Un acercamiento al libro del Levítico / Vaikrá

09 Jun 2017
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Un acercamiento al libro del Levítico / Vaikrá

Reflexiones actuales desde el judaísmo y el cristianismo


LA SANTIDAD DEL RITO y NUESTRA SANTIDAD

Por Teólogo Dr. Pablo Andiñach


Parashá Tzav


A partir de este punto el texto se concentra en los sacrificios referidos a los sacerdotes. Pero al estar ubicados como continuación de los sacrificios generales (cap. 1-6), es un indicio de que todo sacrificio es de interés de todo el pueblo y no privativo de los sacerdotes.1

Es probable que la lectura cristiana de estos textos haya quedado atrapada en la polémica del apóstol Pablo con la Ley, lo que incluye su discusión con la institución sacerdotal. Algunos textos del apóstol Pablo resultan muy hostiles a ellos, o quizás sea mejor decir hostiles al concepto de ley que estaba detrás de sus práctica tal como se lo vivía en algunos sectores del judaísmo de su tiempo (cf. Rom 4,13-15; 7,6; 1 Cor 3,3; Gal 5,2 entre otros). Sin embargo los cristianos solemos olvidar que el mismo Pablo dice en la Carta a los Romanos “de manera que la Ley en verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (7:2). También los evangelios han contribuido a este descuido al reflejar la polémica más que los puntos de encuentro entre Jesús de Nazaret y los sacerdotes (cf. Mateo 9,14; 12,1-8; 15,1-9; Marcos 7,19; y otros). Por otro lado, es claro que no solo Jesús y Pablo tuvieron inconvenientes con los ritos y los sacerdotes. La mejor tradición judía expresada en los profetas bíblicos también los tuvieron, como son los casos de Amos cuando dice “rechazo vuestras solemnidades, y no me complazco en vuestras reuniones” (Miqueas – Mija 5:21-27) y de

Miqueas cuando denuncia sobornos recibidos por los sacerdotes (3:11). Sin embargo, en otros textos proféticos expresan una valoración de los ritos y la ley. Así Isaías atribuye al desprecio de “la Torá” (Isaías – Ishaiá-hu 5:23-24) los males y pesares por los que atraviesan.2 En otras palabras, dice que olvidarse de la Ley es lo que hace trastabillar al pueblo de Dios. Lo que se denuncia, en consecuencia, es la Ley mal entendida y pésimamente aplicada.

Pero es posible acercarse a estos textos desde un lugar diferente. Deseamos destacar tres aspectos de los ritos sacrificiales que a nuestro criterio tienen vigencia y valor por lo que nos enseñan a nosotros, habitantes del siglo XXI:

  1. La seriedad al abordar “las cosas de Dios”. La meticulosidad en detallar cada aspecto de los ritos no es un abuso de preciosismo sino una señal del respeto que inspira cada detalle. Nada puede quedar librado al azar porque en cada acto ritual está en juego la relación con Dios y la búsqueda de alcanzar su bendición. Lejos está esto de un superficial ritualismo o de un pensamiento mecanicista que suponga que la bendición depende del correcto acto ritual. Lo que sucede es que la dimensión cósmica en que se desarrolla cada acto hace que el celo por hacerlo bien sea un signo de la profundidad del compromiso. Lo cuidadoso de cada acto busca mostrar gratitud porque Dios nos da esta nueva oportunidad de reencontrarnos con él.
  2. Todo acto ritual supone que el pueblo reconoce la santidad del Dios al que se dirige. Y ese reconocimiento conduce a la búsqueda de la santidad de las personas involucradas. Pero si Dios es siempre fiel, los seres humanos somos frágiles y cambiantes; y por lo tanto los actos de purificación que son dados por la divinidad deben repetirse periódicamente porque la santidad humana nunca es permanente ni comparable a la de Dios.
  3. Hay en todo los detalles de estos ritos un tema de fondo. Y es que el sacerdote que ha sido designado por Dios deviene en una persona con la delicada tarea de conducir el rito. Al hacerlo, oficia ante Dios de vocero de su pueblo y debe llevar ante el altar las preocupaciones, dolores, angustias y alegrías de la gente que lo rodea. A la vez, ante el pueblo representa al Dios creador, ese Señor al que todos elevan sus oraciones porque saben que lo escucha y comprende. De allí que los ritos deben ser muy precisos y detallados. Porque lo que está en juego es la permanencia del vínculo entre el Dios de la vida y el pueblo que clama y espera su bendición.


 



Cf. Armando Levoratti, Levítico, en Comentario Bíblico Latinoamericano, Estella, Verbo Divino, 2005, p. 490.
Cf. Pablo R. Andiñach, El Dios que está, Teología del Antiguo Testamento, Estella, Verbo Divino, 2014, p. 120.

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