Iglesia, comunidad reunida y enviada

03 Ago 2026
en Episcopado
Iglesia, comunidad reunida y enviada

«…cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí, en Jerusalén, en toda la región de Judea y de Samaria, y hasta en las partes más lejanas de la tierra»

Hechos de los Apóstoles 1.8



Esta es mi última carta episcopal y la hago con enorme gratitud a Dios por su cuidado amoroso, y a ustedes que son mi amada iglesia de la cual provengo. Soy lo que soy gracias a Dios y a la iglesia metodista que me brindó cobijo, cuidado, formación y finalmente me envió para servir y amar brindando de la gracia recibida en abundancia.

Ante el inmenso amor de Dios, de todas y todos por mí solo sé corresponderles orando por ustedes, amada hermandad, para que tengan paz y bien, abundantemente, de parte del Dios de la vida buena y plena.

Hace muy poco junto a María Esther trajimos a casa un reloj familiar de péndulo. Una pieza antigua de esas que dan campanadas cada hora y una campanada cada media. La pieza tiene un sistema de engranajes y requiere darle cuerda para que funcione el mecanismo. El inconveniente es que tiene un diente roto en uno de los engranajes haciendo imposible que cumpla con su objetivo de dar la hora. Es una pieza muy bonita, pero no cumple con su propósito final de medir el tiempo.

La imagen me llevaba a pensar en la iglesia como comunidad, unida y reunida para el ejercicio de una misión especial y específica. Y cuando una pequeña parte sufre alguna “rotura” o “desperfecto”, puede hacer imposible la realización del objetivo de proclamar al mundo el amor y la gracia restauradora y salvadora de Jesús el Cristo.

Aunque nos cueste reconocerlo, una Iglesia que no evangeliza ha perdido su luz y su sal, su razón de ser y su vitalidad, como la imagen del reloj. El apóstol Pablo exclamó: “¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (1Cor 9.16). La Iglesia es reunida y llamada a recuperar las actitudes de Jesús en sus distintas maneras de predicar el Evangelio: actitudes de cercanía, cuidado, ánimo, compañía y compasión.

Así apuntamos a que nuestra acción provoque confianza, bienestar y salud en las personas, en las familias y en los grupos de la comunidad que nos rodea. Así evangelizamos, pasando del sufrimiento a la resistencia, de la resistencia a ser probados y aprobados por Dios, y el ser aprobados nos llena de esperanza, “y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom 5.1-5).

Una fe sencilla en acción, mostrando que el Evangelio no son buenos consejos, sino la buena noticia del camino de la gracia. Una fe sencilla que afirma que el camino es el camino de la gracia.


“Dame una fe sencilla,
que se siente a la mesa de los pobres.
Que se alegre de alegrar sus corazones
y que llore también con sus dolores.
Una fe así, parecida a ti,
sencilla, como fue a la tierra tu venida.
Como fueron tus historias campesinas,
como fue tu hogar en Palestina”.

Santiago Benavides

Como humanidad y nación enfrentamos situaciones dolorosísimas, como la migración, la pobreza, la corrupción, la desintegración social, el hambre, la violencia, la explotación en todos los órdenes de la vida. Y la Iglesia –comunidad reunida y enviada, fracción de la humanidad–, tiene “el compromiso ante Dios de tener una buena conciencia” (1Ped 3.21) frente a las situaciones dolorosas, en la necesaria transformación de la sociedad y ante la eliminación de toda práctica que denigra a los seres humanos.

Desde hace más de dos mil años por el poder y luz del Espíritu Santo, la Iglesia se ha sabido empujada a anunciar el Evangelio sabiendo que era la hora oportuna, para desarrollar acciones e iniciar procesos humanizadores, liberadores y reconciliadores. Las iglesias todavía no han tenido el valor de reconocer su complicidad en otros procesos deshumanizadores, opresivos y discriminatorios. ¿Estamos todavía a tiempo, en esta hora de la humanidad, para oír las campanadas que llaman a promover acciones espirituales, sociales, educativas y formativas en pos de una nueva humanidad?

Como pueblo llamado metodista hemos de tener claro que nuestra experiencia como movimiento no se enfocó en una experiencia de salvación como un estado “espiritualizante” de confort altanero, intimista e interiorizante o hasta indiferente a la realidad social, económica y política de la sociedad.

Sabemos que el movimiento metodista provocó una reforma espiritual, moral y social en la Inglaterra del siglo XVIII, a partir de su entendimiento del evangelio de Jesucristo, de la experiencia de la salvación por la fe y la santidad. Y cuando bebemos de nuestro propio pozo lo hacemos bajo este entendimiento de la misión.

Amada hermandad, nos corresponde ser sensibles a la voz de Dios, que sigue escuchando el clamor de quienes han sido silenciados e invisibilizadas, y encontrar al Dios que sigue caminando por los caminos polvorientos de nuestra gran parroquia, así como lo hizo por aquella Galilea y Samaria, por los poblados de Judea y de la región sirofenicia, también polvorientos, pues ahí y aquí se hace carne la salvación abierta a todos los gentiles, a todos los pueblos. La hora ha llegado para incidir y transformar al mundo por medio del amor redentor de Dios, mi querido hermano y hermana.

A la Iglesia le toca elegir el lado de la historia desde el cual quiere participar poniendo en acción la radicalidad de la propuesta de Dios para transformar el mundo, nunca para condenar el mundo… ¡Vamos, desde ese acompañamiento liberador la Iglesia va a su parroquia que es el mundo!


¿A quién oiré entonces, a Dios o a los hombres? Juzgad vosotros si se debe obedecer a los hombres antes que a Dios. Considero todo el mundo como mi parroquia; quiero decir, que en cualquier parte en que esté, juzgo conveniente y justo e imprescindible deber exponer a todos los que quieran oír la buena nueva de la salvación.

J. Wesley

Abrazo fraterno/sororal.

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo

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