Los desafíos para el metodismo en América Latina (en tiempos de neoliberalismo)

04 Ago 2022
en Artículos CMEW
Los desafíos para el metodismo en América Latina (en tiempos de neoliberalismo)

El contexto

Desde hace unos cincuenta años, desde los centros de poder económico mundial, se decidió que América Latina no debería seguir por el camino de crecimiento económico y desarrollo, de ampliación de las clases medias e industrialización. Era necesario implementar un plan para redirigir las riquezas. En lugar de beneficiar a la mayoría y lograr un desarrollo equitativo, los “tanques de pensamiento” del nuevo modelo económico denominado neoliberalismo, comenzaron a delinear planes para que esa riqueza se escurriera y acumulara en pocas manos. Los primeros ensayos fueron a través de los golpes de estado que se sumaron en América Latina a partir de 1971.

Todas estas interrupciones democráticas violentas tenían un solo fin: implementar modelos económicos que permitieran un redireccionamiento de recursos y dinero desde las mayorías, hacia las élites latinoamericanas y sus socios internacionales y reprimir la resistencia popular. Ese modelo de golpes de estado se agotó a mediados de los 80. Generaban mucha resistencia y, a la larga, eran rechazados por la población.

El plan se ajustó y ahora el modelo es mucho más sutil.

El poder económico adquirió los principales medios masivos de comunicación del continente, grandes emporios ahora modelan la subjetividad de la población, y de esa manera ya no son necesarios golpes de estado para disciplinar a la población por la fuerza de las armas. La manipulación mediática de las subjetividades, logra ese efecto sin generar resistencia.

De esta manera hoy en todos los países del continente, el poder real, que va más allá de los gobiernos de turno, se encuentra mecanizado mediante tres esferas especializadas: el poder económico-financiero, los medios masivos concentrados y los poderes judiciales. Esta pinza de tres puntas es la que desde hace aproximadamente veinte años viene ejecutando sincrónicamente en el continente un modelo de exclusión, pobreza, desindustrialización, acumulación de riquezas en pocas manos que deteriora cada vez más la calidad de vida de la población. Mientras que los poderes judiciales encarcelan a opositores y la población es engañada por los medios, generando falsas disputas y dividiendo a los pueblos para lograr sus objetivos.

Esta situación es cada vez más cruel, el neoliberalismo o neocolonialismo, está destruyendo las expectativas de vida, de futuro y desarrollo de millones de latinoamericanos/as. Y las posibilidades de resistencia son cada vez, más difíciles de implementar y más estigmatizadas por los medios.

Esta opresión y manipulación sobre las subjetividades opera sobre las conciencias logrando diluir la capacidad de resistencia de las masas. Esta es una de las facetas más peligrosas del neoliberalismo ya que afecta la autoconciencia de los seres humanos, engaña sobre sus opciones y permea más profundo sobre falsas creencias impidiendo la posibilidad de visualizar las reales causas que provocan su postergación.

Una frase recurrente del economista argentino Bernardo Kliksberg nos ayuda a comprender las secuelas de este modelo, dice: “América Latina no es el continente más pobre, pero es el más inequitativo” Un continente rico en recursos naturales, posee casi un cuarenta por ciento de su población por debajo de la línea de la pobreza. ¿Cómo es posible? Este es el resultado de un modelo de acumulación para las elites y el rol activo coadyuvante de los medios hegemónicos y el poder judicial que favorecen esta situación. Ahora bien, a esta frase de Kliksberg, podemos agregarle… pero América Latina es el continente más cristiano ¿Cómo comprender esto?


¿Y la iglesia?

En este punto debemos reconocer que también la religión ha sido cooptada para sumarse a este modelo de nueva opresión post moderna. Ciertos grupos evangélicos han sido los más permeables y funcionales. En América Latina, debido a sus estratos cristianos, el neoliberalismo necesitó de su lenguaje y simbología para penetrar en la población. Efectivamente, este canto de sirena neocolonial ha formateado el perfil teológico de variadas expresiones evangélicas. ¿Cómo? Tal vez uno de los ejemplos más conocidos es el de la teología de la prosperidad, una versión teológica del capitalismo neoliberal, donde el que más “invierte” con dinero, más bendiciones de “dios” obtendrá.

