A 50 años del golpe de estado
Las siguientes frases que mencionaremos más abajo, corresponden a una conferencia pública que diera José Míguez Bonino en la ciudad de Córdoba, en la sede del Sindicato de Luz y Fuerza – uno de los sindicatos más combativos del país en los años ’60 y ’70, liderado por el gran líder sindical Agustín Tosco-.
Es mencionada por el Obispo Pagura en la carta que escribe ante la partida de José, el 30 de junio de 2012. No sabemos a ciencia cierta la fecha, pero según el Obispo Pagura –que recuerda siempre esta “revolucionaria conferencia” según sus palabras – fue en los primeros años de la década del ´70, poco tiempo antes de la última dictadura militar, ya que el mismo afirma haberla repartido en forma de folleto, “entusiastamente hasta en los peligrosos tiempos de la dictadura.” (En C. Sintado – M. Q. Perez, “Federico Pagura: Alborada de esperanza, vida y testimonio de un profeta latinoamericano” Ed CLAI, Quito, p. 368.)
Y efectivamente la misma se imprimió y publicó por Methopress-editorial de la IEMA (Iglesia Evangélica Metodista Argentina) en esa época- en forma de folleto de presentación de la IEMA y para la formación de sus miembros. Y también es mencionada por el Pastor Carlos Sintado en el prólogo del libro “Militancia política y Ética Cristiana” que el mismo traduce al español para la edición 2013 de La Aurora. (En J. Miguez Bonino, “Militancia política y Ética Cristiana”, Ed Aurora, Bs As, 2013. p. 8.)
Recuerdo al Obispo Pagura cuando nos visitó en Córdoba en el año 2013,- en festejo de sus 90 años, siendo declarado visitante ilustre de la ciudad- que no paraba de hablar de esta conferencia y de lo que había significado para José, para él y para la IEMA, en esa época tan particular del país. Compartimos desde el CMEW algunas porciones destacadas de esa conferencia, porque en la misma se presenta a la IEMA de manera clara y sencilla.
Y porque se articula una visión de cómo las iglesias deben relacionarse con el pueblo, las opciones evangelizadoras, sociales, políticas y los reclamos populares desde el evangelio liberador de Jesús, -desafío que siempre debemos responder en cada generación-. A manera de gratitud por los dones y aportes de nuestro maestro José Míguez Bonino, compartimos este texto, que no solo tiene un valor histórico sino fundamentalmente teológico, ya que está en la misma línea de la frase del obispo cordobés Angelelli “con un oído en el evangelio y con otro en el pueblo”. Eso muestra que ese era y nos puede seguir echando luz como Iglesia, en nuestro tiempo y en nuestra responsabilidad actual. En tiempos de disputa cultural por la memoria, verdad y justicia, a 50 años del golpe cívico-militar que nos llevó a la más oscura dictadura de nuestra historia como país; hacemos memoria – volver a traer al corazón- de nuestros hermano/as cristianos y no cristianos detenidos, desaparecidos, torturados y exiliados que se jugaron por la vida y los derechos humanos. Hacemos memoria para renovar nuestra esperanza en el reino de Dios y encarnar la fe y el seguimiento de Jesucristo en estos tiempos sombríos.
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JOSE MIGUEZ BONINO, NUESTRA FE Y NUESTRO TIEMPO: La Iglesia Evangélica Metodista Argentina y su responsabilidad en la hora actual. Conferencia en Salón Luz y Fuerza. Ciudad de Córdoba.
“Al realizar una reunión pública en este lugar, la Iglesia Evangélica Metodista Argentina asume, sin duda, una grave responsabilidad (que, lamentablemente para mí…y para ustedes, se me trasmite a mí en alguna medida). No podemos pretender que éste es un lugar neutro. En realidad, no existen tales lugares. ¡No es lo mismo tener una reunión en el local de Luz y Fuerza de Córdoba que en el de la Sociedad Rural Argentina! Haciendo abstracción de distinciones importantes- pero secundarias para nosotros en este momento –debemos tomar conciencia de que nuestra Iglesia ha considerado conveniente tener esta reunión pública en este lugar que representa (con otros , sin duda) la voluntad del pueblo obrero argentino de asumir la responsabilidad en la historia del país, de transformar esta sociedad, de crear una nueva forma de trabajo, de relación humana, una nueva forma de vida en que la explotación y la injusticia sean eliminadas. Inevitablemente, al reunirnos aquí estamos diciendo “Sí” a esa lucha. Pero al mismo tiempo es necesario que tengamos todos clara conciencia que es una Iglesia la que ocupa esta noche este escenario. Nos presentamos como lo que somos: ni un partido político, ni un frente, ni un grupo de presión. Somos una comunidad religiosa, cuya unidad y mensaje tienen su centro en la persona y enseñanza de Jesucristo. Y es en tal carácter que realizamos este acto.
