Anhelo de tierra sin males
Entonces Pedro empezó a hablar, y dijo: “En verdad comprendo ahora que Dios no hace acepción de personas, sino que a él le agrada todo aquel que le teme y hace justicia, sea de la nación que sea”.
Hechos de los Apóstoles 10. 34-35
La Iglesia, desde sus comienzos, ha reconocido la inmensa potencia y la riqueza de la diversidad que es fruto del amor de Dios. Por encima de nuestras diversidades culturales somos hermanos y hermanas, llamados y llamadas a una fiesta final en la que todos hablaremos, por fin, un solo lenguaje: el del amor. Por eso Pablo apóstol exhorta a los Corintios a vivir la Cena del Señor en verdadera comunión, donde permanecen la fe, la esperanza y el amor, nunca más la discriminación (1 Corintios 11 y 13).
En el día del respeto a la diversidad cultural –este 12 de octubre–, celebramos el mosaico de identidades que nos conforman y constituyen como sociedad: claroscuros y matices que nos identifican, lo diferente y, a su vez, las semejanzas que nos erigen como seres humanos. Resulta relevante destacar que el encuentro con la otredad que vivimos y convivimos, resulta ser lo constitutivo de nuestra humanidad: la unidad en la diversidad. La mirada del otro y de la otra me constituye o nos constituye.
Es la mirada del otro, para Jean-Paul Sartre, lo que nos obliga a tener en cuenta su presencia. Necesitamos a la prójima y al prójimo en la construcción de nuestra identidad individual para realizarnos en plenitud. Sin esa proximidad la existencia pierde su sabor, sentido y su horizonte de realización y plenitud.
Anunciamos el Evangelio como encuentro de enriquecimiento mutuo, de reciprocidad profunda y de aprendizaje, que requiere no mirar al otro u otra como amenaza, sino más bien reconociendo las diferencias culturales como revelación del rostro de la humanidad. Una humanidad creada a imagen y semejanza de Dios que en el encuentro provoca una TEOFANÍA, una verdadera revelación de Dios. Si abrimos el corazón a lo que percibimos como diferente, podemos hacer realmente un viaje hacia nuestra propia identidad.
Los padres y madres de la iglesia primitiva observaron la danza griega llamada pericóresis y afirmaron que “así es la Trinidad”: es una relación armoniosa en la que hay un dar y recibir mutuos. Esta relación se llama amor, y es la esencia de la Trinidad. La pericóresis es la danza del amor. Como seres humanos, bailamos la danza de Dios en la vida en nuestro mundo. Así vemos y disfrutamos las relaciones en la profunda y amorosa unidad de Dios como Padre, Hijo y Espíritu, relaciones dinámicas, interactivas y serviciales. Y así vivimos la comunión, en nuestra danza como apertura a los demás.
Los pueblos originarios –como todos los pueblos– tienen su cosmovisión y justamente por ser diferentes son poseedores de una riqueza fundamental. Afirma el sacerdote salesiano Marcelo Melani: “Ellos son un aporte único e irrepetible en el concierto de los pueblos con su riqueza de sabiduría, mitología, expresión simbólica y ritual, su simetría organizativa, su hospitalidad, su práctica de reciprocidad”.
Afirmamos y proclamamos que, en Jesucristo, Dios revela su gracia multiforme y amorosa y nos abre un nuevo tiempo de esperanza. Él multiplicó amor y esperanza en medio de su pueblo. Él anunció que la gracia de Dios nos libera de toda condena a nosotros y a los otros, nos transforma y nos convoca a anunciar su verdad y su justicia para construir una sociedad digna, con equidad, que refleje la imagen de Dios en toda su creación.
“Érase el creador.
Ya estamos pisando esta tierra reluciente, dijo el Creador.
Ya estamos pisando esta tierra llameante, dijo el Creador.
Ya estamos pisando esta tierra tronante, dijo el Creador.
Ya estamos pisando esta tierra perfumada, dijo el Creador.
Ya estamos pisando esta tierra reluciente perfumada, dijo el Creador.
Hermoso es cuando se abren,
las flores de las puertas brillantes del paraíso;
las flores de las puertas llameantes del paraíso;
las flores de las puertas tronantes del paraíso.”
Poética Guaraní
«Lo que realmente hace posible el diálogo entre personas de culturas diferentes es una auténtica curiosidad por comprender al otro, una mirada, una actitud y un corazón abiertos a la escucha y un deseo de entender cómo ve el mundo del otro, con respeto, con curiosidad con empatía y con ganas de descubrir».
Teresa Albano
Aprovechamos entonces esta fecha para profundizar en una de las grandes riquezas que dispone la humanidad, LA DIVERSIDAD CULTURAL: modos de vida, lenguas y relatos, artes plásticas y música, relación con la naturaleza. Es necesario celebrar la tierra sin mal como tierra nueva y tierra de fiesta, espacio de reciprocidad y mutuo amor, que da vida buena y abierta hacia la plenitud del Reino de Dios.
El conocimiento y el respeto de cada persona hacia la cultura de otro ser humano gesta, sin duda, la fraternidad, la sororalidad y el diálogo. Por eso oramos que el evangelio que nos iluminó nos siga alumbrando caminos de más diversidad, más inclusión y más interculturalidad. Para dar a luz gestos vivos y cotidianos que apoyen la diversidad, eliminando los odios y multiplicando los abrazos, a fin de mejorar el entendimiento y la mutualidad entre pueblos y comunidades, todos hermanos, todas hermanas.
Abrazo fraterno/sororal
Pastor Américo Jara Reyes
Obispo
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