Iglesia, comunidad de la mesa compartida

“Más tarde, Leví hizo en su casa una gran fiesta en honor de Jesús; y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, junto con otras personas, estaban sentados con ellos a la mesa. Pero los fariseos y los maestros de la ley del mismo partido comenzaron a criticar a los discípulos de Jesús. Les dijeron: ¿Por qué comen y beben ustedes con cobradores de impuestos y pecadores?
Jesús les contestó: Los que están buenos y sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se vuelvan a Dios”.
Evangelio de Lucas 5. 29-32 (DHH)
Lucas, el del tercer Evangelio, sabe que muchos le han precedido en la tarea. En su prólogo reconoce que ya existían otros relatos y, tras investigar todo desde el origen, decide escribir todo ordenadamente, garantizando así la veracidad de la fe. Lucas conoce estos intentos y ahora quiere completarlos, aunque quizás no le satisfagan totalmente esos otros escritos, y ciertamente quiere responder a las preguntas y necesidades de su comunidad.
En nuestro mundo cada vez más dividido, aislado y digitalizado, el concepto de compartir una comida juntos puede parecernos anticuado. Sin embargo, cuando observamos el ministerio de Jesús en los evangelios, encontramos que utilizó la mesa como una herramienta poderosa para manifestar el Reino de Dios. Por eso, en nuestro texto de Lucas o en Marcos 2.13-17 vemos cómo Jesús hace de una simple cena en casa de Leví un momento de profunda transformación espiritual y social.
La comunidad de Lucas ya no se encuentra en Palestina, tampoco en Siria como puede ser la del Evangelio de Mateo, sino que se ubica en el corazón del Imperio romano; probablemente en Éfeso o quizás en Roma. En el seno de la comunidad hay muchos miembros provenientes del paganismo y también quienes proceden del judaísmo, lo que implica que se replantean numerosos problemas nuevos, por ejemplo la relación con el Imperio romano y el diálogo de la fe del Evangelio con la cultura helenística.
Esta Comunidad lucana –o estas varias comunidades a las que Lucas escribe en aquel tiempo, convocadas a la sombra de un tal Teófilo, “amigo de Dios”–, tienen por lo menos dos características interesantes:
- Son Comunidades misioneras, abiertas a los paganos, como se hace evidente en el libro de Hechos de los Apóstoles, donde ya no se plantea si hay que cumplir la ley judía, o si hay que someter a la circuncisión a quienes se quieren incorporar a la iglesia…porque esos problemas pertenecen al pasado.
- Son Comunidades heterogéneas en las que conviven pagano-cristianos y judeo-cristianos. También lo son socialmente, en la medida que el cristianismo va penetrando en todas las regiones y se incorporan a la Comunidad, personas con buena situación y también muchas familias pobres, gente muy sencilla, tal como era la mayoría de los habitantes del Imperio.
En el libro de los Hechos, la segunda obra de Lucas, encontramos la siguiente descripción: “…y en las casas partían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón”. La Mesa como un espacio sagrado donde confluyen algunos elementos fundamentales para iluminar nuestra manera de ser iglesia: la hospitalidad, la gracia y la misión se dan cita en los modos de constituir la mesa:
Una Hospitalidad Radicalmente Ordinaria, que es justamente el arte de recibir y acoger a las y los demás. Una hospitalidad que trata de conocer al extraño y a la forastera dándoles una bienvenida que nos convierte en prójimos y prójimas para ellos y ellas. Una hospitalidad suficientemente radical que convierte a esas extrañas y forasteros en parte de la familia de Dios. La hospitalidad es fundamentalmente un acto de evangelización misional eficaz y auténtico en sintonía con el poder y la belleza del evangelio que acoge la vida.
Una Gracia Irresistible al estilo de Jesús que, al compartir la mesa con «pecadores», manifestaba una gracia que atraía a marginados y marginadas, escandalizando a religiosos supuestamente puros. Esta tensión entre lo irresistible y lo escandaloso sigue siendo relevante hoy. La verdadera gracia incomoda a quienes basan su identidad en el cumplimiento de reglas, pero transforma vidas a través de la aceptación incondicional de todos y todas que quieran acercarse.
Una Comunidad absolutamente Inclusiva. La mesa de Jesús reunía a personas que por lógica se evitarían: funcionarios del imperio como recaudadores de impuestos y zelotes revoltosos impacientes, fariseos de vestiduras blancas y pescadores o campesinos de pies encallecidos, mujeres, niños y jóvenes de miradas prematuramente endurecidas…Esta diversidad no buscaba minimizar diferencias sino reconciliarlas, en comunidades de Jesús que transforma mientras acepta.
Una Misión Encarnacional. La mesa encarna el ejemplo de Jesús que deja privilegios para servir desde adentro. No ayudamos desde arriba o desde lejos, sino que nos involucramos personalmente en la vida de otros. Nos identificamos, nos hacemos solidarios, practicando una presencia activa en el desarrollo de una misión integral.
¡El desafío que queremos asumir es convertir nuestras mesas en espacios donde el Reino de Dios se manifieste! Un bello y profundo lema bien puede ser: mesas abiertas y corazones desbordantes.
¡Qué impacto si todas nuestras vidas fueran conocidas como lugares donde los extraños encuentran familia, donde la gracia vence al juicio, donde los enemigos pueden reconciliarse, donde el evangelio se encarna en la cotidianeidad!
Jesús se dirige a uno que le había invitado: “Cuando des un banquete llama a los pobres, a los lisiados, a los ciegos. Y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos”. Al oír esto uno de los comensales le dijo: “¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!” (Lc 14.15). ¡Significativa reacción! Si esto puede ocurrir ya en este mundo, si en este mundo puede haber mesas así, en las que se sienten pobres y desamparadas, necesitados y rechazadas, mesa repleta de manjares para los desgraciados de la tierra ¡cómo será la mesa del Reino de los cielos!
Esta es la invitación de transformar cada comida compartida en un momento sagrado, donde el poder transformador del Soplo de Vida de Jesús se hace presente.
¿Aceptamos el desafío de abrir nuestras mesas?
Abrazo fraterno/sororal.
Pastor Américo Jara Reyes
Obispo
