Iglesia comunidad Kerigmática

01 Mar 2026
en Episcopado
Iglesia comunidad Kerigmática

“Pero cuando creyeron en la buena noticia que Felipe les anunciaba acerca del reino de Dios y de Jesucristo, tanto hombres como mujeres se bautizaron”.

Hechos 8:12


Gran expectación en la plaza pública: ha llegado un heraldo que va a proclamar de forma oficial una disposición que todos deben atender. El pregonero viene desde la corte, desde el poder. El heraldo es el portavoz de su señor, el príncipe. Habla con voz hermosa, pero con plena conciencia de una autoridad que se impone. Todo el mundo acatará con sumisión ese “kerigma”, esa proclamación que retumba en los ámbitos políticos y religiosos, laborales y económicos.

El Kerigma, en el Nuevo Testamento, es la proclama de un acontecimiento que irrumpe en la sociedad como algo totalmente nuevo: el Reino de Dios que trae salvación para todos y todas y en especial para el pobrerío. El kerigma es una buena noticia que sana, libera, y convoca. Ese kerigma resuena en tono vital y dinámico, no asusta con ninguna prepotencia, pero anuncia con toda autoridad que “seguimos no a un héroe ni a un mártir, seguimos al Señor de la victoria”.

En tiempos complejos y de mucho descrédito sobre las instituciones que decretan desde la jerarquía y el poder, nosotros anunciamos el Reino de Dios desde el llano de la misma historia y desde el clamor de nuestras gentes. Será imprescindible entonces que nuestro Kerigma recupere su frescura original, y que la iglesia sea el lugar del pan compartido, la mesa tendida y la esperanza para un mundo herido. El anuncio es fuerza de salvación que tiene que ser anunciada y vivida desde la humildad, la cercanía y la solidaridad compasiva.

Este carácter kerigmático es una marca que como Iglesia no podemos perder, si queremos mantenernos fieles a Dios participando no en “nuestra misión”, sino en “la misión de Dios”.

Te recomiendo que leas con detenimiento la rica y profunda narración de Hechos 8.1-13. En particular, destaco que la proclama del evangelio (v12) hace referencia al Reino de Dios como horizonte de la misión. En esta misión, la iglesia no separa el anuncio de la buena noticia y la comunión profunda que se vive en el Espíritu de Jesús.

También es muy claro en la narrativa, que no se pueden separar la proclamación y la acción que impulsa a la dignificación de quebrantados y quebrantadas. Las “señales” concretas que bendicen al prójimo son el aval de las palabras pronunciadas y proclamadas. La comunidad kerigmática también es la misma que sirve y que se vivencia en profunda comunión. Sin esta integralidad en la misión, la misma corre el serio riesgo de ser espasmódica, adulterada o ralentizada.

Una comunidad kerigmática aporta elementos para que las gentes puedan distinguir la fe de la magia. En nuestros días, resulta vital realizar esta aportación, ya que ante tanto desencanto proliferan pensamientos mágicos en diversos sectores de la sociedad, con distintas expresiones y supuestas experiencias, desde simples “pases mágicos” hasta rebuscados sistemas de “adivinación” y coberturas “espirituales” o mediáticas para todo tipo de mal.

Amada iglesia, queremos recuperar y fortalecer una vivencia del evangelio desbordante, más fuerte que cualquiera de las limitaciones que tengamos que enfrentar en cualquier orden de la vida. Así también nuestro amor y consagración han de ser desbordantes, traspasando todo tipo de limitaciones, ¡viviendo el soplo del Dios de la vida que respalda la práctica de comunidades sanas, justas y saludables!


“Los seres humanos fuimos hechos para disfrutar de la música, de un hermoso atardecer, de las olas que se curvan en el mar. Fuimos hechos para maravillarnos ante una rosa cubierta de rocío… Fuimos creados para lo transcendente, para lo sublime, para lo bello, para lo verdadero… y tenemos la tarea de hacer que este mundo sea un mejor anfitrión para estas cosas bellas.”

Rev. Desmond Tutu, 1931-2021, Premio Nóbel de la Paz.

 


Es cierto que el mundo ha cambiado y con ello surgen nuevos retos que como creyentes y comunidades tenemos que encarar, con el vigor espiritual de las primeras comunidades: su parresía. Con esta valentía seremos testigos fieles del amor y la gracia de Dios que transforma el mundo.

Sin miedo, alentados y alentadas por el Espíritu proclamaremos «a tiempo y a destiempo» dónde está la salvación, responderemos desde el Evangelio sobre el sentido y esperanzas de nuestros pueblos. Anunciaremos con nuevo ardor, con nuevos métodos y con nuevas expresiones la realidad del Reino de Dios y su justicia.


“Al Padre gloria, gratitud al Hijo
y al Santo Espíritu la alabanza.
Vayamos hoy al mundo, sostenidos
por el amor de Cristo y su esperanza”.

 F. Pagura

Abrazo fraterno/sororal.

Pastor Américo Jara Reyes
Obispo


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