El rol de las mujeres en el metodismo

19 Mar 2019
en CMEW, Mujeres
El rol de las mujeres en el metodismo

Tanto en las primitivas sociedades y clases metodistas, como en la inserción de la misión metodista en Buenos Aires, las mujeres tuvieron lugar para jugar un rol muy destacado.

Esta apertura ya estaba marcada por la actitud de la madre de Wesley que, en una de sus cartas a su esposo en 1712, le advierte:

“…Como soy mujer, soy también ama de casa de una familia numerosa. Y aunque el cargo superior de las almas contenido en ello recae sobre ti,… en tu ausencia no puedo menos que velar sobre cada alma que dejas bajo mi cuidado como un talento encomendado a mi bajo una confianza del gran Señor de todas las familias, tanto en el cielo como en la tierra. Y si fuera infiel a él o a ti, no cumpliendo con mejorar esos talentos, ¿cómo podré contestarle cuando él me exija rendir cuenta de mi mayordomía?

Una de las características del movimiento metodista, como afirma Inés Simeone en el siguiente párrafo, fue la incorporación de mujeres en diversos ministerios, fueron las pioneras, las sustentadoras y las mártires de la causa metodista. En los inicios, se registra que más del 50% de los adherentes del movimiento fueron mujeres. Las mujeres de las diversas clases sociales que componían el movimiento, comenzaron a abrirse espacio, no sólo en las sociedades metodistas, si no también, en ámbitos públicos. El trabajo misionero, se desarrollaba en gran medida en sectores empobrecidos. Pero este crecimiento no fue casual, sino más bien por algunas características básicas que tenía el metodismo, entre ellas:

  • Las sociedades eran abiertas a todas las personas, sin distinción.
  • El lenguaje que utilizaban era simple, todas las personas entendían y eran entendidas.
  • La libertad que tenían para expresar su fe, era bastante diferente a la de la religión oficial, donde las mujeres no tenían ningún espacio para participar de ninguna expresión religiosa.
  • El énfasis metodista, dado a la experiencia cristiana, permitía que las mujeres encontrasen espacios relacionados con sus propias vivencias de vida.
  • Las escrituras eran interpretadas desde la vida cotidiana, posibilitando una relación mucho más íntima con Dios.
  • El discurso de la gracia, basado en ser gratuita, disponible y abundante para todas las personas, provocó un sentimiento de inclusión en las mujeres, haciéndolas partícipes masivamente del movimiento.

Las actividades que desarrollaron las mujeres en los inicios del metodismo las podemos clasificar en tres grupos básicos:

  • Las Predicadoras:
    Ellas, desarrollaron el trabajo en pequeños y grandes grupos, orando, exhortando, predicando y viviendo una vida de piedad. Este grupo, estaba mayormente compuesto por grupos pobres de la sociedad británica.
  • Las Misioneras:
    Éstas estuvieron directamente ligadas al abrir nuevas misiones, iniciando grupos nuevos, orando y guiando en los grupos de clases y de bandas. Pertenecían en su mayoría a los grupos pobres de la sociedad inglesa. En este grupo podemos incluir a quienes visitaban enfermos, las que realizaban trabajo pastoral en las prisiones, quienes asistían a las personas necesitadas; eran las directoras y las maestras de las nacientes Escuelas Dominicales.
  • Las Sostenedoras:
    Eran las que cedían sus casas para las reuniones, incluso daban altas sumas de dinero para apoyar los trabajos evangelísticos y sociales. Éstas pertenecían a los grupos más ricos de la sociedad. Quienes comprometían sus vidas y sus recursos al servicio de la misión.

Aun así el metodismo siendo apoyado férreamente por las mujeres, existía el conflicto de roles, especialmente en lo que concierne al ministerio de la predicación itinerante. Juan Wesley, no concebía el hecho de incluir a las mujeres dentro del ministerio pastoral itinerante, aún más, sin considerarlas como predicadoras oficiales. Si bien tuvo dudas sobre si era apropiado adoptar el ministerio de la mujer, lo cual significaba habilitarlas para la predicación, cosa que Wesley, concebía que era sólo para los Ministros ordenados hombres; terminó por reconocer, el talento de Sarah Crosby, Mary Bosanquet, Hannah Harrison, y Elisa Bennis, entre otras, esto no fué hasta 1787 donde Wesley reconoció la eficacia y aprobó oficialmente a la primea predicadora de enseñanzas doctrinales y disciplinarias.


