Carta Pastoral de septiembre

13 Sep 2017
en Episcopado
Carta Pastoral de septiembre


Amada hermandad

“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo, sean con todos vosotros”

Ya pasada nuestra XXV Asamblea General, la cual ha marcado líneas y énfasis para la nueva gestión episcopal y de la Junta General como organismo de conducción de la vida y misión de la iglesia, es que deseo en esta primera carta reflexionar en torno a nuestro lema: “Jesús vida para descubrir y compartir”, el que nos acompañará en este próximo bienio.

Yo soy la Resurrección y la vida afirma Jesús en el evangelio de Juan. Creo en la resurrección del cuerpo reza nuestro credo. El reino pasa por la resurrección y es esta certeza profunda, es este encuentro conmovedor con el Señor de la vida lo que hace, que la mujer, el hombre de nuestro tiempo, alcance la salvación. Cuando el Resucitado pasa por nuestra vida somos habitados por su mismo espíritu. Y nuestros cuerpos son la evidencia de haber renacido a una esperanza viva.

La vida insuflada por Jesús es vida para los cuerpos tantas veces negados, castigados, condenados a la miseria y la desesperanza. Cuando Juan el Bautista envía a preguntar a Jesús si él era quien se esperaba, Jesús le responde: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos reciben la vista, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres se les anuncia el Evangelio.” La respuesta es cuerpos que reciben la vida. Cuerpos que descubren la resurrección. Cuerpos habitados y habilitados para vivenciar la buena noticia del Reino.

Descubrir la vida en Jesús es maravilloso. Afirmar creo en la resurrección del cuerpo abre posibilidades insospechadas e irreverentes frente a un modelo social tantas veces negador, disciplinador y que elimina cuerpos.

Rubén Alves es conmovedor y nos ilumina en esta cita de su libro Creio na ressurreição do corpo: “Pensamos encontrar a Dios donde el cuerpo termina: y lo hicimos sufrir y lo transformamos en bestia de carga, en cumplidor de órdenes, en máquina de trabajo, en enemigo a ser silenciado, y así lo perseguimos, al punto de elogiar la muerte como camino hacia Dios, como si Dios prefiriera el olor de los sepulcros a las delicias del Paraíso. Y nos hicimos crueles, violentos, permitimos la explotación y la guerra. Pues si Dios se encuentra lejos del cuerpo, entonces todo se le puede hacer al cuerpo”

El gran desafío es seguir construyéndonos como comunidades donde la vida recibida es compartida con generosidad. Constituirnos en lugares sagrados, donde acontece la vida: la nuestra y la de nuestro próximo. Santuarios donde compartimos vida plena y abundante, para que tantas y tantos recuperen las ganas de vivir y soñar, que las almas vuelvan a sus cuerpos, y que el clamor por una vida digna encuentre eco en nuestras comunidades de fe.

Somos llamados como comunidades de fe a ser anticipos de la nueva vida que descubrimos y también a compartirla en fidelidad y amor con nuestro pueblo. La declaración de la XXV Asamblea lo dice en otras palabras con claridad:

“Nuestra Iglesia clama por un reavivamiento misionero que nos transforme en comunidades donde el evangelio sea comunicado con amor y firmeza, en verdad y en un lenguaje que el pueblo entienda.”

Amada hermandad somos convocados por la palabra a ser comunidades que manifiesten en este presente la utopía de Reino de Dios. A ser anticipos de la vida plena, resucitada que ha provocado Jesús.

Me despido con este fragmento de una carta D. Bonhoeffer, gran pastor, teólogo y mártir cristiano, asesinado por el régimen nazi, dirigido a E. Bethge en 1943:

“Sólo cuando se ama tanto la vida y la tierra, que con ella todo aparece acabado y perdido, nos está permitido creer en la resurrección de los muertos y en un nuevo mundo”.

¡Sí Señor, creo en la Resurrección del cuerpo y la vida que no muere nunca! Amén.

 

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo

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