Cómo administramos el regalo de la vida

26 Jun 2019
en CMEW
Cómo administramos el regalo de la vida

Uno de los principios de nuestra fe es que Dios es el creador de todo, autor de la vida y el principio y el fin. Estas afirmaciones fundamentales nos ponen frente a unas preguntas: ¿Cuál es mi relación con la vida? ¿Es un regalo? ¿Es un préstamo? ¿Es una posibilidad de ejercicio comprometido con algo que no nos pertenece?

Este punto de partida da lugar a una cadena de asuntos en los cuales nos vemos decidiendo, consciente o inconscientemente, muy a menudo. Cuando hablamos acerca de la vida y qué hacer con ella, hablamos también del tiempo, de los bienes, de las capacidades y hasta de las actitudes con que enfrentamos a diario las decisiones que tomamos.

Juan Wesley en dos sermones aborda de manera amplia y detallada estos asuntos y como es su estilo, no lo hará desde especulaciones teóricas, sino desde cuestiones prácticas que forman parte de nuestro día a día.

El sermón Nº 50 “El uso del dinero” y el Nº 51 “El buen mayordomo” son los textos que hemos seleccionado para acercarnos al conocimiento que Wesley nos ofrece sobre el arte de administrar nuestras vidas. Porque, al fin y al cabo, la vida cristiana se trata de esto: cómo buscar y aplicar la voluntad de Dios en nuestros actos, pensamientos y prioridades. Este es el terreno en el que Juan Wesley prefiere siempre analizar los temas de la fe.

“Ya no soy y quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí.” (Gal 2:20 DHH). Esta afirmación del apóstol Pablo se erige como estandarte y telón de fondo de todo cuanto Wesley dirá acerca de las cuestiones que nos hemos propuesto tratar. Este principio paulino es el que le permite al fundador del metodismo distinguir entre “deudor” y “mayordomo” y de esta manera, establecer el punto de partida con el que hemos de comprender la vida y cómo vivirla.

“Aunque un deudor está en la obligación de retornar todo lo que ha recibido, tiene la libertad de usarlo como le plazca, hasta que llegue el día de pagar. Con el mayordomo no sucede lo mismo: no está en la libertad de usar como le plazca lo que se le ha puesto en las manos, sino de acuerdo a la voluntad de su señor, ya que no es el propietario de ninguna de estas cosas, sino que sencillamente, otro se las ha confiado. Y, le han sido confiadas bajo estas condiciones expresas, que dispondrá de todo como lo ordene su señor.” (Sermón Nº 51, p. 240)

En primer término, tomaremos el Sermón Nº 50 (El uso del dinero). Wesley asume como punto de partida que el debate no es sobre el dinero, sino sobre las conductas de las personas. En sus propias palabras: “’El amor al dinero’, como sabemos, es la ‘raíz de todos los males’, pero no el dinero en sí mismo. La culpa no recae en el dinero, sino en quienes lo usan.” (p.223). Por lo tanto, son las personas y no el dinero el tema del debate ético que forma parte de la cuestión de la mayordomía.

El segundo punto de partida que Wesley señala claramente sobre el uso del dinero, tiene que ver con su finalidad y la dirección correcta es el amor al prójimo:

“Pero en el presente estado de la humanidad, el dinero es un obsequio excelente de Dios para satisfacer los fines más nobles. En las manos de sus hijos, representa comida para el hambriento, agua para el sediento y vestidura para el desnudo. Provee dónde reclinar la cabeza al viajero y al extranjero. Por él podemos ofrecer a una viuda sustento como el de un esposo, o apoyo como de un padre a quien no lo tiene. Podemos ser defensa al oprimido, un medio de salud al enfermo o alivio a quien sufre dolor. El dinero puede ser ojos al ciego o pies al cojo. Sí, puede alzar de las puertas de la muerte”. (p. 224)


Segunda entrega

En el sermón “El uso del dinero” (Sermón Nº 50), Juan Wesley establece tres principios: gana todo lo que puedas, ahorra todo lo que puedas y da todo lo que puedas. Al final de sus días, Wesley revisará estas premisas, no sin amargura, descubriendo que las dos primeras fueron realizadas en muchos metodistas, en detrimento de la tercera.

Repasaremos a continuación estas “tres reglas sencillas”, como las denomina el fundador del movimiento metodista.

Gana todo lo que puedas
Tal como fue explicado en el artículo sobre la escasez de alimentos, Wesley no hace una invitación indiscriminada a la obtención y acumulación de riquezas, por el contrario, como advirtiendo las conductas que alentaba el capitalismo naciente, propone criterios que limitan esta primera regla. Ganar todo lo que se pueda es una máxima que sólo puede desarrollarse teniendo presente que no se hará a costa de atentar contra la propia vida y la salud y sin perjudicar al prójimo (ver p.p. 226-230).

