Carta Pastoral de septiembre

07 Sep 2018
en Episcopado
Carta Pastoral de septiembre

“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para UNA ESPERANZA VIVA, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.”
Primera Carta de Pedro 1:3

 

El presente tiempo está signado por una crisis y una convulsión social generadora de exclusión y desesperanza.

Esta parece ser la realidad marcada por el sentimiento de que las justas aspiraciones de un tiempo mejor, más fraterno, más humano y con igualdad de posibilidades para todos, parecen alejarse cada día más.

Para una gran parte de la patria las palabras del profeta Ezequiel en tiempos de la destrucción del reino de Judá y de la cautividad Babilónica están a flor de piel: “Se han secado nuestros huesos y se ha desvanecido nuestra esperanza. ¡Estamos perdidos!”

Vivimos un cambio de época, con transformaciones aceleradas y profundas que caracterizan este nuevo siglo. Con el fenómeno de la globalización irrumpen múltiples consecuencias de desigualdad en una y otra parte del planeta, y las sufren especialmente las naciones más pobres. Nuestra Argentina y nuestra América Latina se encuentran incluidas en esta dura y lastimosa realidad que tantas veces nos confronta con la muerte misma de nuestro pueblo.

Todo parece indicar que las utopías de un mundo más justo, la liberación de la humanidad, han quedado en suspenso pasando todo al dios mercado, en cuyas manos quedaría la instauración de la igualdad y la justicia. Aunque, mirando bien las cosas, este dios idolátrico sólo ha provocado crisis, decepción y desesperanza, ya que las injusticias y desigualdades son cada vez mayores y más profundas.

Podemos afirmar que esta globalización del mercado de los poderosos ha significado para las inmensas mayorías exclusión, frustración, muertes y, por último, una profunda desesperanza.

Violencia, desasosiego, intranquilidad, son monedas corrientes en la coyuntura compleja en la cual nos toca vivir. Es en este contexto donde nos preguntamos:

¿La Iglesia tiene algo para decir y ofrecer, como testigo de la esperanza en estos tiempos? ¿Qué aporte puede brindar para que la mujer y el hombre de hoy no pierdan la esperanza?

Y me parece relevante la frase de Enrique Pichón-Rivière:

“En tiempos de incertidumbre y desesperanza, es imprescindible gestar proyectos colectivos desde donde planificar la esperanza junto a otros”.

La iglesia ha de brindarse como una comunión que hace florecer la esperanza en medio de un mundo conmocionado.

La Iglesia tiene una palabra significativa que pronunciar para responder a las expectativas de los hombres y mujeres de hoy. Y esa palabra la tiene en ella misma: en cuanto seguidores de Jesús, somos cartas vivas de Jesús, el hombre para los demás, quien se ofrece gratuitamente como plenitud de vida.

La iglesia de Cristo ha de levantarse como lugar de verdad y amor, de libertad, de justicia y paz, a fin de que todos descubran motivos para seguir esperando contra toda desesperanza.

En el espíritu de Jesús el Resucitado, la iglesia tiene una esperanza viva, contra todas las ilusiones engañosas y contra las desesperanzas, hasta que en la noche oscura de la injusticia y la ignominia veamos las primeras señales del amanecer del Reino de Dios.

«En medio del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible». Albert Camus.

Abrazo fraterno/sororal!


Pastor Américo Jara Reyes,
Obispo


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