnos que el autor nos alerta sobre el peligro de quedar sin rumbo.

Aunque los otros dos textos parecieran corroborar esta sensación de no saber adónde ir. El profeta habla de un tiempo en que el pueblo está destruido, disperso. Marcos presenta a Jesús confrontándose con un cuadro desolador. Pero eso es solo un lado de la moneda. Hay otro.

Porque así como Jeremías no dejó de anunciar la esperanza (y qué esperanza!), como Jesús no dejó de enfrentar la situación (Mc 6.34: “y comenzó a enseñarles muchas cosas”), el autor de Efesios trata de sustituir las tablas podridas por el tiempo en esa edificación (vs 20 y 21) y destaca que ese pueblo es parte de la “familia de Dios” (v 19). Para comenzar, alude a la entrega de Jesús, “por la sangre que él derramó” (v 13), y nos llama a renovar el tiempo de movimiento continuo, de renovación y de acción.

El “ahora” (2.13) se contrapone al “en otro tiempo” (vs 2,3,11), y esa antítesis se registra en todo el capítulo (ahora por antes, uno por ambos, paz por ley, ciudadanos por extranjeros y peregrinos). Lo que determinó la vida de los oyentes y lectores “en otro tiempo” puede ser resumido en la expresión “cuando todavía estábamos muertos a causa de nuestros pecados” (v 5).Y eso se contrapone al “ahora”, “ya” (v 19), “ustedes se unen” (v 22).

El impulso, el punto de partida, la base para la argumentación está en el v 13. El trastrueque entre el antes y el ahora es el acontecimiento de la cruz: la sangre de Cristo. Y la perícopa enfatiza los frutos de la obra redentora de Cristo. Paredes de enemistad entre judíos y gentiles caerán (v 14). Lo determinante no es una acción lograda por la ley. En la comunidad cristiana existe un hombre o mujer nueva (v 15), impulsados por la libertad, fruto de la asimilación de la gracia de Dios. Y tenemos ahí un primer resumen: la sangre de Cristo disuelve o funde las divisiones (lo que reporta a Is 2.4!). Lo que antes separaba (enemistad) se diluye en la sangre de (por medio de la cruz), en un nuevo cuerpo (v 16).

Retomando el origen de la propia comunidad como fruto de la predicación, del anuncio de la paz y de la nueva unidad (vs 17-18), se ha ido el tiempo de vivir desarraigados, sin saber de dónde vienen ni adónde van. El texto llama a tomar conciencia de que ahora existe un espíritu de pertenencia: somos familia (v 19), y la iglesia es un edificio. Aunque advertimos que es un edificio no acabado, pues tiene vida y “crece” (v 21). Ello es posible porque su base no es de cemento, sino la enseñanza de los apóstoles y los profetas, y en verdad del propio Cristo. Y esa Iglesia, en proceso de construcción (siempre en reforma!), es lugar de morada del mismo Dios (v 22).

Se hace un fuerte énfasis en el llamado a la unidad de quienes integran la Iglesia. Hay un llamado insistente a que la Iglesia tome conciencia de aquello que une a quienes estaban desparramados y separados. Y por cierto, no es unidad en torno a la tradición, ni a la etnia ni a la proximidad geográfica: es unidad en la entrega de amor de Jesucristo.

Romeu Ruben Martini, pastoralista luterano brasileño en Proclamar Libertacao 22, Edit. Sinodal, Sao Leopoldo, Brasil, 1997. Trad y adaptación de GBH


Sobre el Salmo 23

Este Salmo es una ocasión de reconocer la ayuda divina en nuestras vidas como pueblo, además de como creyentes y como seres humanos y parte de la creación (fíjense cuántas dimensiones interrelacionadas entre sí pero diferentes de lo que puede significar reconocer la ayuda divina: ¿cómo integrarlas todas en nuestra predicación?).

Y estando en tiempo de Pentecostés, es importante también porque no se presta a una proclamación ingenua: “si confías, nada te va a pasar”, puesto que nadie confió como Jesús y sin embargo, a los ojos humanos le pasó lo peor que nos puede pasar: la tortura, la humillación y la muerte abandonado por todos. Sin embargo, el Salmo anuncia, aun en valle de sombras de muerte, el bastón o cayado de Dios nos acompaña, como acompañó a Jesús.

Mercedes García Bachman, en Estudios Exegético-Homiléticos n 157, ISEDET, Buenos Aires, marzo 2014.
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