DECLARACIÓN FAIE: A Doscientos años de la Declaración de Independencia

29 jun 2016
en En contexto
DECLARACIÓN FAIE: A Doscientos años de la Declaración de Independencia

Mensaje de la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas

Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos.
Salmo 119:45

Los evangélicos argentinos celebramos, como parte de nuestro pueblo, los doscientos años de la Declaración de Independencia del 9 de julio de 18161. Es buena ocasión para afirmar nuestra identidad como nación, y a la vez un tiempo propicio para mirar el camino recorrido y lo que aún debemos recorrer. Es también una oportunidad para reflexionar qué significa ser “una nación independiente”, las responsabilidades y tareas que conlleva la libertad, los valores y prioridades que hacen a esa condición.

Afirmarnos como nación es afirmarnos como un pueblo, con las múltiples significaciones que tiene. Lo que hace independiente a un país no es la formalidad de su gobierno, sino el contenido que adquiere ese estado. Y ese contenido lo da el pueblo, sus necesidades y esperanzas, su capacidad y actitud, la justicia y los mecanismos solidarios que se desarrollan entre sus habitantes, su apertura y disposición al bien común, su sensibilidad hacia el sufrimiento de otros, sus construcciones de amor. Esto se consagra en el uso compartido de los bienes comunes y la atención a los más vulnerables, los más pobres, los débiles. Esos son los mandamientos que debemos guardar, según aprendemos de los profetas bíblicos, que compartimos con nuestra herencia israelita. Pero también hacen a un pueblo las diferencias y diversidades que lo constituyen, los conflictos que se suscitan y los modos que tiene de resolverlos, conviviendo en mutuo respeto.

Nuestra historia patria nos muestra vaivenes en ese camino: apertura para recibir a otros, el sentido solidario frente a las tragedias naturales, una disposición de entrega a las causas más nobles, la riqueza del arte y la diversidad de nuestra cultura, su creatividad y capacidad de trabajo. Valoramos la educación pública abierta, laica y gratuita en todos sus niveles, un acceso público a la salud, si bien padecen inocultables defectos, como metas valiosas que marcan nuestra realidad. Pero también cabe reconocer momentos de mucho dolor: el genocidio y despojo de pueblos originarios, las sucesivas y sangrientas dictaduras, la corrupción que afecta a gobiernos y corporaciones, la injusta distribución de los bienes, la existencia permanente de la pobreza en una tierra pródiga. Ello nos ha llevado a una debilidad en el concierto de naciones que se expresa en los modos en que muchas veces nuestro pueblo ha sido explotado desde adentro y desde afuera, o en la desconfianza de quienes exportan su riqueza, privando a la nación de legítimos recursos.

La independencia no es un logro adquirido, sino un camino a recorrer. Y ese recorrido debe ser inclusivo. La libertad es camino de mutua comprensión, el servicio solidario, el reconocimiento del otro, de construcción de esperanzas compartidas (Gálatas 5:13-15), es el cuidado del hambriento, el sediento, el migrante, el desnudo, el enfermo y el perseguido (Mateo 25:31-45). Es la búsqueda de “la verdad que nos hace libres” (Juan 8:31). Para ser libres es necesario el reconocimiento y reparación de las víctimas de las muchas injusticias y crímenes en nuestra historia, hacer “que la justicia corra como impetuoso arroyo” (Amós 5:24). Para ser independientes es necesario afirmar la igualdad y el respeto por todos los habitantes, superar prejuicios y mezquindades, confrontar la pobreza, dar un acceso equitativo a los bienes que aseguran la vida y propiciar el bienestar común, reconocer la dignidad del trabajo y de los trabajadores, sin distinciones. Un pueblo empobrecido y expoliado nunca será independiente. No hay libertad desde el individualismo egoísta, desde la soberbia de los poderosos o el ideologismo dogmático, cualquiera sea su signo.

