La ‘confusión’ de lo evangélico
A diferencia del catolicismo romano, las iglesias evangélicas no tienen una autoridad jerárquica que señale su ortodoxia. Nadie puede apropiarse del nombre y determinar qué iglesia o quien es o no es ‘evangélico’.
Sin embargo, ello no significa que no haya algún criterio o alguna guía que nos ayude a identificar lo apropiado de una fe ‘evangélica’ o las características de una iglesia que reclama ese nombre. En primer lugar, y absolutamente determinante, es su reconocimiento del evangelio de Jesucristo como la única palabra rectora (Solo la Escritura). Ve en Jesús, su mensaje y su entrega de amor como la fuente de salvación (solo Cristo), la fe como único requisito (solo la fe) y la gratuidad, y no el mérito, como el camino de vida (solo la gracia). Finalmente, el creyente evangélico evitará exaltar cualquier figura humana, y dará solo a Dios la gloria. Este ha sido el legado de la reforma evangélica.
Cabe recordar que fue justamente la idea de que la salvación se puede comprar con ofrendas (indulgencias) y que eso se usara para construir ‘la iglesia más grande’ (San Pedro en Vaticano), lo que provocó a Lutero a señalar la corrupción de la iglesia e instar a los y las creyentes a ‘volver a la fuente evangélica’. Vale la pena recordar algunas de sus tesis:
43. A los cristianos se les debe enseñar que quien da a los pobres o presta a los necesitados hace una obra mejor que quien compra indulgencias.
44. Porque el amor crece mediante las obras de amor, el hombre se vuelve mejor. Sin embargo, el hombre no se vuelve mejor mediante las indulgencias, sino simplemente se libera de sus penas.
45. A los cristianos se les debe enseñar que quien ve a un hombre necesitado y lo pasa por alto, pero da su dinero para indulgencias, no compra indulgencias papales, sino la ira de Dios.
46. A los cristianos se les debe enseñar que, a menos que tengan más de lo que necesitan, deben reservar lo suficiente para las necesidades de su familia y de ninguna manera malgastarlo en indulgencias.
Es el amor lo que nos hace testigos del Reino de Dios y su justicia. La enseñanza evangélica nos invita a amar aún a nuestros enemigos y no será el odio o el insulto lo que traiga paz y justicia a este mundo. Jesús no cobraba por enseñar, al contrario, alimentó gratuitamente a quienes lo escuchaban (Marcos 6, 34-44). El evangelio es gracia, es gratuito.
Los cristianos evangélicos creemos en la resurrección, pero no en la reencarnación, ni en la adivinación mágica, ni que se pueda convocar al alma de un perro muerto para pedirle consejos. Esto es desechado por la enseñanza bíblica. Nadie que sostenga esas creencias debería ocupar un púlpito evangélico. En cambio escuchamos la profecía bíblica, cuando Isaías proclama:
No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación…… Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos y limpiaos, quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos, dejad de hacer lo malo, aprended a hacer el bien, buscad la justicia, socorred al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. «Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Isa 1,13-18 R95).
El mismo Jesús nos recuerda que para servirlo debemos servir a nuestros hermanos más humildes: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. (Mat 25:35-36 R60). Nadie que se niegue a dar de comer al hambriento, que tenga prejuicios contra el extranjero, o que no tenga piedad de los y las encarcelados honra al Cristo de nuestra fe.
La primera comunidad ponía sus bienes en común para dar a cada cual según su necesidad (Hechos 2,44-45). Eso no lo inventó el socialismo, esa fue la práctica de los primeros cristianos. Pablo, por el contrario, nos advierte: Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre (1Ti 6,8-11 RV60). Para luego recomendar: A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna (1Ti 6:17-19 R60).
Es claro que lo que hoy llamamos justicia social es parte del mensaje profético del Antiguo Testamento y del Evangelio de Jesucristo. Pablo lo dice claramente: Porque no digo esto para que haya para otros holgura, y para vosotros estrechez, sino para que en este tiempo, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más, y el que poco, no tuvo menos (2Co 8,13-15 RV60). Podría agregar muchas otras citas. Estas alcanzan para indicar que justicia social no es un pecado: si lo son la codicia y la avaricia, que es idolatría (Col 3,5).
El pueblo evangélico no debe confundirse frente a quienes hacen gala de poder o éxito según los esquemas de este mundo y solo aspiran a la gloria o el poder terrenal, pero que no han reconocido el misterio del Cristo crucificado. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. (Rom 12,2 RV60). Nuestra vocación y nuestro llamado es al amor, nunca al odio; a la compasión, nunca al prejuicio; las enseñanzas de Jesús en el Sermón del Monte (Mateo 5-7) no son las de los políticos neoliberales ni de los anarco-capitalistas. Solo a ellas debemos responder, con fe, amparados en la gracia divina, y a ningún otro dar la gloria.
Néstor Míguez, Pastor evangélico para CMEW
7 de julio de 2025

