¿Cómo anda tu corazón, cómo andas de generosidad?

31 Oct 2019
en Episcopado
¿Cómo anda tu corazón, cómo andas de generosidad?

Carta Pastoral de noviembre


¡Del Señor son la tierra y su plenitud!
¡Del Señor son el mundo y sus habitantes!”
Salmo 24:1


¿Puedes recordar una ocasión en que alguien fue generosa o generoso contigo?
¿Cómo te sentiste? ¿Cuál fue el resultado de la generosidad de esta persona?
¿Puedes recordar alguna ocasión en que fuiste generosa o generoso con alguien?
¿Cómo te sentiste? ¿Qué impacto tuvo en tu vida esa generosidad?


Dar es mejor que recibir porque transforma a la que persona que recibe, tanto como a la persona que da.

Martín Buber, filósofo y escritor judío austríaco-israelí afirmaba que “Dios está donde se le deja entrar”.

Ser habitados por la generosidad del Evangelio es el hábito de dar o compartir con los demás sin esperar obtener nada a cambio. Aunque esta práctica quedó prostituida por el Derecho Romano, que entendía las ofrendas a los dioses con valor jurídico religioso, con el propósito de recibir algo bueno como contraparte o de no sufrir alguna desgracia.

Dios está actuando en el mundo, y no depende de los seres humanos para hacerlo. Es decir, la misión definitivamente es misión de Dios.  Cada vez que damos, tenemos la oportunidad de unirnos a lo que Dios está haciendo y de integrarnos en su plan.  Dios está sanando y restaurando vidas, salvando y rescatando a la humanidad. Nuestros recursos y dinero y nuestra vida misma tienen sentido cada vez que los usamos uniéndonos –como personas y como iglesias– a la misión de Dios para transformar vidas y la comunidad toda.

 

“Y hay quienes dan y no conocen la pena de dar ni buscan alegría ni dan con preocupación de virtud. Dan como en el valle lejano el mirto exhala su fragancia, en el espacio. A través de las manos de los que son como éstos habla Dios y, desde sus ojos, Él sonríe sobre la tierra” (K. Gibrán).

 

Vivir desde Dios tiene grandes consecuencias en nuestras vidas. Cobrar conciencia de esta dimensión hace que la vida sea maravillosa. No sólo que estamos recibiendo de sus manos bondad, sino que desde sus manos estamos recibiéndonos a nosotros mismos, ya que todo nuestro ser es una palabra suya. Somos habitados por su palabra y por su poesía. No necesitamos convencer o conquistar a Dios, sino tan solo acogerlo y consentir a la presión gratuita de su gracia que nos transforma. Y es aquí precisamente donde brota la bondad del origen de los tiempos. Y Dios se alegró en su misma profundidad afirmando que todo estaba bien ante la gratuidad de lo creado.

Martin Heidegger, uno de los filósofos más importantes del siglo XX, en su última entrevista afirmaba: “la filosofía no podrá operar ningún cambio inmediato en el actual estado de cosas del mundo. Esto vale no sólo para la filosofía, sino especialmente para todos los esfuerzos y afanes meramente humanos. Sólo un Dios puede aún salvarnos.”

La esencia de nuestra relación con Dios, su intimidad, es la Palabra, que es siempre un diálogo fundacional de cuidar y agradecer la vida misma que se nos ha dado y de la cual somos tan solo jardineros. Desarraigarnos de esta realidad y tradición sería olvidar el porqué de la comensalidad de la vida, que en definitiva nos hizo humanos.

El Dios que provoca esta salvación es el Dios generoso que nos hace generosos entregándolo todo en este presente.

 

Yendo un poco más lejos…

Había una vez un beduino llamado Abdul, caminando por el desierto, cuando divisó a lo lejos un oasis en cuyo interior relucía una laguna rodeada de vegetación.

—¡Qué bien! —exclamó Abdul—. Ahora podré saciar mi intensa sed.

Se dirigió pues al vergel. Pero cuando se estaba aproximando a él divisó a un hombre viejo inclinado al lado de la laguna excavando en la tierra, mientras sudaba profundamente.

—¡Buen hombre! —comenzó a modo de saludo Adula—. ¿Qué haces cavando pozos con tanto afán en este día de tanto calor?

El viejo levantó la vista y le respondió:

—Estoy plantando semillas para que crezcan higueras.

—¿Que dices? —inquirió a su vez Abdul—. ¿Para qué harías una cosa así, si tú nunca verás los frutos, ya que las higueras demoran muchos años en crecer? ¡Ven, refréscate en la laguna y olvida esas pesadas tareas!

—Es verdad que yo no los veré crecidos —respondió el viejo—, ni espero probar yo mismo los higos. Pero planto estos árboles para que un día algún otro pueda saborear sus frutos. Del mismo modo, yo hoy estoy disfrutando de los frutos que sembraron otros antes que yo.

La generosidad nos transforma, haciéndonos más humanxs, más madurxs y más auténticxs…, ¡y muchas veces provoca milagros en y entre nosotrxs!

 

¿Cómo anda tu corazón, cómo andas de generosidad?

 

Abrazo fraterno/sororal.

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo

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