Peter Cartwright, el “arador” de Dios

13 Oct 2021
en Artículos CMEW
Peter Cartwright, el “arador” de Dios

Seguramente las páginas más épicas del metodismo en los Estados Unidos se han escrito en las últimas décadas del siglo 18 y las primeras del 19, cuando grandes masas de inmigrantes y colonos comienzan su marcha hacia el oeste. La frontera se iba expandiendo y estos caminos y circunstancias fueron recorridos también por los predicadores itinerantes metodistas acompañando a aquella masa migratoria ávidas de tierras a cualquier costo y dispuestas a vivir vidas disipadas en su nuevo contexto.  La expansión del metodismo al ritmo de la migración fue progresiva y los circuitos de itinerancia se iban expandiendo al mismo ritmo entre los Apalaches y el río Mississippi. En la medida que la población seguía fluyendo los circuitos continuaban siendo subdivididos algunos y otros creados nuevos. Hacia 1840 había ya quince Conferencias al Oeste de los Apalaches, 3.587 predicadores itinerantes y 6.393 predicadores locales.

Las grandes distancias, el aislamiento, crearon comunidades fronterizas que tenían que depender exclusivamente de sus propios recursos. Casi todo lo que usaban tenía que ser fabricado por ellos mismos. Así, crearon su propia música, diversión folklore, arte, y también crearon la manera propia de evadir una realidad difícil. La abundante y  en muchos casos gratuita circulación del whiskey fabricado en destilerías caseras, la mayoritaria presencia de hombres, la ambición muchas veces insatisfecha, fueron creando una sociedad con pocos pruritos éticos.  Donde el alcoholismo, la prostitución, la delincuencia y la laxitud moral eran pautas de conducta normales en la vida cotidiana en el cercano Oeste.

En este contexto el metodismo tuvo un rol único en la comprensión  de lo que debía ser la tarea de evangelizar la frontera. Como Sweet afirma:


“ninguna otra fuerza religiosa pudo hacer más para traer orden al caos de la frontera que los predicadores itinerantes metodistas.” 


Entre ellos se destacó Peter Cartwright, predicador itinerante durante 60 años y uno de los pilares del avivamiento metodista del sur-oeste. En relación al rol del metodismo en la frontera Cartwright dijo en sus memorias:


“Solo el metodismo fue tan organizado como para ser capaz seguir paso a paso a esta población móvil, y llevar el evangelio aún hasta la cabaña más alejada. Fue solo el metodismo que estuvo presente allí donde una tumba se abría, o donde un niño yaciera en su cuna”.


Cartwright nació el 1 de septiembre de 1785  en el condado de Amherst, Virginia, y falleció el 25 de septiembre de 1872 en Pleasant Plains, Illinois.

Su padre, un veterano de la Guerra Revolucionaria, llevó a su familia a Kentucky en 1790. Allí Cartwright tuvo pocas oportunidades de ir a la escuela, estuvo expuesto al rudo entorno de la frontera, convirtiéndose en un jugador de cartas y carreras de caballos.

Se convirtió al evangelio durante el llamado Gran Avivamiento del Oeste en 1801. Fue recibido en la Iglesia Metodista Episcopal en junio y pronto obtuvo la licencia como exhortador. En el otoño de 1802 recibió el encargo de formar un nuevo circuito de lugares de predicación en un desierto sin iglesia alrededor de la desembocadura del río Cumberland.

Fue ordenado diácono en 1806 y anciano en 1808. Cartwright, un orador capaz y vigoroso, predicó miles de veces en sus más de 60 años como ministro fronterizo. Cartwright trabajó contra la esclavitud; para estar en suelo libre, se mudó en 1824 al condado de Sangamon, Illinois. Allí se dedicó a la política para oponerse a la esclavitud y sirvió varios mandatos en la cámara baja de la asamblea general de Illinois. Cartwright relató su colorida vida en su Autobiografía (1856), que se convirtió en una fuente principal de material sobre la vida del predicador itinerante del oeste.

Las costumbres con la que los predicadores se encontraban eran ciertamente muy distintas a las que estaban acostumbrados muchos de ellos a conocer en el Este. Las normas de conducta valoradas y sostenidas en el Este, en esta nueva situación eran dejadas de lado

Cuenta en sus memorias una risueña y descriptiva anécdota del contexto en que desarrolló su tarea:  en los primeros tiempos de su ministerio itinerante en el selvático Kentucky, había una taberna a cargo de un notorio matón, cuyo jactancioso desafío era:” Por aquí no pasa ningún predicador”. Cartwright estaba haciendo una de sus giras cerca de allí, había oído de aquel desafío, pero continuó su camino. Las noticias que el predicador se acercaba llegaron a oídos del tabernero, el cual salió cuando vio que Cartwright efectivamente se acercaba. El cantinero matón ordenó al predicador que volviera por donde vino o le rompería la cara a trompadas.

El tabernero no conocía el pasado rudo y salvaje del predicador.

Cartwright se baja del caballo. Comienza una pelea a trompadas muy entretenida y poco piadosa. En poco tiempo el tabernero estaba de espaldas al suelo recibiendo trompadas de Cartwright, quien al mismo tiempo cantaba un himno.  Le dijo al desafortunado tabernero que le dejaría de pegar si le prometía dejar de meterse con los predicadores que pasaran por allí. Pero antes que el cantinero aceptara, le hizo cantar tres estrofas del himno.!!

El procedimiento, por cierto, no estaba muy de acuerdo con la Disciplina metodista, ni con los protocolos ministeriales. Pero estaba de acuerdo con la vida en la ruda frontera en la que predicadores como Cartwright tuvieron que desarrollar su trabajo.

Una de sus biografías dice:


“Cabalgó bajo una lluvia torrencial 70 kilómetros, predicó a muchas congregaciones, recibió para viáticos quince centavos, y para mantención una docena de manzanas grandes… Él se llamaba a sí mismo “el arador de Dios”. 


Daniel Bruno para CMEW

Parte son extractos de Luccock, Halford “Línea de Esplendor sin fin”


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