De metodistas y epidemias en un rincón del mundo

01 Abr 2020
en CMEW
De metodistas y epidemias en un rincón del mundo

En el seno del desarrollo territorial de las misiones metodista y a pesar de su funcionalidad con intereses de hegemonías internacionales que nada tenían que ver con la evangelización, se tejieron historias de consagración de la vida y hasta de heroísmo, tal como ya hemos mencionado en el caso de la epidemia de la fiebre amarilla de 1871 en Buenos Aires. Ahora les proponemos un viaje a otro rincón del mundo.

Las últimas décadas del siglo XIX encontraron al metodismo en plena expansión misionera en Asia, África y América Latina. Los centros misioneros y las iglesias herederas del legado de Wesley, en Estados Unidos y Gran Bretaña, acompañaban lo que el historiador Justo González denominó, la “anglosajonización” del mundo.

En 1852, llegaron a Micronesia, entre el sureste asiático y Australia, lugar ignoto para muchos, plagado de islas, islotes y atolones que se cuentan por millares. Este territorio se había convertido en un centro de disputas colonialistas entre potencias europeas durante el final del siglo XIX y hasta finales de la Segunda Guerra.

En ese lugar, más precisamente en las Islas Carolinas, se instalaron misioneros metodistas, en la isla Ponape (actualmente Pohnpei). La misión estaba a cargo del Reverendo Jorje que era también médico. Un año después llegó a las costas de la isla un barco ballenero con un enfermo a bordo. Resultaba un acto humanitario dar socorro al barco y atender al enfermo que yacia en cubierta. Lo que no se sabía, era que ese fue el comienzo de una epidemia que comprometió la existencia de toda la población nativa.

El enfermo a bordo del navío ballenero tenía viruela, una enfermedad desconocida para la población autóctona, por la cual no estaban preparadas las defensas de sus organismos para hacer frente al flagelo que azotaba la isla.

La población isleña era de unos 6000 habitantes y en 1853, menos de un año después de la llegada de la viruela, más de 1000 nativos habían perecido por la enfermedad (casi el 20%). La misión metodista, comprometida con la población, buscó el modo de poner fin a la epidemia y consiguió traer la vacuna contra la viruela a la isla.

Los nativos a partir de ese momento consideraron a los metodistas “como personas muy importantes para ellos”, según el decir de Luis Serrano autor del libro “Las Carolinas orientales: 1890”. Esa corriente de empatía y confianza generada entre la población isleña y el equipo misionero metodista sentó las bases para un amplio desarrollo del metodismo en la zona.
En 1855 se incorporó a la misión el Reverendo Edward Doane y su esposa. En las décadas siguiente una decena de misioneros se sumaron: pastores, educadores y sanitaristas. Esto permitió que para el año 1885 la misión contara con 7 centros misioneros y 25 colegios.

Hasta 1887, formaron parte del equipo metodista entre 100 y hasta 300 personas, pero ese año fue el comienzo de un nuevo capítulo; la llegada de los españoles produjo una ocupación efectiva con tropas del ejército y un grupo de frailes capuchinos que venían a traer la fe católica, siendo funcional a los intereses coloniales como lo fueron, con su cultura, las misiones anglosajonas. El Reverendo Doane, terminó junto a la resistencia aborigen contra la ocupación española, cosa que le valió la prisión. Pero esa, es otra historia que en algún momento contaremos.

Claudio Pose para CMEW


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