Recursos para la predicación

05 Oct 2021
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Recursos para la predicación
Recursos para la predicación 31 OctubreOct 2021

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Tienen a su disposición los materiales en la sección Recursos, para una celebración del Día de la Reforma, usando si quieren estos textos, que también serán adecuados…


Evangelio de Marcos 12.28-34 – “Habla” el evangelista Marcos

Jesús, el hombre que cree en Dios

Había allí un escriba que había oído la manera como discutía con ellos, ya apreció lo bien que les había respondido; era un escriba fariseo, que creía en la resurrección. Y, además, era un hombre abierto, que se acercó a Jesús no en plan de ponerle trampas, sino de buena fe. Y le planteó algo que le inquietaba, no una mera discusión teórica. “Maestro –le dijo–, ¿cuál es para ti el primero y más importante de los mandamientos?”

La pregunta no era fácil, pues los fariseos, en su deseo de cumplir totalmente la voluntad de Dios, la habían concretado en 613 mandamientos, de los cuales hay 248 preceptos y 365 prohibiciones. Pensaban que no todos tenían la misma importancia, pero no se ponían de acuerdo a la hora de determinar cuál era el más importante para Dios. Para unos era el guardar el sábado, para otros, el ayuno, para otros, el pago del diezmo.

Jesús le respondió con la confesión de fe judía más ortodoxa y tradicional, la que está en el libro del Deuteronomio: “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Pero luego Jesús citó otra fórmula muy antigua, del libro de Levítico, que para él tenía la misma importancia que la anterior: “y el segundo es este, ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que estos”. Había tomado posición pública en este punto tan importante para la fe judía.

Y aquel maestro le dijo: “Tienes razón, Maestro, al decir que Él es el único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Había entendido la razón más honda de todo lo que Jesús hacía: el amor a Dios y el amor al ser humano, como una unidad inseparable y como camino a Dios más seguro que todas las prácticas rituales y todos los sacrificios que se hacían en el Templo.

Había entendido el núcleo del conflicto que tenía con las autoridades judías, que daban más importancia a las prácticas religiosas que al compromiso con la vida, al culto que a la misericordia y la justicia. Había comprendido que el Dios del que Jesús hablaba era otro Dios, el Padre, al que le importa más la vida de sus hijos que los sacrificios o los ayunos o las oraciones rituales,. Y al manifestar su acuerdo estaba confirmando la ortodoxia de Jesús, el excomulgado, el satanizado, el perseguido, el excluido, y diciendo que su fe en Dios era la fe verdadera. Eso mismo habrían podido ver los escribas y fariseos, si no estuvieran ciegos.

Y Jesús, viendo la calidad de aquel hombre y el buen sentido que mostraba con aquella respuesta le dijo: “Y tú también estás muy cerca del Reino de Dios”. Estaba cerca porque había aceptado el reto que planteaba la respuesta de Jesús: el reto de lo ilimitado del amor. Las leyes nos marcan los límites mínimos y, por eso dan seguridad. Un niño necesita que le digan  claro qué puede y qué no puede hacer.

Pero cuando se es adulto, uno mismo es quien decide, desde lo profundo de su conciencia y de su libertad y amor, qué puede o no hacer. Los fariseos preferían la ley a la responsabilidad de la conciencia. Por eso sus 613 mandamientos, en cuyo cumplimiento se sentían seguros. Pero no sabían qué hacer cuando se encontraban con que las exigencias del amor nunca terminaban.

Tal vez por eso, porque intuyeron en aquella respuesta de Jesús un camino de compromiso, a partir de aquello la gente ya no se atrevió a hacerle más preguntas.

Carlos Bravo, en Galilea Año 30. Historia de un conflicto (Para leer el evangelio de Marcos), Centro Bíblico Verbo Divino, Quito, 1993.


Introducción al Libro de Rut

Este libro ha sido designado tradicionalmente con el nombre de una mujer: Rut. Al principio se mencionan los nombres de tres varones: Elimelec, Majlón, Kilión. Luego entra en acción otro hombre, Booz, y también se habla de un “redentor” anónimo que podía ejercer su derecho al rescate en favor de su parienta Noemí. Finalmente, la genealogía de David incluye otros diez nombres masculinos. Pero el título del libro no lleva el nombre de ninguno de esos hombres, sino el de Rut, la mujer moabita que eligió seguir a su suegra viuda y desprotegida e incorporarse al pueblo de Dios.