Ahorra todo lo que puedas
Nuevamente el sermón advierte sobre los riesgos de ciertas banderas que se levantaban en nombre del progreso económico. Wesley recuerda lo elemental acerca de la propiedad:

“cuando el dueño del cielo y la tierra te creó y te puso en este mundo, no te instaló como propietario, sino como mayordomo (…) el sentido de propiedad de todo continúa residiendo en él, y no es posible usurpárselo jamás.” (p. 234).

Es decir que no es posible en nombre del “ahorra todo lo que puedas” justificar la propiedad privada y la acumulación desmesurada. Esta regla es puesta en el marco de los límites que establecen los dos primeros mandamientos: amar a Dios (todo es propiedad de Dios), amar al prójimo (es el límite de la acumulación), como a uno mismo (no seremos sacrificados por la acumulación desenfrenada).

Da todo lo que puedas
Al llegar a esta última regla el sermón deja en claro que no es posible destacar las dos primeras en detrimento de la tercera:

“Pero nadie debe imaginar que ha hecho algo con llegar a este punto, con ganar y ahorrar todo lo que pueda y detenerse ahí. Todo esto no representa nada, si no se sigue adelante, sino se lleva todo hasta un fin ulterior.” (p.233).

¿Cuál es ese “fin ulterior”? Disponer de los bienes y posibilidades sabiendo que todo viene de Dios y le pertenece. Nuevamente Wesley reitera nuestra condición de mayordomos, ni deudores, ni inquilinos y mucho menos ¡dueños!

“Le das a Dios las cosas que son de Dios, no sólo en lo que le das a los pobres, sino también cuando gastas en lo que necesitas para ti y para quienes viven bajo tu techo.” (p.235)

El sermón culmina con una gran exhortación que resume toda su sabiduría:

“¡No más pereza! Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas. ¡No más desperdicio! Dejemos de gastar en lo que demandan la moda, los caprichos, la carne y la sangre. ¡No más ambición! Usemos, más bien, lo que Dios nos ha confiado para hacer lo bueno, todo el bien posible, en todas las formas e intensidades posibles. Hagamos el bien a nuestra familia de la fe y a toda la humanidad.” (p.237)

Por último, es posible que a esta altura de nuestra lectura nos estemos preguntando por el diezmo. Juan Wesley, como adelantándose a nuestras cavilaciones, afirma en este memorable sermón: “Da a Dios, no el diez por ciento, ni la tercera parte, ni la mitad, sino todo lo que es de Dios.” (p. 236)

En otra ocasión, hablaremos más extensamente sobre la práctica del diezmo.


Tercera entrega

En esta serie de presentaciones nos hemos propuesto echar una mirada al modo en que Wesley comprende la mayordomía cristiana. Para ello, nos apoyamos en dos sermones: El Uso del Dinero (Nº50) y El Buen Mayordomo (Nº51).

En las dos entregas anteriores tuvimos oportunidad de acercarnos, particularmente, a la mayordomía a partir del uso del dinero (Sermón Nº50). Ahora iniciamos un par de presentaciones sobre la mayordomía en general, en esta mirada que denominamos la administración del regalo de la vida.

Este sermón (Nº51) se aparta un poco de ese estilo característico en Juan Wesley que toma las Escrituras y las vincula concretamente con nuestra vida cotidiana. Sin traicionar ese sello wesleyano, se adentra en asuntos de carácter un tanto especulativos, como en una visión al estilo de Juan en el Apocalipsis, aunque carente de las notas espectaculares del último libro de La Biblia.

Se nota en este texto una introspección del autor. Una búsqueda interior, siempre en torno al por qué y al para qué, ya que no hay especulaciones en Wesley que no tengan que ver con la vida concreta del día a día. ¿A qué se deberá este cambio? En este punto, sólo podemos arriesgar algunas ideas a partir de datos muy sugestivos. Haremos un repaso de esos datos.

Wesley escribe este sermón en Edimburgo (Escocia) en 1768. ¿Qué sucede en su vida en ese momento? Es un hombre a punto de cumplir 65 años, muy por encima de la expectativa de vida general en la Gran Bretaña del siglo XVIII y se encuentra en una ciudad atestada de gente, con peligrosos niveles de contaminación y sitiada por enfermedades como el tifus y el cólera, debido a la inexistencia de una política de control de los desechos domiciliarios: sí, como en la Edad Media, todavía utilizaban el grito de “¡Agua va!” cuando se arrojaban orines y excrementos a la calle. La gente de Edimburgo apenas podía imaginar vivir más allá de los 38 años de edad.