Las iglesias evangélicas compartimos ese camino, incluso con sus contradicciones. Pequeñas comunidades evangélicas ya estaban presentes desde los tiempos de la colonia, si bien no podían manifestarse públicamente. La Asamblea del año 1813 declara la “tolerancia” religiosa, reconociendo su existencia. Esa presencia fue creciendo, los cultos evangélicos fueron reconocidos y la Constitución de 1853 establece la libertad religiosa. Desde ese lugar muchos evangélicos contribuyeron a la tarea educativa, al servicio social, a la salud pública, a la defensa de los Derechos Humanos, a la producción en muchos aspectos. Aportaron sus conocimientos, su trabajo, su espíritu de colaboración, su integridad ética. Aunque también reconocemos que por veces hemos caído en aislamiento y prejuicio. En el campo propiamente religioso, el siguiente paso que anhelamos en nuestro camino como comunidades de fe, es la igualdad religiosa y, en nuestra concepción, la necesaria separación de la Iglesia y estado. Así, entendemos, continuaremos con el camino de la plena independencia de cualquier otro poder que no sea el del propio pueblo argentino.

Una mirada sobre la actualidad

Como en anteriores ocasiones, la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas toma esta oportunidad para compartir esperanzas e inquietudes. No es nuestro propósito hacer un diagnóstico del país ni constituirnos en consejeros políticos: la nación y el pueblo tiene sus propios caminos para ello, y lo que decimos y aportamos lo hacemos con humildad, desde nuestra fe, como parte de este pueblo. En esta oportunidad queremos concentrarnos en tres aspectos:

1 – El sentido profundo de la justicia

“Sin la justicia, ¿qué serían en realidad los reinos, sino bandas de ladrones?”
San Agustín2.

Uno de los temas salientes en la actualidad argentina es el sentido de justicia. El Poder Judicial ha tomado un protagonismo significativo en el escenario político, no exento de tensiones y contradicciones. Es primordial que el Poder Judicial obre con ecuanimidad y responda al orden legal, sin olvidar que su objeto fundamental es el cuidado de la vida y la sensibilidad hacia las víctimas y los sufrientes. Por momentos, sin embargo, pareciera que tomara prioridad el juego político y la espectacularidad, la incidencia de pasiones y conveniencias, las presiones corporativas y mediáticas que ponen en riesgo su imparcialidad. Queremos afirmar nuestra total disposición a respaldar una justicia que busque combatir el crimen y la corrupción, para lo cual debe evitar su propia corrupción interna. La corrupción de la justicia no viene sólo de las dádivas o favores que acepta, sino cuando obra en virtud de preconceptos, intereses de clase o prejuicios políticos o culturales.

Pero la justicia, en términos evangélicos, es más que la acción de un poder del Estado: la justicia es el sentido profundo que, junto e impulsado por el amor, debe guiar toda acción humana. Es el respeto fundamental a la dignidad de todo ser humano. No en vano cuando Jesús proclama “el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás vendrá por añadidura” (Mateo 6:33) se refiere a qué comeremos, qué vestiremos. La justicia también se relaciona con una distribución de los bienes que Dios dispuso en la creación (De Dios es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan, Salmo 24:1), que deben alcanzar para cubrir las necesidades de todos los seres humanos. La subsistencia de los humildes es una responsabilidad de un estado justo, de una justicia distributiva, y no puede depender de medidas paliativas o la beneficencia de los poderosos.

2 – De la acumulación y pobreza

¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo! ¿Habitaréis vosotros solos en medio de la tierra?
Isaías 5:8

Riqueza y pobreza son dos caras de la misma moneda: que en nuestro país haya un tercio de la población que vive bajo la línea de pobreza, y que diversos estudios muestren que nuevamente el número de pobres ha crecido en los últimos tiempos, no es un designio divino, sino el resultado de un sistema económico que nos muestra, por otro lado, la existencia de fortunas multimillonarias, la concentración creciente de la riqueza en pocas manos. Es, desafortunadamente, un fenómeno mundial al cual no somos ajenos. Ya en anteriores declaraciones hemos señalado lo perjudicial de un sistema impositivo recesivo (que se profundiza con las medidas del actual gobierno), de la acumulación de tierras en pocas manos, de las consecuencias de una economía que prioriza la especulación financiera por sobre el trabajo productivo.

