Recursos para la predicación

11 Nov 2021
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Recursos para la predicación 21 NoviembreNov 2021

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Juan 18.33-38a – La realeza de Jesús

Contenido

La escena plantea la cuestión de la realeza de Jesús, detenido como “el Nazareno”, es decir, como pretendiente al trono de David. El tema ha surgido periódicamente a lo largo del evangelio (1.49; 6.15; 12.13).

El título “Mesías” indica precisamente al rey de Israel ungido por Dios. Jesús afirma claramente su realeza, que equivale a su misión mesiánica, pero explica que no tiene semejanza alguna con la realeza del “mundo”, pues renuncia en absoluto al uso de la fuerza y tiene por misión dar testimonio de la verdad.

Pilato hace una pregunta extrañada, que sin embargo rehúsa entrar en el fondo de la cuestión. Jesús le explica la diferencia entre su realeza y la de este mundo (el “orden este”). Afirma de nuevo ser rey y define cuál es su misión, lo que provoca el comentario despectivo de Pilato.

Síntesis del comentario

Explica Jesús en esta perícopa la calidad de su mesianismo, tema que se ha ido presentando a lo largo de la narración, y que ha dado lugar a equívocos por parte de los discípulos y de las multitudes.

Condena Jesús todo uso de la violencia como perteneciente “al orden este”, es decir, al mundo injusto enemigo de Dios y del ser humano. Para realizar su obra, el Rey-Mesías no se apoya en la fuerza ni ejerce el dominio; él no tiene guardas ni subordinados; los que lo sigan, lo hará libremente.

El Mesías que Dios ofrece a Israel cumplirá las promesas de modo muy superior y diverso al imaginado por la expectación popular. No ocupará el trono, coartando con su poder la libertad de sus súbditos, sino que ofrecerá una vida que, haciendo conocer la verdad sobre Dios y sobre el hombre, los hará libres.

Lectura del texto

18.33 – Pilato entra en su residencia, donde se encuentra en su terreno propio, al abrigo de la presión judía. Hace llamar a Jesús que estaba afuera con sus acusadores.

El hecho de que el batallón haya participado en la captura de Jesús muestra que Pilato sabía quién era y de qué se le acusaba. La insistencia de las autoridades judías le ha impedido esquivar este proceso y quiere informarse de primera mano.

Lo llama “el rey de los judíos”, en lugar de “el rey de Israel”, modo de hablar tradicional (1.49; 12.13). En boca del romano, la denominación “los judíos” indica la diferencia racial y religiosa, la nación como tal, no solo la casta dirigente. Equivalente a “rey de Israel”, el título “el rey de los judíos”, con su determinación (el), designa a un rey conocido, al Mesías, objeto de la expectación popular. La cuestión del mesianismo de Jesús, que se identifica con la de su realeza, y que ha aparecido ya con frecuencia en la narración evangélica, se propone ahora oficialmente.

18.35 –Se consuma con esta entrega el rechazo anunciado desde el prólogo :los suyos no lo acogieron (1.11), donde Jesús anunciaba ya esta “hora” (2.41). Judea, que se niega a hacer caso al Hijo, rechaza quedar bajo la elección privilegiada de Dios, aunque quedará un resto que será integrado en la comunidad del Mesías (19.25-27).

Al descargar la responsabilidad en la nación y los sacerdotes, Pilato quiere rebajar la cuestión de la realeza de Jesús a un asunto interno de los judíos. Los títulos de Jesús no le interesan, pero sí su actividad: ¿Qué has hecho? La pregunta coloca en el contexto de la acusación anterior: un malhechor. Jesús apela directamente a sus obras como credenciales de la legitimidad de su misión mesiánica (5.36; 10.25, 38; 14.11). Pilato, sin embargo, va a considerarlas solamente en cuanto pueden suponer una amenaza para el poder que él representa.

18.36 – El rey que no se apoya en la fuerza.

