Recursos litúrgicos y pastorales – junio y julio 2020 (Tiempo de Pentecostés)

02 Jun 2020
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Recursos litúrgicos y pastorales – junio y julio 2020 (Tiempo de Pentecostés)

Tiempo de Pentecostés

Junio y Julio 2020 (Ciclo A)



Las formas litúrgicas


Hemos visto que el culto cristiano es una recapitulación de la historia de la salvación y una epifanía de la Iglesia, a la vez que atestigua el fin y la esperanza del mundo. Ahora intentamos responder a la pregunta de si el culto puede hacerse “a la buena de Dios”, o si, por el contrario, debe no solo tomar forma, sino una determinada forma. Trataremos esto hablando de la necesidad y límites de las formas litúrgicas, de los diferentes estadios en que se expresa la liturgia, y del rigor y de la libertad en la formulación litúrgica. Finalmente, podemos hablar de las relaciones entre el culto y la cultura.

Necesidad y límites de las formas litúrgicas

Si el culto es una recapitulación de la historia de la salvación, tiene que testimoniar que Jesucristo ha entrado en el mundo y lo ha salvado, que ha habido una navidad y una ascensión, después de la pasión y la resurrección.

En primer lugar, hay que hablar de la necesidad de las formas litúrgicas. Si se dijera que el culto tiene necesidad de formas solo porque reúne a los seres humanos y no hay vida comunitaria sin que tenga cierta forma, si se fundara la necesidad de las formas litúrgicas en el aspecto sociológico de la Iglesia, habría que considerar las formas litúrgicas como un mal necesario, serían indiferentes y no serían reveladoras de la fidelidad.

Pero hablando teológicamente, el problema de las formas es un problema esencial, ya que el culto es una recapitulación de la historia de la salvación, y ésta culmina en la encarnación. Antes de ser un movimiento que se eleva, el cristianismo es un movimiento que desciende, hasta tocar el mundo, para penetrarlo, para tomar forma; solo después de este, habiendo tomado ya forma, en ella y con ella, el cristianismo comienza a subir. Este movimiento de encarnación y de asunción de lo encarnado ejemplifica que Dios no quiere salvar solo a las almas, sino a hombres y mujeres y el mundo.

Pero la encarnación es, como el encarnado, un signo de contradicción, una “señal de contradicción” (Lc 2.34). Es escándalo, porque contradice todas las imaginaciones naturales que el ser humano puede tener de Dios, materialistas y espiritualistas. Si las formas son necesarias, es que Dios nos ha mostrado con el nacimiento de su Hijo que no quería ésta sin el mundo, sin los seres humanos, sino, por el contrario, que los quería salvar. Y para conseguir esto, se encarnó, se ocultó entre nosotros haciéndose visible, audible y tangible en un hombre. Es preciso saber esto para comprender que si la forma litúrgica es necesaria, si es un eco de la encarnación, siempre será escandalosa: no permitirá ver lo que expresa ante quienes no tienen fe; y ante quienes la poseen, les obligará siempre a permanecer en ella, a orar más que a ver…

La encarnación, con todo, no se limita a un escándalo; es también una llamada a dirigida a todos los que la oyen, para encontrar en ella y por ella una esperanza, un futuro. Dios no se ha encarnado, al venir a visitarnos, por ser la forma menos escandalosa, la más adaptada a nosotros: el docetismo se adaptaría mucho más a nuestros sueños y deseos que el mensaje de navidad. Dios se encarnó para tomar junto a sí y recuperar su creación y sus criaturas, para mostrar su solidaridad con el mundo y su amor hacia él, y para llamarlo a que encontrase de nuevo su verdadera orientación.

Por tanto, podemos decir: si las formas son necesarias, es que Dios nos muestra en la ascensión que el mundo y los seres humanos, la creación y las criaturas tendrían en adelante acceso a él sin tener que renunciar a su carnalidad, sino a su pecado. Renunciar a las formas litúrgicas o desconfiar de ellas es, pues, discutir el corazón mismo de la fe cristiana: la presencia del Señor en Jesús de Nazaret y la salvación del mundo por su cruz, resurrección y ascensión.

Pero hay que añadir algunas notas sobre el límite de las formas litúrgicas. Hemos visto que son, por causa de la encarnación, no solo legítimas, sino necesarias. No se trata de elegir entre presencia o ausencia de las formas, sino entre buenas y malas. Pero, ¿cuáles son las malas? ¿Las que carecen de gusto, de coherencia y transparencia? Sin duda; pues no hay nada más hermoso que la verdad.

Pero no nos sirve aquí seguir un criterio estético; es preciso recurrir a un criterio teológico. Las formas litúrgicas tienen, en primer lugar, por límite el segundo mandamiento:

No te fabricarás escultura ni imagen alguna de lo que existe arriba en el cielo, o abajo en la tierra, o por bajo de la tierra en las aguas. No te postrarás ante ellas ni las servirás (Ex 20.4s).

Lo que el segundo mandamiento prohíbe es querer imaginar al Dios verdadero en vez de aceptar la imagen que él da de sí mismo. Es querer reemplazar la revelación por la imaginación humana. Quiere decir cómo se revela Dios, y esto lo hace de forma distinta a las imágenes que los seres humanos harían de él. Se puede afirmar ahora, después de la nueva alianza, que se revela en y por la imagen que nos ha dado de sí mismo en Jesucristo (2 Cor 4.4.; Col 1.15).