El Consejo Mundial de Iglesias (en su declaración “Juntos por la vida” ), como muchos otros teólogos de distintas confesiones cristianas y de otras religiones (incluso el papa Francisco en Laudate si) han condenado la “idolatría del dinero”, la suposición de que el libre mercado soluciona todos los problemas, y el daño ecológico que produce la actual forma de explotación económica. Todos esos males nos afectan también como país, y ponen en cuestión la posibilidad de una real independencia. El “derrame” no se ha producido en ninguna parte del mundo, y por el contrario, cada vez una proporción menor de la población consume la mayor parte de bienes y servicios. No podemos confiar en el derrame ni en el mercado: la distribución equitativa de los bienes debe surgir de un sentido solidario, de los valores que se implementan desde el estado, por mecanismos que regulen los modos de apropiación y uso de la riqueza. Respetamos los espacios de la libertad económica, pero a la vez reclamamos las regulaciones que aseguren esa misma libertad para todos, y no sólo para los más ricos y poderosos, los que han acumulado hasta ir más allá de lo que pueden usar y consumir (Epístola de Santiago, 5:1-6). Por algo las leyes bíblicas obligaban al perdón de deudas y liberación de esclavos cada siete años (Deuteronomio 15), y a la redistribución de la tierra cada cincuenta (Fiesta del Jubileo, Levítico 25).

3 – En quien confiamos

Algunos sólo confían en sus pingos y en sus lanzas Nosotros nuestra esperanza la ponemos sólo en Dios Veremos cuál de los dos pesa más en la balanza.
Salmo 20. Versión criolla de F. M. Menapace

La libertad y la independencia tienen que ver con la confianza, con la disposición a construir espacios de acuerdo y respeto, a hablar y obrar con la verdad. Desgraciadamente la mutua desconfianza, las calumnias y acusaciones cruzadas, el cúmulo de promesas incumplidas por parte de las distintas fuerzas políticas, el desconocimiento de la palabra empeñada y la inconducta ética ha creado y profundizado las divisiones, un clima de sospecha que nos impide crecer en la confianza en nosotros mismos como país.

La confianza no viene porque triunfa tal partido político o tal fracción sindical: la confianza se genera cuando se percibe que se trabaja para el conjunto, que todos son efectivamente beneficiados por las decisiones que se toman. No podemos confiar en la supuesta magia del mercado, en el poder del dinero, ni en una fuerza que impone su arbitrio o en una promoción mediática. También han fracasado los que se proclamaron “salvadores de la patria”, o los que han venido a “refundar la República”. La confianza se genera en el seno de un pueblo que trabaja, estudia, educa a sus jóvenes, cuida de sus mayores, crece solidariamente.

Como cristianos evangélicos reafirmamos nuestra confianza en el Dios de la vida, en el Señor de la esperanza. Es el Dios que se encarna en Jesús para asumir nuestros dolores y esperanzas, enseñarnos un camino, ser guiados por su Espíritu. No son palabras abstractas: es un compromiso con una manera de comprender qué somos como humanos, cual es el sentido de nuestra vida, el objeto de nuestra acción. No pretendemos imponer ninguna creencia particular o dogma: Confiar en el Dios de la vida es invitarnos a una relación de amor, donde cada prójimo debe ser cuidado con respeto, donde el servicio al necesitado toma prioridad, donde no es el dinero sino el amor y la justicia los que ordenan nuestro accionar, donde la esperanza no es la angustia por el mañana sino la certeza de un futuro de bendición:

Por eso es que hoy tenemos esperanza,
por eso es que hoy luchamos con porfía,
por eso es que hoy miramos con confianza
el porvenir, en esta tierra mía.

Obispo Federico Pagura

Por la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas

Federico H. Schafer
Secretario

Néstor O. Míguez
Presidente

 

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1 Las provincias de Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Misiones y Corrientes, junto con la “Banda Oriental” ya habrían proclamado su independencia en el llamado “Congreso de los pueblos libres”, bajo la conducción de J. G. de Artigas, el 29 de junio de 1815.
2 La cita se completa de la siguiente manera: ¿y qué son las bandas de ladrones si no pequeños reinos? […] Por ello, inteligente y veraz fue la respuesta dada a Alejandro Magno por un pirata que había caído en su poder, pues habiéndole preguntado el rey por qué infestaba el mar, con audaz libertad el pirata respondió: por el mismo motivo por el que tú infestas la tierra; pero ya que yo lo hago con un pequeño bajel me llaman ladrón, y a ti porque lo haces con formidables ejércitos, te llaman emperador. (De civitate, IV, 4).”
3 Declaración de la X Asamblea General, Busan, Corea, noviembre de 2013.
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