Jesús no responde directamente a la segunda pregunta de Pilato: ¿Qué has hecho?, sino a la primera: ¿Tú eres el rey de los judíos? Al descartar la realeza que se apoya en la fuerza quedará patente que no pretende ocupar el trono, como podía sugerirlo el título que le han dado: el rey de los judíos.

Afirma claramente su calidad de rey, pero niega tener parecido alguno con los reyes que Pilato conoce. La expresión: La realeza mía no pertenece al orden este, está en paralelo con la que había dicho de sí mismo: yo no pertenezco al orden este (8.23), den un contexto donde inmediatamente después afirma su calidad de Mesías: yo soy lo que soy (8.24b). el orden este, “el mundo”, es el sistema de injusticia, el que oprime al ser humano, y la adhesión a él es el pecado (8.23). Jesús practica el servicio al hombrey rechaza el poder (6.10, 15); como rey será el Hombre levantado en alto, que dará su vida por salvar al ser humano (12.13,15,32,34; cf. 3.3,5,14). La figura de Jesús, el rey         que no pertenece al orden este, se opone al “jefe del orden este” (12.32; 16.11), personificación del círculo de poder.

37b – Explica Jesús su función como rey, que deriva de la calidad de su realeza; no consiste en dominar o gobernar, al estilo de los reyes de este mundo, sino en dar testimonio de la verdad. Con estas palabras condensa Jesús ante el juez el significado de su vida y tarea.

Yo para esto ha nacido es frase que se relaciona con 3.6,8: del Espíritu nace espíritu … Eso pasa con todo el que ha nacido del Espíritu. Jesús ha recibido la plenitud del Espíritu (1,32s), que es el Espíritu de la verdad (14.17; 15.26; 16.13), por eso su misión es dar testimonio de la verdad. Pero la frase está también en relación con varias designaciones utilizadas en el evangelio: el único Dios engendrado (1.18), el Hijo único (1.14; 3.16,18) y más en general, el Hijo de Dios (1.34, etcétera) o simplemente el Hijo (3.35, etc.). Implícitamente se une aquí la idea mesiánica con el Espíritu que habita en Jesús y lo hace Hijo de Dios (1.32-34; 10.36).

Haber venido al mundo es frase que se aplica dos veces a la luz (3.19; 12.46); la segunda vez. Jesús la refiere explícitamente a su persona. La verdad de que da testimonio , que es él mismo (14.6), se identifica, por tanto, con la luz, el resplandor de la vida (1.4).

esto que les digo, sepan que el Reino de Dios está cerca, ya casi tocando a su puerta”…

Juan Mateos y Juan Barreto, biblistas católicos españoles, El Evangelio de Juan, Edic. Cristiandad, Madrid, 1979. Resumen y adaptación del “contenido” y síntesis” del Comentario.


Introducción al libro de Daniel

El libro de Daniel por su contenido se puede dividir en dos partes bien diferenciadas. La primera parte (capítulos 1-6) es narrativa con historias edificantes protagonizadas por Daniel y sus compañeros en el contexto del exilio en Babilonia. El texto de Daniel 12.1-3 pertenece a la parte final de lo que se conoce como la parte apocalíptica del libro de Daniel (capítulos 7-12), donde se narran diferentes visiones: las cuatro bestias (7), el carnero y el macho cabrío (8), las setenta semanas (9) y la gran visión del tiempo de la ira y del tiempo del fin (10-12). Además, el libro de Daniel presenta la particularidad de que una buena parte está escrito en arameo y no en hebreo (Dn 2.4-7:28), para lo cual no hay una explicación muy clara.

El contexto y circunstancias que inspiraron la composición del libro parece ser el tiempo de persecuciones desatado por Antíoco IV Epífanes, antes de la victoria de la insurrección macabea (167-164 aC), y una de las fuentes más importantes que tenemos para fijar la fecha es el testimonio del capítulo 11, donde se relatan detalles de los enfrentamientos entre seléucidas y lágidas, y también sobre el reinado de Antíoco IV Epífanes. Otros textos fundamentales para entender mejor el contexto son los libros de Macabeos.

