Millennials fuera de la Iglesia

19 Mar 2018
en El Estandarte Evangélico, Jóvenes
Millennials fuera de la Iglesia
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Si la iglesia quiere hacer oír la Palabra de Dios, también debe pensar en hacerla realidad de algún modo, y creo que la clave para eso está en la formación de adolescentes y jóvenes sensibles a su contexto, así como la apertura del debate hacia adentro y hacia afuera de la iglesia.

Durante toda mi infancia y mi adolescencia asistí a la Iglesia evangélica metodista. En ese recorrido, además de aprender sobre Cristo, aprendí muchas otras cosas: aprendí sobre historia, aprendí sobre música, aprendí sobre mi país. Tuve la oportunidad de conocer muchas provincias por encuentros del CLAI y otros encuentros de jóvenes de la iglesia, aún a pesar de no entrar muchas veces en el rango de edad propuesto (tenía amigxs más grandes a quienes acompañaba a esos encuentros, porque nos movíamos como grupo). También aprendí a conciliar la rutina de la iglesia y la vida adolescente en un colegio laico, y en un contexto en el cual en su gran mayoría era católico, y a saberme fraterna con otras familias, quienes se convirtieron en amistades duraderas y de confianza. A los 16 años, fui alejándome de la iglesia y a transitar otros ámbitos, pero guardo de ella buenos recuerdos, como organizar las fiestas de navidad, asistir a los campamentos familiares (de los cuales guardo un muy buen recuerdo), actividades por fuera de las clases de los domingos. Sin embargo, hay algo especial en mi paso por la iglesia, que formó parte de mi historia y la marcó: es el compromiso con la pregunta, la discusión, y la explicación.

Actualmente estudio filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba, lugar que me siguió viendo crecer, y soy militante barrial de un movimiento social de izquierda. Creo que nuestro mundo debe ser discutido y debe ser cambiado. Me constan, cada día, las injusticias y las aberraciones, las tristezas y las carencias. Sé, además, el lugar privilegiado del cual vengo y al que sigo perteneciendo: cada día tengo cubiertas mis necesidades básicas, tengo familia y amigos, puedo construir relaciones sanas, tengo acceso libre a la cultura. Las acciones que realizo, individual y organizadamente, para cambiar aunque sea un poco la realidad de las familias que no tienen esos privilegios, no vienen de una iluminación repentina. Las convicciones que tengo son gracias a los ambientes donde crecí, y sin duda la iglesia fue uno de ellos. La iglesia donde me congregué durante mi niñez y adolescencia me abrió paso a distintas experiencias que siempre recordaré como parte de lo que soy: talleres sobre sexualidad y educación, sábados de recreación y merendero en barrios marginales, clases bíblicas con comparaciones entre el pasado y nuestra historia reciente. Sin duda, mirar la pobreza, la violencia de género, o el terrorismo de Estado desde una perspectiva cristiana es una experiencia fundante. Haber tenido la oportunidad de recibir una formación cristiana permitiendo la duda, abriendo el debate y acercando posiciones es lo que me hace recordar con cariño mi paso por la iglesia.

Claro que también tuve mis distanciamientos en algún momento, y estos tuvieron que ver con imposiciones y con exigencias rígidas. Hoy no me congrego más. Simplemente tengo otras rutinas, otras discusiones y otras preferencias. Sin embargo, con el paso del tiempo fui dándome cuenta de lo necesario que es trabajar desde el cristianismo, entendiendo que Dios es un sostén para muchas personas, incluso el único sostén en su vida. La iglesia en los barrios pobres no es solamente un lugar físico y de relación con otras personas, sino que es un lugar de fuerte contención. Reconocer esto evita los intentos frustrados de cambiar la realidad de esas familias con discursos lejanos, con ideas vacías para ellos. Comprender eso, poder verlo directamente, y saber que tengo una especie de “plus” para entenderlo, me hizo encontrar un nuevo sentido a mi formación cristiana. También me hace creer que la iglesia sigue teniendo una opción. Creo en una iglesia con potencial para ser transformadora de la realidad, y creo en una juventud con la fuerza para impulsar los cambios. Si la iglesia quiere hacer oír la Palabra de Dios, también debe pensar en hacerla realidad de algún modo, y creo que la clave para eso está en la formación de adolescentes y jóvenes sensibles a su contexto, así como la apertura del debate hacia adentro y hacia afuera de la iglesia.

No es casual que en una sociedad y una época en la que adolescentes y jóvenes nos vemos interpelados por tantas cosas, las propuestas religiosas sin conexión con las circunstancias y discusiones cotidianas o presentes en la vida de los jóvenes fracasen. La iglesia debe buscar los modos de encauzar aquello que interpela a los jóvenes para poder volverse más cercana, y así puedan, ojalá, permanecer en ella, o como yo, recordarla como un espacio significativo.



Por Camila Jimenez
Estudiante avanzada de filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba, integrante hasta su juventud de la Congregación “la Trinidad” (B° Cerro de las rosas, Córdoba).



El Estandarte Evangélico
Desde la tierra hasta los smartphones: realidades y desafíos…

PRIMER CUATRIMESTRE 2018


 

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