La mujer servidora pero sin poder

Ciertamente el movimiento metodista estuvo sostenido por mujeres prácticamente desde sus comienzos: así lo anota Wesley en la entrada de su diario del 4 de abril de 1739 en Bristol: “Al caer la tarde tres mujeres, arreglaron encontrarse una vez por semana con las mismas intenciones que las de las otras personas de Londres, para confesar sus faltas y orar unas con otras y así poder ser sanadas…”

Casi un sesenta por ciento de las participantes del movimiento fueron mujeres y muchas de sus líderes de clases y bandas y misioneras han sido mujeres. Ni hablar del rol central que las mujeres metodistas han jugado en la tarea educativa, con su activa participación en la predicación laica y el activismo en las campañas de templanza, la lucha por el sufragio femenino, en la tarea de servicio social, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos y también en nuestro país.

En Argentina, la inclusión de la mujer se dio mayormente a través del movimiento de diaconisas el cual estuvo íntimamente ligada a la iniciativa de la Woman’s Foreign Missionary Society a través de la creación del Instituto Modelo de Obreras Cristianas. En 1916 fue fundado el Seminario de Teología Unión Evangélica, un proyecto ecuménico entre Discípulos y Metodistas, que venía a reemplazar al antiguo Seminario Metodista creado en 1884 en Mercedes, Prov. de Buenos Aires. En 1922, con el objeto de especializar la enseñanza, del seminario de teología, es creado el Instituto Modelo de Obreras Cristianas para la formación de futuras diaconisas. En realidad, si bien este llamado se realiza en 1922, la figura de diaconisas ya existía en la disciplina de la iglesia Metodista, heredada de la práctica vigente en los Estados Unidos. Las primeras directoras del Instituto en Buenos Aires fueron Joy Hartung y Zona Smith. El propósito explicitado en la convocatoria era el de: Preparar mujeres para la obra evangélica, suministrándoles los conocimientos adecuados a este fin.

Lo cierto es que tan escueto objetivo, ocultaba expectativas mucho más amplias, tal como está enunciado en los artículos referidos a Obreros Laicos de la Disciplina Metodista:
Los deberes de las diaconisas son: socorrer a los pobres, cuidar a los enfermos, proveer para los huérfanos, consolar a los afligidos, buscar a los descarriados, salvar a los pecadores y, renunciando enteramente a toda otra ocupación, dedicarse a estas y otras formas de trabajo cristiano. No se exigirá a ninguna Diaconisa voto alguno de servicio perpetuo.

Es interesante que las ocupaciones específicas de una diaconisa, por cierto, todas aquellas que también debía realizar un pastor, son presentadas como un “deber” y no como simples “tareas a realizar”. Por otro lado, la “renuncia a toda otra ocupación” podía ser entendida de muchas maneras. Si bien, la connotación más evidente era la de disponerse full time a la tarea, también podía ser interpretado como un solapado llamado al celibato.

A este respecto existía una fórmula ritual para la consagración de Diaconisas que, si bien no pedía voto de celibato o soltería, toda la simbología utilizada extraída de los salmos, llevaba a su evocación, en el marco de un llamado excluyente: “Oye hija mira e inclina tu oído, y olvida tu pueblo y la casa de tu padre….” , y luego una referencia similar a las realizadas en la consagración de vírgenes o monjas católicas a celebrar un “místico esponsalicio”, un matrimonio sagrado con Cristo y su iglesia:

Si bien el celibato no era un requisito para ser Diaconisa, en la práctica, la exigencia de exclusividad para la tarea, tornaba imposible que una diaconisa siguiera ejerciendo su misión después de contraer matrimonio o que a la inversa, priorizara su vocación a su matrimonio.