¿Cómo se ubica, por lo tanto, esta Iglesia Evangélica Metodista Argentina en la realidad de nuestra sociedad? ¿Qué piensa de lo que ocurre en nuestro mundo y en nuestro país? ¿Qué tiene que decir acerca de la lucha y del propósito que este local representa? ¿En qué dirección se propone dirigir sus esfuerzos y hacer pesar su influencia? No podemos engañarnos: la Iglesia Evangélica Metodista Argentina es un grupo pequeño, de recursos limitados, sin mayor acceso al poder. Pero eso no la exime de la responsabilidad de tomar posición. Pues nadie puede pretender ser neutral. Y nuestro pueblo tiene derecho de saber dónde estamos, qué queremos, en qué platillo nos proponemos pesar…aunque sea el peso de una pluma….”
La Iglesia y el pueblo
«La Iglesia es una sociedad religiosa y no tiene que meterse en política.» Esta frase es para muchos una especie de dogma incontrovertible…sin advertir que, mientras la pronuncian, suelen estar metidos en política hasta las orejas…y normalmente en política reaccionaria e inhumana. Pero es el dogma mismo el que tiene que ser desafiado: es, por supuesto, exacto, que el centro del mensaje y de la acción de la Iglesia no es una doctrina política, sino la persona de Jesucristo. como lo dice la Constitución de nuestra Iglesia: «Todo miembro debe considerarse siervo de Jesucristo en su comunidad local y en el mundo.» ¿Pero quién es Jesucristo? No un fantasma, ni una sombra, ni el resultado de una especulación, sino un hombre que vivió sobre esta Tierra, que enseñó determinadas cosas, que cumplió una misión, que fue muerto en una cruz.
El centro y medida de nuestra fe es alguien que definió su mensaje así:
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para dar buenas noticias
a los pobres, me ha mandado para sanar a los afligidos de corazón,
para anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos,
para poner en libertad a los maltratados,
para anunciar el tiempo de la liberación del Señor (Lucas 4: 18-19)
El centro y medida de nuestra fe es el que dijo:
Felices los pobres, pues el reino de Dios
pertenece a ustedes,
felices los que ahora tienen hambre, pues van a ser satisfechos;
felices ustedes los que ahora lloran, pues
después van a reír.
Pero pobres de ustedes, los ricos, porque ya
han tenido su alegría;
pobre de ustedes los que ahora están
satisfechos, pues van a tener hambre.
(Lucas 6: 20-26)
El centro y la medida de nuestra fe es Aquél cuyo advenimiento fue saludado con un himno:
Porque ha hecho obras poderosas:
venció a los de corazón orgulloso,
a los poderosos arrojó de su trono
y levantó a los pobres;
a los que tenían hambre los colmó de bienes
y a los ricos los despidió con las manos vacías.
(Lucas 1: 46-56)
El centro y la medida de nuestra fe hizo claro de qué lado se encuentra en las divisiones entre los hombres- con los que tienen hambre, sed, con los despojados, los huérfanos, los enfermos, los presos. Y añade: «el que no sirve a estos mis hermanos pequeños, ni a mí me sirve» (Mateo 25:31)
Los pasajes podrían multiplicarse. La conclusión ha sido expresada inequívocamente por Carlos Barth:
“Dios se ubica siempre, incondicionada y apasionadamente, de un lado y de uno solo: contra los poderosos y a favor de los humildes, contra los que usufructúan de derechos y poder y a favor de aquellos a quienes se despoja de ellos y se les niegan. “
La consecuencia es clara: Quien no está con aquellos con quienes Cristo está, mal puede estar con Cristo, aunque sea el más «religioso» de los hombres. La Iglesia que no está con aquellos con quienes Cristo está, no está con Cristo…por más templos que levante y ceremonias que realice y palabras piadosas que pronuncie. Sobre este mundo y en esta historia hay una sola manera de estar con Jesucristo – y es estar junto a aquéllos con quienes él se ha colocado para siempre: al lado de los pobres, de los que tienen hambre, de los encarcelados…”
“… Ese es el difícil camino que le corresponde a la Iglesia. Tiene que estar con aquéllos con quienes Jesús está, pero tiene que respetar el límite que Jesús mismo le ha fijado en cuanto continuadora de su mensaje y de su misión. La Iglesia no dirige la historia, no se pone al frente de la revolución, no crea un partido ni se pronuncia por una línea partidaria. En las palabras de un pastor cubano que nos visitara hace poco, ¡tal vez es sólo el «furgón de cola» de la historia! ¿Por qué habría de pretender una función que no le ha sido asignada? La tragedia de la Iglesia ha sido despreciar su lugar y pretender conducir: desde las Cruzadas hasta el papel de la Democracia Cristiana en Chile, la historia está enferma de los intentos cristianos de dirigirla. Lo único que ha logrado ha sido legitimar los poderes de opresión y disfrazar religiosamente las ideologías del opresor.
