Mayordomía, compromiso y desafío

04 Sep 2018
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Mayordomía, compromiso y desafío

Estudios Bíblicos escritos por el pastor Leonardo Félix (presentados en la Asamblea Región Central. 11 y 12 de junio de 2005.)

 

Mayordomía, compromiso y desafío

 

Si el dicho popular es cierto y aplicable en un sinnúmero de casos (la caridad, bien entendida, empieza por casa), lo mismo podríamos decir de temas como la mayordomía, misión, crecimiento y otros.

Por ende, no hay forma de ver lo que Cristo quiere para nosotros, si no asumimos como primer paso metodológico y reflexivo que, “eso” que está escrito en la Palabra de Dios, El lo puso para mi vida.

A lo largo de la Biblia y sus personajes, la alianza de Dios hacia su pueblo, mantiene un marco claramente definido, el de una fidelidad basada en su amor que nunca perece. Obviamente, que no podríamos decir lo mismo de los actores que figuran a lo largo de toda la Biblia. Un pacto que por momentos se sigue con extremado celo y que por otros, parece quedar olvidado y relegado.

Como cualquier tipo de pacto, una alianza necesita de dos partes; ambas darán y recibirán de acuerdo a lo acuerden previamente. Para Dios, este dar y recibir, no es ni representa en ningún momento, una transacción económicamente cuantificable, o depositable en algún banco cercano.

Este tesoro tan peculiar de la “Alianza” de Dios con su pueblo, se mide con parámetros concretos y específicos que, en todos los casos (sin excepción), son elementos que nosotros nos gobernamos ni tampoco creamos: la fe, el amor, la fidelidad, la mayordomía y su misión, la salvación, etc. Todos estos factores son parte de la economía tan particular del Reino que Dios, a través de Cristo su Hijo, instaura entre nosotros.

Cuando hablamos de economía, es imposible no detenernos en las palabras bienes y dinero, empleadores y empleados, ya que nuestra economía cotidiana está representada y gobernada por esos elementos (entre otros). Para Dios estos conceptos están presentes constantemente con una gran diferencia; no son éstos los que determinan la economía del Reino y sus prioridades sino que, todos están en función de Su proyecto para la humanidad: Su Salvación.

 

En base a esto que dijimos, nuestro trabajo como Asamblea Regional será descubrir que es lo quiere Cristo para nosotros en lo particular (como metodistas en la Región Central) desde Su Palabra, y también, ver cómo lo expresaba nuestro “padre fundador”, don Juan Wesley en algunos de sus sermones.

A lo largo de estos últimos cuatro años, la Región Central caminó con seguridad en aquellos lugares donde entendimos que el Señor nos mandaba, elaborando documentos (Caminos de Misión), haciendo la Misión propiamente dicha (bajo el lema: “crecer en todo”), revitalizando y generando obras misioneras en toda la región y descubriendo el “ministerio” y los “ministerios” propios que esas obras misioneras demandan.

Asumir la misión es, entre otras cosas, asumir los costos que ésta tiene para mi vida (en mi tiempo, en mis relaciones, en mi trabajo cotidiano, en mi dinero, en mis afectos…); costos que tenemos que definir, ver y analizar constantemente en función del trabajo que realizamos a diario en Cristo.

Si la fe, tal como la entendemos, es un proceso dinámico, lo mismo será con todo lo que ésta genere: compromiso, esperanza, alegría, responsabilidad, misión, administración, propósitos. Por ende, este tiempo de reflexión conjunta que tenemos por delante, es un dato inevitable de nuestro quehacer teológico cotidiano.

 

Ahora, tenemos algunos fragmentos de distintos sermones de J. Wesley sobre: “ El uso del dinero”, “El buen mayordomo” y “El por qué de la ineficiencia del cristianismo”; escrito este último ya en su vejez (en el 1789), donde se analiza, con pasión y fuerza, nuestra relación con el dinero, su uso y nuestra mayordomía de él y los talentos dados por Dios, pasando finalmente al análisis personal que él hace, sobre el impacto que los cristianos en general, y el metodismo en particular, están teniendo sobre la sociedad de su tiempo y el por qué ese testimonio no es todo lo que tendría que ser, tomando en cuenta el testimonio bíblico y la historia de la Iglesia a lo largo de los siglos.