En el núcleo de la narración hay dos mujeres que luchan por sobrevivir en el marco de una sociedad patriarcal. En esa dura lucha por la supervivencia personal y familiar, las voces femeninas se hacen oír con más fuerza que en cualquier otro escrito de la Biblia hebrea. Por eso la historia de Rut, a pesar de su brevedad y de la aparente sencillez de su trama narrativa, propone un mensaje tan audaz como provocativo para las condiciones de su época.

Otra característica notable de este relato podría definirse brevemente como la aceptación del otro en su radical alteridad. Rut acepta a su suegra Noemí, sabiendo que esta aceptación le hará renunciar a su patria y a todo su pasado: Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios (1.16; cf 1.8-11, 14-18; 2.11). Noemí, por su parte, acepta a Rut, su nuera moabita, y no duda en asegurar la continuidad de su familia y de su patrimonio familiar por medio de aquella mujer extranjera.

El tema de la narración

Aunque en el libro de Rut los episodios se suceden con toda limpidez desde el principio hasta el fin, no resulta fácil decidir cuál es el propósito central del relato. Hay varios temas que aparecen a primera vistas, como los sentimientos de solidaridad entre las mujeres y la importancia de las relaciones familiares, manifestadas, sobre todo, en el rescate de los bienes patrimoniales y en la necesidad de asegurar la propia descendencia. No menos importante es la afirmación de la fidelidad de Dios que siempre y en todas partes protege a sus fieles cuando sufren una desgracia…

Según la tradición rabínica, el principal tema de Rut se resume en la palabra jesed, término hebreo que expresa tanto la fidelidad de Dios hacia Israel como la mutua lealtad entre los miembros de la familia o de la comunidad. Todos los protagonistas del relato –Noemí, Rut y Booz– dan un impresionante testimonio de esa fidelidad. Aunque Noemí no debía considerarse responsable de su nuera viuda, se preocupa por asegurarle un nuevo marido. Rut, por su parte, no estaba obligada a cuidar de Noemí, pero se empeña en ir a vivir con ella y trabaja duramente para brindarle el necesario sustento (cf 2.6-7). En cuanto a Booz, también él va más allá de lo que pedía la ley, ya que no soplo rescata el patrimonio familiar sino que se casa con Rut y perpetúa de ese modo el nombre de sus parientes muertos. Y también Dios manifiesta su jésed, dando continuidad y nueva vida a una familia que estaba a punto de extinguirse.

Otros intérpretes consideran que la estructura narrativa del libro trata de ilustrar el tema “del vacío a la plenitud”. Las protagonistas del relato están al comienzo con las manos vacías y al fin terminan en la abundancia. El tema de la “vaciedad” se introduce desde el comienzo (1.1-5) y se acentúa aún más en la segunda escena (1.6-21): El Señor me hace volver sin nada (v 21).

Después de 1.22, que sirve de transición y en cierto modo pone las bases para el cambio, comienza a desarrollarse el tema de la “plenitud”. Rut recoge una abundante cantidad de espigas (cap 2), y su buena fortuna se acrecienta aún más en el cap 3, cuando recibe la promesa de Booz y vuelve a casa de Noemí con el manto repleto de cebada. En la sección siguiente (4.1-12) se confirma legalmente la promesa hecha por Booz, el pariente cercano que viene a colmar el vacío de las dos mujeres. Por último, el nacimiento de Obed trae las plenitud no solo a Rut, sino también, y sobre todo, a Noemí (4.13-17).


Rut.1.6-22 – El regreso de Noemí y Rut a Belén

El retorno de la prosperidad al país de Judá, fruto de una “visita” del Señor a su pueblo,. Hace que Noemí se decida a volver a su tierra. Con esta partida comienza a desarrollarse la acción.

Noemí parte acompañada de sus nueras, que emprenden el camino junto con ella para volver al país de Judá (v 7). En ese contexto sorprende el uso del verbo “volver” (heb. shûb), referido también a las nueras, porque ellas eran moabitas y no habían venido de Belén.

Noemí deja al principio que sus nueras la acompañen, pero en el camino las despide, quizá por temor a que sean un recuerdo permanente de su viudez y de la muerte de sus hijos. En su larga y patética argumentación hay un deseo y un pedido. La mujer quiere que sus nueras encuentren lo que ella ha perdido para siempre. Por eso las exhorta a que vuelvan a sus familias para rehacer sus vidas en un nuevo matrimonio. Y les explica largamente el porqué de esa despedida: ella es demasiado vieja; ya no tiene hijos en sus entrañas; y aunque los tuviera, habría que esperar demasiado tiempo hasta que lleguen a la edad de poder casarse con ellas.

