Jesucristo, Señor del tiempo, de la vida y la historia – Carta Pastoral de mayo

01 May 2020
en Episcopado
Jesucristo, Señor del tiempo, de la vida y la historia – Carta Pastoral de mayo

«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado.» Primera carta de Juan 1,1-2. (La Palabra España BLP)


El filósofo griego Epicúreo (341-270 aC) escribía a la Atenas de su tiempo, estas inquietantes y dilemáticas preguntas:

 “¿Está dispuesto Dios a prevenir la maldad, pero no puede?Entonces no es omnipotente.¿Puede hacerlo, pero no está dispuesto?Entonces es malévolo.
¿Es capaz y además está dispuesto?Entonces, ¿de dónde proviene la maldad?
¿No es capaz ni tampoco está dispuesto?Entonces, ¿por qué llamarlo Dios?”

Hoy ante las calamidades de hechura tan humana que conmocionan el presente tiempo, estas preguntas pueden resonar muy inquisitivas y acusatorias contra un Dios aparentemente impasible y benevolente al mismo tiempo, que permite estas desgracias en la vida de sus hijas e hijos, sin intervenir auxiliando ante el mal desatado.

En el evangelio, Jesús se hace uno con nosotros asumiendo nuestras enfermedades y errores, nuestros dolores y nuestras esperanzas, y nos invita a no desembarazarnos de las responsabilidades históricas y concretas, personales y colectivas que debemos asumir.

Porque también podemos ver y escuchar esta coyuntura histórica con otras voces, como la del teólogo y pastor Pablo Oviedo:

“En este tiempo de corona virus resurgen los profetas del fin de los tiempos y de la salvación individualista, que con su prédica (en la gran mayoría de los casos), legitiman la premisa del sistema neoliberal imperial que dice: ‘sálvese quien pueda’ o ‘me salvo solo’ y no en comunidad.”

Lo que deseo destacar entre estas y un sinfín de miradas mencionadas, es que la voz de la Pandemia nos manifiesta lo que siempre ha estado allí: desigualdades y empobrecimiento entre los seres humanos, indiferencia y abuso con la naturaleza. El académico, teólogo y filósofo Enrique Dussel manifestaba en una reciente entrevista en relación a la pandemia:

“Lo que revela la pandemia es que nos estamos suicidando […], el virus nos está diciendo: o cambias o te destruyo. […] Debemos hacer una nueva edad del mundo, con una nueva economía, con una nueva política. Hay que definir la política no como dominación, sino como servicio. No como estado de excepción, sino como un instrumento al servicio de la vida de la humanidad y del planeta”. 

Discernir estos tiempos nos lleva a reafirmar la necesidad imperiosa de un nuevo tiempo y una nueva humanidad. Estamos en un momento crucial de la historia en que lo nuevo no aparece con la claridad deseada. Pero sí es claro el desafío impostergable, de construirnos en nueva humanidad, en nueva civilización, haciendo lugar a esa nueva realidad tan anhelada de vida buena, plena y abundante. La incertidumbre, el temor y las nuevas preguntas deben llevarnos a repensar nuestros modos de vivir en la casa común.

La Palabra de Dios –hecha carne en el crucificado y resucitado- nos anima con señales del Espíritu, en esta coyuntura crítica. Como iglesia estamos en una encrucijada decisiva de edades, en un cambio de época marcado por una crisis civilizatoria. No hay recetas o fórmulas, sino tan solo la presencia renovada del acontecimiento creador y redentor, como ofrecimientos gratuitos que demandan ser hospedados. Somos salvados por gracia, no por las obras, para una nueva creación. Es la irrupción de lo nuevo en la historia, el futuro que tiene ya lugar en este presente: Jesús Señor del tiempo, de la vida y de la historia.

Nos dice también Pablo Oviedo:

“Pareciera que el tiempo no corre, pero sospecho que este tiempo único y de situación límite (kayros) que se nos ha dado para vivir, es una oportunidad no para producir más en términos capitalistas ni para impartir miedo u odio–, sino para resignificar nuestra vida y sus vínculos con uno mismo, con Dios, con los demás, con la creación toda que gime por libertad. Para transformar nuestras subjetividades en dirección al reino de Dios y su justicia. Y para comenzar, desde abajo, a transformar de raíz el sistema mundo que nos deshumaniza. Y que destruye nuestra casa común: la tierra”.

EI mensaje de la buena nueva reaviva los corazones; hay algo en el mundo a punto de cambiar alrededor de Jesús: por donde Él pasa, los enfermos se levantan, los pecadores descubren el perdón de Dios, los enemistados pueden reconciliarse, los atropellados recuperan su dignidad…

En Jesús vivo y resucitado la renovación de la creación toda empieza a convertirse en una realidad concreta y presente. En Jesús, Dios viene a establecer su Señorío en la historia y en nuestra vida, haciendo brotar el amor, la alegría y la paz.

Como iglesias, no podemos ni queremos escapar de la responsabilidad social y espiritual que tenemos en medio de nuestros pueblos y en especial con quienes viven en mayor fragilidad, en este tiempo, que amenaza ser devastador para todas las familias de la tierra. Por ello es que te propongo que oremos juntos:

Jesucristo, Señor del tiempo, de la vida y de la historia, acudimos a ti desde la enfermedad y el sufrimiento de nuestros pueblos. En tu palabra de vida encontramos esperanza para este mundo desesperanzado, y encontramos también caminos de justicia, equidad y dignidad.

Jesucristo, Señor del tiempo, de la vida y de la historia, afirmamos que tu voluntad no es ni el dolor, ni la enfermedad, ni la muerte. Ninguno de los males que padece nuestro mundo son tu voluntad, sino que son parte del pecado humano.

Jesucristo, Señor del tiempo, de la vida y de la historia, te pedimos la fuerza, el coraje y la voluntad para ser hacedores del bien en el día malo. Conduce y fortalece a tu iglesia y a todas sus comunidades para ser señales y signos de esperanza y vida buena. Amén y amén.

Abrazo fraterno/sororal.

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo

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