Sin embargo, esta cultura teológica-neoliberal ha logrado impactar no solo en estos fenómenos extravagantes, sino también en expresiones evangélicas históricas con amplia presencia de testimonio en el continente.

El antiecumenismo, por ejemplo, ha penetrado en tradiciones evangélicas que hasta no hace mucho tiempo tenían un diálogo fructífero con otras tradiciones. Esta actitud de retraimiento reaccionario se explica debido a la penetración de corrientes fundamentalistas conservadoras que han ido erosionando las posturas más liberales y progresistas de las iglesias históricas. Ya en 1973 el conocido informe Rockefeller asesoraba y sugería al gobierno de Richard Nixon que, con el objeto de frenar las expresiones más contestatarias y progresistas de las iglesias latinoamericanas, tanto católicas como evangélicas, se debía invertir dinero y programas para fomentar la penetración de teologías individualistas, de salvación personal, con desprecio por lo histórico-social y que alimentaran posturas conservadoras. Sin duda estos programas han sido exitosos y el resultado lo tenemos a la vista. Hoy el campo evangélico se ha transformado en su gran mayoría en una fuerza conservadora tanto teológica como políticamente, que ofrece a los partidos y coaliciones de derecha sus votos a cambio de prebendas y favores, actuando además, como fuerza de choque contra todo intento de cambio progresista en las sociedades latinoamericanas.


El metodismo en América Latina no está exento de estas tentaciones

El metodismo como parte del campo evangélico en América Latina ha sido y es seducido por este modelo. Existen en este momento muchos intentos por parte de sectores conservadores del metodismo norteamericano para financiar proyectos de este tipo. ¡Una gran tentación para iglesias con exiguos presupuestos como son los metodismos latinoamericanos! El inminente quiebre de la Iglesia Metodista Unida de los Estados Unidos, deja liberado a algunos grupos poderosos económicamente, que buscan solventar y cooptar a iglesias metodistas latinoamericanas, con el objeto de convertirlas en fuerzas conservadoras en sus países.

Esto sería un triste final para un metodismo que fue vanguardia en la lucha por las leyes laicas y las libertades individuales a fines del siglo XIX, pionero en el movimiento ecuménico a mediados del siglo xx, creadores junto a otras denominaciones de movimientos como FALJE, y su posterior versión de ULAJE movilizando a las juventudes evangélicas a un profundo compromiso de unir las Buenas Nuevas del Evangelio con las demandas históricas de los pueblos latinoamericanos, la participación en ISAL (Iglesia y Sociedad en América Latina), la lucha contra las dictaduras y la defensa de los Derechos Humanos en los 70s, 80s, etc..

Confiamos que esto no será así y que el metodismo en América Latina, sabrá preservar estos valores. Confiamos que no vamos a vender nuestra primogenitura, o sea, nuestra fidelidad al Evangelio encarnado en la historia de nuestros pueblos, por un plato de lentejas envenenado con monedas del César. Para ello se hace imprescindible revisitar con ojos latinoamericanos los orígenes de nuestro movimiento. Mirar con ojos críticos el ropaje cultural con el cual aquella tradición nos llegó en el siglo 19, luego de atravesar la atmósfera religiosa-cultural presente en los Estados Unidos.

Agradecemos aquellas misiones que hicieron posible nuestra presencia acá, pero hoy más que nunca es necesario que las autonomías declaradas en los años 1930 y 60s terminen de echar raíces para dejar libre la potencia evangélica de un movimiento que cambió una nación y ahora, en nuestro contexto, debe cambiar las nuestras.

Durante este mes iremos profundizando estos temas a través de nuestros posteos, por el momento baste con señalar, a modo de breve punteo, algunos aspectos que merecen ser debatidos para ir vislumbrando un horizonte nuevo y un futuro posible para nuestras iglesias metodistas.


El desafío de una evangelización comunitaria en contexto.

