El Espíritu Santo en Juan Wesley

19 May 2021
en Artículos CMEW
El Espíritu Santo en Juan Wesley

En este año 2021, la fiesta de Pentecostés se celebra un día antes de la celebración mundial del metodismo, que se conmemora cada 24 de mayo. En cuanto a las enseñanzas de Juan Wesley sobre el Espíritu Santo existen varias secciones en sus obras. Hemos elegido aquellas que nos parecen claves, aclarando que estas reflexiones son apenas un breve rescate del pensamiento wesleyano sobre el Espíritu Santo.

En contraste con el ceremonialismo, el legalismo, el misticismo, o el intelectualismo, Wesley enfatizó una religión experimentada vitalmente. Él se sintió movido a proclamar el poder del Espíritu Santo para transformar a los seres humanos en nuevas criaturas y colocarlos en el camino hacia una vida de santidad. Basándose en la Escritura, Wesley enseñó que el Espíritu Santo está presente y activo en cada una de las etapas principales de la experiencia cristiana. Una religión que no ha sido experimentada es una religión muerta y sin fruto. Wesley enseñó que la actividad del Espíritu Santo necesita ser identificada en las distintas etapas fundamentales e indispensables de la formación de la vida cristiana. Por ejemplo, Wesley creía que el Espíritu Santo está presente con todos los seres, aun antes de la experiencia denominada conversión. Esta manifestación del Espíritu fue llamada la gracia previniente o que antecede a la conversión. Lo mismo en la llamada gracia justificante. Basándose en la Escritura, Wesley sostuvo que la gracia justificadora y perdonadora de Dios es puesta a nuestra disposición, mediante la acción del Espíritu, ayudándonos a tener fe en el amor perdonador de Dios en Jesucristo, que nos libera de la culpa y temor. Como también en el nuevo nacimiento por la fe y en el proceso de santificación.

Así, vemos que en Wesley el papel del Espíritu en la vida cristiana, comienza en generar la fe y las cualidades del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22), a los que llama “frutos ordinarios.” También afirma que este Espíritu a veces actúa en el entendimiento; abriéndolo, iluminándolo, descubriéndonos lo profundo de Dios; a veces actúa también en la voluntad y en los afectos de la persona, inclinándola al bien, inspirándole buenos pensamientos.

Algo para destacar en Wesley es que el Espíritu es quien nos da a luz espiritualmente. Esta función maternal del Espíritu que nos hace nacer de nuevo, presente en Wesley, aparece en diversos escritos del cristianismo primitivo y se extendió sobre todo en las tradiciones sirias de las iglesias orientales. En las célebres 50 homilías de Macario, atribuidas al teólogo Simeón de Mesopotamia, aparece con fuerza el “ministerio materno del Espíritu Santo” como el Paráclito que consuela a los cristianos como una madre a sus hijos, que los hace nacer de nuevo siendo hijos del Espíritu-Madre. Cuando estas homilías fueron traducidas al alemán en el siglo XVII tuvieron una amplia influencia sobre el pietismo naciente. Tanto en Francke, en el conde Zinzerdorff y los Hermanos moravos, como en Wesley que “estaba fascinado por ‘Macario, el egipcio’”.

Por ello, en muchas ocasiones, Wesley menciona la acción del Espíritu como la de una madre que nos hace nacer y vivir integralmente en la vida de Dios. En el sermón 45 “El nuevo nacimiento”, constantemente recurre a esta idea. También en el sermón 19 “El gran privilegio de los que son nacidos de Dios” (Obras, Tomo I, p.377ss) escribe que:


“El Espíritu o aliento de Dios es inspirado e infundido inmediatamente en el alma renacida y el mismo aliento que viene de Dios retorna a Dios. Y así es como continuamente recibido por la fe, también es continuamente restituido por el amor, por la oración, en la alabanza y en la acción de gracias; pues el amor, la alabanza y la oración son el aliento de cada alma que ha nacido verdaderamente de Dios. Y en este nuevo tipo de respiración espiritual, la vida espiritual no sólo se mantiene, sino que crece día tras día ’en’ la oblación de nuestros pensamientos y corazones, de nuestras palabras y labios, de las obras de nuestras manos, de todo nuestro cuerpo, alma y espíritu para ser un sacrificio santo y aceptable a Dios en Cristo Jesús”.