Existe otra particularidad en relación a las diferencias de criterio a la hora de establecer derechos y deberes entre los Diáconos y las Diaconisas.

La tarea de los Diáconos, se encuentra en el apartado de la Disciplina referido a Ministros, y estos tienen autorización para predicar, dirigir el culto divino, solemnizar el matrimonio, administrar el bautismo y ayudar al presbítero en la administración de la Cena del Señor.

En cambio las Diaconisas forman parte del apartado de la Disciplina referida explícitamente a Obreros Laicos y Predicadores Locales, no ordenados, esta ubicación ya constituye un mensaje que intenta separar la tarea de las Diaconisas del ministerio ordenado de la iglesia (Diáconos y Presbíteros), evitando así la confusión: las Diaconisas no son ministras ordenadas, sino obreras laicas.
Además, entre las proscripciones, se encuentra la imposibilidad de obtener por parte de una mujer, una licencia de predicadora local, sea esta Diaconisa o no. Menos aún, la posibilidad de autorizar la ordenación de mujeres para el ministerio ordenado de la Iglesia Metodista.

La primera mujer a la que se le otorgó permiso para ejercer la tarea de predicadora laica fue Isabel García Vázquez de Rodríguez, en 1922. La ordenación ministerial, no obstante, siguió bajo proscripción, como vimos más arriba hasta los años 1970s.

Estas restricciones no menguaron la vocación de muchas mujeres que se formaron para servir como diaconisas en el metodismo argentino, la primera de ellas fue Juana Moreira, licenciada en 1935, luego le siguieron Violeta Briata, Violeta Cavallero, Ana Cepollina de Uruguay, y Serafina Ricci, Rosa Sheridan, Delina Díaz, Leonor Gastaldi, Adelina Gonnet, Rosario Narvaja, Ema Paroli, Esther Silva, de Argentina. Otra diaconisa que marcó esta etapa ha sido Jorgelina Lozada de la Iglesia de los Discípulos de Cristo.

Sin duda sobre la figura de las Diaconisas se han condensado todos los prejuicios sobre las mujeres y los roles estereotipados que de ellas tenía la dirigencia metodista de la época.

Eran mujeres, por eso quedaban excluidas de las funciones deliberativas de la institución, al tiempo que sus “dones naturales”, las convertía en obreras híper especializadas y a destajo, sin voz y sin voto. En cierta forma la figura de la diaconisa, permitió al metodismo ponerse al día con las demandas de acción de las mujeres en el ámbito público, sin que por ello su tarea significara un riesgo para el ideario masculino del poder.

El ingreso formal a la institución, en realidad no significó para la mujer un avance o ampliación o reconocimiento de sus derechos. La fórmula no escrita de este avance ha sido, “deber evangélico”, sin “poder institucional”.

Para encontrar mujeres metodistas en niveles de decisión dentro de las instituciones, el metodismo debió esperar hasta la mitad del siglo veinte. El núcleo fuerte organizador del metodismo británico antes y aún después de la muerte de Juan Wesley fue exclusivamente masculino. En los Estados Unidos hasta muy entrado el siglo veinte las mujeres estuvieron fuera de los organismos deliberativos y ejecutivos de la iglesia metodista episcopal. No podían ser miembros de las conferencias generales ni las anuales. En caso que sus aspiraciones fueran el ser ordenadas presbíteras, su suerte no fue distinta. Podían predicar y ser en algunos casos pastoras laicas, pero, a pesar de la afirmación protestante del sacerdocio universal de los creyentes, la ordenación femenina fue un derecho que les estuvo vedado hasta 1956 en los Estados Unidos y hasta 1970 en Argentina .

Pero a pesar del abuso y el irrespeto que ello significó por parte de la institución, muchas de las tareas que la mayoría que ellas realizaron, tanto en el campo de la Educación Cristiana, como en el Servicio Social y la Enfermería, fueron la base para innumerables proyectos que aún hoy continúan su marcha.

Daniel Bruno

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