Durante décadas nos ha preocupado y lo sigue haciendo, la cuestión del crecimiento numérico de nuestras iglesias. Y está bien, es una preocupación genuina. El problema ha sido vincular la preocupación por el crecimiento numérico con el concepto de “evangelización” el cual es mucho más amplio y desafiante. Hoy el marketing comercial utiliza la palabra “evangelizar” como método para vender un producto y fidelizar a los clientes. Sin duda, algo mal hemos hecho, si han aprendido esto, de las iglesias que hablamos de “evangelizar”. El modelo de evangelización que nos llegó a través de las misiones era efectivamente un modelo clientelar. Se debía crecer en número para no cerrar la posta misionera. Así se fueron fundiendo los términos: crecimiento y evangelización. Se suma a esto el carácter subjetivista e individualista que se imprimía a la acción evangelística.

La práctica de Wesley fue muy distinta. Su frase “Desparramar las Buenas Nuevas de Salvación y reformar la nación” demuestra su amplio concepto de la tarea que tienen los testigos de las Buenas Nuevas en la sociedad que les toca vivir. Wesley creó lo que hoy podríamos llamar una red comunitaria de evangelización. El espacio encargado de desparramar las Buenas Nuevas, estaba dado, no en un individuo, sino en los espacios comunitarios, como las Sociedades, clases y bandas las que, a modo de red conectiva, nutría a los creyentes en todas sus necesidades y además les daba un horizonte de testimonio. Wesley nunca se preocupó por “crecer”, sí por dar testimonio del amor de Dios en las vidas de las personas. El enorme crecimiento del movimiento metodista fue una consecuencia del trabajo en redes y el testimonio en la sociedad. El crecimiento surge como consecuencia de una misión comprometida, no es un fin en sí mismo. Así lo refleja el libro de los Hechos 2, 46-47 cuando los primeros cristianos vivían el evangelio y como consecuencia de ese testimonio: “El Señor añadía cada día los que iban a ser salvos”. El testimonio va primero, el crecimiento acompaña un buen testimonio. Cuando nos preguntamos por qué no crecemos, deberíamos preguntarnos qué testimonio de las Buenas Nuevas estamos dando.


El desafío de una misión que incomode.

Esto nos lleva a revisar la misión. Uno de los conceptos más peligrosos que ha logrado implantar el neoliberalismo en nuestras sociedades es el de “sentido común”, es decir la aceptación sin critica de lo dado o de lo “políticamente correcto” ya que es aceptado como verdad por muchos. Es la manera de aceptar lo establecido, sin aceptar otras alternativas transgresoras. El concepto ha penetrado en nuestras iglesias y sin duda, aplicarlo a la misión es un contrasentido. Si Wesley se hubiese basado en el “sentido común” jamás hubiera ido a Bristol a predicar al aire libre. Si Jesús hubiese basado su ministerio en el “sentido común” no hubiese salido de la carpintería de José. El evangelio demanda una misión que incomode.


El desafío de una misión de “doble mano”.

Durante el siglo xix el protestantismo usó el término “misión”, desconectado de la tarea de testimonio de las iglesias en sus lugares de origen, lo siguió usando como expresión de una acción especial de expansión misionera (acompañada muchas veces también, hay que decirlo, de expediciones militares colonialistas) para llegar a regiones donde el evangelio no era conocido, estableciendo allí una “misión”. Hoy se hace necesario despojar al concepto de misión de la idea de “ir y llevar”, y cambiarlo por el de “encontrarse y dialogar”. El metodismo latinoamericano debe necesariamente buscar su misión por fuera del sentido común o a veces en contra de ese. La misión en América Latina, tierra conformada por tantas y variadas culturas, debe saber abrir espacios de diálogo, dejar actuar al Espíritu y en muchos casos dejarse evangelizar por los “otros/as” como lo hizo Jesús con la mujer sirofenicia. Y en ese encuentro reivindicar a todos/as lo/as rostros/as y grupos excluidos o subalternos como: los pueblos originarios, las mujeres en su lucha por igualdad de género y contra los femicidios, la creación como casa común maltratada, etc.


El desafío de volver a ser Movimiento.