Ahora bien, aunque el rol del Espíritu aparece en Wesley claramente en el nuevo nacimiento, sabemos que el “centro explícito de la preocupación ministerial y el pensamiento doctrinal de Wesley lo constituye la santificación. La gran pregunta que conmueve toda la vida de Wesley :’¡Qué demanda Dios de mí?’”. De ahí que se interese menos que Lutero por la justificación permanente del pecador y más que él por el proceso de renovación ético-religiosa. Esto lo vemos en su comprensión acerca de la santificación y cómo opera el Espíritu Santo en este proceso. El Espíritu además de justificarnos nos introduce en la santificación que posee fundamentalmente dimensiones comunitarias o sociales y no solo individuales o privadas, o como el diferenciaba en santificación personal y social. Aquí hay un gran aporte de Wesley que remarca mucho más al Espíritu como edificador de la comunidad de fe que como dador de dones extraordinarios a individuos. A estos dones los juzga siempre en relación a la medida en que contribuyen al cuerpo de Cristo para vivir en confianza a Dios y en amor unos a otros, y como complemento de los ordinarios – los medios de gracia: las Escrituras, la comunidad y la tradición de la iglesia, el bautismo, la comunión, la predicación, la animación, el servicio, etc.

Recordemos que en sus objeciones a cierto misticismo de su época y reconociendo la dimensión personal de la fe, no obstante, Wesley sostuvo que el evangelio no reconoce ninguna religión que no sea social, ninguna otra santidad que no sea la social. En el sermón nº24 “Sobre el sermón de nuestro Señor en la montaña (IV discurso, Obras, Tomo II, p.81ss) explica:


“Primeramente trataré de demostrar que el cristianismo es una religión esencialmente social y que tratar de hacerla solitaria es destruirla. Con la palabra cristianismo quiero decir: ese método de adorar a Dios que Jesucristo reveló al hombre. Cuando digo que esta es una religión esencialmente social, quiero decir no sólo que no puede florecer, sino que de ninguna manera puede existir sin la sociedad, sin vivir y mezclarse con los hombres.”


En este marco se entiende su afirmación “El mundo es mi parroquia”, o aquella que expresaba el para qué de la obra que Dios estaba haciendo en su tiempo, no para formar una nueva secta, sino para reformar a la nación, particularmente a la iglesia, y para divulgar la santidad de las escrituras sobre la tierra.

En el mismo sermón nº24, y ante cierto espiritualismo responde con una interpretación pneumatológica:


“Respondo: ‘Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren’. Cierto, y eso basta. Debemos emplear en ello todas las facultades de nuestra mente. Pero yo preguntaría: ¿Qué cosa es adorar a Dios, en Espíritu, en espíritu y en verdad? Es adorarle en nuestro espíritu; adorarle como sólo los espíritus pueden adorar. …Por consiguiente, uno de los modos de adorar a Dios en espíritu y en verdad es guardar sus mandamientos exteriores. Es glorificarle, pues, en nuestros cuerpos, lo mismo que en nuestras almas. Desempeñar nuestras obras externas con nuestros corazones levantados hacia él. Hacer de nuestras ocupaciones diarias un sacrificio a Dios. Comprar y vender, comer y beber para su gloria. Esto es adorar en espíritu y en verdad tanto como hacerle nuestras oraciones en el desierto.”.


Esta mutua relación e integridad de las tensiones cuerpo-espíritu, creyente-iglesia, iglesia-mundo rompe con los dualismos que el cristianismo arrastraba y arrastra en parte de la influencia helénica. Y muestra el carácter integral de la fe cristiana para Wesley, al remarcar los aspectos corporales y sociales de la misma y de la pneumatología implícita en ella.

(Continúa la semana próxima)


Pablo Oviedo para CMEW



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