Paz y bien amada hermandad.
“En verdad comprendo ahora que Dios no hace acepción de personas, sino que a él le agrada todo aquel que le teme y hace justicia, sea de la nación que sea”.
Hch 10. 34.35
La Iglesia, desde sus comienzos, ha reconocido la inmensa potencia y la riqueza de la diversidad que es fruto del amor de Dios. Por encima de nuestras diversidades culturales somos hermanos y hermanas, llamados y llamadas a una fiesta final en la que todos hablaremos, por fin, un solo lenguaje: el del amor.
Anunciamos el Evangelio como encuentro de enriquecimiento mutuo, de reciprocidad profunda y de aprendizaje, que requiere no mirar al otro u otra como amenaza, sino más bien reconociendo las diferencias como revelación del rostro de la humanidad. Una humanidad creada a imagen y semejanza de Dios que en el encuentro provoca una TEOFANÍA, una verdadera revelación de Dios. Si abrimos el corazón a lo que percibimos como diferente, podemos hacer realmente un viaje hacia nuestra propia identidad.
Los padres y madres de la iglesia primitiva observaron la danza griega llamada pericóresis y afirmaron que “así es la Trinidad”: es una relación armoniosa en la que hay un dar y recibir mutuos. Esta relación se llama amor, y es la esencia de la Trinidad.
Afirmamos y proclamamos que, en Jesucristo, Dios revela su gracia multiforme y amorosa y nos abre un nuevo tiempo de esperanza. Él multiplicó amor y esperanza en medio de su pueblo. Él anunció que la gracia de Dios nos libera de toda condena a nosotros y a los otros, nos transforma y nos convoca a anunciar su verdad y su justicia para construir una sociedad digna, con equidad, que refleje la imagen de Dios en toda su creación.
Oramos pidiendo, que el evangelio que nos iluminó nos siga alumbrando caminos de más diversidad, más inclusión y más interculturalidad. Para dar a luz gestos vivos y cotidianos que apoyen la diversidad, eliminando los odios y multiplicando los abrazos, a fin de mejorar el entendimiento y la mutualidad entre pueblos y comunidades, todos hermanos, todas hermanas.
Abrazo cálido y sereno.
Pastor Américo Jara Reyes
Obispo
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