Vemos también que lo que limita la formulación litúrgica, también la hace necesaria: la encarnación del hijo eterno de Dios. Para ser auténtica y legítima, la forma litúrgica deberá corresponder a lo que Dios nos ha enseñado de sí mismo, de su amor y de su llamada –de su promesa y de su exigencia, como diría K. Barth– enviando a su Hijo al mundo y colocándolo a su derecha después del combate y de la victoria.

Las formas litúrgicas, en segundo lugar, tienen por límite su autojustificación. Es decir, las formas del culto, por importantes que sean, no tienen ni el valor, ni el significado, ni el alcance, ni la importancia de la forma que Dios ha tomado, una vez por todas, al venir entre nosotros. Las formas litúrgicas sobrepasan su límite desde el momento en que que quieren salvar por sí mismas, desde el momento en que quieren autojustificarse.

Así, pues, tanto para la necesidad como para los límites de las formas del culto cristiano hay que tener en cuenta a Jesucristo. Y se puede decir que ella es necesaria tanto por causa de la primera creación como también por causa de la segunda. En efecto, el Espíritu Santo que renueva todo y que transforma y cambia todo lo que toca (2 Cor 3.18; Rm 12.2), no es un provocador de caos; es Espíritu de paz (1 Cor 14.32s) y de orden (1 Cor 14.40). Como dice admirablemente P. Brunner:

Cuando las fuerzas del siglo venidero irrumpen en éste, el punto de impacto no se convierte en un lugar de caos, de delincuencia o de disolución, sino que se produce un nuevo nacimiento, una nueva creación, una nueva edificación, la nueva in-corporación de una nueva forma… La obra por excelencia del Espíritu es la metamorfosis escatológica, la re-creación de nuestra existencia corporal, como le sucedió a Cristo-hombre al resucitar. El Espíritu que obra en la Iglesia es el mismo que resucitó a Jesucristo de entre los muertos (Rm 8.11). Ahora bien, este Espíritu no provoca nunca con su obra una espiritualidad informe; por el contrario, lo que asume cuando re-crea, posee una corporalidad pneumática.

Y ésta debe aparecer en el culto cristiano.

Vemos así, después de todo lo dicho, que las formas son indispensables para el culto cristiano, pues éste celebra a toda la Trinidad: al Padre creador que quiere conducir a todas las criaturas a sí; al Hijo redentor que precisa, limita y justifica la realización del culto; y al Espíritu Santo santificador que quiere transformar lo rescatado por Cristo en su nueva creación.

Por último, agreguemos una nota sobre la importancia teológica de la forma, no solo en referencia a la teología litúrgica, sino en toda la enseñanza, en la comprensión y en la disciplina de la iglesia. Por esto se ve hasta qué punto es falso creer que las formas del culto solo sean, como se dice con desprecio, “cuestiones de formas”, y no impliquen un juicio sobre la fidelidad de la Iglesia.

Continuamos el texto del pastor reformado Jean Jacques von Allmen, El culto Cristiano, su esencia y su celebración, Sígueme, Salamanca,1968, pp 81-87.Resumen de GBH.

En el archivo encontrará

  • Orientaciones para la predicación
  • Orientaciones para la acción pastoral
  • Orientaciones para la liturgia del culto comunitario

Domingos

  • Junio 7, 2020 – Primer Domingo de Pentecostés – Domingo Trinidad (Blanco)
  • Junio 14, 2020 – Segundo Domingo de Pentecostés (Verde)
  • Junio 21, 2020 – Tercer Domingo de Pentecostés (Verde)
  • Junio 28, 2020 – Cuarto Domingo de Pentecostés (Verde)
  • Julio 5, 2020 – Quinto Domingo de Pentecostés (Verde)
  • Julio 12, 2020 – Sexto domingo de Pentecostés (Verde)
  • Julio 19, 2020 – Séptimo domingo de Pentecostés (Verde)
  • Julio 26, 2020 – Octavo domingo de Pentecostés (Verde)


Esta ha sido una nueva entrega de recursos litúrgicos y pastorales para el tiempo de Cuaresma a Pentecostés, meses de Junio y Julio 2020 (Ciclo A). Reedición de 2017 con nuevos materiales.

  • para hermanos y hermanas encargados del ministerio de la Palabra,
  • realizando trabajos pastorales en amplio sentido y con distintos grupos
  • y a encargados y encargadas de la liturgia del culto comunitario.

Cotejando el “Leccionario Común Revisado”, con el también editado por la agenda y leccionario de la IEMA y otros de iglesias hermanas. Nos permitimos algunos cambios en la longitud de los textos y proponiendo algunas alternativas.

Este material circula en forma gratuita y solamente en ámbitos pastorales, dando crédito a todos los autores hasta donde los conocemos, valorando mucho su disponibilidad.

Agradecemos todos los materiales que hemos usado –ya disponibles en varias redes–, sus aportes para estos “recursos”.

Las indicaciones de las fuentes musicales son:

  • el Canto y Fe de América Latina, Igl. Evangélica del Río de la Plata, CyF;
  • el Cancionero Abierto, ISEDET, CA;
  • el himnario Cántico Nuevo, Methopress, CN;
  • el Mil Voces para Celebrar, himnario de las comunidades metodistas hispanas, USA, MV;
  • y la Red Crearte, https://redcrearte.org.ar/

Fraternalmente, Laura D’Angiola y Guido Bello, desde la congregación metodista de Temperley, Buenos Aires Sur.

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