 

Sermón 50: El uso del dinero.

Lucas 16.9: “Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas”.

 

El amor al dinero, como sabemos, es la raíz de todos los males, pero no el dinero en sí mismo. La culpa no recae en el dinero, sino en quienes lo usan. Puede usarse mal, ¿y qué no? Pero de la misma manera, puede usarse bien. Es aplicable por igual tanto al mejor como al pero de los usos. El dinero presta un servicio incalculable a todas las naciones civilizadas en las transacciones comunes de la vida. Es un instrumento efectivo para compactar transacciones en cualquier negocio, y (si lo usamos de acuerdo a la sabiduría cristiana) hace toda clase de bien…en el presente estado de la humanidad, el dinero es un obsequio excelente de Dios para satisfacer los fines más nobles. En las manos de sus hijos, representa comida para el hambriento, agua para el sediento y vestidura para el desnudo…el dinero puede ser ojos al ciego o pies al cojo. Si, puede alzar de las puertas de la muerte. Por lo tanto, es de alta preocupación que todos los que temen a Dios sepan cómo usar este valioso talento.

 

Sermón 51: El buen mayordomo.

Lucas 16.2: “Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo”.

 

La relación que el ser humano tiene con Dios, la criatura con su creador, se nos presenta en sus oráculos bajo varios calificativos. Se le considera como pecador, criatura, tanto que esta relación es dada al Hijo de Dios e su estado de humillación… Ningún apelativo, sin embargo, concuerda mejor con el estado presente del humano que el de mayordomo. Nuestro Señor bendito frecuentemente le representa así… el mayordomo es un siervo de una clase particular. Este título expresa exactamente su situación en el mundo presente, especificando la clase de siervo que es para Dios y qué clase de servicio espera su Señor de él.

Sean mayordomos buenos y fieles de Dios y de los pobres, diferenciándose de ellos sólo en estos dos aspectos, que tienen todas sus necesidades satisfechas con la parte que les ha tocado de los bienes del Señor, y que además tienen la bendición de dar.

 

 

Sermón 122: “El por qué de la ineficiencia del cristianismo”

Jeremías 8.22: “No hay bálsamo en Galaad?, ¿no hay allí médico?, ¿por qué, pues, no hubo medicina para la hija de mi pueblo?

 

…quisiera preguntar con toda seriedad: ¿por qué el cristianismo ha hecho tan poco bien al mundo?, ¿no es acaso el bálsamo, el instrumento que el gran médico ha dado a la humanidad para restablecer su salud espiritual?, ¿por qué entonces, no logra curarse?…hagan una investigación objetiva, no sólo en las zonas rurales sino en las distintas ciudades. ¡Qué poco saben lo que el cristianismo significa!, ¡qué pequeño el número de los que tienen alguna noción acerca de la analogía de la fe!, …muy pocos saben que todas las verdades contenidas en las Escrituras están conectadas y relacionadas entre sí: a saber, la naturaleza corrupta del ser humano, la justificación por fe, el nacer de nuevo y la santificación interior y exterior… Hablemos de algo más cercano a nosotros, ¿por qué un grupo consustanciado con la doctrina y la disciplina cristianas, no llega a ser cabalmente cristiano?…¿por qué no hay entre nosotros ese sentir que hubo en Cristo Jesús?, ¿cuántos tienen en cuenta palabras tan profundas como “no hagan tesoros en la tierra”[1]?