Eso no significa, sin embargo, que la Iglesia no pueda tomar posiciones claras. Si en verdad está con Jesús, y por lo tanto con aquéllos con quienes él está, no puede menos que tomar posiciones, hacer ciertas opciones ineludibles. ¿Cuáles son esas opciones para nuestra Iglesia hoy en este mundo y en este continente? Nuevamente, ofrezco aquí mi interpretación:
¿Qué opciones?
Estar con Jesús hoy, y por lo tanto con aquéllos con quienes Jesús está, significa tomar una posición clara contra el imperialismo económico y político del capital monopólico y sus instrumentos políticos y militares…
Concretamente, esta opción significa la subordinación de lo económico a lo social- en contraposición con el economismo materialista del capitalismo- la eliminación del lucro como factor económico decisivo, la decisión del trabajador sobre el producto de su creación (y por lo tanto, en una economía compleja como la actual, la eliminación de la apropiación personal privada de los medios de producción), la creación de una administración solidaria de las cosas, la instauración de una relación humana de cooperación en la creación de riqueza y bienestar común en lugar de la competencia individualista…”
¿Y la fe?
Estas son opciones concretas que me gustaría que mi Iglesia hiciera. La tarjeta con la que quisiera que se presentara en este día en nuestro país y continente. Pero es necesario añadir una palabra más, aunque algunos de los compañeros que tal vez me acompañaron hasta aquí puedan considerarla extraña, incongruente o un retroceso. La Iglesia de Jesucristo, desde la lucha del pueblo por un orden nuevo, dentro de esa lucha y a partir de ella, tiene como meta, no solamente una nueva estructura social sino una calidad nueva de vida humana, un hombre nuevo, el verdadero hombre, que nace, se nutre y se perfecciona en el amor y la fe.
Es necesario ser más precisos aún. Jesucristo no es para nosotros sólo el maestro, el líder, el que nos señala el puesto de combate sino nuestra esperanza, nuestra confianza en una transformación del hombre a la medida de la humanidad de Él, del hombre libre, el hombre entregado por amor a sus semejantes, el hombre sin temor que no quiere adueñarse de las cosas sino utilizarlas libremente, el hombre identificado con su obra que encuentra gozo en cumplir su tarea, el hombre que no conoce el prejuicio. Ese hombre es el que tiene su centro y su raíz en el amor de Dios y lo prolonga y hace concreto en el mundo.
Nuestra alienación es más profunda que la del sistema económico: la raíz más honda de negación del prójimo -¿Y qué otra cosa es en el fondo el capitalismo en lo económico que la negación del prójimo para hacerlo cosa?- es ese egoísmo en que nos constituimos nosotros en totalidad, en absoluto. Y ese egoísmo sólo puede ser vencido por una transformación del hombre, de la propia conciencia humana, del centro de nuestro ser. Y eso es lo que los cristianos llamamos una conversión al amor de Dios.
Una Iglesia cristiana no puede cumplir su vocación sin ese llamado constante a la conversión al amor de Dios. Es claro que nuestro llamado resulta hoy sumamente sospechoso a aquéllos precisamente con quienes debemos estar. Por demasiado tiempo hemos llamado a la conversión, instalados en nuestro egoísmo de clase, defendiendo todos los privilegios y apoyando -consciente o inconscientemente- un orden de injusticia. Por demasiado tiempo hemos «tomado en vano el nombre de Dios» para legitimar estructuras de opresión. Nuestra credibilidad es poca. Sólo en la solidaridad de la lucha por una liberación total ganaremos el derecho de insistir en este llamado último y decisivo. Pero no podemos callarlo, porque si lo hiciéramos traicionaríamos precisamente a ese hermano a cuyo lado Jesucristo se ha colocado para siempre, y que sólo alcanzará la plenitud de su vida cuando sepa Quién está junto a él y experimente el gozo de su compañía.
Como Iglesia, lo primero que nos corresponde es la confesión de nuestra infidelidad. Y la conversión al Señor que nos llama desde la lucha de los oprimidos. Si nos convertimos a Él, tendremos que decir a aquéllos en cuya búsqueda y lucha participamos que no reclamamos privilegios. Sabemos que como cristianos no dirigimos ni tenemos poder o sabidurías especiales. Pero, en cuanto seamos fieles, seremos molestos compañeros de camino que no podemos callar el constante llamado a la fe. “
