El milagro y sus rostros
Dentro del mundo evangélico están los pastores de estadio: los que llenan templos millonarios, predican la multiplicación de milagros como si narraran un gol y prometen lo imposible: una mujer que deja la silla de ruedas, pesos que se vuelven dólares, la alquimia de un anillo de plástico en oro, una enfermedad incurable que desaparece sin rastro.
Y también están los pastores que guían a pequeñas comunidades, conocen el nombre de sus fieles, saben de sus problemas. Maximiliano Heusser es uno de ellos. No presenció ningún milagro, pero habla de Jesús como de un amigo, como la presencia que lo anima a marchar cada 24 de marzo, a insistir con la justicia social en el púlpito, aun cuando todo alrededor parece rendido a la indiferencia y al cinismo.
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