Con respecto a las tres reglas que figuran bajo este título en el sermón acerca de “el mamón de la injusticia”[2], seguramente encontrarán muchos que cumplen con la primera regla, a saber, “ganen todo lo que puedan”. Sólo encontrarán unos pocos que observan la segunda: “ahorren todo lo que puedan”. Pero díganme cuántos han conocido que observen la tercera: “Den todo lo que puedan”[3]…es clarísimo que todos aquellos que, cumpliendo con las dos primeras reglas, y no llegan a cumplir con la tercera, estarán mucho más cerca que antes de ser hijos del infierno.

Ruego a Dios que me permita alertar a aquellos que ganan y ahorran todo cuanto pueden. Son fundamentalmente estas personas quienes continuamente ofenden el Santo Espíritu de Dios, y son responsables en gran medida de que su gracia no descienda en nuestras asambleas. Muchos hermanos nuestros, amados de Dios, no tiene comida, no tienen vestido con qué cubrirse…¿por qué sufren tanto?. Porque ustedes despiadadamente, injusta y cruelmente, retienen lo que nuestro Señor, el Señor de ellos y de ustedes, ha puesto en sus manos para que ustedes atiendan las necesidades de ellos.

Sin embargo, no hablaré acerca de lo que debemos dar a Dios, o de dejar la mitad de nuestra fortuna. Alguno de ustedes podría pensar que es un precio demasiado alto para pagar por el cielo. Me conformaré con bastante menos. Creo que hay unos cuantos de ustedes que podrían dar cien libras, quizás algunos podrían dar mil, y aun así dejar a sus hijos lo suficiente para que ellos puedan trabajar por su propia salvación… la razón por la cual hay tantos enfermos, y débiles de cuerpo y alma entre ustedes, es porque estamos desatendiendo esta área. Hay muchos que continúan ofendiendo al Espíritu Santo al preferir la moda humana a los mandamientos de Dios. Y muchas veces me pregunto si nosotros como predicadores no seremos en alguna medida coparticipes en su pecado. Pero volvamos a la pregunta principal: ¿por qué el cristianismo ha sido de tan poca bendición aún entre nosotros, los metodistas, que escuchamos y recibimos toda la doctrina cristiana además de los puntos esenciales de la disciplina cristiana?. Fundamentalmente porque hemos olvidado, …aquellas palabras de nuestro Señor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”[4]. Hace ya varios años un hombre santo comentó: “nunca antes existió una comunidad dentro de la iglesia cristiana que teniendo tan poca capacidad de renunciamiento, experimentara con tanta fuerza el poder de Dios”. Por cierto, la obra de Dios continúa en forma sorprendente, a pesar de este defecto capital, pero no lo hace con la misma intensidad que lo haría en otras circunstancias. La palabra de Dios no puede tener un impacto total a menos que aquellos que la escuchan se nieguen a si mismos y tomen cada día su cruz.

Pongo a Dios, que conoce mi corazón, por testigo de que no aconsejo a otros más que lo que yo mismo practico. Puedo afirmar, y bendigo a Dios por ello, que gano, ahorrro y comparto todo cuanto puedo. Y confío en que continuaré haciéndolo, por gracia de Dios, mientras su aliento de vida esté en mí.

 

Meditando y actuando en Su Palabra

 

Ahora, los invito a que pasemos a los textos bíblicos. Aquellos que tendrán la función de interpelarnos en nuestras acciones y discursos, y al mismo tiempo, orientarnos hacia una práctica misionera y evangelizadora.

 

Los primeros pasos; un Dios que hace alianza y una familia que acepta.

 

Génesis 12.1-9. En este relato fundamental y fundante para el pueblo de Israel, así como para nosotros hoy en día, la historia del “patriarca” (junto con Isaac y Jacob) y su seguimiento es importante tener en cuenta que el capítulo anterior del Gen, trata un tema de ruptura evidente entre Dios y la humanidad, “la Torre de Babel”.

Este capítulo de Génesis vuelve a introducir a Dios como generador permanente de un nuevo pacto de amor entre El y su Pueblo, más precisamente con el Clan familiar de Abram. Este texto merece especial atención para ver con detenimiento qué cosas nos pide Dios cada vez que decimos: “somos Su Pueblo”.

