Permanecer en el amor

Los amigos se borran y se van. Esto es la primera impresión cuando vemos lo que pasó en esta pascua que recordamos con la muerte y la resurrección de Cristo.
El que se lavó las manos es Pilato, pero casi todos los hombres que seguían a Jesús muestran un accionar vergonzoso.
No así las mujeres. Tenemos muchos testimonios de no-abandono, valentía e intervención por parte de sus seguidoras y mujeres atentas en los 4 Evangelios: La que tuvo un sueño, las que estuvieron bajo la cruz, las que fueron y vieron el sepulcro y se fijaron en cómo habían puesto el cuerpo, las que quedaron al lado del sepulcro, las que prepararon perfumes y ungüentos, las que llevaron perfume, las que avisaron a los discípulos y las que anunciaron la resurrección.
¿Es cuestión de ser hombre o mujer? ¿Dependemos de nuestra crianza o forma cultural para poder accionar en un tiempo de crisis? ¿Cómo manejamos el dolor, la frustración y el miedo?
Por eso me gustaría tener en cuenta al Evangelio de Juan, que más allá de las mujeres y Juan de Arimatea nos habla (de sí mismo) del “discípulo quien Jesús quería mucho”, del que estaba junto a las mujeres bajo la cruz (Juan 19:26) y fue el primero en reconocer al Señor resucitado (Juan 21:7).
El saberse amado y buscar la comunidad no depende de género. Es un camino de vida y esperanza para todas las personas que se animan a seguir a Jesucristo. Es un camino de aprendizaje en Su amor y compromiso.
Que en esta pascua, el amor del Resucito nos de esta profunda contención de ser amados y amadas. Y que esta seguridad nos anime y aliente en nuestro accionar.