El hecho de que el libro de Daniel sea relativamente tardío (época helenística, siglo II a.C.) explica algunas cosas; por ejemplo que en la Biblia Hebrea no haya sido considerado en el corpus profético (nebiim), pues para esa época el canon de los libros proféticos ya estaba cerrado; por tanto fue incluido en el grupo más heterogéneo de los Escritos (ketubim). Más tarde, las Biblias griega y latina lo colocaron entre los profetas con algunos agregados deuterocanónicos.

Por otro lado, el hecho de ser más reciente explica también el mayor grado de desarrollo alcanzado por el género apocalíptico, lo cual se ve reflejado en los capítulos 7-12. En la literatura judía este género particular se desarrolló a partir del género profético, y un testimonio de ello lo tenemos en los múltiples pasajes protoapocalípticos consignados en varios libros proféticos (p.e. Isaías 24-27, Ezequiel 38-39, Zacarías 9-14). Conviene recordar que hubo distintos movimientos representados por este tipo de textos, pero tomaron más fuerza a partir del siglo II aC.

Podríamos agregar una palabra más sobre los conceptos de escatología y apocalipsis, y sobre el género literario que los representa. Escatología proviene del griego y hace referencia a las últimas cosas o el tiempo del fin, y normalmente está asociado a situaciones de persecución, sufrimiento o prueba. Apocalipsis significa básicamente revelación y se refiere principalmente a visiones y mensajes con un alto valor simbólico y frecuentemente con lenguaje críptico, cuyo propósito es sostener la fe y la esperanza de los creyentes en situaciones de sufrimiento y adversidad. En cuanto al contenido, en general se habla de un gran día de juicio y frecuentemente se lo relaciona con el advenimiento de un personaje especial; se anuncia un reino de justicia; se pone mucho énfasis en el testimonio y en que hay que estar preparados para aquel tiempo pues es inminente; se afirma la esperanza en la resurrección y en la vida que perdura más allá de la muerte.

Conviene recordar que es un lenguaje propiamente histórico que hace alusiones a situaciones concretas de la vida de la gente en contextos determinados por poderes hegemónicos y opresivos, y por tanto invita a la acción, a resistir, a estar alertas y enfrentar valientemente las adversidades llegado el caso. Representa un esquema de pensamiento claramente contrario a la evasión de las responsabilidades mundanas y la proyección de paraísos ideales de ultratumba desconectados de la realidad.


Comentario sobre Daniel 7:9-14

Daniel 7.9-14 es la visión de un anciano, de un “hijo de hombre” y del establecimiento de un reino permanente; y para su mejor comprensión hay que leerla a la luz de su contexto inmediato que es todo el capítulo 7, que incluye la visión antecedente de las cuatro bestias (vv. 1-8) y la propuesta de interpretación de todo el conjunto (vv. 15-28).

Las cuatro bestias de la visión de Dn 7.1-8 representan cuatro grandes imperios históricos que se suceden según la periodización propuesta por el libro de Daniel, que no es muy precisa, y algunos detalles de nombres y lugares no coinciden con los datos de la historiografía aceptada actualmente. En todo caso, debemos recordar que estamos leyendo textos de alto valor simbólico que tienen intenciones específicas, y que no están tan preocupados por la exactitud de los registros. Este sueño/visión es paralelo al sueño de Nabucodonosor del capítulo 2; y las cuatro bestias son equivalentes a las cuatro partes y metales de la estatua derribada por una piedrita (ver Dn 2.31-45). Es otra versión del mismo mensaje con un contenido análogo, y también está escrito originalmente en arameo, y no en hebreo.

La primera bestia es un león con alas de águila (v. 4) y representa el imperio de Babilonia. La segunda es como un oso (v. 5) y representa al reino de los Medos, que según la cronología propuesta en el libro suceden a los babilonios (ver 6.1ss). La tercera es como un leopardo con alas de ave y cuatro cabezas (v. 6) y representa a los Persas. Entonces, viene la descripción de la cuarta bestia que era las más espantosa y diferente de todas las demás (v. 7), y que representa el imperio de Alejandro y sus sucesores (para nuestro caso el que importa es el reino de los seléucidas, con sede en Antioquía y control sobre Siria y Palestina).