El tema del “vacío” provocado primero por el hambre y después por la muerte de su esposo y de sus hijos reaparece ahora en un nivel más personal y profundo: la esterilidad de una anciana, que ya no puede ser madre.

La invitación de Noemí provoca en sus nueras reacciones opuestas. Orpá acepta la petición y regresa a su pueblo y a su dios (o a sus dioses, v 15), de acuerdo con la creencia antigua de que cada pueblo tenía sus propios dioses. En cambio, el amor de Rut por su suegra puede más que las ventajas que podía esperar de un retorno a su pueblo. Y aunque Noemí insiste en hacerla volver, la respuesta de Rut no deja lugar a réplica: Adonde tú vayas, iré yo… tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios (v 16).

El texto propuesto por el leccionario deja aquí la lectura, culminando con la amorosa decisión de Rut, que contrasta con la amargura que destila Noemí al encontrarse con sus compatriotas, que se cristaliza en el nombre que se atribuye a sí misma: Mara, la “amarga”, en lugar de Noemí, “mi dulzura”. Pero es bueno culminar aquí nuestro recuerdo de la historia, enfatizando las ardientes palabras de Rut a Noemí expresando una adhesión que va más allá de la persona y alcanza a todo un pueblo y a su Dios.

Por eso se ha podido ver en ella la versión femenina de Abraham, que también abandonó su país natal y la casa de su padre por obediencia la Palabra de Dios (Gn 12.1-4). Como Booz dirá más tarde de ella: Has dejado a tu padre, a tu madre y a tu tierra natal para venir a un pueblo desconocido (2.11).

Sin embargo, hay una diferencia entre la partida de Abraham y la de Rut. Abraham había recibido una orden de Dios y llevaba como prenda una promesa divina. Además, era una hombre en una sociedad patriarcal, y partía llevando consigo a su esposa y una considerable cantidad de bienes (Gn 12.5). Rut, en cambio, renunció a la solidaridad de la familia, a su identidad nacional y hasta a su propia religión, sin que ningún dios la hubiera llamado o le hubiera prometido su bendición. Tomó esa decisión sin el soporte de un grupo, sabiendo que su partida de Moab podía conducirla a la extrema pobreza y a la marginación social por su condición de extranjera. Y dejó su país, su familia y su antigua fe, no para encontrar un marido, sino para seguir a una mujer anciana, asumiendo ese compromiso hasta su muerte y aún más allá, hasta su sepultura. En todas las memorias de Israel es difícil encontrar una decisión más radical que la de Rut.

Armando Jorge Levoratti (1933-2016), biblista católico argentino, editor de La Biblia. Libro del Pueblo de Dios, en Rut, Comentario Bíblico Latinoamericano, Verbo Divino, España, 2005.


Hebreos 9.11-15

Introducción General

Hebreos es considerada una composición homilética, dentro del judeocristianismo de influencia alejandrina. Autores: ¿Apolos?, ¿Priscilla y Aquila?, ¿Bernabé?; son los nombres con mayor consenso. Estilo elaborado, afín a la teología paulina pero diferente en su modo de argumentar, sus imágenes y modo de expresión.

En cuanto a su estructura, se ha propuesto (A. Vanhoye) una formulación concéntrica con su eje en 8.1–9.28: Cristo es el Sumo Sacerdote de los bienes venideros. Nuestro texto, la nueva institución, estaría en el mismo núcleo de la epístola.

Crítica textual

Hay una variante de importancia en el v. 11: los bienes que han venido (RV) o los bienes que comienzan a ser (BJ). Me inclino por la 2da. variante. Es el anuncio de un pacto que se inaugura, que anuncia una herencia nueva. Hace más sentido pensar en algo que está llegando a ser, más que algo que ha sido.

Tradiciones y paralelos

La imagen del Sacerdocio, del tabernáculo, del sacrificio, son abundantes en el AT. Se corresponden más con la imagen propuesta por el Levítico que con las prácticas reales del Templo en ese momento.

La imagen de Jesús como Sumo Sacerdote es propia de Hebreos y no tiene paralelos neotestamentarios. (Ver Comentario).