 

Algunas preguntas para guiarnos en el análisis del texto.

 

  1. ¿Qué cosas les pide Dios a Abram y su grupo que dejen?
  2. ¿Qué es lo que Dios ofrece a cambio frente a tal pedido?
  3. ¿Cuántas cosas pone Abram en “juego” frente a la oferta que Dios le hace?
  4. ¿Qué entiende Ud. cotidianamente por oferta?
  5. ¿Cuál es el horizonte (geográfico) que Abram y su grupo tienen al plantar la tienda? (ver especialmente el vers.8)

 

Si tuviésemos que preponderar cuatro elementos de este texto, (posiblemente los mismos hayan salido en los grupos) estos serían:

 

  1. Dios exige una fidelidad completa, porque su pacto lo abarca todo. Al igual que en un embarazo nadie diría que una mujer está medio embarazada, así de totalizadora es la Palabra de Dios; no hay lugar donde uno pueda preguntarse a qué se refiere el proyecto de “seguimiento” a Dios. La visión como cristianos de este proyecto que tenemos es, indudablemente, a través de su Hijo. Dios da todo lo que tiene en la alianza con la humanidad.
  2. Dios te da seguridad en los riesgos que asumas. A Abram sólo le basta la promesa de bendición de dios en su vida y en la de su descendencia para ponerse en marcha. Al mismo tiempo la Palabra divina también le sirve de protección, “a los que te maldijeren, maldeciré…” la misión (el salir y estar en marcha continua) implica correr riesgos, aventura, abrirse a los cambios; es necesario que yo evalúe esta mayordomía de “mis tiempos”. Sin los uso para el proyecto de Dios, entonces la pregunta es: ¿en qué lo estoy usando?
  3. No hay límites para aceptar la alianza con Dios. En una edad donde muchos dejaríamos ya de pensar en nuestros futuros planes (¡75 años!), Abram cree, acepta y marcha en la propuesta divina.
  4. El horizonte lo marca Dios mismo. Cuando finalmente uno acepta ser parte de la alianza que Dios propone, nuestro horizonte estará marcado por su morada (Bet-el, literalmente en Hebreo, casa de Dios), y por la vida (en Hebreo, Hai) que él nos proporciona. Seguir a Dios en la alianza propuesta no es seguir hasta dónde yo quiero o se me ocurra, sino saberse entregado por completo en las manos de quien dirige el curso de todo lo creado.

 

Lo inevitable y esperable: Ensancharás tu tienda.

 

Isaías 54.1-10. En el extenso libro del profeta, este capítulo en particular nos habla de la situación de destierro del pueblo. Un pueblo llevado a la fuerza hacía otras tierras (Babilonia), recibe de parte de Dios la esperanza y las palabras de seguridad que ellos necesitan. En esta bella alegoría entre Sión (como esposa) y Dios (como esposo), la promesa está basada en los hijos/as, hijos/as que volverá a tener la que ahora es estéril. Hagámonos las siguientes preguntas para guiarnos en el análisis del texto.

 

  1. ¿por qué supone usted que los hijos son siempre sinónimo de bendición?
  2. ¿cuál es la cantidad de gente que el texto supone sobre la descendencia?
  3. ¿Con qué elemento acompaña Dios la bendición de los muchos hijos? Dicho de otra manera, qué más hay que hacer para que ellos estén y permanezcan con el pueblo de Dios?
  4. Tomando en cuenta los versículos 6 y 7¿Ha sentido usted alguna vez en su vida esta ausencia de Dios?, si es así… ¿de qué manera siente que Dios lo recuperó para su obra?.

