Iglesia, comunidad kenótica

Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.»
Carta a los Filipenses 2. 5-11
Versión Dios Habla Hoy
Este pasaje representa uno de los himnos cristológicos más importantes del Nuevo Testamento. Es parte de la carta que envía el apóstol Pablo a la iglesia en Filipos. La iglesia atravesaba un conflicto interno que dificultaba la difusión del evangelio, al tiempo que se enfrentaba a la oposición externa. Esta carta fue escrita durante el reinado del emperador Nerón, que quería ser adorado como un dios viviente, poniendo la ideología imperial romana en conflicto directo con la enseñanza cristiana de Jesús el Cristo como Señor y su reinado universal.
Pero ocurre que Pablo describe a Cristo como una figura kenótica, lo que significa que Cristo obtiene su fuerza a través de la humildad: al despojarse a sí mismo, es exaltado; al obedecer, llega a ser Señor; y al hacerse siervo, es glorificado. Jesús no renuncia a su identidad personal, sino que se despoja de sus prerrogativas de poder y de liderazgo señorial. Y si afirmamos que este himno es la contribución más significativa a la doctrina y la experiencia cristiana sobre los criterios y prácticas de poder y liderazgo, podemos preguntarnos, ¿cómo se traduce esta idea de «vaciarse a sí mismo», «subordinarse radicalmente» y «despojarse a sí mismo» en el liderazgo?
La kenosis en la práctica del liderazgo es transformadora, nos sitúa en un estado de receptividad. Nos ponemos en una actitud de escucha, de intentar comprender, dejándonos impregnar por la atmósfera del entorno de Jesús y el nuestro: desamparo del pesebre, el miedo del exilio, la alegría de los reconciliados y el rechazo de los soberbios, la vergüenza de la cruz. Y nos ponemos en la piel enferma del leproso, en el sudor helado de la mujer que está por ser apedreada y en las sandalias rotas del ciego y del paralítico.
El apóstol Pablo, al tratar con una población que luchaba por definir su identidad cristiana, esperaba que cambiaran no solo su comportamiento, sino también cómo se veían a sí mismos y a los demás. Debían pasar de un enfoque fomentado por una cultura competitiva y centrada en el honor, buscando cada uno progresar a expensas de los demás, a una forma diferente de comprenderse y mostrarse a sí mismos. Pablo les ofreció un modelo distinto en el que centrarse:
«Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual
Aunque existía con el mismo ser de Dios,
no se aferró a su igualdad con él,
sino que renunció a lo que era suyo
y tomó naturaleza de siervo.
Haciéndose como todos los hombres
y presentándose como un hombre cualquiera,
se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte,
hasta la muerte en la cruz.
(Filipenses 2.5-7)
El himno a Cristo ciertamente fue escrito para reorientar y reenfocar la vida de los creyentes en la iglesia de Filipos, que después circuló en todas las comunidades del mediterráneo. Nos preguntamos si en nuestro liderazgo poseemos la creatividad, el valor y el compromiso necesarios para ponerlos en práctica. ¡Qué linda manera de expresar la encarnación de la kenosis, el vaciamiento de uno mismo y la entrega al servicio, tal como se explica en el himno que cantaron esas primeras comunidades cristianas!
Muchas versiones de nuestras Biblias quisieron ahorrar papel dejando los versos de ese poema o cántico como simple prosa. Pero si escuchamos y cantamos esas estrofas que van desde la humillación a la exaltación, podemos situarnos en un estado de receptividad, en una actitud de escucha, dejándonos impregnar por la atmósfera de nuestro contexto –piel enferma, sudor helado, sandalias rotas–, buscando mentes y corazones, búsquedas y esperanzas de las personas a quienes amamos o con quienes nos encontramos.
¿Dónde buscar el modelo de ese cambio profundo? En el mismo Cristo, con su humildad, su despojo de sí mismo, su acogida de los otros y otras, su vulnerabilidad. Es la existencia kenótica de Cristo la que nos reconcilia con el Padre. En una existencia kenótica cada cristiano se vuelve vulnerable, sensible frente a los otros y otras.
La kenosis como proyecto comunitario de abajamiento social y contracultural, está en los orígenes del cristianismo, desde que Jesús reivindica lo humano como fuente de dignidad. La cruz, considerada una maldición para el judío y un oprobio para el griego (1Cor 1.23), pasa a ser el signo de la salvación. De ahí que las pertenencias sociales dadas por la etnia y la religión, por la condición de libre o esclavo, por ser hombre o mujer, son abolidas como marcas de status y son reemplazadas por la filiación y la hermandad.
Y nos moldeamos con la mente de Cristo no solo en la vida interna de cada comunidad, sino también en nuestra relación con nuestros territorios y el mundo entero cuando miramos y atendemos la misión.
La narrativa del apóstol nos llama a renunciar a nuestro afán de poder mundano, mientras asumimos el rol de siervos y siervas, identificándonos con los humildes y entregándonos con ellos y ellas para un mundo que sufre, honrando «el más excelente de todos los nombres». ¡Y vuelve a quedarnos muy claro que las luchas de poder y el anhelo de gloria no honran el nombre de Jesús!
Y al revés, al vivenciar a Jesús como una persona solidariamente compasiva, descentrada, despojada de todos sus privilegios nos adherimos al otro y la otra, a su bien, a su causa.
Sólo es compasivamente solidario o solidaria quien hace del derecho del otro o la otra un deber suyo, co-practicando la fraternidad, la sororalidad y la justicia.
Me pregunto y te pregunto lo siguiente:
¿Refleja nuestra vida en comunidad «la misma mentalidad que había en Cristo Jesús»? ¿Buscamos el bienestar de los demás antes que el nuestro? ¿Se manifiestan entre nosotros la humildad y el espíritu de servicio? ¿A qué hemos de renunciar y despojarnos como iglesia metodista argentina?
Oramos, hermandad, por una Iglesia comunidad kenótica, nueva humanidad, que se despoja para ser humanamente compasiva y solidaria.
Abrazo fraterno/sororal.
Pastor Américo Jara Reyes
Obispo
