Samuel Fielden: Pastor, obrero y profeta

20 May 2022
en Artículos CMEW
Samuel Fielden: Pastor, obrero y profeta

Samuel Fielden es recordado internacionalmente como uno de los mártires de Chicago. Lo que pocos saben era que este líder obrero era también pastor metodista. Tomaremos algunos datos de su autobiografía, escrita en la cárcel.

El 1 de mayo de 1886 se inició una huelga en la ciudad de Chicago (EE. UU.) pidiendo la jornada laboral de 8 horas (En ese momento la jornada era de 12 a 14 horas diarias). Al cuarto día de huelga se desató una brutal represión que dejó como saldo 80 muertos y más de 200 heridos.

Las autoridades buscaban a los organizadores de la huelga y tomaron presos a 30 huelguistas, de los que, finalmente, quedaron 8. Cinco de ellos condenados a muerte, dos a prisión perpetua y uno a 15 años de reclusión. Entre esos 8 estaba Samuel Fielden, pastor laico de la Iglesia Metodista que sirvió en varias comunidades. Hoy compartimos algunos aspectos de su vida.

Su escrito autobiográfico comienza manifestando su propósito al haber sido invitado a dar sus opiniones para un artículo periodístico. Sus palabras iniciales dicen: “De acuerdo con el deseo de su parte de que yo debería darle una historia de mi vida para la publicación de su valioso artículo, he escrito los siguientes incidentes de mi vida, con las influencias bajo las cuales nací y me crié, con la esperanza de que no resulten del todo desinteresadas para mis amigos y lectores de su artículo.”

Tal como inicia su escrito, Fielden dedicará gran parte de las 30 páginas de sus notas autobiográficas a su niñez y adolescencia. Pinta con crudeza la dura realidad de las familias pobres en Gran Bretaña. El brutal resultado de la “Revolución Industrial” fue que miles de familias vivían en condiciones infrahumanas. La madre y el padre de Fielden trabajaban recogiendo arena de las canteras, descalzos y de sol a sol. Esto llevó a la prematura muerte de su madre, cuando Samuel tenía apenas 10 años. De ella heredó sus primeros conocimientos sobre la fe y la Iglesia Metodista.

Fielden nació en Tormorden en 1847 y trabajó desde los 8 años. Sus primeros recuerdos tienen que ver con las grandes charlas que su padre, junto a otros obreros, mantenía en su hogar acerca de la fe, el estado de la iglesia y de cuestiones políticas. Es decir que desde temprano en su vida conoció el vínculo entre las cuestiones sociales y la fe cristiana. Las clases trabajadoras más bajas encontraban en el metodismo un espacio no sólo para sus necesidades espirituales, sino también un ámbito de contención y organización para frenar las abusivas condiciones de trabajo y de vida.

Las discusiones entre unitarios y trinitarios que se desplegaban en las calles británicas fueron un lugar en el que el pequeño Samuel aprendió acerca del debate y la confrontación de ideas. En su escrito da cuenta también de su participación en las conferencias que brindaban los predicadores afrodescendientes que llegaban desde las EE. UU. para informar sobre la esclavitud y las condiciones de vida del pueblo afro esclavizado. Eran los tiempos en que se aproximaba la guerra de secesión en territorio norteamericano.

En 1868, a los 21 años, viajó a los EE. UU. Habiendo obtenido su mayoría de edad, ya su padre no pudo retenerlo. Samuel buscaba nuevos horizontes, a pesar de haber sido designado pastor en 1865 en la zona de Lancashire, donde él había nacido.

La impronta que dejaron en Samuel los predicadores metodistas británicos lo acompañaría toda la vida. En su autobiografía los homenajea así: “Siempre he pensado que la fuerza y el poder de la iglesia metodista se debían más a estos hombres inteligentes, fervientes, talentosos y abnegados, que a cualquier otro mérito que poseyera.” Su gratitud, años después sigue tan firme en su recuerdo: “hasta que mis ojos se hayan cerrado en el sueño eterno y mi lengua se haya vuelto incapaz de hacer el bien o el mal por la expresión de mi pensamiento, y hasta que mi corazón haya agitado su último débil latido, nunca hasta entonces me abstendré de agradecer por haberme imbuido de la honestidad pura de estos hombres al entrar en contacto con sus vidas nobles y generosas en mi juventud.”

En los EE. UU. sirvió en la congregación de Olmstead Falls, luego se trasladó a Illinois, desde donde vivió una particular experiencia con el conocido predicador Dwight Moody. El episodio es narrado en detalle por Fielden y merece ser transcripto en sus propias palabras:


“(…) continuó explayándose sobre las virtudes del hombre de negocios y su piedad hasta que estuvo completamente convencido de que todo lo que un hombre necesitaba hacer en este mundo para asegurar su vocación y elección en el próximo era vender por un dólar lo que solo costaba quince centavos. Por fin la reunión llegó a su fin, y me acerqué a la estufa y me presenté al Sr. Moody. Nos sentamos y tuvimos una conversación bastante buena y a veces animada durante quizás una hora y media, cuando pensé que ya era hora de convencer a mi oponente, y el Sr. Moody pensó lo mismo de mí, por lo que cada uno salió al encuentro de la luz de las estrellas. Creo que el Sr. Moody recordará este hecho, y diré que no hubo nada dicho por ninguna de las partes que hiriese o hiriese los sentimientos de la otra parte.”


Aunque Fielden narra con un final armónico la conversación, es claro que su desilusión ante un predicador de masas que elogiaba el lucro como parte del Evangelio lo llevó a una profunda revisión de su fe y sus compromisos. Su propio pasado miserable en la niñez y su experiencia como obrero en toda su vida, lo llamó a una lucha que no podía demorarse: el mejoramiento de las condiciones de trabajo de las clases obreras.

Existe un momento que Fielden no precisa en el tiempo en que esta revisión de su vida lo hizo concluir: “Durante ese invierno, sin embargo, revisé mis opiniones religiosas, y habiendo encontrado algunas telarañas en ellas, las aparté y me convertí en un librepensador.”

Nunca abandonó su fe en su Señor, ni su compromiso con la Iglesia Metodista, pero la causa sindical lo llevó a una frontera: la de los conflictos, allí donde sentía lo que se inmortalizó en el himno “Entre el vaivén de la ciudad”:


“Doquier impere explotación. Falte trabajo, no haya pan, en los umbrales del terror, oh Cristo, vémoste llorar”.

Himno N° 370, Cántico Nuevo


Claudio Pose para CMEW


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