 

Siguiendo la línea del texto podemos decir entonces que:

 

  1. En Dios siempre hay regocijo y alegría. No sólo la abundancia es sinónimo de bendición. Aunque nada podamos ver, a veces, en nuestro presente está la alegría de saber que Dios quiere lo mejor para cada uno de nosotros.
  2. Ensancharemos nuestros horizontes. La realidad no está conformada por lo que vemos solamente. Creer en la promesa a futuro de Dios significa ver con esperanza nuestras propias posibilidades y dones. Por qué no pensar, en definitiva, en una iglesia más grande si damos por sentado que el Señor nos bendecirá en una mayor manera de lo que hasta ahora ha hecho.
  3. Los tiempos de abandono existen. Hay momentos donde nuestra vida de Iglesia queda trabada en una meseta que luego se vuelve peligrosa pendiente, es necesario vencer la inercia inicial y esperar siempre los nuevos planes de Dios. Lo mismo para la iglesia en su conjunto como cuerpo de Cristo, y como institución. Permanecer mucho tiempo en la meseta, solo nos conduce, a la larga, a su pendiente.
  4. Y los de abundancia también. Para que esto sea posible, debe haber una permanente “mayordomía” en nuestra vida como sinónimo de fidelidad a Dios; fidelidad que en todos los casos implica frutos a “producir” (en su más amplio sentido y de forma integral).

 

Un nuevo giro. Descubrir el valor de lo que Dios nos da.

 

Lucas 16.1-15. Seguramente esta parábola nos ha causado más de una controversia en nuestra vida personal y comunitaria. ¿De qué se trata todo esto?, ¿qué es lo que Jesús aprueba o no?. Descubrir que somos mayordomos de Dios, un alto grado de “distinción” en nuestras vidas, diríamos parafraseando a Wesley es, ante todo, descubrir que no somos dueños de nada en particular pero si administradores de todo lo que disfrutamos y hacemos a diario.

La parábola es la primera parte de un bloque que se cierra con la parábola del rico y Lázaro. En el centro del capítulo la referencia a la ley del Reino de Dios y el divorcio sirven de bisagra entre ambas historias.

Ambas parábolas del cap. 16 en su conjunto, desnudan la trama de nuestro comportamiento frente a los bienes de este mundo y al uso y manejo que hacemos como mayordomos de los mismos.

 

Las preguntas que tenemos para ver el texto son las siguientes.

 

  1. ¿Cuál es la causa por la cual el mayordomo está a punto de perder su puesto?
  2. ¿Por qué razón busca el apoyo de los deudores de su amor?
  3. Si tuviese que caracterizar la acción del mayordomo a lo largo del relato, ¿qué calificativos le pondría? (bueno, malo, astuto, deshonesto)
  4. ¿Cuál es el punto central de discusión de la parábola?

 

Al releer el texto, podríamos concluir algunos puntos más que relevantes para nuestra vida de fe y nuestro papel específico como administradores de lo que Dios nos da.

 

    1. Dios es el único cuentapropista de la historia. No existe posibilidad alguna de creer bíblicamente que, aquellos bienes de los cuales hacemos uso a diario, son nuestros en algún sentido, somos dueños en todo caso, de nuestra decisión permanente de administrarlos a favor de aquellos que más los necesitan.
    2. El mejor antídoto es dar. La parábola muestra que las riquezas de este mundo presente, son sólo una parte de un sistema injusto que oprime a los débiles y a los pobres, por ende, el dar de lo que en este mundo se obtiene como “ganancia”, es lo menos a lo cual estamos llamados permanentemente. El mayor costo ya lo pagó el Señor, por ende, nuestros costos siempre están menguados por su gracia. Y entendemos este como obediencia a Cristo.
    3. En la mayordomía todo circula constantemente. Nuestros dones como administradores de las propiedades de Dios, son dones al servicio de otros, nunca en beneficio exclusivo de nuestra propia persona, por ende la usura y la avaricia son condenadas a lo largo de la Biblia (en Ex.22.25, Lev.25.35-37, Dt.23.19-20), porque niegan, básicamente, que otros puedan aprovechar lo que Dios da en abundancia. En este caso podríamos decir que, negociar con intereses que no son propios (y que son de Dios exclusivamente) es como esconder el talento y no multiplicarlo, negando que otros puedan gozar de los beneficios de dicho don. Nunca debemos dejar de preguntarnos sobre los modos y gestos concretos en que, nuestra vida personal y congregacional, demuestran su generosidad.
    4. La mayordomía es astucia, pero nunca deshonestidad. Ser astutos es reconocer que en todo momento nuestros esfuerzos estarán puestos al servicio del Dios verdadero y no al dios de las riquezas u otros. Ser mayordomos implica ser fieles al pacto que Dios hace con su pueblo y con cada uno de nosotros en particular.

