La Navidad raptada

18 Dic 2019
en CMEW
La Navidad raptada

Una sensación nos recorre: la Navidad, parece no pertenecernos a los cristianos. Entre ofertas de regalos, preciados manjares en las vidrieras, Papá Noel y un extenso repertorio de fuegos artificiales y pirotecnia; nos preguntamos ¿Dónde está la Navidad?

En los orígenes mismos de la fijación de la fecha de Navidad encontramos ya indicios de que algo no iba a andar bien. Si bien, desde el siglo II la iglesia comenzó a interesarse por el nacimiento de Jesús, la fiesta principal era la Semana Santa y la Pascua de resurrección. La Navidad no tenía fecha, no existía modo de saberla, al menos desde el testimonio bíblico. Corrían suposiciones y cálculos que no permitían ninguna conclusión definitiva.

En el siglo IV y bajo el influjo del Concilio de Nicea (325), se determinó la fecha de Navidad en occidente, distinta a la de oriente, que era el 6 de enero. El día que se determinó fue el 25 de diciembre y esta fecha coincidía con festividades paganas muy arraigadas en los territorios del Imperio Romano.

Tampoco es seguro que esta teoría sea la correcta. Otra investigación se inclina a pensar que la fecha se estableció a partir del cálculo de la concepción de Jesús (comienzo de su encarnación), de acuerdo a un documento que habla de: “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió”. Por lo tanto, si fue concebido el 25 de marzo, concluyeron en que nació el 25 de diciembre.

El 21 de diciembre es el solsticio de invierno en el hemisferio norte, es el día a partir del cual la luz va ganándole espacio a la oscuridad, era el momento en el que el imperio celebraba la fiesta “Natalis Solis Invicti” (Nacimiento del sol invencible). Es fácil detectar que la metáfora de la luz, utilizada en la celebración pagana, podía encontrarse también en el testimonio bíblico (Jn 1: 4 y 9, por ejemplo).

Pareciera que la iglesia deseaba “cristianizar” una festividad pagana, o al menos opacarla. Sin embargo, la historia se encarga de hacernos entender que, en realidad, ocurrió todo lo contrario: la Navidad fue “paganizada”.

Ya en el siglo XII, Bernardo de Clairvaux decía: “Durante mis frecuentes reflexiones sobre el ardiente deseo con el que los patriarcas anhelaban la encarnación de Cristo, siento dolor y vergüenza… Muy pronto habrá gran regocijo al celebrar la fiesta del nacimiento de Cristo. ¡pero cómo desearía que fuera inspirado por su nacimiento! Tanto más, pues, pido que se encienda en mí el anhelo intenso que aquellos hombres y mujeres tenían en su corazón.”

Cinco siglos después, en Inglaterra, el puritanismo se impuso en las prácticas de la fe y se encargó de criticar duramente algunas expresiones, como en el caso de la Navidad, por sus excesos y su poco apego a las Escrituras y a la inspiración de Dios. Tal como fue explicado en un posteo de diciembre del año pasado, el puritanismo alzo la bandera de “Navidad, no”.

El metodismo surgió en la Inglaterra del siglo XVIII, bajo el influjo puritano, por lo tanto, no es de extrañar que no tengamos registros en las obras de Wesley sobre la Navidad. Ni en sus sermones, ni en sus escritos teológicos y, ni siquiera, en su diario.

En el naciente metodismo de América (en el actual territorio de los EEUU), tampoco se celebraba la Navidad, porque las colonias que poblaron esa zona eran puritanas. Recién a mediados del siglo XIX, se incorporaba la celebración navideña, tanto en la iglesia, como en la cultura familiar y social en Gran Bretaña y en los EEUU.

Ya llegando a nuestro presente, es un buen ejercicio revisar qué ocurre en la sociedad, en la iglesia y en las familias en torno a la Navidad. Curiosamente, el drama que plantea el evangelio de Lucas alrededor del nacimiento de Jesús es: “Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.” (Lc 2: 6-7). Jesús no tenía lugar. Esta referencia a la situación de la ciudad de Belén en ese momento, parece proyectarse sobre toda la vida y ministerio de Jesús: No hay lugar para Jesús.

¿Hoy hay lugar para Jesús? ¿Dónde hallarlo en estas celebraciones navideñas? Parece no estar, parece haber sido raptado de nuestra historia. Sin embargo, el evangelio de Juan, nos anuncia que este “sin-lugar” al que se lo quiso someter a Jesús, que esta cautividad para quitarlo de escena, no ha funcionado.

“Aquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros. Y hemos visto su gloria, la gloria que recibió del Padre, por ser su Hijo único, abundante en amor y verdad.”

Claudio Pose para CMEW

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