Comentario

La teología de Hebreos se nutre de una imaginería desarrollada sobre la concepción de sacerdocio y sacrificio. Mediante una exégesis típico-alegórica expone lo que quizás sea la cristología más abstracta del NT. La interacción entre el modelo sacerdotal y la acción de Jesús se organiza de tal manera que se esfuman las lecturas de la historicidad crística. En ese sentido es una construcción fuertemente simbólica (aún más que Juan), y su esfera privilegia lo “religioso” como el trasfondo de comprensión de la misión de Jesús. Esta concepción se funda en una visión sacrificial de lo religioso, enmarcada en la dimensión de la violencia simbólica, que se nota principalmente en el v. 15. “interviene la muerte para la remisión”: la muerte es llevada a la dimensión de ley. Por otro lado, se invoca el Dios de la vida. Esta tensión, sólo hay vida a través de la muerte, propia de la teología israelita de la pureza, es usada aquí para señalar la caducidad del culto sacrificial. Pero, sin embargo, se deja vigente el principio sacrificial de ese discurso.

El presente texto trata de explicar el ministerio de Cristo dentro del sistema religioso israelita, alterándolo en su contenido pero no en su principio organizador. Esto ha posibilitado recuperar dentro del cristianismo la violencia simbólica del sacrificio. Si se ha de trabajar homiléticamente este texto, cabría destacar la idea de un mediador de la Alianza más que el modo sacrificial de esa mediación. Señalar el acceso que nos abre a la comunión con el Dios de vida porque hace morir las obras muertas, o las obras de muerte, aún al precio de su propia entrega. Rescatar el núcleo histórico por encima del sacramental. Lo sacramental adquiere sentido por lo histórico y no al revés.

Comentarios hechos en el grupo:

  • La epístola no dice quién es el autor. De todas maneras, fue incorporada al ‘corpus ‘ paulino. Es un texto judeo-helenístico y esto implica poseer conocimientos de las tradiciones judías ya que, de lo contrario, no puede percibirse con claridad lo que el mismo quiere transmitir. La comunidad que se pone en juego aquí tiene similitudes con la comunidad qumranita. En esta última, los modelos mesiánicos son real y sacerdotal como en un escrito encontrado en el Cairo (luego se vio que éste era qumranita, cuyo modelo de mesías era sacerdotal). Es así, que la epístola a los Hebreos debe ser leída en función de estas ideas. Aquí, el modelo mesiánico básico es fuertemente sacerdotal. Cristo es mediador, lo mismo que un sacerdote.
  • El tema de los macabeos creó un gran conflicto: la comunidad qumranita se crea por el rechazo al templo de Jerusalén usurpado por sacerdotes no auténticos (según los que luego serán los qumranitas). Idea básica del ‘pueblo de Dios’: es un proceso, nunca existe sino que va existiendo.
  • En el grupo, se produjo una gran discusión porque la cuestión del sacrificio da lugar a la idea de la expiación: Cristo tenía que morir para expiar, ya que Dios quiere que Cristo “pague” por todos/as. Pietrantonio rechaza la cuestión expiatoria, ya que ésta no parece ser teológicamente correcta: no habría un Dios sediento de pagas. Para Romanos, la paga del pecado es la propia muerte: “si peco, muero”. La dádiva de Dios es gracia, vida eterna. Toma la cuestión de Cristo en este segundo sentido: Cristo vino a este mundo para nuestra vida, no para nuestra muerte. La carga de nuestros pecados no significa, necesariamente, que Dios requiera que Cristo salde deudas que nunca contrajo. En este pasaje, se hace mención a una expiación.
  • Desde el punto de vista histórico, Jesús muere porque se dan una serie de condiciones. Desde el punto de vista teológico, muere para resucitar y ser el primogénito entre muchos hermanos. Muere para vencer la muerte. No es sólo la muerte propiamente dicha sino la resurrección. El destino final de Jesús es estar sentado a la derecha de Su Padre, para la Gloria de Dios Padre.
  • Una distinción fuertemente marcada entre Protestantismo y Catolicismo es que el único lenguaje de sacerdote que tiene el primero es de comunidad y no de un individuo único, personal. La fórmula católica es: Dios – sacerdote – pueblo; la fórmula protestante: Dios – pueblo.
Néstor Míguez, metodista y Ricardo Pietrantonio, luterano, ambos biblistas argentinos, en Encuentros Exegético-Homiléticos 3, junio 2000, ISEDET, Buenos Aires.
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