Cinco siglos igual – Carta Pastoral octubre 2019

18 Oct 2019
en Episcopado
Cinco siglos igual – Carta Pastoral octubre 2019

Carta Pastoral

Muerte contra la vida / Gloria de un pueblo desaparecido /
Es comienzo, es final / Leyenda perdida / Cinco siglos igual.
De una canción de León Gieco

 

“El ladrón viene solamente para robar, matar y destruir; pero yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” …
Evangelio de Juan 10: 10(DHH)

 

Decía el arzobispo Desmond Tutu refiriéndose al África, aunque lo podemos aplicar para nuestra América Latina y Caribeña: “–Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.”

“Dale tu mano al indio, dale que te hará bien”, cantaba Daniel Viglietti el poeta y músico uruguayo. En el estado actual de nuestro “mundo occidental y cristiano”, los pueblos originarios pueden contribuir para que haya un mundo donde quepamos todos con la dignidad y respeto que nos merecemos como hijas y compañeras del mismo Dios.

Ello implica reconocer que los pueblos indígenas tienen mucho por aportar en al gran mosaico colorido de la comprensión de Dios y su manifestación en todas las culturas a lo largo de la historia.

Reconozcamos que no fue la voz de los indios la que contó la historia de América. La historia cambia según la voz de quien la cuenta aquí o en Europa. Si la historia la escriben los ganadores esto quiere decir que hay otra historia: la de los vencidos.

El profeta maya anunció: “Al terminar la codicia, se desatará la cara, se desatarán las manos, se desatarán los pies del mundo. Y cuando se desate la boca, ¿qué dirá? ¿Qué dirá la otra voz, la jamás escuchada?”

Sorprendámonos con la visión de los pueblos indígenas, que a Cristo lo ven como el Jaguar o la serpiente que simboliza la tierra, el tiempo y el espacio. O como el Águila que se mueve entre el cielo y la tierra. Como la Puerta de entrada al Mictlán o lugar de los muertos. O como el fuego nuevo con que se inicia cada siglo de la humanidad. Perdón por la irreverencia, pero hasta podría ser el Quetzalcóatl, que une Cielo y Tierra, Divinidad y humanidad, Creador y realidad creada.

Desde el origen de los tiempos, con la ayuda de su Hijo, según su plan, el Padre se ha revelado a todos, a los que quiso, cuando quiso y como quiso.

Dios se reveló también a los pueblos indígenas. En el devenir de los pueblos esto lo ha hecho el Señor cuidando continuamente a la humanidad para darle vida a quienes lo buscaban haciendo el bien.

La lucha actual de los indígenas tiene que ver con el rescate de los derechos territoriales, económicos, políticos, culturales y religiosos, que les fueran negados o robados dejándolos en un estado de orfandad, de hermandades perdidas y comuniones rotas.

El gran Eduardo Galeano que escribe y describe con profundidad y belleza, nos cuenta que “el shamán de los indios chamacocos, de Paraguay, canta a las estrellas, a las arañas y a la loca Totila, que deambula por los bosques y llora. Y canta lo que le cuenta el martín pescador:

No sufras hambre, no sufras sed. Súbete a mis alas y comeremos peces del río y beberemos el viento.

Y canta lo que le cuenta la neblina:

Vengo a cortar la helada, para que tu pueblo no sufra frío.

Y canta lo que le cuentan los caballos del cielo:

Ensíllanos y vamos en busca de la lluvia.

Pero los misioneros de una secta evangélica han obligado al chamán a dejar sus plumas y sus sonajas y sus cánticos, por ser cosas del Diablo; y él ya no puede curar las mordeduras de víboras, ni traer la lluvia en tiempos de sequía, ni volar sobre la tierra para cantar lo que ve. En una entrevista con Ticio Escobar, el shamán dice: Dejo de cantar y me enfermo. Mis sueños no saben adónde ir y me atormentan. Estoy viejo, estoy lastimado. Al final, ¿de qué me sirve renegar de lo mío?

El shamán lo dice en 1986. En 1614, el arzobispo de Lima había mandado quemar todas las quenas y demás instrumentos de música de los indios, y había prohibido todas sus danzas y cantos y ceremonias para que el demonio no pueda continuar ejerciendo sus engaños. Y en 1625, el oidor de la Real Audiencia de Guatemala había prohibido las danzas y cantos y ceremonias de los indios, bajo pena de cien azotes, porque en ellas tienen pacto con los demonios.[1]

“Proclamamos que, en Jesucristo, Dios revela su gracia amorosa y un nuevo tiempo de esperanza. Él multiplicó amor y esperanza en medio de su pueblo. Él anunció que la gracia de Dios nos libera de toda condena, nos transforma y nos convoca a anunciar su verdad y su justicia para construir una sociedad digna, con equidad, que refleje la imagen de Dios, en toda su creación.” (Declaración pública de la IEMA)

“Anhelo de tierra sin males,
Edén de las plumas y flores,
de paz y justicia hermanado
un mundo sin odio y dolores.”[2]

 Otro mundo es posible, sin dueños, débiles y poderosos. En “Jesús, gracia que transforma, esperanza que libera” es posible y vivible.

 

Abrazo fraterno/sororal.

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo


[1]Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno Editores, México, 1992.

[2] Un poco después del presente – Meincke – Reinhardt y Gottinari, Brasil – Trad Sosa, Canto y Fe de América Latina, IERP 2007.

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