Es evidente que en el esquema de las cuatro bestias, el énfasis está puesto en la última (3+1), a la cual se le dedica la mayor atención en los vv. 7-8 y también en la sección interpretativa de los versículos 19-25. Todas las referencias a esta cuarta y extremadamente terrible bestia apuntan al reinado de Antíoco IV Epífanes, cuyo contexto histórico y circunstancias de su reinado están más ampliamente desarrollados en el capítulo 11.

En Dn 7.1-8 las descripciones de las bestias están expresadas en un lenguaje sugerente y elocuente, tomando elementos simbólicos representativos de cada pueblo y cultura, pero a su vez el mensaje es velado y no explícito. Podemos mencionar algunos aspectos relacionados con la cuarta bestia por la importancia que tiene para el contexto y el horizonte de lectura del libro. En todo caso, las otras tres bestias representan imperios más lejanos en el tiempo y sin relevancia directa para la comunidad lectora.

En el caso de la cuarta bestia, los diez cuernos representan los diez reyes de la dinastía seléucida (el cuerno es un símbolo tradicional de fuerza y de poder, y por eso era común aplicarlo a reyes y monarcas). Entonces, tres de ellos fueron arrancados por el surgimiento de un cuerno pequeño. Esta parece ser una referencia clara a Antíoco IV Epífanes (monarca entre 175-163 a.C.), quien recién adquirió mayor importancia cuando sacó del medio a varios de sus rivales (ver 7.8.20.24); lo cual coincide con otros detalles que se ofrecen en Dn 11.21ss sobre su llegada al trono, donde aparece como un usurpador que se apoderó del reino por medio de intrigas y astucia.

Todo el capítulo 7, tanto en la visión (v 1-8) como en su interpretación (v 15-28), enfatiza lo terrible y devastador de este cuarto reino (ver v 7, 19, 23), con alusiones a su astucia y capacidad de control (“muchos ojos”), y también a su aspecto arrogante y blasfemo (“una boca que decía grandes cosas”) (v 8 y 20). Parte de esa arrogancia y blasfemia se describen como el intento de “cambiar los tiempos y la Ley” (v. 25) y como “la guerra y la persecución contra los santos” (v 21 y 25). Estas son alusiones bastante precisas a la política de helenización impulsada por Antíoco IV Epífanes, a través de la cual se intentaba desacreditar y erradicar las tradiciones culturales y religiosas locales para imponer una cultura hegemónica. Algunos ejemplos específicos fueron la prohibición del sábado y de las fiestas (ver 1 Macabeos 1.41-52).

Pero lo más relevante de la visión es que no termina con la cuarta bestia espantosa y terrible, sino que hay algo más al igual que en la visión de Daniel 2 (ver Dn 2.44-45), y de esto precisamente se ocupa el texto de Daniel 7.9-14 elegido para esta semana. Allí se describe la llegada e instauración de un nuevo reino de carácter permanente. Esto es precisamente lo que le da el carácter de “revelación” al texto, pues hasta allí todas las referencias eran más o menos conocidas o sugeridas, aquí se empieza a poner a prueba la imaginación.

La escena que se pinta al comienzo (v 9-10) es la de un gran tribunal de juicio con muchos tronos preparados y un trono especial donde se sienta un anciano venerable. El trono del anciano, con ruedas y como de fuego, recuerda el carro de la visión de Ezequiel 1, y es una representación de la presencia divina. También están allí presentes miles de servidores; y en un momento el tribunal ocupa sus tronos, se abren los “libros” (ver lo dicho en 12.1 sobre el Libro de la Vida) y comienza el juicio.

Entonces el v. 11 vuelve la mirada hacia las bestias y se observa que la bestia más terrible estaba muerta, destrozada y había sido arrojada al fuego (ver también el v. 26). Las otras bestias sobrevivirían por algún tiempo, pero habían perdido su poder y ya no resultaban peligrosas (v. 12). Así se prepara el anuncio principal de todo el relato que es la instauración de un reino permanente, significativamente diferente a todos los demás.