 

Sigue la misión. Siguen los costos

 

Hechos de los Apóstoles 15.4-12. En este capítulo del libro de los Hechos, rico en la cantidad de datos que aporta y en el poderoso testimonio que brinda, se muestra con claridad cómo la comunidad cristiana siempre se ha movido en el ir y venir de sus diferencias personales y grupales; cómo aplicar y entender la misión y el costo que esta implica en nuestra vida, ha sido y es una tarea ineludible a todos los cristianos. Los invitamos a que pueda reflexionar, entonces, sobre la riqueza que el texto propone. Sigamos primero algunas preguntas para orientarnos en la lectura del mismo:

 

  1. ¿De qué se trata la discusión que tanto inquieta a los creyentes en este capítulo?
  2. ¿Cuántos sectores sociales, culturales y/o religiosos identifica en el texto?
  3. ¿Podría contar con sus palabras cuál es el testimonio que el apóstol Pedro nos brinda?
  4. Releyendo con atención el versículo 10, ¿cuáles son los costos que usted asume, hoy en día, en su propia congregación? (en tiempo, dinero, espacios personales).
  5. ¿quién diría usted que marca y define los costos personales y grupales en la Iglesia? ¿y con qué criterios elegimos y priorizamos las tareas dentro de la iglesia?

 

 

Volviendo a Lucas y su prolijo relato en los Hechos, decimos que:

 

  1. Toda comunidad enfrenta siempre diferencias de criterios. Nunca debemos temer por las diferencias que son propias a nuestra manera de ser y entender la realidad. En todo caso, aceptemos estas diferencias como la diversidad que Dios ha puesto en su cuerpo y veamos de qué manera las aplicamos, creativamente y con amor, a la obra que Dios nos encomienda.
  2. Jesús siempre es centro de nuestra fe. Resolver nuestras diferencias y proyectar juntos la obra de la Iglesia, exige un primer paso ineludible: el Señor como soberano de lo que la iglesia necesita para crecer y vivir. Caso contrario, estaremos siempre haciendo nuestros propios proyectos.
  3. La misión como medida de la iglesia. Asumir la misión y sus costos implica siempre entender que nuestras tradiciones, usos y costumbres dentro de la iglesia, están siempre en función de la misión que llevamos a cabo, y no a la inversa. Y que esta misión, implica mayordomía de nuestros talentos, y por ende, nuestro corazón orientado a los negocios del Señor, en todo momento.
  4. La Gracia como única garantía. Es la fe (con el soplo de su Espíritu), la Escritura y el testimonio de los que nos precedieron en la Iglesia, la única posibilidad cierta de saber que, más allá de nosotros mismos y nuestras diferencias, somos pueblo de Dios, con un propósito claro en Cristo: ser sal y luz en medio de las tinieblas. Por eso decimos que, para recibir generosamente, debemos darnos con generosidad (generosidad en nuestro tiempo, talentos particulares, ofrendas y diezmos).

 

 

Leonardo Felix.

Córdoba, junio de 2005.

 

[1] Mateo 6.19

[2] Mamón: término en Griego que sólo aparece en la Biblia en Mat.6.24 y Lc. 16.9.11.13 (transliterado del Arameo) que significa riqueza o beneficio y en Lc. Usada como ganancia deshonesta.

[3] Figura en el sermón 50 (Sobre el uso del dinero).

[4] Lc.9.23; cf. Mat.16.24; Mar.8.34.

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