¿Influyó ese contexto en el ánimo y la sensibilidad de Wesley al escribir este mensaje? No lo sabemos con certeza, pero resulta legítimo intentar el ejercicio. El sermón habla sobre la felicidad como propósito de la vida: “Aunque es verdad que al hacer su voluntad, efectivamente aseguramos nuestra propia felicidad, al hacerla es que podemos ser felices, ya en tiempo o en la eternidad.” Resulta interesante pensar en lo que Wesley ve en una Edimburgo llena de miseria, enfermedad y desazón y, mantener firme el propósito del Creador para la humanidad: la felicidad. Reiteramos, esto es un ejercicio de imaginación, pero conociendo la sensibilidad social y humanitaria del fundador del metodismo, es lícito pensar que algo se movió dentro suyo.

El sermón plantea tres aspectos a tener en cuenta: “En qué sentido somos ahora mayordomos”, “cuando él requiera nuestras almas” y “debemos dar cuenta de nuestra mayordomía”. En el desarrollo de estos tres asuntos consiste esta predicación que veremos un poco más en detalle en la próxima entrega.


Cuarta entrega

Culminamos esta serie de entregas sobre la mayordomía en dos sermones de Wesley considerando los tres temas que se desarrollan en el Sermón Nº51 “El Buen Mayordomo”: En qué sentido somos ahora mayordomos, cuando él requiera nuestras almas y debemos dar cuenta de nuestra mayordomía.

¿En qué sentido somos mayordomos? Wesley responde a esta pregunta, comparando la figura del deudor con la del mayordomo. El deudor dispone de lo que debe hasta el momento de devolverlo, en cambio el mayordomo administra siempre lo que no es suyo. Seguramente, las palabras del Rey Salomón estaban presentes en el pensamiento del autor: “Todo es tuyo y de lo recibido de tu mano te damos” (1 Cro. 29:14).

Lo que administramos, como mayordomos no como dueños, son según Wesley cuatro aspectos: El alma, el cuerpo, los bienes y los talentos (capacidades de la persona). En cada caso ofrece una lista detallada de lo que cada aspecto involucra. En el alma se incluye la comprensión, la imaginación, la memoria, la voluntad y los afectos. En todo ello se refleja la imagen la Dios. En el caso del cuerpo la lista menciona los sentidos, el habla, el uso de las manos y los pies y de todos los miembros. Cuando llega el turno de hablar de los bienes se refiere a la comida, la ropa, el lugar donde vivimos y el dinero. Por último, se refiere a los talentos o capacidades personales, tales como la fuerza muscular, la salud, el ser agradables, el hablar bien y la capacidad de aprender. La lista no termina sin mencionar el uso y disposición del tiempo.

El segundo momento del sermón lo dedica al momento en que Dios requiera nuestras almas. Este es el segmento que denominamos especulativo en el cual Wesley dedica unas páginas a preguntarse acerca de los sentidos en el momento en que cuerpo deje de funcionar. Lo mismo sucede con el conocimiento, lo aprendido y la memoria. Concluye Wesley afirmando: “Si bien todo esto, nuestro conocimiento y sentidos, nuestra memoria y comprensión, juntamente con nuestra voluntad, nuestro amor, odio, y todos nuestros afectos permanecen después de que el cuerpo es abandonado, en un respecto ya no son como eran.” En el momento en que Dios nos llama a su presencia, señala el sermón, “Los días de nuestra mayordomía han terminado.”.

La última sección del sermón “El Buen Mayordomo” se refiere al modo en que daremos cuenta de nuestra mayordomía. Cuatro preguntas imagina Wesley que Dios nos formulará. “¿Cómo utilizaste tu alma?”, “¿Cómo utilizaste tu cuerpo?”, “¿Cómo empleaste los bienes que te confié?” y “¿Has sido un mayordomo sabio y fiel con los talentos de la naturaleza que te he prestado?”.

La conclusión se reserva tres sentencias, ¡tan vigentes hoy!, que podrían ser una excelente herramienta para una frecuente revisión de nuestras vidas:

“De estas llanas consideraciones, podemos aprender, primero, ¡lo importante que es este corto e incierto día de vida! ¡Qué precioso, por sobre toda expresión, por sobre toda concepción, es cada momento de él! (…)Segundo, de aquí aprendemos que no hay trabajo en nuestro tiempo, ni acción o conversación que sea puramente indiferente. (…) aprendemos , tercero, que no hay obras de supererogación, que nunca podemos hacer más de lo que es nuestra obligación.”

 

Claudio Pose para CMEW

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