Este anuncio comienza con la aparición en escena de una figura humana (“ser humano”, “hijo de hombre”), que se dirige hacia el anciano, y luego es llevado ante su presencia (v. 13). Y precisamente a este “ser humano” se le da el imperio permanente y perpetuo, donde sirven todos los pueblos, naciones y lenguas (vv. 14 y 27).

Podríamos decir que una de las claves principales de todo el pasaje gira alrededor de este “ser humano” y de su reino. Por tanto, conviene profundizar un poco más sobre su interpretación. Para empezar, debemos recordar que la expresión “hijo de hombre” (arameo: bar ’enosh o hebreo: ben ’adam) es un semitismo que significa simplemente “ser humano” (casi podríamos decir “hijo de vecino”), y no tiene ninguna connotación que apunte a una supuesta condición sobrehumana o de semidiós. Esta expresión de “ser humano” no es tan común en la Biblia Hebrea, pero se ha utilizado con diferentes sentidos tanto en la tradición judía como cristiana. En el libro de Ezequiel, Dios llama frecuentemente así a su profeta. También hay atestiguado un sentido personal o individual para esta expresión en antiguos textos apócrifos judíos que se inspiran en nuestro pasaje (p.e. Henoc y IV Esdras), y por último podemos recordar alguna atribución hecha a Jesús (ver Mt 8.20).

Pero volviendo a Daniel 7, conviene que enfoquemos la propia interpretación que da el pasaje, y aquí parece que el texto se inclina hacia una interpretación colectiva donde aquel “ser humano” se identifica con los “santos del Altísimo” que son los que recibirán el reino (ver v 18, 22, 27). Por el contexto, también podemos entender que la expresión “santos del Altísimo” se refiere a aquellos que resistieron y fueron fieles en el tiempo de la persecución y la prueba (v 21 y 25), y también habría que suponer que estos son los que están sentados en los tronos del tribunal para juzgar juntamente con el anciano (v. 9).

Asimismo, esta interpretación se podría ampliar a partir de intuiciones convergentes surgidas de los otros textos elegidos para esta fecha que mencionamos al principio. Por ejemplo, el texto de Ap 1.5-6 donde se presenta a Jesucristo como “príncipe de los reyes de la tierra” que reinará junto con su pueblo constituido en un “reino de sacerdotes”. También podemos recordar el texto de Jn 18.33-37, donde el reino que Jesús representaba nace y se construye de una manera muy diferente a los imperios hegemónicos y opresores conocidos.

Sugerencias para la predicación

Los textos de tipo apocalíptico son siempre una invitación a usar la imaginación. Entonces podríamos preguntarnos cómo imaginamos este reino que no sigue los modelos dominantes y hegemónicos de este mundo.

También conviene que junto con una crítica a los poderes hegemónicos globales, podamos profundizar en el análisis de las cuestiones de poder hacia el interior de nuestras instituciones y organizaciones en aspectos cotidianos. ¿Podemos imaginar manejos de poder que no sean manipuladores y autoritarios? ¿Podemos imaginar formas de tomar decisiones más transparentes y participativas? ¿Cómo es la comunicación y la circulación de la información?

Los textos apocalípticos nos ayudan a imaginar formas de gobierno diferentes a las conocidas e instaladas; y nos sugieren modelos y métodos probados en las luchas contra los poderes opresores. Por ejemplo, con el texto de hoy podríamos hacer alusión a formas de gobierno más participativas y democráticas, donde los de abajo, el pueblo, los “hijos de vecino” tienen un papel fundamental y decisivo.


Salmo 93

Salmo que exalta el reinado y el poder de Yavé en el contexto de la misma creación. El Dios de Israel tiene su morada o casa en el mundo, y el bramido de los ríos y las muchas aguas nos recuerdan su voz (v 3-4). Se afirma la vigencia temporal de Yavé (vv. 2 y 5) y se mencionan sus fieles testimonios que están inscritos en el universo, y que generalmente se los asocia a las enseñanzas y consejos de la Torá.