Si Wesley tuvo algo bien claro, es que nunca quiso ser iglesia institución. Para eso estaba la Iglesia Anglicana, él percibió siempre al metodismo como un movimiento. ¿Quiere decir esto ausencia de organización? Por cierto que no, Wesley era bastante estricto con las formas y la disciplina. Pero tenía muy en claro que toda la organización y estructura debía estar al servicio de y ser funcional para la misión. Las misiones que organizaron el metodismo en América Latina tenían otra visión. Para ellos, la misión consistía en marcar territorio, a través de la construcción de grandes y hermosos templos, de dotar a la misión con una estructura institucional copiada de la Iglesia Metodista Episcopal, que por cierto los procesos de autonomía han tratado de modificar, pero sin duda no fue suficiente.  Esta herencia que por cierto debemos valorar y la cual en algún momento fue necesaria para la visibilidad externa y la organización interna, hoy en muchos casos se ha convertido en una carga. En muchos casos la estructura institucional ahoga a la misión. Se fueron invirtiendo los roles. Y eso necesariamente debe ser revisado. El metodismo latinoamericano del futuro no tan lejano, deberá ser sabio para reorganizarse en su contexto. Transformándose desde una espiritualidad encarnada y una liturgia renovada, que mantenga toda su riqueza histórica pero que apele a las nuevas generaciones. Que pueda construir comunidades de vida abundante en tiempos de descreimiento institucional y de individualismo exacerbado.


El desafío de un ecumenismo amplio.

Grandes iglesias metodistas históricas de nuestro continente están desandando un camino pionero de liderazgo ecuménico para encerrarse en una atmósfera de autoplacer intolerante a lo distinto. Sin duda, esto es parte de este “clima de época” que vivimos, una ola conservadora, intolerante que afecta todos los ámbitos de la vida social, cultural, económica y claro también religiosa de nuestra región.

Lo extraño para el metodismo es que, teniendo una rica historia que señala desde sus orígenes un camino de apertura de mirada y de mente, hoy se pretenda torcer lo evidente con posturas conservadoras y ortodoxas con las que Wesley jamás hubiese acordado. En una amplia cantidad de sermones y tratados, Wesley se refiere al “pensar y dejar pensar” aplicados a diversos aspectos de la vida cristiana. El sermón 39 “El espíritu católico”, el cual bien podría ser traducido como “El espíritu ecuménico” también revela su lucha contra la intolerancia. Esto nos invita a pensar sobre las formas y actitudes que, como personas y como iglesia, adoptamos frente a las diferencias. Debemos reconocer que, a principios de siglo XX, casi todos los metodismos latinoamericanos no tuvieron para nada presente este sermón cuando hicieron de la controversia contra el catolicismo una batalla por las ideas, por la feligresía y por el territorio.

Tampoco lo tienen presente hoy ciertos metodismos que abandonan el ecumenismo y reniegan tanto del pensar, en tanto acción libre y crítica de la razón, como del dejar pensar, en tanto acción de tolerancia ante lo diferente. Sin duda, la tremenda frase de Wesley: “Dios no ha otorgado derecho alguno a ninguno de los humanos a enseñorearse así de la conciencia de sus hermanos”, debería ser una guía que ayude a revisar nuestras afirmaciones, nuestros juicios y prejuicios.


El desafío de hablar claro y fuerte.

La tarea profética de la iglesia ha sido una característica del metodismo. Lo que hoy conocemos como teología pública, para Wesley eran parte de las obras de misericordia, su concepto de buenas nuevas, profundo y radical, lo llevó a luchar contra la “execrable villanía de la esclavitud”, a incursionar en la economía, en la salud, en la medicina y a criticar a los que transformaban estas herramientas dadas por Dios, para bienestar de sus hijos, en materia de lucro personal. El metodismo latinoamericano también supo hablar claro y fuerte en distintos momentos duros de la historia de sus pueblos. En este contexto actual la actitud profética se va disipando. ¿Por qué? ¿Por qué, justo en tiempos con tanta injusticia, inequidad, violencia, hambre, pareciera que volvemos “a cuarteles de invierno”? ¿Por qué nos encerramos en los templos y transformamos la teología pública en teología privada? Tal vez sea por aquello que dijimos antes, ¿hemos puesto la estructura-institucional antes que la misión? ¿Hemos cedido a la tentación de elaborar una misión desde el “sentido común”?

Estos son algunos de los desafíos que enfrentamos como metodistas latinoamericanos, es tiempo para comenzar a trabajar sobre ellos. Las/los invitamos a seguir nuestros posteos del mes de agosto donde se profundizará sobre estos aspectos.


 

Daniel Bruno para CMEW


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