Iglesia, comunidad martirial

01 Abr 2026
en Episcopado
Iglesia, comunidad martirial

Mientras lo apedreaban, Esteban oraba y decía:
“Señor Jesús, recibe mi espíritu”.
Y puesto de rodillas, clamo a gran voz:
“Señor, no les tomes en cuenta este pecado”.
Habiendo dicho esto, durmió.

Hechos de los Apóstoles, 7. 59


El mártir no es el héroe que muere en un gesto desesperado por una causa que ya considera perdida. El mártir es el seguidor o seguidora de Jesucristo que pone su ser entero en las manos de Dios y que da su vida la cotidiana y la del último suspiro como testigo fiel de la buena noticia.

El mártir por excelencia fue Jesús el Cristo, quien entregó toda su vida por propia voluntad, como testimonio hasta las últimas consecuencias del amor misericordioso y transformador del Abba padre por la humanidad toda.

Etimológicamente, mártir significa testigo. Como Cristo, el “testigo fiel”, según afirma el Apocalipsis. El martirio mensaje de vidas consagradas y destellos de estrellas que nunca se apagan ocupa un lugar innegable como testimonio del camino, la verdad y la vida que hay en Jesús el Cristo.

En este sentido, el relato del martirio de Esteban es un verdadero paradigma de la vida y de la situación de la Iglesia en este mundo. Te invito a que leas todo el relato de los capítulos 6 y 7 de Hechos de los Apóstoles, para que cuentes con una mirada más completa sobre la historia del primer mártir cristiano.

Las autoridades religiosas y políticas tienen que reconocer que Esteban, cuando hablaba de Jesús, «tenía el rostro de un ángel» (Hch 6.15). El martirio culminación y firma de su testimonio, ocurre cuando los criminales acusadores y los testigos falsos no soportan la “blasfemia” de Esteban que ve, lleno del Espíritu Santo, «los cielos abiertos y al Hijo del Hombre que está en pie a la diestra de Dios»

La narrativa que encontramos en Hechos nos ayuda a afirmar que la iglesia evangeliza a través de su vida misma, como testimonio del escándalo del “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, en fidelidad y libertad frente a los poderes y poderosos del mundo en su compromiso inclaudicable con el Reino de Dios y su justicia.

Todo el pueblo cristiano somos el testimonio de Jesucristo: testigos mudos o mentirosos como Pedro en el palacio de Caifás, o testigos valientes y coherentes como Esteban. Pablo le ruega a Timoteo (segunda carta, 1.8), “No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios”.

La mártir, el mártir, testifican del Cristo muerto y resucitado en sus vidas cotidianas, y llegado el caso, testifican del Cristo muerto y resucitado soportando la muerte en un acto supremo de fidelidad. Y se levantarán como paradigmas de santidad, no en la santidad del yeso ni en la exaltación de una fe que quiera trasladar montes, sino en la vida del discipulado. Y su ejemplo dará vigor a la iglesia en la misión de anunciar el Evangelio.

Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que el martirio vidas consagradas y estrellas que arden para siempre es la forma más coherente y comprometida con la que la Iglesia de todos los tiempos comunica a Cristo. El mártir conoce y vive la verdad y entrega lo mejor de sí, fecundando a otros y otras sobre esa verdad que dirige su vida. Tertuliano, c. 160-220 dC, es el que afirma: “Sangre de mártires, semilla de cristianos”. 

Los mártires no viven para sí, no trabajan para afirmar sus propias ideas, sino que aceptan entregar su vida por fidelidad al Evangelio recibido de Jesús el Cristo.

“Los mártires, con su entrega generosa, interrogan y cuestionan hoy nuestra fe y nos piden que el evangelio de la reconciliación y de la paz sea el verdadero instrumento para construir una sociedad más humana donde la convivencia entre diferentes sea un enriquecimiento para toda sociedad”. (Marco Gallo, autor de estudios sobre la persecución religiosa, incluyendo su libro sobre los mártires de los años 70 en Argentina).

Las y los mártires son un llamado a la fidelidad. La historia de Esteban, los millones de mártires a lo largo de los siglos, y nuestra historia reciente a 50 años del golpe cívico/militar, nos desafían a ser testigos fieles de Cristo, incluso cuando enfrentamos oposición o persecución. Esta “tan grande nube de testigos” (Hebreos 12.1) nos anima a confiar en la presencia del Espíritu Santo y a responder con amor y verdad en todas las circunstancias, no como héroes solitarios o testigos ingenuos, sino como parte de una comunidad de fe valiente y llena del Espíritu Santo.


“Y entonces sí, la iglesia verdadera,
la que dio santos, mártires, testigos,
y no inclinó su frente ante tiranos
ni por monedas entregó a sus hijos,
ha de resplandecer con esa gloria
que brota no del oro ni la espada,
pero que nace de esa cruz de siglos
en el oscuro Gólgota enclavada”.

 F. Pagura

Amada hermandad, cuando estamos dispuestos/as a perdonar y a ser perdonados/as, a defender la justicia y trabajar por la paz y dar la vida hasta el final, ciertamente acontecerá lo que pronostica el profeta Isaías 58.8:


“Si actúas así, entonces tu luz brillará como el alba, y muy pronto tus heridas sanarán; la justicia será tu vanguardia, y la gloria del Señor será tu retaguardia”.


Oramos para que la esperanza, el gozo y la libertad, que trae Jesús sean la otra cara de la historia, rostro amoroso y purificador, la vivencia del Reino de Dios y su justicia: expresiones de la Resurrección y la gracia Dios en medio de la historia.


“Sostengo con dos manos la esperanza
porque sé que es el único aliento
que vive a la intemperie
Y no escondo mi palabra
salgo a vivir con el alma descubierta
El corazón que no canta
no ejerce su oficio con altura.
Lo humano
es que el alma no incline su rodilla”

R. Santoro

Abrazo fraterno/sororal.

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo

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