Samuel Almada, biblista bautista argentino en Encuentros Exegético-Homiléticos 80, noviembre 2006, ISEDET, Buenos Aires.


Apocalipsis 1.4-8

es el saludo introductorio para las Cartas a las siete iglesias de Asia, de parte de Dios y de Jesucristo. Para Dios, desarrolla el nombre revelado a Moisés (Ex 3.14) como “aquel que es/está, que era/estaba, y que ha de venir” (v 4 y 8), y como el “principio (alfa) y el fin (omega)” de todas las cosas (v. 8), y presenta a Jesucristo como “testigo fiel”, “primogénito de entre los muertos” y “Príncipe de los reyes de la tierra” que reinará junto con su pueblo constituido en un “reino de sacerdotes” (vv. 5-6).

Análisis

La festividad católico-romana de “Cristo Rey” (es contradictorio que esté en un Leccionario “ecuménico”, porque es una celebración del poder temporal de la Iglesia) hace que se abandone la secuencia de Heb y su use un texto de Ap, y además recortado. El corte es introducido porque quiere apuntar a los títulos reales cristológicos. Veamos algunos detalles.

v4b: El saludo de Juan a las iglesias a las que se dirige, no para presentarse él sino para bendecirlas con gracia y paz, presentando al “que es y era y ha de venir”, el alfa y la omega, principio y fin (vs 4 y 8, que comienzan y cierran la presentación con la misma fórmula).

v5-6: la descripción de la acción de Cristo se hace mediante calificativos. Jesús es lo que le hemos visto hacer. Es probable que al tiempo de la Escritura de Ap estos títulos ya estuvieran fijados. En algunos casos recuperan tradiciones veterotestamentarias. Esos títulos se trasladan en la consecuencia para nosotros. En tanto Rey, nos transforma en reino, en tanto liberador de los pecados, nos santifica. El texto, como suele ocurrir en Ap se corta por una inserción doxológica.

v7: Esa soberanía y dominio eterno se hará visible, aún para quienes lo ignoran. Pero se hará visible también en su debilidad, en su padecimiento. La majestad del que se manifiesta en su poder y gloria plenos no desmiente el padecimiento por el cual accede. Provoca la lamentación de todas las tribus de la tierra.

v8: Nuevamente se elabora un título, que recoge tradiciones y nombres israelitas de Dios. Estos títulos están vinculadas con la tradición del Éxodo, con la marcha de una nueva liberación.

Comentario

En caso de usar la fecha para hablar del Reinado de Cristo, conviene verlo, entonces, como la expresión de una visión desde el sufrimiento que busca consuelo y certeza de que todo este dolor no es en vano, despojado del aire triunfalista que tiene la festividad en sí. La afirmación del Señorío de Cristo suena muy distinto como afirmación de un anciano exilado que le escribe a Iglesias que están sufriendo persecución hasta el martirio (el caso de Juan en Patmos) que en boca de un Papa que buscaba reafirmar la autoridad de la Iglesia en el mundo secular (la festividad de Cristo Rey fue decretada por el papa León XIII a principios del siglo XX).

Cristo es Señor por su entrega y por el efecto liberador de su ministerio. No es Señor porque ejerce el poder, sino porque mostró su dignidad desde el no-poder. En la historia humana aparece como “el cordero degollado”, y solo al final se revelará como el jinete victorioso de la espada de doble filo. Por eso el primer título se refiere a la fidelidad de su testimonio, o, en otros términos, a la integridad de su martirio. Si se predica sobre esos textos es una oportunidad para mostrar que los “poderes frágiles” del amor, la entrega, la integridad, son más fuertes que los “poderes duros” de la imposición. Ese es el modo de la realeza de Cristo.

Néstor Míguez, teólogo y biblista metodista argentino en Encuentros Exegético-Homiléticos 8, ISEDET, Buenos Aires, noviembre 2000.
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